Fragmento:
Empezaré donde comenzaron mis desventuras, en noviembre de 1925, cuando recibí una carta de Wilcott, escrita con una pulcritud casi neurótica pero manchada aquí y allá con lo que parecía sal marina. Blake, a quien no había visto desde una riña trivial un año antes, me pedía encontrarlo en su mansión de Kingsport, a orillas del Atlántico, “antes de que la marea suba y la luna mengue”, decía su críptico mensaje. Añadía que tenía algo de “importancia existencial” que contarme, algo hallado en los sótanos de la biblioteca de Miskatonic; pero, inquietantemente, mencionaba también “una sangre antigua” y “el regreso de los herederos de Innsmouth”.
Duración: 08:16
Hace ya diez años que el nombre de Blake Wilcott desapareció de la lipsa de aquellos que, acaso por amistad o simple corrección social, acostumbraban frecuentar su compañía. Incluso en Arkham –donde casi todo puede ser creído, y donde los relatos más oscuros se repiten hasta perder el filo del espanto– los rumores acerca de su caída fueron rápidamente devorados por la marea de secretos y habladurías que asolan la vieja ciudad como un cáncer. No obstante, a veces, en las horas tardías de un invierno especialmente crudo, algunos evocan su figura enjuta frente al fuego de la biblioteca de Miskatonic, perorando sobre civilizaciones sumidas bajo las olas, y extraños seres que acechan desde profundidades inexploradas.
Yo, Charles Morton, me atrevo ahora a consignar lo que recuerdo del escabroso destino de Wilcott, pues he visto cosas que no es dado al hombre ver sin perder para siempre una parte de sí mismo. Puede que, una vez mis temblorosas manos hayan concluido este manuscrito, la locura se apodere y me arrastre como arrastró a Wilcott. Mas si alguien lo halla, quizás sirva de advertencia, si es que todavía puede prevenirse aquello que está predestinado por la sangre y los dioses antiguos.
Empezaré donde comenzaron mis desventuras, en noviembre de 1925, cuando recibí una carta de Wilcott, escrita con una pulcritud casi neurótica pero manchada aquí y allá con lo que parecía sal marina. Blake, a quien no había visto desde una riña trivial un año antes, me pedía encontrarlo en su mansión de Kingsport, a orillas del Atlántico, “antes de que la marea suba y la luna mengue”, decía su críptico mensaje. Añadía que tenía algo de “importancia existencial” que contarme, algo hallado en los sótanos de la biblioteca de Miskatonic; pero, inquietantemente, mencionaba también “una sangre antigua” y “el regreso de los herederos de Innsmouth”.
Movido tanto por la curiosidad como por la inconfesada nostalgia que sentía por mi viejo amigo, me embarqué rumbo a Kingsport en cuanto mis obligaciones académicas lo permitieron. Llegué a la mansión Wilcott bajo un cielo asfixiantemente bajo, preñado de nubes que parecían posarse sobre los tejados como garras. Como era de esperar, nadie respondió al llamar; si bien al rondar la propiedad, hallé la puerta trasera entreabierta. Un hedor marino inundaba el corredor, saturando mis ropas y, lo juro, haciendo revivir en mi mente los retorcidos relatos sobre Innsmouth que Wilcott tanto se había complacido en estudiar.
Atravesando pasillos a media luz, di con Wilcott en el estudio, el rostro ceniciento y la mirada fija en un punto de la pared donde colgaba un grotesco daguerrotipo: la difusa imagen de una turbia pedregosa donde, si se observaba con detenimiento, parecía intuirse la silueta de grandes criaturas apenas sumergidas entre la espuma. Tronaba el viento contra el ventanal cuando, sin volverse, Blake murmuró:
–¿Recuerdas nuestra promesa, Charles? La de desentrañar juntos los misterios de las profundidades…
Un acceso de tos interrumpió sus palabras. Cuando se calmó, me habló de su descubrimiento: un códice recubierto de escamas que había encontrado, oculto en un nicho derruido de la biblioteca. Mostrándome el volumen, lo depositó ante mí; su cubierta era de una sustancia nacarada y rugosa, y las páginas, plagadas de glifos que recordaban a crustáceos y moluscos, exudaban una humedad malsana. “Es el Despertar de Dagon”, balbuceó con voz casi infantil. “Y hay… instrucciones. Ritos para invocar la sangre profunda. Y... una promesa de regreso, Charles, una promesa hecha antes de que la humanidad emergiera del lodo”.
