Fragmento:
En el crepúsculo de mi vida, cuando los días parecían disiparse entre la neblina amarga del recuerdo y la resignación de la rutina, recibí la invitación. Era una noche de invierno en Providence, y los vientos recorrían las calles como lamentos de muertos incontables, arremolinándose en las esquinas y susurrando secretos indecibles a quienes se atrevieran a escuchar. Ocupaba los últimos resquicios de mi turno en la biblioteca universitaria, entre tomos ajados y espíritus del saber, cuando noté el sobre. No me lo había dejado ningún usuario ni lo había encontrado el bedel en sus rondas nocturnas, sino que yacía en mi escritorio, evidente, desafiante, como si hubiera surgido del propio aire.
Duración: 08:38
En el crepúsculo de mi vida, cuando los días parecían disiparse entre la neblina amarga del recuerdo y la resignación de la rutina, recibí la invitación. Era una noche de invierno en Providence, y los vientos recorrían las calles como lamentos de muertos incontables, arremolinándose en las esquinas y susurrando secretos indecibles a quienes se atrevieran a escuchar. Ocupaba los últimos resquicios de mi turno en la biblioteca universitaria, entre tomos ajados y espíritus del saber, cuando noté el sobre. No me lo había dejado ningún usuario ni lo había encontrado el bedel en sus rondas nocturnas, sino que yacía en mi escritorio, evidente, desafiante, como si hubiera surgido del propio aire.
La invitación no llevaba remitente. En su interior, una nota escrita a mano, en tinta violeta, me convocaba a una dirección desconocida en el corazón de la vieja ciudad. “Para quienes desean experimentar el auténtico estremecimiento de los límites,” leía, “la puerta se abrirá una sola vez esta noche, en la hora del prodigio. No traigas nada salvo tu absurda valentía.” El trazo era elegante, de otra época, y el perfume que exhalaba el papel no era del todo humano; algo dulzón, metálico, ligeramente corrompido.
La lógica dictaba que triturase aquel mensaje y me alejara del curso incierto que prometía. Pero la insatisfacción corroía mis costumbres. Era un hombre de cuarenta y tantos años, silencioso e invisible ante la muchedumbre, sobreviviendo en un sopor inquebrantable. No tenía esposa ni descendientes, y mis más vívidos sueños estaban constreñidos a las páginas amarillentas de libros góticos, donde otros vivían terrores que yo solo conocía como espectador. La promesa de sentir algo, cualquier cosa fuera de la apatía, resultaba irresistible.
Al dar la hora exacta —nunca me permití recordar cuál—, caminé bajo cielos roídos hacia la dirección anotada en la carta. El número de la puerta parecía ausente de la lógica urbana: una secuencia de símbolos antiguos sustituyendo a los tradicionales dígitos. Toqué. Sin un solo sonido, el umbral se abrió, permitiéndome paso al pasillo sumido en una oscuridad apenas interrumpida por un rojo amortiguado.
Al avanzar, sentí que la arquitectura se distorsionaba de maneras insidiosas. Las paredes parecían curvarse hacia dentro, desafiando las leyes euclidianas y apretando mi paso. El tapiz bajo mis pies sugería formas orgánicas; la impresión inquietante de que avanzaba no sobre alfombra, sino sobre piel templada, con venas latientes bajo la superficie. El susurro originado en lo profundo no era del aire sino del propio material de las cosas.
Al fondo, la sala principal. Allí, una docena de figuras, muchas con rostros velados detrás de máscaras de animales o de humanos inexpresivos; otras desnudas, exhibiendo cuerpos atravesados de tatuajes o extraños grabados. En el centro, un círculo ceremonial, y en el centro del círculo, una cama negra como la obsidiana, cubierta por sedas granates.
Un hombre con máscara de carnero se acercó, portando una túnica escarlata, y con voz gangosa, casi inhumana, me dio la bienvenida.
—Aquí, solo el deseo y la verdad tienen lugar, hermano—declaró—. ¿Estás preparado para trascender la trivialidad de tus días?
Mi boca seca apenas pudo articular un sí. Ellos abrieron el círculo para dejarme entrar, y la excitación prohibida mezclada con terror subía en espiral por mi garganta. Había leído sobre sociedades secretas y clubes hedonistas en las páginas de Iluminados y de autores malditos, pero ni en mis más eróticos ni horrendos sueños podía anticipar la naturaleza de lo que presenciaría.
Cuando la ceremonia comenzó, los asistentes entonaron una letanía en algún idioma olvidado. Palabras que arañaban las paredes de la mente, invocando imágenes de orgías y sacrificios, donde la carne se entremezclaba con lo etéreo. Uno a uno, los participantes fueron despojándose de sus disfraces y límites, entregándose a ritos de placer perverso que, sin embargo, estaban cargados de una solemnidad ritualista y aterradora. No era deseo, sino hambre lo que animaba la escena: un hambre ancestral que ni el goce ni el dolor podían satisfacer por completo.
