Portada del relato La cripta de las campanas olvidadas
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Fragmento:


La capilla apareció ante mí exánime, reducida a un caparazón de piedra erosionada, oculta entre marañas de zarzas y glifos impíos apenas visibles en los sillares. Allí, bajo la luna, resonó nuevamente el tañido, más fuerte y cercano, imposible de adjudicar a mano mortal pues no había en el tejado ni campanario sino el abismo de lo no visto. Los murciélagos se lanzaron en frenético escape y las arañas suspendieron su labor ancestral. En ese entorno suspendido fuera del tiempo comprendí, de manera instintiva y abrumadora, que algo me observaba desde debajo de la tierra, algo que ansiaba mi presencia tanto como yo inevitablemente ansiaba el horror que acechaba en lo invisible.

Duración: 09:11

La cripta de las campanas olvidadas
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Texto de ajuste de pausa.

A través de las monótonas planicies de Dunwich y por sendas olvidadas apenas discernibles aún bajo la luz de un menguante cuarto de luna, extravié mi razón entre los brumosos recuerdos de una ciudad suspendida a medias entre la vigilia y la pesadilla. Permítanme, antes de que las palabras se anuden en mi agonía, advertir que no se debe excavar en los lugares dormidos de la historia, allí donde se amontonan las eras como polvo sobre la tumba de un dios antiguo, pues lo que yace debajo no siempre es materia o carne.

Aquella noche de junio infernal, me hallaba solo en mi despacho, frente a los estantes combados por el peso de volúmenes cuya mera existencia desafía la cordura, cuando las primeras notas de un tañido lejano y desquiciante se colaron por la ventana entreabierta del caserón. El aire tibio olía a hinojo y vejez, pero el sonido -un golpe leve, repetido, no humano- rebanó mi concentración y me arrastró hacia una vigilia agitada de sensaciones contrapuestas.

Mi nombre es Arthur C. Banfield, doctor en arqueología y, hasta aquella noche, hombre de racional empeño y creencias firmes en la piedra, el hueso y la lógica de las capas superpuestas. Hijo de una dinastía caída en la ignominia, residía temporalmente en la antigua casa de los Banfield en Arkwright, una villa olvidada al borde de lo mapeado, donde los relojes parecen desafiar el tiempo y los perros no ladran más allá del crepúsculo. Desde mi llegada, los lugareños, de piel cerúlea y ojos encajados, me observaban con una mezcla de aprensión y superstición, como si la memoria de los míos les impidiese la cortesía y la razón misma.

En la tarde de aquel fatídico día, al ordenar los papeles amarillentos del legado familiar, encontré en el fondo de una gaveta secreta un diario encuadernado en cuero de tono enfermizo. La caligrafía era de mi tío abuelo, Josiah Banfield, presunto hereje y objeto de rumores oscuros desde su misteriosa desaparición hacía casi un siglo. El diario relataba su obsesión por una capilla en ruinas, oculta en un claro hundido en el suroeste de la finca, y por el repicar de ciertas campanas que, según afirmaba, solo sonaban para los oídos condenados.

Confieso que, ignaro de peligros, la curiosidad venció mi recelo inicial. A medianoche, impulsado por la promesa de descubrimientos y la sed de respuestas, me interné en el bosque guiado por el triángulo de la herradura, siguiendo las instrucciones crípticas dejadas por aquel antepasado malhadado. Los árboles parecían torcidos en ángulos blasfemos contra las estrellas, y cada sombra era un recordatorio de que los secretos ocultos bajo el manto nocturno cobran vida allá donde se atreven a caminar los hombres necios.

La capilla apareció ante mí exánime, reducida a un caparazón de piedra erosionada, oculta entre marañas de zarzas y glifos impíos apenas visibles en los sillares. Allí, bajo la luna, resonó nuevamente el tañido, más fuerte y cercano, imposible de adjudicar a mano mortal pues no había en el tejado ni campanario sino el abismo de lo no visto. Los murciélagos se lanzaron en frenético escape y las arañas suspendieron su labor ancestral. En ese entorno suspendido fuera del tiempo comprendí, de manera instintiva y abrumadora, que algo me observaba desde debajo de la tierra, algo que ansiaba mi presencia tanto como yo inevitablemente ansiaba el horror que acechaba en lo invisible.

El altar, desgastado hasta casi perder todo trazo, retuvo sin embargo una inscripción apenas legible cuyos caracteres no se parecían a ninguno de los que estudié en mis años de academia. Toqué la piedra; estuvo tibia bajo mis dedos, temblando como un latido. Antes de que pudiera repudiar el contacto, la tierra se convulsionó -un estremecimiento localizado, espantoso, como si un corazón demasiado grande palpitase justo debajo. El ulular de las campanas se tornó en estrépito; en su música atonal vislumbré fugazmente la promesa de memorias imposibles, gestos sacrílegos y nombres que jamás debieron ser pronunciados.

