Portada del relato Los Ghouls del Cementerio de Oakwood
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Fragmento:


La primera noche que pasé cerca del cementerio no me sucedió nada. Atribuí la tensión persistente a la atmósfera opresiva del pueblo y mis propios miedos inconscientes. Pero la segunda noche fue distinta.

Duración: 10:25

Los Ghouls del Cementerio de Oakwood
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Texto de ajuste de pausa.

En la devastadora soledad de las primeras décadas del siglo XX, existen paisajes en la geografía humana que demasiado pronto son abandonados al olvido, traicionando la helada vigilia del pasado. Oakwood, un pueblo al oeste de Arkham, era exactamente uno de esos lugares; un vestigio de vidas aferradas a la rutina y el miedo, cuyas calles desiertas parecían guardar el susurro de una antigua tragedia. La mayor parte de la localidad yacía bajo estratos de polvo y memoria, inundada de sombras y rezos mal terminados, sombríos ecos de campanas que sólo los locos y los desafortunados podían oír después de medianoche.

En la cima de una colina reseca y ventosa, el cementerio de Oakwood extendía su lóbrega extensión. Allí, entre esculturas corroidas por el ácido del aire y la negligencia del tiempo, las tumbas destartaladas se amontonaban una sobre otra como heridas abiertas mal cicatrizadas. No había sepulturero; nadie se atrevía a responder los avisos de la parroquia para asistir a los entierros. Las familias que perdían a sus deudos debían cargar ellos mismos con los ataúdes hasta que el silencio reinante devoraba su llanto y su dignidad. Fue en estas circunstancias, acuciado por la ruina y el desdén, que llegué a Oakwood, ansioso por encontrar el reposo intelectual que tanto ansiaba.

Mi nombre es Charles Delacroix, y pueden creerme cuando les digo que no busqué la verdad que aullaba bajo la superficie de ese lugar. Nadie lo hace nunca, pero la verdad —al igual que los muertos— encuentra sus propias formas de surgir.

Al principio mi estancia fue anodina. El pueblo parecía hundido en una modorra febril, con apenas cincuenta almas, todos demasiado reacios a hablar, demasiado dados a observar de reojo los acantilados y colinas bajo la luz perversa de la luna. Yo me hospedaba en la deslucida pensión de la señora Hambleton, una anciana presa de supersticiones arcaicas, cuyo mayor temor no era la muerte sino el silencio imprevisto que a veces yace en el hueco de una puerta a medianoche.

Durante el día recorría los campos y los caminos, tomando notas sobre la arquitectura decadente y los rumores que lograba sonsacar a los habitantes. Nadie hablaba del cementerio, pero todos parecían aterrados ante la mención de cualquier cosa relacionada con los muertos. El más mínimo golpe en las vigas por la noche provocaba el crujir de cruces de madera y rezos ahogados detrás de cerraduras carcomidas.

Recordé entonces la carta sin remite que me había traído a Oakwood. Una misiva temblorosa, casi ilegible, en la que se me suplicaba investigar “los horrores recientes acaecidos en nuestra necrópolis, porque la tierra no quiere guardar lo que se le encomienda”. Decía también que algunos habitantes habían desaparecido tras atreverse a velar a sus muertos hasta el amanecer. Pese a la vaguedad y al temor implícito en cada línea, mi vanidad de hombre de letras venció al sentido común, y aquí estaba, deambulando cerca de las lápidas desmoronadas mucho después de que el último rayo de sol hubiese abandonado el mundo.

La primera noche que pasé cerca del cementerio no me sucedió nada. Atribuí la tensión persistente a la atmósfera opresiva del pueblo y mis propios miedos inconscientes. Pero la segunda noche fue distinta.

Volvía a la pensión tras recorrer los límites del camposanto, cuando un olor maligno se escurrió entre los pinos: la dulzura corrupta de la carne reciente, la nota inconfundible de la tumba abierta y profanada. El hedor parecía colarse incluso en la brisa, y una súbita corriente de aire me trajo un rumor de tierra removida y el tintineo casi musical de huesos chocando.

Me apresuré, todavía convencido de que sólo se trataba de la manifestación natural de la descomposición, de alguna fosa antigua que el tiempo o las alimañas habían abierto. Pero a mitad de camino sentí el indicio de una presencia a mis espaldas: ese instinto ancestral que nos advierte cuando no estamos solos. El cabello de mi nuca se erizó; escuché un rumor húmedo y gutural, como de mandíbulas carcomidas arrastrando saliva salobre.

