Fragmento:
Los primeros pasos hicieron gemir la madera bajo sus pies. Sentía el temblor de algo invisible caminando cerca, quizás un animal errante, quizás solo un reflejo de su propia ansiedad. El tapiz surgió ante ella, manchado por años de polvo y oscuridad. Bajo la luz vacilante, las figuras en el tejido parecían moverse, inclinando sus cabezas en dirección a Amelia, quienes la observaban con una mirada sin pupilas y sonrisa casi burlona.
Duración: 10:00
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La torre del reloj de Ashcombe retumbaba en la lejanía, con aquella cadencia fúnebre tan familiar a todos los habitantes del distrito, pero aquella noche el eco parecía extenderse más allá del velo de niebla que envolvía la ciudad. Era finales de octubre de 1892, una de esas noches en que la niebla avanzaba como si tuviese voluntad, abrazando las farolas de gas hasta convertirlas en ruinas titilantes de luz blanquecina. Un frío húmedo se filtraba a los huesos, clavándolos con el mismo esmero que un taxidermista emplea en sus especímenes.
La señora Amelia Hawthorne, viuda y última heredera de la mansión Hawthorne, se hallaba sentada cerca de la ventana de su alcoba, envuelta en una bata de terciopelo granate. Sus manos, que en años mozos fueron alabadas por su delicadeza y belleza entre la alta sociedad londinense, apretaban ahora una carta amarillenta. La caligrafía familiar de su difunto esposo la miraba como el ojo de un cuadro antiguo.
«Amelia, amor mío, si alguna vez sientes que la casa susurra más de lo habitual, si el viento te llama por tu nombre y la llama de las velas titila en mitad del silencio, ve al tapiz del corredor del ala norte. Aquello que ocultamos allí jamás debió ser visto.»
Había encontrado la carta esa misma tarde, oculta entre el fondo falso de un cajón en el escritorio de Victor. Y aunque no era propensa al sentimentalismo, el rastro de niebla que se colaba bajo la puerta y el martilleo obstinado del reloj hicieron que el recuerdo de Victor se sintiera casi tan real como el susurro de la brisa. Fue entonces cuando escuchó el primer golpe. Parecía venir desde abajo, tal vez del corredor del ala norte.
Mientras ascendía el escalofrío por su espalda, el brazo de la mecedora crujió entre sus dedos y experimentó la tentación de llamar al ama de llaves, la vieja Mrs. Wilkins. Pero Mrs. Wilkins dormía desde hacía horas, y las zonas más remotas de la casa quedaban envueltas en el silencio y la oscuridad, apenas perturbadas por las ratas y el rumor sutil de la madera susurrando su edad.
Decidió acudir al tapiz, empujada por una urgencia que no era del todo propia, como si algo dentro de ella anhelara descubrir lo que Victor juró mantener en secreto.
La mansión Hawthorne, edificada a finales del siglo XVII, había sido siempre motivo de rumores rancios: susurros de pasadizos secretos, habitaciones ocultas y un tapiz que ni siquiera los criados habían osado limpiar en décadas. El tapiz cubría una pared entera del largo corredor del ala norte. Nadie podía recordar su origen: en él, figuras torcidas bailaban entre oscuros árboles sombríos, tejiendo una escena de inquietante melancolía. Amelia cruzó la puerta con el candelabro temblando en su mano, la llama atizada por cada bocanada de su respiración entrecortada.
Los primeros pasos hicieron gemir la madera bajo sus pies. Sentía el temblor de algo invisible caminando cerca, quizás un animal errante, quizás solo un reflejo de su propia ansiedad. El tapiz surgió ante ella, manchado por años de polvo y oscuridad. Bajo la luz vacilante, las figuras en el tejido parecían moverse, inclinando sus cabezas en dirección a Amelia, quienes la observaban con una mirada sin pupilas y sonrisa casi burlona.
Acarició el borde del tapiz y notó que estaba suelto en la esquina inferior izquierda. Buscando coraje en el recuerdo de Victor, tiró con suavidad hasta develar lo que se ocultaba detrás.
Un empotrado en la pared: un pequeño armario de madera ennegrecida, con un único pestillo oxidado. Amelia dudó; cada fibra de su ser le imploraba que retrocediera, pero la promesa envuelta en la carta y la fuerza insidiosa del lugar la impulsaron hacia adelante. Tiró del pestillo, que se abrió con un gruñido largo y lastimero.
Dentro del armario, apoyada en la parte trasera, había una caja de madera, cubierta de antiguos símbolos y surcos grabados con una mano vacilante. La sostuvo con más esfuerzo del esperado; era pesada, fría, y al tocarla la recorrió un escalofrío como de hielo y miedo antiguo. Abrió la tapa. Lo que vio dentro no era oro ni reliquias familiares, sino tres objetos envueltos en paños desteñidos: un pequeño cuaderno, una alhaja de plata con incrustaciones de jade, y una máscara de hueso humano, tan delicada que parecía haber sido forjada por dedos de otro mundo.
El cuaderno, al abrirse, dejó caer un polvo que flotó en el aire como ceniza de un antiguo incendio. Las páginas estaban plagadas de símbolos y palabras incomprensibles, dibujos de figuras en posturas imposibles, garabateos que parecían grietas en la realidad. Reconoció el trazo de Victor, pero el idioma era otro; escribió en esas páginas algo que ningún ser debería poseer.