De pronto, una suerte de trampa se activó al peso de mi cuerpo y una losa cede. Caí al interior de la capilla, aterrizando en un túnel húmedo, inundado de una negrura densa y expectante. Mis pulmones supieron allí lo que mi mente no quiso: el aire estaba impregnado de corrupción inmemorial, una mezcla de milenios y desesperanza. A duras penas, encendí una linterna y avancé, guiado por la impertinencia de la ciencia y un credo lacerado hasta el paroxismo.

El corredor desemboca en una bóveda, una vasta cripta circular cuyas paredes estaban cubiertas de relieves aún más antiguos, tan insidiosamente grotescos que me costó contemplarlos. Vi figuras inhumanas arrodilladas ante entes impíos, masas informe con ojos múltiples y bocas que chorreaban sombras, devorando lo que uno solo podía percibir como el alma misma de aquellos que se atrevieron a descender. En el centro de la cámara, el suelo era de un cristal opaco, bajo el cual se arremolinaban siluetas en perpetuo movimiento, difusas, como si atrapadas en una danza de sufrimiento y éxtasis.

Lo que sucedió entonces desafía mi capacidad de relatarlo de forma lineal. La luz vaciló y el tañido volvió, ahora reverberando dentro de mi cráneo con furia de vendaval. Sentí que las paredes de la cripta se plegaban y expandían, respirando conmigo. Cada golpe de esa campana invisible acometía contra mis huesos, repicando mi nombre y mi sangre.

Fue en ese estado de casi-delirio que percibí el arrullo de algo que subía desde el pozo de cristal: una amalgama de formas cuyo acecho helaba la médula espinal. Vi brazos serpentiformes, tentáculos translúcidos, máscaras impávidas y rostros humanos fundidos en rictus de terror. Todos ellos convergían hacia mí, arrastrando consigo la promesa de saberes prohibidos y la locura que conlleva el atreverse a comprender. Los rostros eran conocidos y desconocidos: parientes del pasado, vecinos que apenas saludaban, incluso el de mi infame tío abuelo, cuya boca se abría en un grito silencioso.

Volví en mí tendido sobre el frío suelo de la cripta. La linterna agonizaba, y la única luz era esa mortecina luminiscencia que o bien emanaba del cristal o era el eco de las criaturas que acechaban tras sus fronteras. Era, sentí, una prisión y un altar: la prisión de seres ancestrales, horribles, que alguna vez gobernaron la superficie y que fueron exiliados por civilizaciones ahora tan muertas que solo persisten en el temor primitivo, y el altar de los fieles mortales que ofrecieron para perpetuarse más allá de la carne y el tiempo.

En el delirio que siguió, supe sin palabras, gracias a una marea de memorias que no podían ser mías, que mi llegada no era casual. La familia Banfield había custodiado el portal, generación tras generación, ignorando en su mayor parte el sentido de su deber. Josiah, mi tío abuelo, había fracasado en su parte y pagado el precio más allá de la muerte, pero yo fui escogido no por linaje sino por voluntad del abismo mismo.

La decisión era, implícitamente, aceptar el pacto no escrito: me convertiría en guardián, el último de los exiliados en la superficie, condenado a no poder dejar la capilla, a convertirme en el eco del tañido y la sombra en la cripta. O debía oponerme a esa infinita presión mental y física, sabiendo que arriesgaba romper el sello y desfogar así horrores innombrables sobre el mundo de los vivos.

Intenté arrastrarme fuera, mientras la tierra vibraba a cada impulso. Cada palmo era una eternidad, pero algo en mi sangre, tal vez la herencia inconfesable de los Banfield, invocó una fuerza que no era mía ni humana. Entre vísceras y riendas invisibles, logré arrancarme del influjo de la cripta y trepé a la superficie, donde la noche había cedido a una aurora extrañamente pálida y plomiza.

No recuerdo la marcha de regreso a la mansión, ni mi trastabillar borroso a través del umbral. Pasé días febril, sin sentido, atormentado por sueños plagados de campanas y tentáculos, hasta que finalmente recuperé algo parecido a la razón. Desde entonces, vivo prisionero del sol, de las horas custodiadas por la razón y el olvido, pues bajo la oscuridad del crepúsculo, escucho el tañido, suave como el roce de gusanos entre huesos. Sé que mi tiempo aquí es prestado y que la memoria de los horrores que acechan bajo la capilla jamás me abandonará.

Ahora, cuando escribo estas últimas líneas, tembloroso y vigilante en la vieja mansión, tiemblo al saber que pronto será de nuevo medianoche. Ya oigo en la distancia el primer eco de las campanas olvidadas, llamando a los guardianes de carne y a los prisioneros de cristal a unirse una vez más en el ciclo inacabable del miedo y la vigilia. A usted, quien por azar o fatalidad halle este testimonio, sólo le ruego una cosa: no busque la capilla. No escuche las campanas. No responda a la llamada que surge desde la tumba de los dioses caídos, pues cada generación ocupa su lugar en la cripta, y cuando los sellos sean quebrados del todo, ni el día ni la razón bastarán para proteger lo que queda de este lado de la oscuridad.

Y así, bajo este testamento de horror y advertencia, cierro el diario, pues las campanas, inconfundibles, acaban de sonar por mí.

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