Fragmento:
Entonces sintió, o creyó sentir, una mirada henchida de una paciencia antediluviana, escrutándolo desde detrás de los velos del espacio y transmutando la cueva en un quirófano de percepciones y pesadillas. Allí se manifestó —según jura— el primer toque de lo que los viejos manuscritos de la montaña llamaban ‘La Aurora de Labios Blancos’: dos presencias, incompatibles para la percepción usual, mas tangibles con la carne y el miedo.
Duración: 10:14
Era una noche honda y malsana, henchida de presagios telúricos y resonantes mareas invisibles, cuando el Dr. Lionel Cartwright, arqueólogo de misterios, se aventuró hacia las ruinas sepultadas bajo las colinas de Estenfeld, una región donde el tiempo parecía sufrir de alguna enfermedad larvaria y el espacio mismo se curvaba en pliegues antinaturales. Cuentan los pocos campesinos que osaban acercarse que nada vivía en esos valles sino criaturas enormemente acechadas por su sombra propia, y que el aire allí tenía un regusto mineral, como de cuarzo pulverizado y sudor de sueño interrumpido. Mas yo, a quien Cartwright honró con los fragmentos de su relato, presiento que sus palabras no fueron sino un eco perturbador, apenas una rendición superficial de los terrores que acechan tras los párpados cerrados, y que nuestra lengua jamás podrá expresar sin perder los pinos de la cordura.
Aquella noche, la luna estaba oculta tras un velo desgarrado de nubes, y una bruma glutinosa reptaba desde los bajos, sumergiendo todo en una luminiscencia verdiazul. Cartwright descendió de la carretera principal y se abrió paso —linterna temblorosa en mano— por una senda pedregosa cuyas curvas inventaban ángulos que la mente no aceptaría como naturales. Guiado por una obsesión que había comenzado semanas antes, en la Biblioteca Miskatonic, se internó en las fauces de una caverna bajo una formación rocosa que, a la luz trémula, semejaba un cráneo cicatrizado por siglos.
Había llegado allí siguiendo pistas dispares: grabados antiguos, sueños compartidos por nativos, rumores de acontecimientos inexplicables. Pero fue una tabla de piedra, sellada con un bajorrelieve de círculos espejeantes en torsión imposible, la que destiló en él el abominable presentimiento. Ciertas filigranas en la piedra aludían a seres manifiestamente anteriores a toda vida reconocible, mencionando entidades que sólo la tradición oral de sectas extintas osaba nombrar: los Ahogados del Umbral, los Forjadores de Cavidades y, entre sus ecos, el Denominado sin Voz, vinculado a las esferas vacías y los temblores de la materia.
Todo cuanto Cartwright me contó —en desvaríos, susurros ansiosos y cartas manchadas de locura— converge a ese descenso inicial: la entrada a la gruta, donde una arquitectura de vetas minerales e improbables formas sugería laboriosidad no natural; y más profundo aún, una cámara circular, cuya bóveda estaba grabada con espirales que giraban hacía adentro y afuera simultáneamente, mientras el suelo exhibía indicios de haber sido testigo de rituales sin precedentes entre humanos. Allí, en ese útero de piedra, Cartwright afirmó haber escuchado un zumbido como el de abejas de vidrio, pulsando en el borde de la audición, y percibió que el tiempo no avanzaba de modo lineal, sino de especiales revoluciones concéntricas, como si aquello que vigilaba la cámara succionara la cronología consigo misma.
No supo decir cuánto tiempo de su vida quedó allí, aunque por todo lo demás puede intuirse que significó su verdadero final. En el centro de la bóveda, descubrió una grieta en forma de ojo, de la cual emanaba un olor enfebrecido, áspero, que evocaba la sangre de otros planetas y el metal herido de universos confinados. Mientras dirigía la linterna hacia esa hendidura, un profundo titilar de luces y sombras invadió sus sentidos; acaso no fuera iluminación, sino una movilidad esencial en la materia misma, como si la realidad se agitara revelando su naturaleza huidiza.
Entonces sintió, o creyó sentir, una mirada henchida de una paciencia antediluviana, escrutándolo desde detrás de los velos del espacio y transmutando la cueva en un quirófano de percepciones y pesadillas. Allí se manifestó —según jura— el primer toque de lo que los viejos manuscritos de la montaña llamaban ‘La Aurora de Labios Blancos’: dos presencias, incompatibles para la percepción usual, mas tangibles con la carne y el miedo.
La primera sensación fue la de una viscosidad que flotaba sin forma definida, un murmullo constante que surgía detrás de las paredes; era como si toda la estructura gravitara en torno a una vaciedad imposible de llenar. A esto siguió la impresión de una sombra oscura y oronda, casi maternal, pero amenazadora, que circunvalaba el centro con un ritmo nauseabundo: era algo de lo que Cartwright había leído a medias en relatos sumerios, un ente cuyo apetito era la ausencia, el silencio infinito de cuerpos huecos: la llamada Ubb.
Aquella presencia —me describió Cartwright en carta quebradiza— no hablaba en palabras ni en pensamientos, sino en expurgos internos de calor, en la rotura de los límites personales. El aire temblaba alrededor, y un susurro brotó de algún lugar bajo la caverna, un jadeo de eones, como el resople de una boca que jamás había sentido oxígeno. La voz de Ubb, si tal puede llamarse, era una vibración que hacía temblar huesos y recuerdos, y le sugirió —con la certidumbre de una memoria recuperada— que el universo era apenas un hueco dentro de otra cosa aún más hueca, y que sólo el abismo acosa a los que intentan llenarlo con sentido.
