Portada del relato El Umbral de Sithra-Nah
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Fragmento:


La traducción del hiperbóreo antiguo fue laboriosa, pero su contenido heló mi sangre. Según Eibon, existía –o existe quizás aún– un umbral en el corazón de la piedra que resuena bajo la torre de Mhu-Thulan, accesible únicamente mediante ritos blasfemos bajo la influencia del polvo de Ghorl y la inervación de ciertos cánticos que imitan la música de la aurora boreal.

Duración: 11:20

El Umbral de Sithra-Nah
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Texto de ajuste de pausa.

I

Recuerdo perfectamente la noche en que decidí adquirir el grimorio infame conocido como El Libro de Eibon, y aunque muchos eruditos han tachado mi búsqueda de la más ruin insensatez, aún insisto que fue mi afán de descubrir la verdad lo que me impulsó hacia esa fatal senda. Mi nombre es Lassar Gilead. Durante muchos años me dediqué al estudio de lo oculto y de las legendarias ciencias prohibidas en la Universidad de Arkham, aunque jamás había tropezado con un abismo tan profundo y repugnante como el que se presentó ante mí tras la lectura de aquel volumen maldito.

Todo comenzó con la carta de un anticuado amigo, un tal Henri Montfort, quien desde su refugio en París me notificó del hallazgo de un manuscrito original, presuntamente redactado por el propio Eibon el Sabio durante la efímera Edad de la Bruma, cuando los hechiceros aún caminaban bajo la luz de lunas extintas y los Dioses Exteriores eran adorados abiertamente bajo los pálidos cielos de la tierra moribunda de Hyperbórea.

El paquete llegó una tormentosa tarde de octubre, cubierto de extraños sigilos y sellos de cera negra, cuyo tacto era gélido e inquietante. El manuscrito se encontraba envuelto en una piel que, pese a mis muchos conocimientos, no supe identificar. Al desenvolverlo, percibí un súbito descenso de la temperatura y, al mismo tiempo, una efusión de olores indefinibles, como la humedad de criptas olvidadas por los hombres y el sutil miasma de un cadáver enterrado en tierra consagrada a deidades inmemoriales.

Mi estudio se inundó de sombras y el leve murmullo que desde el comienzo de la tarde corría en las vigas del tejado se volvió más insidioso y persuasivo, como si una presencia invisible hubiese acudido a deleitarse con mi inquietud.

Me costó trabajo reunir el coraje para examinar el texto, pues las advertencias sobre el Libro de Eibon son tan numerosas como espeluznantes. Se dice que en sus páginas reside no solo el conocimiento arcano, sino la fuente misma de la corrupción que antaño arrastró a Hyperbórea hacia la ruina, cuando Yhoundeh, la diosa-ciervo, fue adorada aún más que Tsathoggua y las nieves devoraron ciudades enteras mientras los brujos huían hacia el congelado sur.

II

La caligrafía era precisa y asombrosamente legible pese a la evidente antigüedad, y en las líneas vibraba una claridad aterradora; cada palabra goteaba sabiduría y una maldad latente, como si hubiese sido destilada gota a gota a partir de la esencia pura del miedo humano.

Al principio, las páginas parecían tan solo relatos de viajes y descripciones de criaturas aberrantes que moraban bajo la escarcha de Hyperbórea o en los pozos protegidos por la secta de Yalor-Vhoss. Se hablaba de bestias informe, de hombres-lagarto con ojos de carbunclo, y de la vasta perennidad de la Ciudad Negra de Syrinx. Los sortilegios y elaboradas recetas para obtener sueños profundos y visiones no lograron, empero, inquietarme mucho, hasta que tropecé con el capítulo titulado "Susurros en el Umbral de Sithra-Nah".

La traducción del hiperbóreo antiguo fue laboriosa, pero su contenido heló mi sangre. Según Eibon, existía –o existe quizás aún– un umbral en el corazón de la piedra que resuena bajo la torre de Mhu-Thulan, accesible únicamente mediante ritos blasfemos bajo la influencia del polvo de Ghorl y la inervación de ciertos cánticos que imitan la música de la aurora boreal.

