Portada del relato El Rastro de la Obscuridad Mutable
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Fragmento:


Era, cómo no, un libro. Pero qué libro… Forrado en una piel áspera, ni de hombre ni de bestia, y con un olor acre como a líquido amniótico, era más grande de lo necesario para su contenido: media docena de páginas marrones, saturadas de caracteres repugnantes que parecían burbujear, chorreando manchas y torsiones como si se resistieran a ser leídos por ojos humanos. Un rincón de la página inicial ostentaba un título tenso, como devorado parcialmente: De Vermis Mysteriis.

Duración: 10:11

El Rastro de la Obscuridad Mutable
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Texto de ajuste de pausa.

Cuando, en la melancolía de la primavera de 1925, recibí de mi tío Rupert la llave de la rectoría ancestral de Arkham, creí estar entre los redimidos de la peste moderna: la vida recobrada en provincias, lejos del hedor mecánico de Boston y su sordo rumor de turbinas y sufrimiento. Mi tío, último vástago de los Ward, ancestros orgullosos de sí mismos, había huido de la mansión hacía tres décadas, y tanto la llave como la postrera carta —desvaída, escrita en un pulso trémulo y lleno de mayúsculas repeticiones, con ese abuso neurótico de la palabra "espiral" que no dejaría nunca de inquietarme— me fueron remitidas por un clérigo de Newburyport, quien custodiaba los pocos enseres que la esquizofrenia de Rupert había dejado tras de sí.

Dudo que nadie en mi lugar hubiera resistido el impulso de pisar el jardín silente; sería irracional acusar de avaricia a quien desee conocer una herencia, y menos aún si tal herencia es una de esas residencias cuadradas, antiguas, casi monolíticas, donde el viento parece murmurar en un idioma que nunca llega a ser humano. Nada del polvo ni del olor a cerrado me sobresaltó tanto como el hecho de que la casa estuviera, por lo demás, intacta: manteles y cortinas en su sitio, libros abiertos —muchos de ellos extraños volúmenes latinos y griegos de los que Rupert había sido insaciable lector— sobre las mesas, láminas de anatomía animal y vegetal pegadas en las paredes con alfileres. Como si, apenas un instante atrás, mi tío hubiera salido, acaso a recorrer ese jardín húmedo donde el musgo parecía beber directamente de la negrura que goteaba del cielo en esas horas precursoras del crepúsculo.

Sombras líquidas reptaban en esos días sobre la casa, y algo en los muebles retorcidos, en los espejos opacos, auguraba el advenimiento de un vértigo no del todo natural. El gran salón, orientado hacia el bosque, era el nervio de la mansión, dominado por una biblioteca cuyo corazón latía al ritmo de innumerables resquicios y compartimientos secretos. Sabía, por sus cartas, que Rupert tenía una malsana devoción por libros oscuros; pero ni en mis lecturas de ocultismo, tan superficiales entonces, hallé preparación para el objeto que encontré oculto tras la pintura de un rostro anónimo, pintado por algún Ward degenerado dos siglos atrás.

Era, cómo no, un libro. Pero qué libro… Forrado en una piel áspera, ni de hombre ni de bestia, y con un olor acre como a líquido amniótico, era más grande de lo necesario para su contenido: media docena de páginas marrones, saturadas de caracteres repugnantes que parecían burbujear, chorreando manchas y torsiones como si se resistieran a ser leídos por ojos humanos. Un rincón de la página inicial ostentaba un título tenso, como devorado parcialmente: De Vermis Mysteriis.

Muchos han hablado de ese volumen. Pocos han osado narrar lo que el texto promete y el abismo encarna cuando las palabras no son sólo nombres sino invocaciones. Estúpidamente, la primera noche inicié su lectura, apenas alumbrado por una lámpara de aceite (la electricidad hacía semanas que no funcionaba en la casa y nadie en Arkham parecía dispuesto a repararla). Ignoraba entonces que ciertas palabras rezuman, laten y se filtran por los intersticios del pensamiento, como una larva húmeda y silenciosa, hasta que su nodo germinal florece en formas y sensaciones que los hombres jamás debieron conocer.

El capítulo que me obsesionó —en la traducción abreviada que mi mente escéptica pudo hilvanar— relataba la existencia de un ser llamado Abhoth: "padre y madre de las pestes", albergue de toda deformidad y origen de los zafios ecos que acechan en la hendidura de la realidad. "No pretendas hallar forma para Él", rezaba la frase, "pues sus formas son innúmeras y todas trayectorias de la misma obcecación, la espiral infinita que nunca se cierra ni se abre, sino que engulle sin principio ni fin". Debí cerrar el libro en ese instante, pero algo en esas palabras se agitó en mi médula, como una música lunar: la promesa de una espiral, inabarcable, latiendo bajo la corteza de lo ordinario.

Con el paso de los días, la atmósfera de la casa fue empapándose de un silencio que se adensaba como una tela de araña mojada, y en las noches mi descanso se vio perturbado por sueños viscosos y zumbantes. Soñaba con pozos mutilados, donde palpitaban criaturas incipientes, cebadas de limo y de una carne inmemorial y plástica que se enrosca con su propio humo. Los horrores de la casa, entretanto, se insinuaron primero con torpezas: pasos arrastrados en el ático, ruidos de agua rezumando en las paredes, un aroma indefinible —agrio, dulce y corrupto— y el resplandor de los espejos, que de pronto reflejaban siluetas inexplicables.

