Portada del relato El Santuario de Yig
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Fragmento:


En las postrimerías del otoño de 1926, llegué al pequeño y olvidado pueblo de Valladolid, situado en el último confín del sureste mexicano, acuciado por una doble urgencia: buscar las huellas de mi abuelo materno, sobre el que sólo había rumores confusos e inquietantes, y acallar un malsano anhelo que me hostigaba desde hacía meses: la necesidad de penetrar en tierras donde mi palabra no era bien recibida y donde, según lejanos ancestros, persistía un legado más antiguo aún que la conquista de Yucatán.

Duración: 08:08

El Santuario de Yig
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Texto de ajuste de pausa.

En las postrimerías del otoño de 1926, llegué al pequeño y olvidado pueblo de Valladolid, situado en el último confín del sureste mexicano, acuciado por una doble urgencia: buscar las huellas de mi abuelo materno, sobre el que sólo había rumores confusos e inquietantes, y acallar un malsano anhelo que me hostigaba desde hacía meses: la necesidad de penetrar en tierras donde mi palabra no era bien recibida y donde, según lejanos ancestros, persistía un legado más antiguo aún que la conquista de Yucatán.

El aire era denso, saturado con las miasmas de la selva circundante, y todo en el pueblo parecía oscilar entre la quietud de la siesta y un terror innombrable, contenido y arrinconado en las miradas furtivas de sus habitantes, cuyas lenguas parecían selladas por pactos ancestrales. Una sola vez pregunté, en la destartalada posada donde me hospedé, por el apellido Varona, el de mi abuelo. No recibí respuesta. Sólo una anciana, arrugada como la corteza de un árbol seco, dibujó con un dedo huesudo un gesto en los labios para que guardara silencio. No volví a intentar.

La segunda noche, el posadero, probablemente apiadado por mi desconcierto, me habló al fin. Con voz temblorosa, narró la leyenda de un santuario enterrado, vestigio de los tiempos de la serpiente y el hombre, donde algunos volvían aún a rendir tributo a los dioses de la escama y el silbido. Me previno, entre susurros, que no explorara demasiado al sur: las ruinas de Zací, dijo, conocían los pasos de quienes no regresaban. Pero el temor, como todo lo prohibido, fue solo un incentivo más.

Guiado por un mapa antiquísimo garabateado en un cuaderno heredado, me adentré en la espesura el tercer día, donde árboles retorcidos parecían emular grotescos ídolos, y los monos acechaban cual centinelas del tiempo. Caminé obesamente, abriéndome paso hacia una hondonada donde la humedad era irrespirable y las sombras danzaban sin dueño. Allí encontré, semienterrada bajo lianas, la boca de una gruta oblonga, flanqueada por piedras cubiertas de inscripciones ya borrosas, pero reconocibles: era el rito de los antiguos, la danza de la serpiente emplumada y el sacrificio humano.

La luz de la lámpara tembló, incapaz de imponerse al abismo interior, pero mi voluntad —o quizás mi ingenuidad— fue más fuerte. Descendí por una rampa cubierta de polvo y huesos, respirando un tufo a humedad y podredumbre que paralizaba el espíritu. Por un instante, creí distinguir reptiles escabulléndose bajo la roca. Más adentro, un laberinto de corredores serpenteaba y la temperatura descendía hasta helarme el sudor. Algo me observaba. Lo supe antes de verlo. Las paredes parecían respirar a mi ritmo, estrechándose a cada paso.

Sin embargo, lo verdaderamente pavoroso aconteció después de perderme. En la penumbra, al doblar una esquina que presagiaba ruina, me hallé frente a un altar construido en piedra verde y negra, manchado por ofrendas recientes: sangre aún tibia, plumas, flores podridas, y —lo que me heló los huesos— pequeñas muñecas de hilo, cada una atada con un único cabello humano. Sobre la piedra, dos ojos amarillos reflejaron la luz de mi linterna.

Permanecí inmóvil. El ser que emergió tenía rostro humanoide pero piel escamosa y oscura, y sus manos terminaban en garras finas como puñales de obsidiana. Su nariz apenas se insinuaba entre los pliegues del cráneo, y la boca era una línea sinuosa, húmeda, cortada en una mueca inexplicable. En su pecho latía un símbolo similar al de mi cuaderno: el siniestro emblema de la serpiente bicéfala.

