Portada del relato El Silencio de las Máscaras
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Fragmento:


Con los días, el monasterio devino una prisión de rutinas cifradas. En su biblioteca, entretanto, hallé referencias a “El Rey Amarillo,” un ser, decían, que gobierna la decadencia misma del tiempo, soñando en infinitas ciudades bajo auroras mustias. Los Hermanos hacían mención de Carcosa, de las dos lunas vacilando en el lago Hali, y de la Orden de la Máscara Palpitante. Dormía mal, hostigado por visiones de cortinas de terciopelo amarillo, de torres yermos y salones cuya geometría no podía comprender despierto.

Duración: 09:09

El Silencio de las Máscaras
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Texto de ajuste de pausa.

Había aprendido a auscultar los silencios desde mi niñez, siglo y medio atrás, desterrando a empellones el temor del hombre común por la quietud. Pero cuando “La Sociedad Esotérica de los Hermanos del Signo Amarillo” me invitó a su retiro anual en el antiguo monasterio de S. A., situado en la frontera de la Cordillera Inglesa, fui consciente enseguida de un silencio distinto, denso, casi físico: el suspenso absoluto de toda vida natural, como si cada ratón y cada espora temieran mirar al ojo amarillo del signo que dormía grabado en la linde de sus jardines.

Aún rememoro aquella invitación, pesada y opulenta, caligrafiada con manos trémulas y tinta dorada. “Apreciado Sr. Woodville —rezaba—: El decimotercer cónclave requiere composición nueva. Venga con bocetos. Nuestras noches serán largas, el vino caliente, y las tertulias… probablemente fructíferas. No traiga acompañantes.”

La noche de mi llegada el cielo era un pendón amarillo carcomido por jirones de nubes. El monasterio, desollado por centurias de viento septentrional, sobresalía como un diente podrido. Me condujo el Hermano Marsden —una figura de túnica untuosa y hábito ceñido— a la sala de reuniones. Allí, siete figuras aguardaban, rostros velados con máscaras bizarras: una de cuervo, otra de sapo, una plagada de agujeros semejando colmena, dos lisas de marfil con trazos zigzagueantes, y un par irreconocibles bajo abigarrados filamentos dorados. Aquellas máscaras, sospeché, eran heredadas de un arcano linaje. Mi propio disfraz, una pálida media máscara traída de París, se antojaba grotescamente inadecuado.

El Hermano Marsden tomó la palabra:

“Sr. Woodville, el arte es nuestra llave para el reino vetado. Esta noche, y las siguientes, ofrecerá lecturas de sus composiciones. Nosotros le devolveremos conocimiento… y quizás algo más.”

El ritual comenzó: un coro de voces desprovistas de repique humano, entremezcladas en una letanía gutural e incomprensible. Comía y bebía, pero nada tenía sabor; sentía el peso de las miradas tras las máscaras, pero los ojos jamás parpadeaban.

Con los días, el monasterio devino una prisión de rutinas cifradas. En su biblioteca, entretanto, hallé referencias a “El Rey Amarillo,” un ser, decían, que gobierna la decadencia misma del tiempo, soñando en infinitas ciudades bajo auroras mustias. Los Hermanos hacían mención de Carcosa, de las dos lunas vacilando en el lago Hali, y de la Orden de la Máscara Palpitante. Dormía mal, hostigado por visiones de cortinas de terciopelo amarillo, de torres yermos y salones cuya geometría no podía comprender despierto.

Al cuarto día, Marsden visitó mi celda. Sin prólogo:

“Querido Woodville, el Signo necesita un cantor. Vino usted a buscar inspiración. Pero aquí, la inspiración busca hombres… y los vacía para llenarlos.”

No sé cuán cierto era lo que pronunció; mi carne se enfriaba ante la sola gramática de sus frases.

Esa noche, durante el banquete ceremonial, nos ofrecieron vino negro y pan con relieves indescifrables. Se compartió la “Historia de la Familia Ardilacre”, cuyos hijos, tras internarse en aquel monasterio hacía siglos, nunca volvieron al mundo de los hombres. Todos los relatos naufragaban en un punto común: el Signo Amarillo y la pérdida gradual de la memoria. Nadie recordaba sus nombres originales, solo apodos que el Signo susurraba noche tras noche.

Los anfitriones me invitaron a un descenso a las criptas bajo el refectorio. Portando antorchas, serpenteamos por la piedra húmeda mientras los muros susurraban estrofas en una lengua jamás oída. La cámara principal, circular, tenía inscripciones apenas legibles, y en el centro reposaba una losa donde, según Marsden, “bailaba la semilla del Rey Amarillo desde el alba de las eras”.

Era, sin embargo, la menor de las horrores. Sentí cómo el aire crepitaba con una presencia: un eco, una sombra, un frío rencor engastado en las piedras. Marsden murmuró: “Aquí comienza la transformación. Cuando su arte haya absorbido cuarto creciente de la luna, dará cuerpo al Signo. Entonces, ya no será de carne ni de memoria.”

