Fragmento:
Fue allí, en el mudo silencio salino, cuando los primeros signos comenzaron a consternarnos. Un banco de algas atávicas - casi traslúcidas y con filamentos que parecían pequeños tentáculos - emergió a nuestro alrededor, anclando la nave en un leve abrazo que no era del todo hostil pero sí abrumadoramente anómalo. El mar, de un verde aceitoso, dejó paso momentáneamente a una millonésima de luz que, al profundizarse, reveló siluetas retorcidas de peces ambulantes, monstruosamente adaptados a un entorno sin sol.
Duración: 10:18
Nunca he sentido una tentación tan atroz como la de contar este relato, aunque temo que al ponerlo en palabra reviviré los horrores que acompañan a su memoria. Todo lo ocurrido —aunque más de uno me recomendaría buscar consuelo en la incredulidad o en la fría ligereza del olvido— me asedia con la obstinación de una lepra psíquica, carcomiendo los cimientos de mi mente. Si me hallo todavía aquí, entre los vivos, lo atribuyo a la fuerza de la desesperación, y a la miserable prudencia que lleva a los hombres a escribir, como si las letras fueran antídotos contra lo anómalo.
Permítame escudarme bajo el anonimato, pues los nombres son poco más que lastres, y este testimonio sólo pretende advertir a los que, todavía impunes, ignoran la otra faz del océano y de aquello que en sus baluartes anfibios ha hecho su reino. Sepan que los sucesos que me acaecieron trascienden cualquier límite de razón o naturalidad; ni el más severo escéptico podría domeñar el temblor de su pecho si atisbara el mínimo fragmento de la abominación que me fue revelada.
Aquel verano tuve razones para visitar Dylath-Leen, la antigua ciudad portuaria de las tierras del Sueño, cuyas cúpulas de ónice y reluciente plata parecían tanto una promesa de tolerancia como una advertencia soslayada. Era mi propósito dirigir negocios con un tratante de curiosidades, pero algo más profundo e inconfesable me guiaba: una creciente fascinación, morbosamente enfermiza, por las leyendas que circulaban en los muelles sobre la “Grieta de la Penumbra”, que los pescadores evitaban incluso a la luz del mediodía y donde aseguraban que el mar nunca se erizaba ante la tempestad.
Los hombres rudos y encallecidos del puerto, los mercaderes obsesionados por la plata, y las cortesanas exhaustas por la soledad, todos se apartaban en susurros cuando la conversación rozaba aquellas aguas, y yo, impulsado por la malsana curiosidad que suele arrastrar a los hombres hacia los oscuros meandros de la perdición, busqué a los pocos dispuestos a hablar. Ninguno se explayó demasiado; sus relatos emergían fragmentados y asustadizos, como si temieran que las palabras pudieran tomar cuerpo y manos y arrastrarlos consigo hacia abismos aún más profundos.
El capitán Arkham fue finalmente quien, a cambio de una suma generosa, accedió a llevarme en su embarcación, la “Morgatha”, a los márgenes mismos de la funesta quebrada marina, en la última noche de la Feria de los Sueños Lúgubres. Nadie más de su tripulación quiso participar, salvo un grumete adusto, cuyas pupilas parecían fijas siempre en un más allá líquido e inmemorial. Zarpamos bajo el halo perlado de una luna enferma, cuyas pálidas luces teñían de un violeta malsano los cabos, las jarcias y los aparejos de la nave. El aire estaba impregnado de una brisa gruesa y salobre, que insinuaba a cada inhalación que había algo en esa agua más denso que el propio océano.
No tardamos mucho en alejarnos de la seguridad de los fuegos de Dylath-Leen, y todo vestigio humano se disolvió en una oscuridad drapeada como el velo de un féretro. El capitán Arkham apenas susurraba y se limitaba a señalar con gesto apremiante hacia una sección del horizonte. A la primera mirada, el mar aparecía igual a cualquier otro, aunque más espeso y con una inquietud viscosa, como si algo colosal, ajeno al tiempo y a la memoria de los hombres, se agitara en sus entrañas. Pronto noté que aquel lugar —la Grieta de la Penumbra— no era tanto un espacio físico como un estado mental, una región en que la percepción, la razón y la esperanza se filtraban, gota a gota, hacia un sumidero cósmico.
Fue allí, en el mudo silencio salino, cuando los primeros signos comenzaron a consternarnos. Un banco de algas atávicas - casi traslúcidas y con filamentos que parecían pequeños tentáculos - emergió a nuestro alrededor, anclando la nave en un leve abrazo que no era del todo hostil pero sí abrumadoramente anómalo. El mar, de un verde aceitoso, dejó paso momentáneamente a una millonésima de luz que, al profundizarse, reveló siluetas retorcidas de peces ambulantes, monstruosamente adaptados a un entorno sin sol.
Tembloroso y, lo admito, al borde del llanto, pregunté al capitán por la historia de aquel sitio, por el nacimiento de aquel miedo ancestral. Él me ofreció una respuesta fragmentaria, sus palabras tintineando de terror:
—Antaño, antes de los primeros tratados de Dylath-Leen, este era el corazón de los Nacidos del Abismo, hijos y herederos de Dagon, el padre de toda profundidad. Se dice que han pactado regresar cuando las mareas y las lunas canten una canción olvidada... y que arrastrarán con ellos todo signo de humanidad. Por eso, ni los comerciantes de la plata ni los mercenarios se atreven a escuchar las “Ecos del Abismo”.
Pregunté qué eran esos ecos. Su respuesta fue una risa átona:
—El último canto, amigo, de quien ha mirado a los siervos de Dagon, y aún así ha retornado para suplicar misericordia.
