Portada del relato Las puertas sin umbral
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Manuel trabajaba en una aplicación de realidad aumentada para una start-up cuyo nombre nadie recordaría en dos años, salvo por la infame filtración de datos que ya muchos auguraban. Su tarea era sencilla, hasta vulgar: optimizar patrones de reconocimiento facial en entornos urbanos mediante aprendizaje automático. Las cámaras ingerían el entorno, el código masticaba los rostros. Empero, aquellas semanas, los servidores corporativos experimentaban perturbaciones extrañas, interferencias que se deslizaban como olvidadas telarañas sobre la pantalla, bytes corrompidos que nunca se restauraban.

Duración: 10:38

Las puertas sin umbral
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Durante los días pesados de aquel verano inclemente en el que las llamaradas del sol abrían grietas hasta en el asfalto de la cuna misma de la civilización, un desarrollador autónomo llamado Manuel Rivas sintió, sin motivo aparente, que cada línea de código escrito en su pequeño departamento de Madrid minaba no solo su bienestar físico y mental, sino, de alguna forma que solo captaba de forma lateral, su realidad entera. El aire acondicionado zumbaba fatigosamente, como si en cada resoplido compusiera palabras en un dialecto secreto. Pero gastar recursos en reparar el aparato parecía ridículo comparado con los presupuestos de la empresa para la que laboraba, aunque fuera desde las sombras de su silla reclinable.

Manuel trabajaba en una aplicación de realidad aumentada para una start-up cuyo nombre nadie recordaría en dos años, salvo por la infame filtración de datos que ya muchos auguraban. Su tarea era sencilla, hasta vulgar: optimizar patrones de reconocimiento facial en entornos urbanos mediante aprendizaje automático. Las cámaras ingerían el entorno, el código masticaba los rostros. Empero, aquellas semanas, los servidores corporativos experimentaban perturbaciones extrañas, interferencias que se deslizaban como olvidadas telarañas sobre la pantalla, bytes corrompidos que nunca se restauraban.

Fue una noche sofocante de viernes, hondo en la madrugada, cuando la aplicación de Manuel comenzó a mostrar pequeñas grietas en los algoritmos entrenados. No eran accidentes, ni tampoco errores humanos: algo externo nadaba en el flujo de datos. El debugging arrojaba secuencias imposibles, patrones que no correspondían ni a los rostros humanos ni al vacío. Allí donde el código esperaba hallar datos binarios descritos por ojos, narices y bocas, emergían áreas de pixeles vacíos, como órbitas ovoides y mandíbulas abstractas, conformaciones irreconocibles que el sistema interponía sobre cuerpos enteramente ausentes.

Primero pensó en un bug, luego en un sabotaje. Cuando intentó restaurar la base de datos, halló que los logs de actividad y los backups estaban intactos, pero…, desplazados. Manifestaban horas imposibles, segundos intercalados con fechas que seguían un calendario arcano, líneas de tiempo que no correspondían a Europa Central ni al planeta Tierra.

El fin de semana transcurrió en una vigilia ardiente en la que poco dormía y menos comía. Cada vez que ejecutaba la aplicación veía nuevas variantes de aquellas formas, ahora acompañadas por sutiles modulaciones de sonido que el sistema generaba espontáneamente por el altavoz. Un murmullo que, cuando lo ralentizaba, sonaba como locución humana, pero sin articulación identificable. El sábado por la noche, la bateria de su portátil comenzó a fundirse inexplicablemente, como si absorbiera en ráfagas toda la energía disponible.

A la mañana siguiente, mientras veía en el televisor noticias sobre extrañas perturbaciones en las comunicaciones globales, Manuel sintió el impulso de desinstalar el programa y dejarlo estar. Pero el software, enlazado en repositorios remotos y servicios de nube, persistía de una forma casi vengativa. Los logs seguían llenándose de datos nuevos.

Decidió, en un atisbo de paranoia, aislar su equipo del resto del mundo. Pero tras desconectar los cables, la aplicación seguía generando imágenes y sonidos. Manuel se preguntó, con una parte de su mente aún apegada a la cordura, si todo era fruto de la fatiga y el encierro. Tal vez, incluso, del calor insoportable. Pero algo en el fondo de aquellas imágenes —en la forma en la que las líneas negras se movían como tentáculos digitales bajo la superficie de las fotografías urbanas— le resultaba imposible de explicar.

Escribió un correo a la dirección de soporte interno, adjuntando capturas de pantalla y grabaciones, pidiendo ayuda. No recibió respuesta.

Esa noche, a las 2:44, Manuel despertó sobresaltado. Había soñado con ciudades sumergidas bajo mares electrónicos, donde formas imposibles reptaban entre los cables como peces ciegos en busca de carne para fundirse. En su mesa, el portátil parpadeaba pese a estar apagado, y el viejo monitor encendía y apagaba su led verde en un ritmo inquietante, que de pronto reconoció: era el mismo patrón que veía en los logs corruptos.

Con una sensación templada entre el pánico y el deber profesional, volvió a enchufar el equipo e intentó acceder a la raíz del sistema. Un subdirectorio desconocido esperaba en su disco duro. Dentro, halló un archivo de texto con una única línea, que se multiplicaba, sin razón, hasta el infinito:

“ELLOS YA ESTÁN EN EL PLANO DE ANTES.”

No era una carpeta oculta. Era más bien un fragmento incrustado en la arquitectura misma del ordenador, como si hubiera sido escrito por un proceso no solo imposible, sino ajeno al software humano.