A la medianoche huí a mi celda, desquiciado. Entre los pliegues de la almohada hallé algo. Era un pergamino con el Signo Amarillo; apenas lo contemplé, mi mente fue asaltada por visiones de calles desiertas, mascaradas lobregas y voces sumidas en cenizas. Ardía cada célula y mi memoria de infancia, Londres, mi amada Helen, y hasta el nombre mismo de mi padre, se agitaban en la bruma, diluyéndose.

Desperté sobresaltado a la mañana siguiente. El monasterio era inusitadamente silencioso. Encontré a Marsden y a los Hermanos en el refectorio. Habían preparado un escenario improvisado: terciopelo y máscaras nuevas; en el centro, mi propio manuscrito, abierto a la luz de una vela enferma.

“Lea”, ordenaron los Hermanos al unísono.

Tragué saliva. Apenas reconocía las palabras que mi letra había trazado. Recité lo que pude, y a medida que avanzaba, sentía que era empujado fuera de mí mismo, como si el texto absorbiera mi conciencia y la reescribiera, frase a frase, en una lengua ciega, devoradora.

En algún momento, Marsden interrumpió: “Ya basta. El Signo toma forma.”

El aire se volvió imposible de respirar; no veía sino oleadas amarillas, neblina que reptaba como algún animal de humores licuados, oprimiendo el pecho. Sentí cómo los ojos tras las máscaras resplandecían, cómo sus cuerpos parecían distenderse, flotando hacia mí, anhelantes.

Me desvanecí. Entre sueños, escuché: “Ya no será poeta, ni hermano, ni hombre. Será máscara. Será testigo. Recordará para que ningún otro recuerde.”

Cuando recobré la conciencia, me encontraba reclinado en una recámara desconocida. El aire tenía el perfume de las criptas: moho, incienso y una nota agria, metálica. Una figura estaba sentada frente a mí: el Hermano Marsden, sin máscara.

Su rostro era una amalgama, una heredad de rasgos que no parecían pertenecer a individuo alguno: ojos biliosos colmados de siglos; piel que se ondulaba como pergamino sumergido; una boca incapaz de cerrar del todo. A su lado, una caja de marfil y oro.

“Aquí se encuentra el último don de Carcosa”, dijo. “El Signo lo devorará, pero antes debe usted tomar conciencia plena…”

Abrió la caja, y del interior extrajo una segunda máscara: a medio camino entre rostro y pesadilla. Al intentar apartarme, sentí que mi cuerpo no respondía; una parálisis numinosa, como si la sola presencia del Signo Amarillo me inmovilizara para siempre.

Marsden me colocó la máscara; por un instante, mis pensamientos se expandieron, disolviéndose en una red de recuerdos ajenos, coros de escritores y artistas que habían atravesado aquel umbral y cuya individualidad había desaparecido mucho antes que su carne. Vi las ciudades bajo el lago Hali, los palacios infinitos de Carcosa, escuché la voz del Rey Amarillo convocándome a su presencia, y supe —sin la más mínima posibilidad de duda— que jamás podría irme.

Sucumbí. Durante siglos, sería sólo eco: relator sin pasado, testigo sin deseo, huérfano de sí mismo. Cada Cónclave, los Hermanos del Signo agregarían una máscara al círculo, una voz a la sinfonía amarilla del olvido.

Avanzaron los meses; lo sé, aunque ya no puedo medir el tiempo. Recorría pasillos, protegía a los inexpertos del abismo de la criptas y preparaba banquetes rituales para nuevos candidatos. No reconocía mi reflejo en los espejos sucios y evitaba recordar el Londres que alguna vez amé. Dentro de la máscara, mi mente derivaba a menudo hacia la imagen del Signo: sus brazos alzados, sus tentáculos de oro y podredumbre acariciando las mentes de los artistas desafortunados que buscaban inspiración en sus salones prohibidos.

Cierta noche llegó una joven llamada Estelle Aveling, una pintora. Le advertí con voz que ya no era mía: “Váyase. Del arte aquí sólo sobrevive la máscara, la memoria no-viviente.” No me escuchó. Dio sus primeros pasos hacia la sala de máscaras.

Por entonces comprendí la última revelación: somos portadores del Signo que nunca muere, guardianes de una inspiración corrupta que sólo otorga anhelos para corromperlos, que sólo aplaude la creatividad si a cambio devora aquello que da sentido a cualquier arte: la memoria, la identidad, el yo.

Esta es mi súplica: si alguna vez encuentra usted este manuscrito —quizá una hoja caída de la biblioteca, quizá sólo un eco en un sueño olvidado— corra. No acepte invitaciones doradas; nunca busque el Signo Amarillo. Ni el arte, ni el amor, ni la memoria resistirán su atractivo. Y si alguna mañana despierta sabiendo que ha olvidado el nombre de su padre o el perfume de su primera casa, desconfíe de los silencios, y recuerde que algunos hermanos nunca dejan de buscar nuevos rostros donde ceñir la máscara palpitante y amarilla del Rey que nunca muere.

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