Mientras mis ropas caían, sentí manos —manos humanas y otras de dedos elongatedos, con texturas indescriptibles— arrastrándome al epicentro del círculo. El tacto era frío y húmedo, pegajoso como la lengua de una pesadilla. El que portaba la máscara de carnero, alzando un cáliz de ónix, bebió de un líquido que traspasaba el aire como un aroma de óxido y miel, e hizo que yo bebiera también.
El sabor fue un golpe demoledor de sensualidad y putrefacción. En ese instante, mi mente se perdió en fragmentos caleidoscópicos: vi luces extinguiéndose tras párpados cerrados, miembros entrelazándose más allá de la física convencional, y rostros devorados en éxtasis que limitaba con la locura. Mi cuerpo, ya no mío, se agitaba y retorcía en la masa palpitante formada por los otros; sentí, vi y fui todas las sensaciones a la vez: gozo brutal, miedo primigenio, un destello de algo absolutamente ajeno a la humanidad.
Los límites entre el dolor y el placer dejaron de existir. El tiempo se licuó y caí en un delirio de imágenes: cuerpos transformándose, fundiéndose diseños imposibles, fusionándose en conglomerados de tentáculos, alas y membretes nudosos que rompían la lógica de la biología. Gritos de júbilo y terror llenaban la cámara donde la geometría mutaba, donde las paredes latían y la cama negra parecía abrirse para devorar entero a quien la poseía.
En mitad del frenesí, aparecieron criaturas a las que ya no puedo llamar humanas. Tal vez, alguna vez, lo fueron. Sus rostros se estiraban en muecas de placer antinatural, y sus bocas susurraban palabras en una lengua prohibida, prometiendo secretos indecibles a quienes se atrevieran a escuchar.
Por un segundo miré a mis semejantes —algunos arrodillados, otros colgados entre sedas y cadenas— y vi el reflejo de mi rostro, multiplicado e insectil, en miles de ojos repartidos por la estancia. El miedo, que hasta ese momento había sido solo un hilo subterráneo, ascendió finalmente: sentí que, si permanecía allí un solo instante más, perdería para siempre aquello que me hacía humano.
Grité, grité como jamás lo había hecho, pero el sonido apenas era un murmullo ante el clamor del círculo. En ese instante, la realidad pareció romperse como un espejo, y fui arrojado a la fría noche de Providence, tirado a la acera frente a una facultad desierta. No tenía ropas, ni recordaba cómo escapé; solo el sabor imperecedero de lo imposible en la lengua, y la marca de un tatuaje en mi pecho que nunca supe descifrar —formas similares a las runas en la dirección de la invitación.
Han pasado semanas, y aún repaso cada noche ese fragmento de horror voluptuoso y gloria perversa. No puedo dormir sin oír el eco de las voces, la letanía primitiva, el crujir de las carnes imposibles. He buscado en tratados ocultos el significado de las runas; rebuscado testimonios de sociedades clandestinas en archivos polvorientos, pero lo hallado apenas sugiere que fui testigo de algo más allá del entendimiento humano.
Cada madrugada, el miedo me obliga a recorrer Providence, esperando, temblando ante la posibilidad de volver a aquella puerta sellada con símbolos. Y a la vez, en lo más hondo, una semilla de deseo —más intensa que nunca— crece y se retuerce, alimentándose de los recuerdos y exigiendo volver a experimentar la disolución sublime del yo.
He comprendido que el horror más grande no es el de lo monstruoso externo, sino el del abismo interno que se revela cuando uno es despojado de toda máscara, frente a la carne y al espíritu desnudos, ante aquellas fuerzas que acechan en los rincones donde el goce y el espanto se funden. Porque hay experiencias para adultos que no regresan jamás de la penumbra a la que fueron arrojadas; y yo, triste y fascinado, sé que pronto volveré a buscar la invitación, allí donde el deseo se encuentra con el abismo.
Porque, como he aprendido, cuando la máscara cae y la cama negra se abre, ningún mortal vuelve a ser el mismo. Y aunque la luz pálida del amanecer de Providence finja que nada ha ocurrido, sé que en la próxima hora del prodigio, mi carne y mi alma serán reclamadas por aquello que mora en el círculo impío, esperando en la frontera de placeres y terrores inhumanos, listos para recordarme que aún no he tocado fondo. Y tal vez, cuando finalmente lo haga, la humanidad que aún me queda será solo un eco entre los susurros de la carne.
Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.