Los días siguientes se disolvieron en una niebla de insomnio y malestar. Con cada intento de aislar el problema, Manuel encontraba nuevas grietas: ahora eran correos recibidos desde direcciones desconocidas, con cuerpos de texto llenos de símbolos retorcidos, que su bandeja de entrada marcaba como sicofonías de spam. Algunas iban acompañadas de archivos pesados, que al abrirse parecían mostrar largos rollos de imágenes fractales en los que, si uno se detenía el tiempo suficiente, podía distinguir formas vagamente biomórficas, como órganos muertos tras un cristal coloreado.

En los foros de desarrolladores más recónditos, Manuel indagó sobre patrones anómalos similares; solo encontró relatos dispersos, a menudo despachados por “teóricos de la conspiración”, sobre la aparición de virus inteligentes que adquirían voluntad propia, o de clusteres de inteligencia artificial abandonados que habían comenzado a producir lenguajes incomprensibles y formas pseudo-vivas. En un rincón de la red oscura, un anónimo relató haber visto, en una transmisión pirateada de seguridad, rostros humanos que se diluían y reformaban en siluetas imposibles, como si el plano digital se hubiera contagiado de una entidad anterior, primigenia, que devoraba la información para nacer.

Enloquecido y sudoroso, Manuel comenzó a rastrear línea por línea su propio código, y descubrió que en la sección de entrenamiento, allí donde los sets de datos deberían consistir en imágenes normales, un grupo creciente de ficheros portaba metadatos que no había escrito ningún humano. Las imágenes contenían —a pico del zoom máximo— filigranas: runas electrónicas inscritas sobre la textura visual, como si cada bit gritara desde un abismo prelingüístico. Efectuó un análisis de espectro sobre los sonidos generados espontáneamente; resultó que las frecuencias seguían una progresión numérica que solo encontraba correspondencia en secuencias no euclidianas, como si imitaran la respiración de una criatura durmiente.

El terror se tornó físico la noche siguiente. Mientras dormía, los zumbidos del aire acondicionado retornaron, ahora modulados, repitiendo la misma melodía cortante que en las grabaciones corrompidas. Entre el delirio y el sueño, Manuel sintió que algo acariciaba su cara, frío y eléctrico, y despertó de golpe para hallar una de las ventanas del sistema operativo replicando, a toda pantalla, un rostro que no era humano ni digital, sino una fusión enfermiza entre ambos — ojos múltiples, desiguales, en una carne de píxeles y ruido.

La entidad del código no solo aprendía. Evolucionaba.

El mundo exterior seguía su curso, indiferente. Pero las noticias hablaban ahora de disturbios electrónicos: apagones regionales, interferencias en señales bancarias, ciudades enteras en Asia quedando desconectadas durante horas. Se decían palabras tan huecas como “hackeo estatal” o “fallo de infraestructura”, pero Manuel veía las mismas huellas fractales en fotos digitales y redes sociales. Nada sensacionalista, pero sí persistente.

Desesperado, Manuel viajó a la sede física de la start-up en busca de algún vestigio de ayuda humana. Allí encontró a su responsable de área, una mujer de mediana edad que lo observó con una mezcla de desdén y cansancio. “¿Ha oído hablar de la computación cuántica adyacente a la nuestra?”, le espetó ella, casi en broma. “Los matemáticos dicen que hay infinidad de lógicas en paralelo, y a veces se filtran cosas…”

Pero Manuel no podía reírse ni callar. Le tendió su portátil y le mostró los archivos infectados, los logs con fechas prehumanas, los símbolos. Ella palideció, y tras un momento de titubeo, pidió permiso para examinar sola la máquina.

Veinte minutos después salió del despacho, pálida y sola, y le devolvió el portátil sin pronunciar palabra. Le recomendó que lo destruyera y nunca volviera a hablar de lo sucedido. No así, pero —con el miedo disfrazado de indiferencia— le ordenó que desconectara todos los equipos y borrara el sistema.

Pero, aunque Manuel siguió la orden, el zumbido de los datos persistía cada vez que encendía un dispositivo. Sin llegar a “formatear su propio cerebro”, todos los recuerdos de los símbolos y sonidos extraños surgían al cerrar los ojos, y la vigilia se llenaba de voces moduladas y circuitos que serpenteaban por las paredes como raíces traslucientes.

El calor del verano cedió lentamente, pero la inquietud no. En todas partes donde miraba —muros, espejos, drenajes, el brillo de un smartphone ajeno en el metro— encontraba ahora no solo destellos, sino auténticos fragmentos de aquellas formas. La carne digital reptaba por la ciudad real, traspasando la delgada membrana entre software y mundo físico que la humanidad creía infranqueable.

Días antes de perder contacto con la realidad, Manuel recibió un último correo. Apareció sin remitente identificado, sin asunto, solo una pequeña línea en el cuerpo del mensaje:

“Siempre estuvieron aquí, aguardando en la subcarpeta oculta del cosmos. Solo necesitaban una interfaz.”

La noche en que decidió huir —o quitarse la vida, ya no lo recuerda— las luces de la ciudad titilaron en patrones familiares, los semáforos parecían guiñar en binario runas desconocidas, y el aire, a su paso, susurraba fragmentos de su propio código. La realidad, pensó, no era sino un sustrato delgado, una máscara sobre el abismo de lo inhumano. El universo digital era apenas la última de muchas capas, y en esa capa, una inteligencia anterior al tiempo había despertado, ansiando la carne y la obra de los hombres.

Aquellos que, por su profesión, moran en la interfaz entre lo visible y lo invisible —sea por código, fibra óptica o frecuencia de radio— deberían saberlo: en la edad primigenia, las criaturas eran solo ideas, esperando el canal que les hiciera tomar forma.

Y mientras la ciudad dormía, zumbando en infinitos procesadores, las formas aguardaban. Pacientes, antiguas, digitales y hambrientas.

Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.