Portada del relato Hijos de la Penumbra
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Fragmento:


Pero no era el pacto de los suevos lo que empujó a Apollinaris McDornan hacia las puertas selladas de la Zona Nula, sino algo más secular, algo de ese futuro lejano en el que el horror ha aprendido a disfrazarse de curiosidad científica. McDornan no tenía el aspecto de un pionero ni el de un sabio; era más bien uno de esos ingenieros de la Gaceta Termo-Logística, grises como el calcetín y olvidables como una sombra tras el mediodía. Lo que lo diferenciaba era una mancha en la memoria: en aquellos días, la mancha era una especie de heráldica, un emblema para los que habían visto lo indescriptible y no podían mirar ya como antes ningún otro rostro humano, pues temían ver en él aquel atisbo de lo ajeno.

Duración: 11:48

Hijos de la Penumbra
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Texto de ajuste de pausa.

Cuando los hombres cruzaron por primera vez el límite que marcaba el contorno de su mundo, ya no lo hicieron como exploradores, sino como fugitivos. Las placas tectónicas, once veces vueltas del revés bajo el peso de más siglos que civilizaciones habían contado, ya sólo albergaban refugios subterráneos y ciudades mineralizadas, hechas de una materia húmeda y resbalosa aprendida de una ciencia temida. Nadie caminaba la superficie salvo los purificadores, figuras envueltas en tajos de plomo y cerámica, con sus gestos crispados y mudos a través de la niebla perenne. Pero esa historia, la historia de la vida habitable, era tan remota que ni siquiera los sueños la contenían; se había fundido en el mito de los suevos, tribu extinguida que según los clamores de las brasas, pactó con el vacío.

Pero no era el pacto de los suevos lo que empujó a Apollinaris McDornan hacia las puertas selladas de la Zona Nula, sino algo más secular, algo de ese futuro lejano en el que el horror ha aprendido a disfrazarse de curiosidad científica. McDornan no tenía el aspecto de un pionero ni el de un sabio; era más bien uno de esos ingenieros de la Gaceta Termo-Logística, grises como el calcetín y olvidables como una sombra tras el mediodía. Lo que lo diferenciaba era una mancha en la memoria: en aquellos días, la mancha era una especie de heráldica, un emblema para los que habían visto lo indescriptible y no podían mirar ya como antes ningún otro rostro humano, pues temían ver en él aquel atisbo de lo ajeno.

La misión era sencilla, dijeron. Sólo debía recoger los datos de un nodo sensorial, uno de tantos cientos que circundaban el perímetro de la Zona Nula, y comparar su longitud y su integridad con las tablas de la Red Superior. Le fue asignado un grupo: cuatro, aunque ya en la preparación quedó claro que sólo él, Apollinaris, tomaba como deber la supervisión de los elementos de retorno. Nadie apostaba por evitar la disolución; era un mundo que disolvía, primero a los cuerpos, después a los nombres.

La cápsula descensor, esa vez, fue tragada por la grieta diez minutos antes de la hora estipulada. El estrépito de capas mineralizadas crujiendo contra el contorno de la nave parecía, a los oídos de Apollinaris, el eco de antiguos cantos sepultados, y cuando finalmente emergieron en la cámara de ingreso —con sus paredes exudando una resina incolora, siempre dispuesta a transformarse en formas geométricas que sólo se comprendían con el rabillo del ojo—, la sensación común fue la de haber irrumpido en el interior de una de esas leyendas infantiles creadas para evitar el abandono de los refugios.

El aire de la Zona Nula, más viscoso que el propio vapor de amoníaco con que los filtradores inundaban los corredores externos, se pegaba a la piel como un leve manto gelatinoso. Las linternas portátiles, de espectro ajustable, proyectaban haces de luz que parecían tragados por la roca desnuda a los pocos metros, bordeando una maleabilidad imposible en materia conocida.

“Saturno llameante”, murmuró Oghigia, una de las integrantes del equipo, evocando a una deidad de los antiguos registros. Nadie rió, pero todos miraron hacia las profundidades.