Mientras hojeaba el libro, un sudor frío empapó mi frente. Las ilustraciones, sumisas a algún arte inhumano, mostraban procesiones de figuras anfibias, colosales tronos coralinos y, al centro, una entidad cuya corporeidad oscilaba entre lo tentacular y lo abisal. El texto, salpicado de términos en r’lyehiano, hablaba de un linaje apartado, “los tocados por la marea” –y decía que su tiempo de resurgir se acercaba.
Me quedé en la mansión esa noche. Afuera, los bosques apenas se mantenían separados de la casa por una verja corroída, y el mar cantaba una tonada sepulcral. Recuerdo los sueños de esa noche, tan vívidos como insondables: mares negros bullendo de formas informe, escalinatas descendiendo en la roca hasta cámaras inundadas de una luz fétida y verde. Y siempre la sombra de una figura alada, de ojos de abismo y coronada de tentáculos, que me observaba desde un santuario sumergido.
Al despertar, hallé a Wilcott con la mirada extraviada y temblores en las manos, consultando el códice y hablando en susurros sobre la ceremonia que se acercaba. “Tienes que presenciarlo”, insistía. “Eres mi único testigo, Charles. Los de Innsmouth volverán… y el tribunal del mar no perdona a los desertores”.
Juro que habría partido entonces de no ser por la tormenta colérica que aullaba tras los ventanales. En el sórdido crepúsculo, llegaron los visitantes, y con ellos, el verdadero horror.
Aproximadamente a medianoche, tres figuras húmedas y de porte antinatural cruzaron el umbral. Vestían harapos, pero sus rostros eran indescriptibles: rasgos vagamente humanos pero deformados, con ojos saltones, piel crestada y bocas hendidas de una anchura grotesca. Uno portaba una vasija de barro en la que bullía una sustancia viscosa, y otro, un cetro rematado en un extremo con la efigie de un calamar de ojos vacíos. Sin preámbulos, entonaron cánticos en una lengua que erizaba mi carne, y condujeron a Wilcott –que se sometía como un autómata– hacia el sótano, instándome a seguirles.
No puedo describir cabalmente el terror abisal que me atenazó esa noche. Descendimos por una escalera arcillosa hasta una gruta excavada bajo la casa, y allí, en medio de un círculo de símbolos carcomidos, yacía una piedra negra, húmeda, marcada con el sigilo del Profundo. Murmuraron las invocaciones, y las sombras se alargaron hasta que, desde el pozo central, emergió un hedor tan añejo como el tiempo y un rumor de aguas apartadas.
Aquellos seres derramaron el contenido del ánfora sobre la piedra, y Wilcott, presa de convulsiones, gritó algo ininteligible. La piedra brilló con una luz malsana, y la textura de la gruta empezó a bailar, a pulsar como si respirara. Entonces vi –¡que los Dioses me perdonen!–, brazos palmeados surgiendo de la piel misma de Wilcott, sus ojos tornándose abisales, su boca distendiéndose hasta ocupar casi todo el rostro. Las criaturas rezaban más y más alto, y reconocí algo de la secuencia recitada en el horrendo Necronomicon: “Ph’nglui mglw’nafh Dagon Y’ha-nthlei wgah’nagl fhtagn…”.
La transformación se completó en cuestión de minutos. Donde estaría Wilcott, sólo quedaba una figura reptante, a medias hombre, a medias monstruo marino, que se sumió balbuceando plegarias en el pozo.
Entonces comprendí que yo era el verdadero “testigo” de un linaje arcaico arrancado al mar, la sangre profunda reclamando lo suyo. Casi enloquecí al sospechar que, tal vez, la insistencia de Wilcott en mi presencia obedecía a alguna oscura complicidad genética que compartíamos; que acaso mi propio pasado, perdido entre las brumas de Salem, ocultaba los mismos vestigios innombrables.
Me abrí paso a la superficie a tropezones, y jamás he vuelto a acercarme al litoral. Wilcott desapareció –o mejor dicho, se sumergió por voluntad propia en las cuevas que surcan las entrañas del cabo. En cuanto al códice, lo arrojé a las llamas, aunque mi alma jamás se ha visto libre de la humedad viscosa que, desde entonces, siento entre mis dedos en las noches de luna nueva.
Y cuando, a lo lejos, el viento de la costa porta el aroma a algas putrefactas y a sal negra, sé que no he escapado. Sé que jamás lo haré. Porque la sangre, aunque negada, jamás olvida su promesa a las profundidades.
Así, los descendientes de Dagon y Cthulhu caminan entre nosotros, ocultos a la luz; y yo, último testigo de Wilcott, espero entre pesadillas el día en que la llamada me sea imposible de resistir. Porque todos tenemos un precio en la corte de los abismos: y, tarde o temprano, la marea siempre quiere su tributo.
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