La primera manifestación concreta ocurrió en la segunda semana de mi estadía. Volvía del bosque, donde el musgo había infectado ya los senderos como una úlcera irresistible, y encontré la puerta del sótano abierta de par en par. Ni siquiera recordaba haber visto esa puerta antes, pero allí estaba, sin bisagras, sin sonido, devorando la luz de la lámpara en cuanto me acerqué. Y sólo un hombre sin instinto de supervivencia o ya tocado por la locura podría haber descendido, como yo descendí, a esas escaleras etéreas que llevaban a ningún sitio y de las que la oscuridad brotaba como un pus.

Allí, excavada en la arcilla, hallé una gruta profunda, ajena a toda ley de arquitectura, plagada de salientes orgánicos que colgaban, exudando secreciones, del techo abombado. Bajé, guiado por un zumbido —no de insecto, no de máquina— que aumentaba con cada peldaño, hasta desembocar en una sala circular cuyas paredes parecían expandirse y contraerse al ritmo de una respiración inmemorial. El centro de la sala lo dominaba una fosa oscura; una espiral grabada en torno a ella, grabada con garras o pezuñas, se insinuaba leonina y herética en la arcilla negra, y junto a ella vi, horrorizado, un círculo de figuras humanas, acurrucadas como fetos, ensimismadas en su propia demencia.

No me atreví a acercarme. El simple contacto visual era suficiente para sentir que el espíritu se fragmentaba: una de esas figuras —un anciano de barba podrida, piel traslúcida y ojos sin iris— levantó su cabeza y murmuró palabras en el mismo latín corrupto del De Vermis Mysteriis. "Ella. Él. Lo que nunca se detuvo, ni se detendrá, ni puede morir porque es lo que espera—¡el Pozo no tiene final ni fondo, sólo cambio, sólo carne!" El coro quebrantado repitió una letanía en que la palabra "espiral" era proferida como una plegaria y como una blasfemia igualmente: "Sempiternus… Sempiternus…" Sentí una picazón, no sólo en la piel, sino también en el pensamiento, como si una inteligencia viscosa buscase derretir la arquitectura de mi mente.

No sé cuánto tiempo estuve allí. Pude, sin embargo, regresar sobre mis pasos: ya en la superficie, la mansión me pareció aún más asfixiante, como si yo trajera pegado a la ropa el olor de esa sala y sus enloquecidos adoradores. A cada noche, los sueños eran más densos; veía la misma espiral brotando del suelo, un laberinto de carne y excrecencias, y del centro surgía algo informe, una vastedad agonizante, devorando cuanto tocaba. Humanos, animales, árboles, todo era absorbido, engullido y luego regurgitado en formas ajenas a la compasión o a la razón.

Comprendí entonces, ya totalmente aislado por mi propio miedo, que la casa era sólo una cápsula, un punto de enredo en una red mucho más vasta: una espiral de cultos y servidumbres, extendida bajo muchas casas, muchas ciudades, donde la carne y la pozura sueñan juntas. El texto de De Vermis Mysteriis era, advertí con odio y pavor, apenas una puerta, no el pozo, no la deidad, sino la invitación al horror de lo mutable. Enloquecí.

¿Enloquecí, me pregunto ahora, o sólo me aparté de un mundo que era, desde el inicio, mera cáscara sobre el pozo insaciable? Las semanas que siguieron son nebulosas: sólo sé que deambula, o más bien reptaba, por los bosques, alimentándome de raíces y, a veces, tentado por ese musgo que parecía susurrar códigos antiguos al contacto de mis labios. En mis ensoñaciones, vi ciudades enteras caer ante el empuje del espiral creciente: cuerpos humanos contorsionándose, ojos diluyéndose, dientes naciendo donde antes no había bocas. Todo era carne, y la carne era Abhoth, y Abhoth era lo que hay en el corazón de la espiral.

Sólo una vez, en un destello de lucidez o terror, intenté huir. Corriendo, aullando, atravesé el umbral de la rectoría y llegué hasta el portón oeste de Arkham. Me encontré ante un grupo de vecinos, quienes en un primer vistazo me parecieron extrañamente familiares —o, más bien, familiares a esas siluetas de la sala subterránea. Algunos me sonrieron, no con la boca sino con los ojos, y otros susurraron: “Vuelve, devoto.” Supe entonces que no había escapatoria, que las rutas del Pozo eran infinitas, y la espiral, omnipresente.

Eso fue hace años; ahora, apenas escribo esto, en la penumbra perpetua de mi encierro, hay ruidos de nuevo, y algo que repta en los pasillos del piso superior. Las voces, cuando las percibo, son idénticas a las de Rupert y los otros: murmuran plegarias que ya no entiendo por completo. He visto en mis brazos la hinchazón del musgo, la aparición de ojos supernumerarios en las yemas de mis dedos, y sé que mi carne será pronto reclamación de ese dios indiferenciado. El De Vermis Mysteriis arde en el hogar, pero no siento alivio. Todo lo que fue carne, todo lo que fue mente, será, inevitablemente, convidado a la espiral.

El Pozo no tiene fin. No intentes buscar la salida. No te acerques a la música de la espiral ni al rumor del limo. Ahora, a medianoche, cuando los libros y las identidades fallan y la espiral reclama la última pulgada de mi alma, lo único que queda es reconocer que todo Era, es y será devorado por Abhoth.

¿Quién vendrá ahora? ¿Quién leerá esto y escuchará su propia piel reptar hacia el abismo?

¿Eres tú el siguiente...?

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