Portada del relato El llamado de las Pléyades
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Fragmento:


“Querido Arthur,” comenzaba el mensaje, “te encontrarás quizás escéptico ante mi insistencia, pero necesito que te ocupes de un encargo tan sagrado como peligroso. No te pido valentía, sino una mente abierta y una voluntad férrea – cualidades que nunca te han faltado”.

Duración: 10:37

El llamado de las Pléyades
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Texto de ajuste de pausa.

Cuando me dispuse a transcribir los peculiares fragmentos obtenidos por el Dr. Ambrose White en las ruinas de Celaeno, jamás pensé que las palabras que mi pluma volcaba sobre el amarillento papel serían la última frontera entre la cordura y el abismo. ¿Cómo puede la mente sostener lo inaudito, lo obsceno, aquello que sólo se murmura en la lengua oxidada de dioses extinguidos?

Ocurrió en la primavera del año pasado, cuando la obsesión por conocer los supuestos secretos recopilados en un texto de Celaeno devino en mi ruina. Todo empezó con una carta que llegó una tarde lluviosa a mi destartalado apartamento de Providence. La misiva llevaba el escudo de la Universidad de Miskatonic y la enrevesada caligrafía de Ambrose, quien, aunque había dejado el país tras el escándalo de aquel invierno funesto, aún se empeñaba en perseguir los vestigios de civilizaciones sepultadas por la extinción.

“Querido Arthur,” comenzaba el mensaje, “te encontrarás quizás escéptico ante mi insistencia, pero necesito que te ocupes de un encargo tan sagrado como peligroso. No te pido valentía, sino una mente abierta y una voluntad férrea – cualidades que nunca te han faltado”.

El paquete adjunto contenía un fajo de notas, extraídas, según el remitente, de una tabla pétrea encontrada en la sala tras la cámara de los Signos en Celaeno, transcritos al inglés por manos nerviosas apenas unas horas antes de que los calcinados guardianes del templo obligaran a Ambrose a abandonar su labor. Era un texto incompleto, lleno de lagunas; pero el fragmento central, en torno al que giraba todo el sentido, era tan inquietante y abismal que deseé, en mi locura, no haberlo leído nunca.

Las primeras líneas eran apenas mencionas, una letanía de nombres y sigilos asociados con estrellas muertas, firmamentos olvidados, y, sobre todo, tres veces repetido un glifo similar a una corona hendida, reconocible por los eruditos como el signo del Trono, y que susurra Yphth entre susurros, apenas audible, a lo lejos, en la brisa cósmica. Ambrose agregó una nota al margen: “¿Relación con aquel fragmento del Necronomicón? ¿Asociación directa con Yphth, el devorador de senderos? Investigar más.”

En las siguientes noches, comencé a estudiar aquellos extraños diagramas y sentencias. Según la traducción, la piedra relataba los rituales y cánticos de una orden no humana, cuyo objeto no era adorar, sino sellar – contenido en el silencio de la sala, bajo coronas de un resplandor enfermizo y perpetuo. Se mencionaba un Trono: “El Trono donde no se posa ningún hombre, desde donde resuena la Voz que destroza la razón – la sombra sobre la conciencia de Celaeno”. Adjunta, una ilustración a lápiz trataba de reconstruir el emblema: una corona de tallos retorcidos, rematada por un ojo acechante y restos de flames petrificadas.

Como mis pesadillas empeoraron, me sumergí en la biblioteca de la universidad, buscando correlatos, referencias, alguna explicación que devolviera sentido al sinsentido. Fue en la sala reservada que di con cierta carta enviada por un tal Dr. Harmsworth a la Sociedad de Investigación Psíquica de Londres, donde aludía, de modo críptico, a “los ecos de la sala donde reposa Yphth, el fragmento de ego oscilante, que consume los deseos de las Pléyades”. No era la primera vez, descubrí con horror, que tales alusiones coincidían en distintas fuentes. Pero nunca tan explícitamente.

Fue entonces cuando el insomnio me llevó a deambular por las calles humedecidas de Providence. Oía, entre el vaivén de carruajes y el goteo interminable de la lluvia, un murmullo incesante: palabras sin articulación precisa, eco de promesas rotas, recuerdos de algo que nunca debí conocer. No fue hasta la cuarta noche, cuando recostado en mi incómoda cama, fui asaltado por una visión: ante mí, más allá de un velo neblinoso, yacía una sala ciclópea de proporciones inconcebibles, conteniendo una estructura ignota, que era y no era un Trono, y a su vez, vibrando, envuelto en fulgor y sombra, yacía el fragmento que no podía ser nombrado.

“En el fragmento reside la Corona”, sentenciaba una voz más allá de toda cordura. “Solo quien beba del recuerdo de Yphth conocerá el eco verdadero”.

Me desperté antes de que ese eco atravesara completamente mi mente, y supe que, si pretendía mantener mi razón, debía profundizar en los escritos de Ambrose. Los días siguientes los dediqué a comparar glifos y buscar paralelos. En una carta sin fechar, el doctor advertía: “El fragmento no es sólo conocimiento. Es una puerta. Solo los desesperados o los insensatos cruzan su umbral”.

Aquella misma tarde, desechando el último vestigio de prudencia, reuní los elementos descritos en el manuscrito: un anillo de sal negra, un fragmento de hierro meteórico grabado con la corona hendida, y una hoja de pergamino virgen. Siguiendo la rúbrica – ya confundido el ritual en mi febril entendimiento – recité las sílabas extrañas, reclamando aquel nombre prohibido: Yphth, fragmento eterno del Trono lejano.