Fuimos abordados entonces por una bruma súbita, perfumada con la punzante esencia de la descomposición abisal. La Morgatha, resignada a la deriva, se balanceó con una docilidad engañosa. Los sonidos se distorsionaron: los remos, el chapoteo de las algas, el suspiro invisible de profundidades inexploradas, todo era ahora un murmullo trémulo, un preludio de locura. De improviso, el grumete empezó a balbucear en un idioma que mi conciencia reconoció, atónita, como una variante larvada del Aklo, pleno de fonemas prohibidos, que invocaban nombres y linajes ya perdidos al recuerdo humano.
Una silueta emergió de la niebla: no era barco ni bestia reconocible, sino más bien un conglomerado orgánico de escamas y membranas, de ojos esféricos y vacíos, y dientes preparados para triturar la cordura a la vez que la carne. Sus proporciones desafiaban la lógica, pues lo que debería ser aleteo era gemido, y sus tentáculos blandían, no la fuerza brutal, sino una suave, insidiosa invitación. El capitán Arkham rompió a rezar, voz entrecortada por chillidos mudos, pero fue en vano. El grumete se arrodilló y comenzó a salmodiar en voz baja el nombre de Dagon, al tiempo que su cuerpo parecía distenderse contra natura.
Me vi arrastrado a proa, obligado por fuerzas invisibles y viscosas. Todo atisbo de voluntad se me deshizo; aquella entidad, convertida en una imagen borrosa entre el vapor de la bruma, no tenía ni compasión ni ira, sino el exánime deseo de devorar existencia. Sentí cómo mis pensamientos mismos vibraban en los umbrales agónicos de la histeria, al tiempo que la figura se materializaba definitivamente ante nosotros. Tenía la majestad y el horror de un dios desterrado, y su rostro, cubierto de algas ferrosas, destilaba una inteligencia tan vieja como las mismas estrellas.
Entonces, sucedió algo aún más horripilante: de entre las aguas, centenares de formas humanoides comenzaron a surgir, al principio tímidamente, luego con osada convicción, ostentando rasgos a mitad de camino entre la degeneración y el culto fanático. Moviéndose a un compás ritual, me rodearon, cantando versos que reverberaban en la franja limítrofe de la razón y el Lenguaje Primordial. La Morgatha fue engullida acto seguido por enormes ventosas que surgieron del abismo; el capitán fue el primero en desaparecer, su grito apagado por un golpe seco, seguido de un silencio atroz. El grumete fue sumergido por sus propios hermanos abisales, gimiendo de éxtasis y terror.
Creí haber muerto en ese instante, mas arrástrame aún a las palabras. Fui tomado por aquellas criaturas y sumergido en la sima insondable; sentí que el agua, lejos de ahogarme, me metamorfoseaba desde dentro, forzando mis huesos, mi carne, mi alma misma, a un nuevo ciclo de servidumbre. Lo vi entonces: una caverna bajo las aguas, repleta de cadáveres incorruptos, agrupados en círculos sacramentales, y de murales pintados con la sangre coagulada de generaciones humanas, relatando la sórdida historia de Dagon y su conquista, no sólo de mares, sino también de corazones y linajes.
Fui testigo - forzado - de un rito que atesoraré siempre con repugnancia y unción blasfema. Dagon apareció en su trono de coral, abanicado por esclavos que apenas mantenían forma humana, y proyectó en mi mente la genealogía de sus dominios: desde los primeros primates nacidos de las aguas lodosas, pasando por las dinastías perdidas de Dylath-Leen —cuyos príncipes comerciaron no sólo con plata sino con promesas eternas— hasta los días en que la humanidad, arrogante y olvidadiza, cree haber conquistado los mares.
En ese éxtasis infernal, supe que los ecos del abismo son los susurros de aquellos que, habiendo visto el rostro de Dagon, reclaman desde la tumba una revancha que los dioses han prometido conceder. La ciudad misma de Dylath-Leen, sus cúpulas y sus plazas, no son más que los enclaves superiores de una vasta urbe oculta bajo las olas: los Templos Sumergidos, cuyas columnas de carne y hueso laten todavía con deseos inasibles para todo hombre cuerdo.
Cuando recuperé la conciencia flotaba a la deriva, las orillas de Dylath-Leen recortadas contra la bruma matutina. Nadie creyó mi relato; sólo los más viejos guardaron silencio, y uno, el más anciano de los comerciantes, se persignó en un gesto que no pertenece a ninguna religión humana. Jamás he vuelto a embarcarme. Las noches son peores: voces de aguas profundas martillean mi puerta, y el eco de los oficiantes resuena en paredes y recovecos, ejecutando cánticos que mi alma recuerda y mi razón combate.
Y si he escrito estas líneas, no es para obtener compasión, sino como advertencia. Todo aquel que navegue hacia las zonas proscritas —allí donde la bruma huele a metal oxidado y corrupción marina— que sepa lo que acecha en la grieta de la penumbra, entre Dylath-Leen y el reino abismal, donde Dagon reina aún, aguardando que la marea vuelva a arrastrar a los suyos. Porque hay ecos que nunca mueren, sólo esperan; y quienes una vez los han escuchado, jamás están a salvo de ser llamados de vuelta.
No existe puerto seguro cuando los dioses antiguos arrullan con sus himnos colosales a las profundidades, ni tregua para el hombre que fue testigo. Si la bruma de la Grieta enturbia tus sueños y oyes los Ecos del Abismo, no mires atrás. Corre, mientras te queden piernas y mente. A fin de cuentas, bajo los cimientos de todo lo que creemos conocer, laten las garras de Dagon, paciente y eterno.
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