Portada del relato Los abismos de Kerguelen
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Fragmento:


La Expedición Beaufort, como la llamaron los periódicos ingleses, era una misión científica bajo la tutela de la Universidad de Arkham, financiada por cierto excéntrico mecenas de genealogía británica, Edward Stanhope. Nuestro objetivo oficial era recolectar fósiles y muestras de fauna y flora, pero ni uno solo de los oficiales reunidos en cubierta dudaba que el propósito real era otro: explorar las grietas y cavernas trazadas por glaciares y volcanes en la remota isla, y quizá hallar vestigios de una civilización anterior al Hombre. Stanhope había encontrado, en una subasta londinense, un cuaderno de bitácora embrujado. Su autor, un explorador francés del siglo XVIII, relataba misterios que por cortesía aquí me abstengo de repetir.

Duración: 11:21

Los abismos de Kerguelen
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Texto de ajuste de pausa.

Nadie, salvo los que han perdido la razón, se aventura a explorar los extremos del mundo. Yo no era un loco —al menos, no al salir de Boston rumbo a la ignota isla de Kerguelen—, aunque la salud de mi raciocinio, ahora que escribo estas líneas resguardado por una débil lámpara y las cortinas de la noche, sea cuestión sujeta a debate. Permítase imaginarme, en el año de 1932, bajo el sol mortecino de invierno, cruzando el Atlántico sur con una tripulación tan huraña y heterogénea como las leyendas que motivaban nuestra travesía.

La Expedición Beaufort, como la llamaron los periódicos ingleses, era una misión científica bajo la tutela de la Universidad de Arkham, financiada por cierto excéntrico mecenas de genealogía británica, Edward Stanhope. Nuestro objetivo oficial era recolectar fósiles y muestras de fauna y flora, pero ni uno solo de los oficiales reunidos en cubierta dudaba que el propósito real era otro: explorar las grietas y cavernas trazadas por glaciares y volcanes en la remota isla, y quizá hallar vestigios de una civilización anterior al Hombre. Stanhope había encontrado, en una subasta londinense, un cuaderno de bitácora embrujado. Su autor, un explorador francés del siglo XVIII, relataba misterios que por cortesía aquí me abstengo de repetir.

Cuando avistamos Kerguelen tras semanas de tormenta y horrorosos bancos de niebla, el ánimo de la tripulación era sombrío. El horizonte no ofrecía sino la promesa de más soledad y tempestad. Se elevaban tétricas montañas negras, coronadas por nieves eternas y cubiertas de vaporas fétidas que emergían de hendiduras y acantilados. Ningún árbol osaba desafiar aquellas pendientes infernales, y los escasos animales que divisamos —aves informes, focas agazapadas en sendas grutas— parecían observarnos con un miedo ancestral.

Mandé anclar la embarcación, el Abel Fossey, en una pequeña bahía erosionada por los siglos. Al desembarcar, un hedor agudo y mineral se arrastraba por el aire, una peste tan profunda que me forzó a poner el pañuelo en la boca. No obstante, aún más desconcertante fue la repentina mutación en la luz. El sol, que momentos antes brillaba indeciso entre nubes, parecía haberse apagado: la atmósfera se tiñó de un gris plomizo, una penumbra constante que desmentía la hora marcada por los relojes.

Nuestro equipo consistía en Stanhope —delicado, nervioso, obsesionado por el misterioso manuscrito—; el doctor Glenn, zoólogo robusto y callado; Perkins, un geólogo inglés de gesto adusto; y Bishop, el joven cartógrafo. Yo, como jefe de la expedición, debía decidir dónde acampar y qué zonas investigar primero. Estábamos acompañados por tres marineros nórdicos, curtidos en tormentas árticas y tan poco inclinados a la charla como a cualquier actividad fuera del trabajo.

La primera noche, una extraña inquietud se apoderó del campamento. Los hombres se quejaban de ruidos —arrastramientos, susurros, el golpeteo de piedras que no caían—, mientras el viento golpeaba con furia las lonas. Bishop, encargado de trazar nuestro itinerario, aseguró haber visto luces —fuegos fatuos, quizás— azules danzando a lo lejos, entre las ruinas de una formación rocosa que se alzaba como una boca abierta de un dios sepultado. Stanhope, por su parte, leía sin descanso las páginas amarillentas del diario francés, murmurando en sueños frases de un idioma perdido, plagado de vocales guturales y sílabas imposibles.