Súbitamente, la llama de la vela vaciló y casi se apaga. Una corriente fría recorrió el pasillo y Amelia sintió, más que oyó, un susurro cerca de su oído derecho. Se giró bruscamente: la oscuridad la rodeaba como una tela pegajosa. El tapiz detrás de ella parecía vibrar.
Los rostros tejidos en la tela seguían girándose, uno a uno, sus bocas se abrían en un grito mudo y sin fin. La sangre de Amelia se heló. Una sombra brotó de entre las figuras, colándose hacia el suelo y arrastrándose como niebla viviente en dirección a sus pies. Quiso retroceder, pero la mansión parecía haber reducido sus dimensiones, como si las paredes se inclinaran para cerrarse sobre ella.
Intentó correr, pero sus piernas respondían con esfuerzo. La máscara de hueso cayó al suelo con un crujido sordo. El jade de la alhaja relució con un brillo enfermizo y verde. El cuaderno abierto mostraba ilustraciones de la propia mansión, solo que mucho más antigua, devorada por la maleza y la podredumbre, con formas encapuchadas reunidas en torno a una figura central: una mujer cubierta de heridas, con una máscara de hueso… como la que Amelia había dejado caer.
La sombra en el suelo tomó forma. Subía por sus piernas en tentáculos translúcidos y fríos. No tenía rostro, solo una boquilla por la que exhalaba un viento gélido con olor a tierra y muerte. Gritó entonces, pero el sonido fue absorbido, como una gota en un pozo sin fondo.
La mente de Amelia comprendió, de manera instintiva y primordial, que estaba presenciando algo que precedía a la propia historia de la mansión, de la ciudad y del reino. Una presencia sin nombre, una de las antiguas y famélicas criaturas expurgadas de toda memoria humana, aguardando ser liberada tras siglos de exilio en la oscuridad, retenida solo por la vigilancia de quienes sabían su secreto.
De la profundidad del armario surgió un olor a humedad, a madera podrida y a fierro oxidado. El cuaderno palpitaba, como un corazón pequeño y negro. Amelia, sin pensar, recogió la máscara de hueso y apretó la alhaja de jade contra su pecho. Voces antiguas y coros de lamentos resonaron en su mente. Comprendió al instante que solo poniéndose la máscara, aunque fuera por un segundo, lograría sobrevivir o, al menos, comprender. Sabía, también, que Victor lo supo antes que ella y por eso ocultó estos artefactos y la carta.
Un terror visceral la impulsó: la sombra brincaba ya hasta su garganta, sus manos eran ahora garras lascivas que se retorcían en busca de su aliento. Sin pensarlo dos veces, se colocó la máscara de hueso. Un dolor punzante, una descarga helada como si le arrancaran la piel, la estremeció; la mansión desapareció y se vio a sí misma en un descampado cubierto de niebla, bajo un cielo violeta donde la luna era un ojo traslúcido, como de pez muerto.
A su alrededor, hombres y mujeres danzaban bajo una melodía inaudible, todos cubiertos de máscaras similares. Un fuego negro ardía en el centro del círculo y de él surgía una criatura sin rostro, enorme y cambiante, con alas de murciélago y garras que rascaban el cielo.
La voz de Victor retumbó en su cabeza: “El precio es la memoria, Amelia. Solo así podrás cerrar la brecha.”
En ese instante, una grieta se abrió bajo sus pies. Cayó, interminablemente, a través de túneles esculpidos en carne y piedra, escuchando las historias susurradas de cada uno de sus ancestros y, más allá, la promesa de aquellos que nunca nacieron. Entendió entonces la maldición: la mansión había sido, durante generaciones, la prisión de la sombra. El tapiz, la caja, la alhaja y la máscara eran soldados para una guerra que ningún humano podía ganar ni evitar, solo aplazar.
Al recobrar la consciencia, aún con la máscara en el rostro y el cuaderno entre las manos, Amelia notó que el corredor había vuelto a su silente letargo. La sombra había desaparecido y la alhaja de jade latía despacio, como si respirara. El cuaderno se cerró solo, y una última línea fue tallada en la tapa por una mano invisible: “Duerme hasta que la sangre nueva despierte tu hambre.”
Temblando, con los pensamientos hechos jirones, Amelia devolvió la caja al armario y cerró el tapiz. Sabía que, al menos por ahora, el hambre había sido contenida, pero también sintió que una parte de ella —quizás la mejor— permanecía en aquel lugar extraño, exiliada junto a los bailantes de la luna muerta bajo cielos imposibles.
Esa noche, mientras arrastraba sus pies hacia la alcoba, sintió el susurro de la niebla colarse por los corredores. Era el mismo susurro con que la ciudad llamaba a las almas solitarias, la misma promesa de terror callado y antiguas deudas. Y mientras la mansión Hawthorne exhalaba su aliento de madera vieja y secretos, Amelia supo que había heredado no solo una fortuna y un nombre, sino una vigilia eterna junto a aquello que ni el tiempo, ni la muerte, ni el olvido podrán jamás consumir.
Y afuera, en algún lugar más allá de la niebla, el reloj de Ashcombe volvió a marcar la hora: el eco de su martilleo fue, esta vez, el latido de un corazón monstruoso y hambriento, aguardando simplemente a que la próxima generación olvide el tapiz, la carta y el precio de mirar a los ojos lo innombrable.
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