Aquella noche, en una mecha al borde de la extenuación, leí acerca del método prohibido para abrir el Umbral. La descripción era tan detallada, tan precisa en sus atroces pasos, que por un instante creí sentir la presión de unas miradas invisibles y arcaicas acechándome desde los rincones oscuros de mi estudio. El texto advertía que las consecuencias del rito no solo amenazarían la psique del invocador, sino la integridad misma del mundo. Sin embargo, añadió una nota: "Ningún sabio me creerá; aun así, la tentación de cruzar persiste, pues más allá del Umbral, todo deseo se revela posible, y la muerte de la mente es un precio trivial para quienes anhelan romper el véu entre los mundos".

¿Cuánto tiempo pasé leyendo y traduciendo ese fragmento fatídico? No lo sé. Quizá fueron horas o días, pues el flujo del tiempo cesó de tener sentido mientras sumergía mi mente en abismos de insania congelada.

III

Fue grande mi desgracia el darme cuenta de que poseía, entre los polvorientos anaqueles de mi biblioteca, una muestra muy pura del polvo de Ghorl, adquirido años atrás en un mercado de El Cairo a un vendedor ciego y mutilado. Así, como movido por una fuerza ajena, desbrocé las palabras y melodías del capítulo y las reescribí en página aparte, acompañándome de la música más sutil y espectral traída por la vieja radio de tubos, y de la pálida luminiscencia de una luna agónica que se asomaba por la ventana.

La preparación fue un acto de fervor y repulsión al mismo tiempo. El polvo despedía un leve brillo verdoso, y al aspirarlo, sentí un escalofrío que recorrió mi columna y encendió mi percepción con visiones de paisajes helados, ruinas invadidas de musgo y círculos de piedra que vibraban bajo la superficie del mundo real.

Pronuncié las palabras, entoné los cánticos, y enseguida el aire se volvió espeso y opaco, como si una película de oleoso éter descendiera entre las paredes y sellara mi estudio de la realidad compartida. Todos los objetos adquirieron un aspecto incierto, fluctuante y ondulante; los libros se estremecieron, las sillas rechinaron, y los relojes dejaron de moverse.

Fue entonces cuando lo oí. Un susurro, en principio tan tenue como el crujir del polvo sobre una tumba, pero que se multiplicó con cada ciclo del conjuro. Decía mi nombre. Gilead. La voz era lenta, elongada, y se confundía con el rumor de una marea lejana, como si una multitud de seres mutilados gritaran mi nombre en lenguas olvidadas.

El Umbral apareció. No puedo describirlo, no con palabras humanas, pues era al mismo tiempo una abertura y un cierre, una cortina de sombras y una luz dolorosa, un portal y una prisión. La geometría del espacio se volvió ilógica; el límite entre la vigilia y el sueño colapsó. Sentí tirones en mis miembros, dentro de mi rostro, en lo profundo de mi alma. Supe, con certeza incuestionable, que lo que habitaba allende aquel Umbral no era vida, ni muerte, sino algo anterior, puro, monstruoso, en cuya contemplación radicaba el más absoluto terror.

No obstante, el mayor horror surgió cuando comprendí que el Umbral no deseaba que lo cruzara, al menos, no solo; que buscaba devorarme, absorber mi mente y recuerdos, y con ellos, infiltrarse en este lado de la realidad.

IV

La cantidad de tiempo que pasé suspendido en aquel espacio intermedio entre ambas esferas del ser es desconocida para mí. Allí, las fronteras del yo se disuelven, y la percepción entera se reordena bajo leyes cuya existencia la mente humana rechaza.

Vi ciudades de basalto negro remolineando a través del viento, suspendidas sobre abismos insondables, rodeadas de ciclópeas columnas talladas en huesos de seres extinguidos antes de la concepción del tiempo. Seres inefables, ni hombres, ni bestias, ni dioses, vagaban por los arcos de esas ruinas, acompañados del sonido de caravanas de atados de huesos y la perpetua niebla de las músicas verdes. Presencié, horrorizado, el desfile de los Testigos Sin Ojos, que avanzaban arrastrando cadenas de alba y vitriolo, cantando los himnos de la Autopsia de la Razón.