La realidad se resquebrajó ante mí. El aire se volvió denso, palpitante, y la habitación entera se deformó, hundiéndose en una neblina más fría que la tumba. A lo lejos, a través del velo recién rasgado, vi la sala de Celaeno no como ruinas, sino intacta, palpitante. Desfilaron ante mí seres moribundos, envueltos en túnicas irisadas, todos con coronas polvorientas. Ante ellos, el Trono, cuyas proporciones desafiaban la visión y la perspectiva; y, suspendido en una danza perversa, el fragmento, girando sobre sí mismo, tan oscuro que la propia sombra palidecía ante su paso.

Fui arrebatado de mi cuerpo. Caminé, o creí caminar, hacia la estructura ciclópea. Cada paso era una concesión: renunciaba a todo cuanto me vinculaba al mundo humano. Nombres, rostros, recuerdos, se diluían bajo el peso de la comprensión de aquel eco perpetuo que, carente de voz, dictaba la ley de la condena. Finalmente, frente al Trono, una silueta se alzó – o quizás emergió del horror mismo: una criatura cuyas formas y miembros fluctuaban, ora humanas, ora primordiales – y me habló en la lengua deformada de los arquitectos del tiempo.

“Has buscado lo que no debe ser buscado. Has invocado el verdadero nombre del fragmento. Ahora, la corona te pesa a ti.”

Fue entonces cuando sentí la presencia febril de Yphth penetrando mi mente, no como un intruso, sino como la única esencia real. Me supe vacío, dirigido sólo por la voluntad de aquel fragmento. Veía, a través de mis ojos no-humanoides, la disolución del tiempo mismo; sentía como los gritos de las estrellas moribundas giraban en torno a mi recién otorgada conciencia. El Trono no era un asiento ni un símbolo: era la otorgación de una vigilia eterna, una condena sin redención en el círculo perpetuo del ansia cósmica.

Cuando regresé – si puede decirse que regresé – yacía sobre el suelo empapado de mi propio sudor. Sentí el pergamino frío y reseco bajo mi mano. El anillo de sal se había agrietado por sí mismo. Afuera, la noche era demasiado silenciosa; ni el chillido de los insectos, ni el distante ladrido de los perros perturbaban el aire. Aquella quietud era otro eco de lo indescriptible. Vi en mi brazo la marca de la corona hendida, grabada a fuego frío en la piel. Cada vez que cerraba los ojos, la sala de Celaeno volvía a mí, el Trono y el fragmento brillando entre sombras, eternamente suspendidos entre el ser y el olvido.

A partir de aquel día, mi vida se transformó en una parodia de existencia. Vagaba entre la vigilia y el sueño, sin saber cuándo era prisionero y cuándo carcelero. Los rostros familiares se tornaron irreconocibles, y todo lo conocido parecía desenfocarse. Cada puerta cerrada, cada sombra en las estancias vacías, era advertencia y promesa al mismo tiempo. El fragmento del Trono, Yphth, no residía ya en la biblioteca perdida ni en la remote piedra de Celaeno: había sido transplantado a mi propia conciencia.

Empecé a escribir notas fréneticas sobre el ritual, sobre mi experiencia, pero cada palabra se deshacía en mi mente antes de alcanzar la hoja, como si un filtro ominoso decidiera lo que puede ser recordado. Me sorprendí escribiendo signos extraños, parecidos a la corona hendida y a las letras deslizantes del idioma no humano de Celaeno. Las paredes de mi apartamento comenzaron a exudar humedades extrañas, con formas reminiscentes de la sala prohibida. Las lámparas chisporroteaban, temblorosas ante la menor presencia de oscuridad.

Una noche, tras rendirme al insomnio, oí un susurro que partía de debajo de la cama. Tan tenue como un pensamiento olvidado, pero portador de una autoridad devastadora. “El Fragmento no es un objeto. Es el recuerdo de lo inmutable. El Trono, la consciencia de los que se pierden”. Y sentí el peso de la corona invisible apretar mis sienes, un círculo gélido delimitando el espacio de mis inquietudes, de mis pensamientos. Lloré, pero las lágrimas no eran ya humanas: resplandecían con la luz apagada de lo innombrable.

Mi correspondencia con Ambrose se volvió errática. Apenas podía soportar la visión de la caligrafía temblorosa en el papel, pues cada frase devolvía el eco de mi condena. Finalmente, tras semanas de tortura, comprendí mi misión: debía transcribir lo visto, aunque sólo fuera para advertir a los que, como yo, creen en la supremacía de la razón. Mi relato, lo intuí, no salvaría a nadie – y, sin embargo, lo emprendí por puro terror a lo contrario.

Sé que me acecha el final, que los mecanismos que abren la puerta al salón de Celaeno giran inexorablemente en mi interior, convocados por cada latido de mi sangre. Hay noches en que oigo la risa grave de los guardianes extinguidos y siento que la sala, con su Trono y su fragmento, se arrastra por la inclinación de mi razón, siempre un paso más cerca de mi verdadero ser.

Si este relato encuentra lectores, imploro: no busquéis los signos, no tracéis la corona hendida, no invoquéis el eco de Yphth. Porque el Fragmento no mora en Celaeno – vive ahora en los sueños, en cada duda, en cada sombra inofensiva. Y el Trono no da descanso: es vigilia perpetua, confusión sagrada, descenso en espiral hacia donde el tiempo se disuelve, y sólo existe la conciencia fragmentaria, dispersa entre brumas de otro mundo.

Me queda apenas la voluntad de cerrar con estas líneas, mientras el aire se densifica y, en el rincón menos iluminado, veo formarse la silueta de la sala perdida y siento, una vez más, la corona posarse sobre mis hombros cansados. Rueguen por mí – y por ustedes mismos. Porque el eco del Fragmento jamás se desvanece.

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