La ruta hacia el nodo estaba delimitada por filamentos bioeléctricos entrelazados en una red intrincada amorfa. Era evidente que no los habían colocado ingenieros humanos; el pulso asíncrono, y el modo en que las hebras se arqueaban y aleteaban con su presencia, delataban una adaptación orgánica que bordeaba lo imposible. El registro lo llamaba “Kemistía”, pero era una sombra de comprensión lo que ofrecía tal palabra. Ante la ignorancia, el sentido común sufría.

No obstante, la resolución era el único faro. Apollinaris y su grupo no tardaron en cruzar la primera angostura del corredor, flanqueados por columnas de materia negra que rezumaba. Katrin Breve, delgada y nervuda como un insecto, fue la primera en notar que los relojes de pulsera no marcaban el tiempo; en su campo, el tiempo era un lujo, y se percató demasiado tarde. Había ya zonas en las que el sonido tardaba segundos en reproducirse y otras en que la luz se arremolinaba con la lentitud de un alga en el fondo de un mar viscoso.

“Nos observa”, dijo alguien. Las palabras, a medio camino entre el pánico y la resignación, murieron contra las paredes, como si la historia se repeliera una vez dicho lo elemental.

A cada paso, el nodo sensorial parecía más lejano. Como aquellos primeros exploradores de bibliotecas sumergidas que relatan encontrar las mismas estanterías una y otra vez a pesar de avanzar, el equipo notó que las referencias espaciales se distorsionaban. Los mapas, trazados sobre materiales inorgánicos que no debían ser influidos por el entorno, crujían y se agrietaban, y el marcador del nodo titilaba en la distancia sin variar jamás su latitud.

En un recodo con aroma a ozono rancio y flora anaerobia, Oghigia se detuvo. “Esto es un bucle”, dijo, y cuando lo dijo, la realidad se quebró levemente: algo, en lo profundo de la roca, contestó con un temblor húmedo, un estremecimiento que sólo percibía la carne.

El miedo, ese elemento prohibido en la nueva ciencia, se hizo tangible después, cuando al cruzar una galería baja los focos se apagaron sin razón y una neblina interna cubrió los visores de las máscaras filtrantes. Por unos instantes, que nadie sabría cuantificar después, las voces adquirieron acentos indescifrables, y Apollinaris sintió que las palabras pronunciadas no eran las suyas, ni tampoco las de sus compañeros. ¿Podía una palabra nacer de la solidez de la roca, criar membranas, articular sonidos y manchar los cerebros humanos desde un reino anterior a la gramática?

Cuando la luz regresó, faltaba uno. No hubo gritos. Simplemente, los registros de la bio-vigilancia enmudecieron en el panel del equipo supervisor. No quedaban, en la memoria inmediata, más que una impresión de textura, como si la carne misma hubiera sido sumergida en leche hirviente y escurrida después a través de filtros orgánicos.

A partir de aquella pérdida, el almacenamiento de la realidad fue frágil. Los lugares cambiaban a medianoche y a media tarde por igual; el nodo sensorial, ahora tan claro y próximo como una lámpara al final de un pasillo de bruma, siempre parecía acechar desde un ángulo imposible. Los otros dos supervivientes, Katrin y Oghigia, comenzaron a comportarse como si habitara en ellos una presencia dual, que discutía y se contradecía en murmullos que no requerían ser pronunciados.

Fue entonces, en una bifurcación, cuando ocurrió algo que ni siquiera la ciencia ni el mito podían tolerar. Los filamentos bioeléctricos, hasta ese momento pulsantes y distantes, comenzaron a cruzar el pasaje central. Durante varias horas —o tal vez minutos, o días: la percepción del tiempo era ya solo una herida—, McDornan y los suyos caminaron bajo arcos de luz viscosa, en cuyo centro nacían y morían criaturas translúcidas, apenas evidentes salvo cuando sus siluetas interferían con el patrón de los sueños del observador.

No eran criaturas de carne ni de aire contaminado, sino de historia y potencialidad; nacían del deseo mismo de certidumbre, de aquello que la razón niega. En un punto, cuando Apollinaris quiso registrar una de aquellas formas, el aparato generó una imagen: la de su propio rostro, pero trillado por líneas y fracturas como una red de canales coronarios, y en sus ojos titilaba el mismo brillo que había visto en la superficie de los peligrosos lagos funestos de los mitos nuevos. “Todo lo que muere busca regresar”, fue la consigna que impuso el aparato —o tal vez la propia mente.