Al amanecer siguiente emprendimos la expedición hacia el centro de la isla, una hondonada rodeada de riscos y niebla perenne. El paisaje era de una desolación tan absoluta que me sentí, por primera vez en mi vida, como un intruso en un mundo anterior al hombre. Los acantilados presentaban concavidades antinaturales, como talladas por manos enormes hace eones; y las piedras lucían grietas en espiral, semejando inscripciones alienígenas.

Lo que hallamos fue un túnel vasto, disimulado tras un macizo de basalto. Su entrada, rodeada de una extraña mugre verdosa, estaba tallada en forma de arco. El aire, al penetrarlo, era tan frío como exhalación de un cadáver, y olía a podredumbre y moho. Llevábamos lámparas de carburo y armas; también, por insistencia de Stanhope, el cuaderno francés. La oscuridad era tan densa que la luz apenas perforaba su tela.

Al avanzar, Perkins notó la presencia de fósiles en las paredes: criaturas desconocidas, tentáculos y bultos que desafiaban la clasificación de cualquier zoólogo. Más adentro, oímos el fluir de un agua subterránea y, de cuando en cuando, un golpeteo irregular que no respondía a nuestros intentos de explicación.

De pronto, Stanhope detuvo la marcha, pálido y sudoroso. “Aquí”, susurró, “el francés escribió sobre el abismo”. El suelo descendía abruptamente y, unos pasos después, nos topamos con una sima insondable. A su alrededor, placas de piedra grabada mostraban símbolos obscenos y figuras antropomorfas deformadas, envueltas en tentáculos semejantes al follaje de un árbol prehistórico. El doctor Glenn intentó tomar fotos, pero la luz de su lámpara titiló y murió.

Fue entonces cuando todo pareció cambiar. Una vibración sorda recorrió el túnel; el aire se volvió más denso y varios experimentaron un vértigo tan intenso que tuvieron que apoyarse en las paredes carcomidas. Bishop, el cartógrafo, se adelantó imprudentemente y arrojó una piedra a la sima. El eco no regresó jamás.

En ese instante, Stanhope cayó de rodillas, gritando. De su garganta brotaban palabras que ninguno de nosotros entendió; palabras secas, salpicadas de sílabas tan antiguas como la misma piedra. De pronto, la vibración cesó y el silencio resultó mucho peor: un silencio vivo, opresivo, como si miles de ojos nos vigilaran desde la oscuridad.

Retrocedimos a trompicones, guiándonos por el débil resplandor de la lámpara de Perkins. Cuando por fin salimos al aire libre, la penumbra de la isla había caído del todo. El sol, oculto por nieblas aún más densas, parecía extinguido. Fue Bishop quien se percató de que la marea había subido de manera antinatural, amenazando nuestro campamento. Las gaviotas, esos heraldos de tragedia, volaban en círculos cerca de la playa, pero ninguna descendía.

Aquella noche apenas dormimos. Mi mente era un hervidero de imágenes inexplicables: esqueletos retorcidos, túneles entre mundos, palabras imposibles que invocaban un miedo sin nombre. Stanhope no fue mejor: deliraba, babeaba, y sus ojos mostraban el mismo vacío de quienes han visto aquello que no debería ser visto.

A la mañana siguiente, el horror se desató del todo. Uno de los marineros, Hauk, desapareció. Sus huellas terminaban de forma abrupta frente a otra hendidura rocosa no lejos del campamento. Cuando acudimos en su busca, sólo hallamos su cantimplora y, en las paredes, más símbolos tallados: ojos múltiples y garras sabuesas, rodeando algo inimaginable.

El clima se volvía más hostil a cada hora, y la marea seguía comportándose de modo antinatural, como si respondiera a las mismas fuerzas que habían esculpido la isla. Bishop, febril, insistía en que debíamos abandonar todo y regresar a la nave. Pero Stanhope, cada vez más inmerso en su trance, nos arrastró nuevamente a las profundidades.