En torno a ese vértigo gravitaban formas incluso más incomprensibles: manchas flotantes, casi bidimensionales, con superficies que se plegaban como alas de insectos sintéticos. Una segunda entidad se insinuó, más insidiosa y persistente: una miríada de ángulos torcidos que bailaban con la cadencia de arterias podridas, la esencia que los grimorios demoníacos insinúan bajo el epíteto D’endrrah. Era la corrupción del deseo, la nostalgia de toda forma, la putrefacción síquica que acompaña la vida allí donde la vida no debía ocurrir. La presencia lo perforó con una mirada sin ojos, desmembrando el tiempo personal, arrasando barreras entre pensar y ser pensado.
Por instantes el arqueólogo creyó recordar —o vislumbrar— un origen ajeno, en parajes donde el calor líquido de los orígenes planetarios aún bullía, donde seres de carne azulada se deslizaban en orgías de extravagancia y ansiedad. D’endrrah le proyectó visiones: vastos salones donde huesos de titanes se disgregaban mientras la conciencia brotaba en los agujeros del cráneo; jardines sumidos bajo aguas que palpitaban con vida impía. Era como si se hallara ante la matriz de todas las pesadillas, los respiraderos donde nuestra razón echa raíces solo para engullir nuestras hojas.
Colapsado de terror y de una extraña admiración, Cartwright se vio flotar sobre su propio cuerpo, incapaz de moverse, observando como de lejos el espectáculo coral de ambas entidades primordiales, danzando en su litigio tragicómico, mientras lo invitaban —¿o empujaban?— a no otra cosa sino a comprender el sacrificio perpetuo de la identidad. Les oyó, les adivinó, dialogar en latidos y succión, en pulsos de vacío y fractales de gozo, sobre la futilidad de la carne, la trivialidad del lenguaje, la insoportable pobreza de nuestra percepción mundana. Ubb, la señora de la nada, convulsionaba dejando en la piel del arqueólogo una huella gélida y húmeda, una promesa de olvido; D’endrrah, con su calor carnal y su aroma a jazmín podrido, le susurraba dulzuras pervertidas sobre lo que podría aprender si abdicaba de su forma humana.
El colapso fue entonces inevitable. Cartwright perdió noción del tiempo, y acaso también de sí mismo. Cuando despertó —si se puede llamar despertar a la apertura de unos ojos que ya no son de nadie— estaba fuera de la gruta, arañado y cubierto de musgo, con la ropa desgarrada y los dientes rotos de apretar la verdad tanto tiempo. Ni la linterna quedaba, ni las anotaciones, salvo una libreta parcialmente empapada, en cuyas páginas se descomponía la caligrafía en una orgía de curvas y líneas que replicaban las formas imposibles de la cámara subterránea. Era al parecer la escritura automática del horror, dictada por pulso inhumano.
Repasando el texto —yo mismo dudé en cada línea si releía la vida de un hombre o la confesión de un neófito convertido al culto de lo inefable— encontré descritas, con un lirismo pestilente, la magnitud del abismo enfrentado. Cartwright anotaba que Ubb era el hambre infinito, la grieta en el ser, la diosa que paría universos sólo para devorarlos en el goce de la falta; y que D’endrrah era la carne del deseo divino, la tentación de transgredir todas las diferencias y fundirse en el delirio postrante de no-ser. Afirmaba que ambos rondaban la tierra no como dioses personales, sino como leyes físicas perversas, esperando el debilitamiento de alguna mente para hacerla escuchar.
Después de la experiencia, regresó al mundo cotidiano como espectro. Trabajó un tiempo en la universidad, pero pronto su salud se quebró: los médicos no hallaban razones para su palidez, su temblor nervioso; los estudiantes susurraban que olía como a costras viejas y pigmentos de sueños apaleados. Evitaba los espejos, pues aseguraba que había un destello hondo, en sus pupilas, que a veces no era suyo.
Las últimas líneas de sus escritos, mucho antes de su desaparición final, deben dejarse aquí como advertencia, aunque acaso sólo sean veneno para los curiosos. “Las cavernas aún murmuran”, anotó, “y yo soy ya un eco en sus espirales. No he dejado la gruta, ni la gruta a mí. Cuando los hombres cierren de veras los ojos en la noche —cuando el aire pese más que el cemento o la culpa—, sentirán un titilar de las esferas vacías; sabrán entonces que Ubb y D’endrrah nunca buscaron templos, solo anfitriones por donde acceder a la carne de la realidad.” Y luego, una rúbrica enloquecida: “No soplen las cenizas de estos nombres. No las conviertan en viento. Pues aquello que danza en la prístina bóveda de la nada solo ansía encontrar nuevas huellas, y mi paso fue apenas el primero.”
Desde entonces, he soñado yo mismo esas bóvedas líquidas y esos susurros de aire pesado, y he intuido el pulso de algo que crece tras el pliegue de cada noche. Cada vez que oigo el crujido subterráneo bajo mi casa, o que mi lámpara tiembla sin razón aparente, recito los nombres de Ubb y D’endrrah —no como plegaria, sino como antídoto; siquiera para persuadirme de que la locura pertenece solo a los desventurados que miran más allá del rostro seguro de la Materia. Pero sé, y ustedes también lo saben, que hay espacios en los que el vacío es un huésped mucho más antiguo que nosotros, y que al rozarlo, no sólo sentimos horror: lo invitamos, como se invita al amor primero, a morar en el útero de nuestra alma en descomposición.
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