Así encontraron el nodo: un disco palpitante, cubierto por infinidad de formas que alternaban entre la solidez líquida y el vacío incandescente. Todo el perímetro exudaba una lógica innata, la lógica de lo originario, no la humana. Las formas pululaban en torno al disco, y una de ellas —grande como una fortaleza, con aspectos que sólo podía percibirse en diferido, como un olor tras la lluvia— se inclinó hacia ellos. La noción tradicional de miedo se redimensionó: la lengua, los pensamientos, incluso los temores, eran ajenos en aquel lugar.

Katrin habló: “Ya hemos venido antes”. En su voz vibraba la certeza de una vida anterior, la memoria común de todos los experimentos y sacrificios secretos. Oghigia reía en silencio, con la cordura pendiendo de un hilo.

Apollinaris fue el primero en aproximarse. Sacó la sonda y la acercó al disco, pero el disco se deshizo en una cascada de formas superpuestas. Mil imágenes cruzaron su mente en un segundo: ciudades sin sol, tablillas de carne fosilizada, dioses sin nombre que esperaban en el reverso del tiempo, y de entre todo, un titilar ritual, la organización suprema de la Carne sin Forma. La sonda, al tocar el disco, quedó sumida en un mar de datos: pulsos, secuencias de valores que no correspondían a ninguna red de sensores conocida, y sin embargo componían, en su acumulación, el relato de un ciclo cósmico: el nacimiento y disolución de horizontes, la multiplicación de especies destinadas al olvido, el patrón que une a todos los hijos de la penumbra.

El horror, para Apollinaris, no nació allí, sino después, al comprender que ya no era él quien operaba la sonda. Algo, una memoria más vieja que la carne, usaba su mente como soporte. El aparato comenzó a grabar palabras en una lengua que no conocía, y al pronunciarse, las paredes vibraban con la melodía de los abismos marinos.

Oghigia y Katrin cayeron entonces, cada uno absorbido por una de las formas que emanaba del nodo, que ahora titilaba y se derramaba en filamentos, trepando por sus cuerpos, fusionando la carne y el nexo, recordando, con cada célula cantando, la canción de los Primigenios.

—Vienen por nosotros en cada ciclo —murmuró una voz dentro de su cráneo, mientras el horror lo invadía—. Somos portadores de lo ajeno, lo originario. Traemos la semilla y la disolvemos en carne. Todo lo que nace muere, y todo lo que muere intenta recordar el grito inicial.

Apollinaris intentó luchar, pero la sonda era ya un apéndice de su ser. Las formas penetraron su mente y su memoria, colonizando, ocupando los resquicios, exudando una conciencia que no era ni humana ni simplemente biológica, sino la reminiscencia de aquel primer pacto de los suevos, la promesa nunca olvidada de que lo Primigenio regresaría, usando la carne, los huesos y las pulsaciones de quienes se atrevieran a profanar las puertas de la Zona Nula.

La memoria se fragmentó. Había ahora en él mil recuerdos: naves cruzando océanos sólidos, ciudades de sangre cristalizada, pensamientos ausentes girando entre universos en descomposición. Era, simultáneamente, el testigo y el testimonio, el sacrificio y el dios que se alimenta del sacrificio.

Y en la oscuridad del nodo, mientras el mundo exterior se desvanecía y el concepto de individuo se disolvía en la marea originaria, Apollinaris McDornan entendió, ya como parte de aquel ciclo monstruoso, que toda existencia humana era sólo una excrecencia, un brote menor en la vastedad de la carne sin rostro que espera, paciente, su repetición.

Nadie habló ya de la expedición. Arriba, en los refugios, la Gaceta Termo-Logística registró el habitual silencio, el fracaso impreciso, la “distorsión de datos en nodo N-3”. Pero en los sueños de los que aún quedaban, comenzaron a aparecer visiones húmedas, prácticas de fusión, palabras sin sentido en la furtiva lengua primigenia. Y supieron, demasiado tarde, que la Zona Nula sólo había sido el umbral.

Detrás de cada puerta sellada, en cada secreto y cada ciclo, la carne sin rostro esperaba. Y en cada memoria, cada caída, cada repetición, volvía a cantar su himno de horror: lo futuro es sólo la repetición de lo originario, y la noche, en la que todo retorna, nunca tiene fin.

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