La segunda incursión al túnel fue un descenso en la locura. La vibración era constante ahora, y un frío abisal umedecía las ropas. Glenn perdió el control y atacó con su linterna a unas ratas enormes, sin notar que sus ojos parecían poseer una inteligencia malsana. Bishop tropezó y cayó de rodillas frente a los grabados, leyéndolos en voz alta: “Tulu, Tulu, tenebroso y ciego”. No supe entonces si su lengua articulaba sonidos humanos.

No sabría decir cuánto tiempo duró el descenso, ni que fuerzas nos impulsaron a no volver atrás. Las paredes del túnel, antes sólidas, parecían ahora palpitar —una respiración milenaria. En la sima final, tal vez al borde mismo del mundo conocido, Stanhope se desplomó, señalando con su mano crispada un orificio colosal abierto en la roca, tan negra que devoraba la luz. De los abismos emanaba un rumor —un retumbar rítmico, a medio camino entre el latido de un corazón monstruoso y un canto ancestral—, acompañado por oleadas de aire infecto y húmedo.

Lo que todos sentimos en ese instante no puede ser descrito. Fue como si el tiempo y el espacio se plegaran, y una presencia gigantesca —consciente, hambrienta— se arrastrara por aquellos corredores aún sin nombre. Stanhope, enloquecido, arrojó el diario francés al abismo y se arrojó tras él, su grito absorbido por la eternidad. Un viento colérico nos forzó a retroceder, apenas logrando eludir el pánico para escapar con vida.

La huida fue un pálido reflejo de la cordura: nos rozaban sombras, no vistas pero plenamente sentidas en la piel. La superficie nos recibió entre lluvias negras, con las focas huyendo hacia el mar y los pájaros callando sus alaridos. De la tripulación sólo quedamos cuatro; el resto había huido enloquecido hacia los acantilados, o se había extraviado para siempre en la niebla y la noche perpetua.

Nos embarcamos en el Abel Fossey sin detenernos a pensar. La isla de Kerguelen quedó atrás, envuelta en una tempestad que no pudo pertenecer jamás al clima terrestre. Las leyendas de aquel cuaderno se confirmaban: “Donde los dioses dormidos aguardan, ningún hombre puede contemplar y seguir siendo hombre”.

De nuestro regreso, poco puedo narrar. Las enfermedades y la locura dejaron al menos dos muertos más antes de avistar el cabo de Buena Esperanza. Bishop no dejó nunca de susurrar palabras ininteligibles. Glenn pereció al poco de llegar a puerto, y Perkins desapareció sin dejar rastro. Yo, último testigo, escribo este sumario presa de insomnio, porque aún ahora, al cerrar los ojos, veo la sima, oigo los ritmos cavernosos de esa entidad prisionera. Sé que mi momento se acerca. Ruegue, quien encuentre esto, no busque jamás los abismos de Kerguelen ni las rutas trazadas por horrores prehumanos.

Porque ha habido exploradores antes, y todos callaron el secreto: allí, bajo la tempestad de la Antártida, en el seno de las tinieblas australes, una fuerza laten aún, aguardando con paciencia antigua el día en que sus siervos —hombres, bestias, o algo peor— vuelvan a descender al fondo del mundo. Y yo, que fui hasta el umbral y aún regrese, sólo puedo ofrecer una advertencia: hay horrores que no deben ser explorados, y rutas que sólo la locura se atreve a cruzar.

Tal vez algún otro, más valeroso o más necio, se vea tentado por la promesa de lo desconocido y ponga rumbo al sur, allí donde las montañas negras muerden el mar y el frío perpetuo esconde entradas a otras realidades. Si así fuera, no diga que nadie le advirtió: hay cosas bajo la tierra y el hielo que debían permanecer forever, y cuyas voces siempre encuentran maneras de llegar hasta nosotros, aun en el confín del mundo civilizado.

Absténgase de escuchar, o de mirar. Porque, una vez visto el abismo, sólo restan el silencio… y la espera.

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