No supe cuánto tiempo permanecí paralizado, pero oí el siseo ceremonioso de su lengua bífida, arrastrando palabras que nunca debieron pronunciarse por boca humana. Alrededor, otras figuras se insinuaron en la penumbra: seres de todas las tallas, todos con la misma piel brillante y los mismos ojos inyectados de un fulgor infernal. La mitad ocultos en la sombra, adornados con collares de colmillos y discos de piedra grabados con símbolos serpenteantes. Era un concilio, una asamblea tan inmortal como inhumana.

No grité. Quizá lo resigné por instinto, pues la desesperación era inútil y la huida imposible. Uno de ellos —el más alto y fornido— se apartó de la asamblea y caminó en dirección a mi figura encogida. Su andar era sinuoso, casi danzante, y cuando estuvo a unos pasos pude apreciar la intermitente translúcida de su vientre: bajo la piel, algo reptaba. El ser extendió en ese instante su garra, tocó mi frente y depositó en mi mente una visión imposible, la memoria de un tiempo cuando la humanidad aún no se aventuraba fuera de las cuevas ni conocía, siquiera, el fuego.

Vi ciudades ciclópeas sumergidas en pantanos infinitos, donde columnas herpéticas trepaban hasta cielos tan oscuros como la sangre recién derramada. Vi rituales, danzas frenéticas alrededor de un pozo de infinito fondo que alguna vez fue el dominio de Yig, Padre de Serpientes, cuyas órdenes los mortales sólo podían cumplir bajo riesgo de locura perpetua. Comprendí, como nunca antes, que ciertos linajes humanos —incluyendo el mío— habían pactado sangre con aquellas razas reptilianas, entregando descendencia y memoria a cambio de conocimiento vedado y longevidad abominable.

El trance fue interrumpido por un sonido desgarrador: el tañido de un tambor, hecho seguramente de piel humana, y un cántico que heló mi alma. Las criaturas formaron un círculo, y fui arrastrado, sin poder resistirme, a lo alto del altar. Las lenguas humeantes lamieron mi cuerpo, registrando mi esencia; las garras recorrieron mis músculos tensos en busca de resistencia, y lo que vi en ese instante escapa a cualquier descripción. Solo puedo recordar una infusión de veneno en mis venas, un calor febril apoderándose de mi cuerpo, y la visión de mi propio rostro volviéndose borroso, maleable, irreconocible.

Entre delirios y estremecimientos, creí escuchar la voz de mi abuelo, proveniente del abismo insalvable bajo el altar, suplicando por el final. Quise rogar por compasión, pero mi lengua se retorció en mi boca, pronunciando palabras prohibidas, la letanía de Yig. Fui sumido en el abismo.

Desperté, días después, a la orilla del río Sarto. Mi piel ardía con una comezón indescriptible, y mi sudor era espeso, salino y amargo. Los habitantes del pueblo me hallaron tan demacrado y trastornado que no reconocieron al forastero curioso de antes. Una distancia insalvable se había interpuesto entre el mundo y yo. Mi reflejo, desde entonces, me resulta ajeno.

A veces, en las noches de lluvia, la boca de mi estómago se convierte en un nido de reptiles invisibles, y mi espíritu ansía la húmeda oscuridad de la gruta. Las pesadillas no han cesado. Veo, una y otra vez, la asamblea de hombres serpiente, repitiendo el pacto sobre mi linaje, renovando mi condena. Nada alivia la comezón. Ni duermevela ni vigilia pueden desterrar la certeza de que parte de mí quedó para siempre en esas profundidades, y que la sangre que recorre mis venas es, en verdad, la de una antigua estirpe reptiliana, impía y ajena al mundo de los hombres.

Cargo, desde entonces, un terror incesante por lo que he visto y oído. Nunca revelaré completamente el mapa ni el verdadero nombre del santuario, porque mi carne misma late al compás de la prohibición. Quien ose hurgar entre los secretos de Yig pronto descubrirá que es imposible volver ileso, o humano, de tal aventura. Y bajo la luna teñida de cobre, cuando los sapos croan y las serpientes reptan en el sigilo, no puedo evitar sentir una deliciosa, repugnante nostalgia por las profundidades a las que mi espíritu, ineludiblemente, pertenece.

No me busquen. Si alguna noche sientes que te vigilan desde las sombras del manglar, que tu piel hormiguea sin razón y que tu voz resbala entre silbidos involuntarios, recuerda este aviso. Hay linajes —y condenas— que nunca se extinguen. Y sólo los insensatos preguntan por los Varona en Valladolid.

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