El Umbral poseía conciencia. Sentía su débil latido en mi pecho, su inquisitiva presencia bajo mi lengua. Sentí, con un pánico sordo, que lo que ocurría era una preparación, un rastreo de mi esencia, como un carcelero que examina a los prisioneros antes de tomar el alma que necesita para sustentar sus fuegos inmemoriales.

Percibí el registro de todas las acciones, pensamientos y dolores de los hombres, condensados en un solo instante blanco, donde se revelaban los destinos alternos que jamás serían. Vi, con nitidez enfermiza, el instante de mi muerte, la descomposición de mis huesos en una celda de sal, la corrupción de mi espíritu en la memoria de los siglos.

Así supe, finalmente, que el Umbral nos acecha a todos, y que el mero deseo de entender lo prohibido es suficiente para atraer su mirada y que, al mirarnos, graba en nosotros su marca imperecedera.

V

No sé cómo logré regresar. Quizá hubo una grieta en la vigilancia del Umbral, o los cánticos enloquecidos de mi voz me sirvieron de cuerda para volver hacia el resquebrajado refugio de la materia y el tiempo. Cuando recuperé la conciencia, me hallé postrado sobre el suelo, empapado de un sudor antinatural y con el cuerpo rígido como el frío mármol de una estatua funeraria.

Nadie acudió a mi auxilio. Lo más angustioso, empero, fue descubrir que el manuscrito del Libro de Eibon ardía sin consumir en el centro del escritorio, surgiendo de sus páginas una nube de motas brillantes e informes, que giraban alrededor de mi cabeza componiendo horribles símbolos con su danza.

El aire se volvió más denso, y los susurros, que creía cosa del pasado, comenzaron a escucharse incluso durante el día, en la vibración de la cañería, en el susurro del viento bajo las ventanas, en el horizonte del sueño.

Ahora sé —y lo digo a modo de una advertencia que ningún mortal debe desdeñar—, que una vez se ha sentido el contacto del Umbral, jamás se vuelve a estar solo; que los ecos de aquel vacío ancestral se filtran, gota a gota, en la mente y el alma hasta erosionar toda resistencia humana. El Libro ya no puede ser destruido, ni ocultado, pues ha injertado su semilla en la realidad. Dormir se vuelve un acto de terror, y la vigilia un océano de confusión, pues a veces es imposible distinguir la voz del propio pensamiento de la de aquellas entidades arcaicas que aguardan en las fronteras del ser.

VI

Fui visitado, poco después, por figuras encapuchadas que recorrían la niebla de mi barrio, cuyos pasos resonaban como los de bestias prehumanas. Por la noche, mi puerta fue cubierta de símbolos tallados en la madera, y una runa tallada en hueso apareció bajo mi almohada, vibrando débilmente. Solo entonces supe que había sido marcado para siempre, proscrito entre los vivos y acechado por los sin nombre.

Vagué varias noches por las calles, buscando redención o una forma de cegarmi a la realidad. Mas ninguna droga, ni el vino más fuerte, ni la oración más desesperada, lograron romper el lazo que me unía al Umbral. Nunca más podré separar la quietud de las estrellas del profundo rumor de la eternidad hambrienta, nunca podré disfrutar del amor o de la risa sin sentir el eco de los abismos que se abren bajo mis pies y al lado de cualquier puerta cerrada.

Si estas palabras han llegado a tus ojos, sonríe triste lector. No busques el Libro de Eibon, ni la senda hacia el Umbral, pues hay conocimientos que ni los dioses pueden soportar y abismos que transforman incluso al más fuerte de los hombres en un espectro sin voz. El horror más puro no es saber que existen cosas peores que la muerte, sino que, al buscarlas, uno mismo se convierte en mensajero y heraldo de la corrupción absoluta.

Permanece ignorante, evita los símbolos antiguos, y no escuches los susurros que reptan bajo la piedra y en los latidos de tu propio corazón. Allende el Umbral de Sithra-Nah, toda búsqueda termina con la aniquilación del alma, y el verdadero horror no es morir, sino regresar con la certeza de que jamás volverás a estar solo en la oscuridad.

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