Me detuve. Miré atrás. Nada, o eso pensaba yo. Pero entonces, bordeando la tapia agrietada que separaba el cementerio del mundo de los vivos, atisbé lo imposible: una sombra movediza, agachada en posición antinatural, rebuscando entre la hierba alta como una bestia encorvada. El fulgor pálido de la luna delineó algo blanco que asomaba entre la maraña de tréboles; una mano, de dedos anormalmente largos, fina y surcada de vetas azuladas. Retrocedí. La figura alzó el rostro hacia mí. No podía ser rostro: era una parodia borrosa de animalidad y muerte, una máscara sin piel donde sólo resaltaban los ojos —ojos como charcos de pus, ojos sin alma ni esperanza.

Hubiese gritado, de no haberme paralizado el pánico; pero sólo pude dar un paso atrás y huir a tumba abierta, olvidando mis notas y mi dignidad, desesperado por poner distancia entre mí y ese ser abyecto. Aquella noche no dormí. Escuchaba, cada tanto, el crujido de ramas, como si algo —algo hambriento y astuto— se arrastrara por debajo de mis ventanas.

Al día siguiente traté de contarle lo sucedido a la señora Hambleton. Ella me miró con esa mezcla de resignación y horror propia de quien hace mucho ha renunciado al consuelo. Me advirtió: “No hable de ellos, señor Delacroix. Si les molesta, vendrán a buscarlo. Siempre encuentran la forma”.

Decidido a descubrir la verdad, comencé a interrogar a los ancianos más lúcidos. Casi todos, tras escuchar mis preguntas, se persignaban y se marchaban, negando vehementemente con la cabeza. Sólo el viejo Reuben Sloane, alcohólico y tullido, se mostró lo bastante deseoso de conversar, a cambio de un poco de whisky barato. Nos sentamos bajo el porche decrépito de su casa, y mientras el sol se hundía en los cerros él empezó su relato, entrecortado y trémulo:

“A esos seres que ves les llaman Ghouls. No vinieron con nosotros; ya estaban aquí cuando los primeros colonos levantaron trincheras contra los lobos y los indios. Al principio se contentaban con carroña, con animales descuartizados en los bosques, pero la humanidad les trajo una dieta mejor. Cuando alguien muere en Oakwood, hay quienes dicen que su espíritu vaga sólo una noche antes que los Ghouls vengan a despedazar lo que queda. Si los molestas, si los ves alimentarse, pueden volverse resentidos. Hay quienes pagaron con su carne por su indiscreción”.

Le pregunté si había habido algún intento de enfrentarlos. Sloane sonrió tristemente.

“El párroco lo intentó una vez. Eran tres: el padre Thomas y dos muchachos valientes. Cavaron trincheras, pusieron trampas, ungieron las lápidas con aceite bendito. Los encontraron a la mañana siguiente, desollados y apilados junto a la cruz mayor, con la boca abierta como cantando. Nadie ha vuelto a intentarlo desde entonces; aquí sólo rezamos cuando escuchamos susurrar entre las tumbas. Y usted, forastero, le aconsejo que se marche pronto. Los Ghouls recuerdan la carne fresca”.

Esa noche, influenciado por una mezcla peligrosa de escepticismo y curiosidad, decidí regresar al cementerio. Equipado con una linterna y mi cuaderno de notas, entré al camposanto por una brecha en la tapia. El aire era húmedo, impregnado de ese hedor dulzón que prefiguraba la muerte. Durante media hora caminé entre las tumbas, esperando cualquier indicio, hasta que percibí un murmullo de tierra removiéndose, un sonido sincopado como de uñas largas escarbando fango. Apagué la linterna y me escondí tras un mausoleo derruido, conteniendo la respiración.

Lo que vi entonces desafía toda razón y cordura. De una tumba reciente, la tierra comenzó a agrietarse, y de ese útero mortuorio emergió una criatura larguirucha, de piel grisácea y flácida, la cabeza aún cubierta de pegotes de tierra y raíces. Su boca era demasiado grande y estaba bordeada por una hilera de dientes afilados y amarillentos; sus ojos, vacíos y húmedos. Tras él, surgieron otros dos seres, uno de los cuales llevaba en la boca lo que sólo después comprendí era una mano humana, ya carcomida hasta el hueso.

Parecían comunicarse entre sí mediante gruñidos y bufidos. Se repartieron los restos del cadáver con ferocidad, desgarrando y mordiendo sin piedad. La escena fue tan grotesca que en algún momento debí desmayarme, porque sólo desperté al sentir un frío atroz y notar que la luz del alba comenzaba a filtrarse a través de las ramas.

Corrí de regreso al pueblo, enfermo de horror. Durante dos días guardé cama, presa de fiebres y pesadillas en las que era descendido vivo a los túneles de sus guaridas y despedazado lentamente mientras los Ghouls aullaban en júbilo. Cuando al fin reuní el coraje para huir, encontré la puerta de mi cuarto cubierta de extraños símbolos dibujados con saliva y mugre. Nadie en la pensión supo o quiso explicar su origen.

Intenté marcharme de Oakwood ese mismo día, pero el chófer del único coche disponible se negó a llevarme, pretextando problemas mecánicos. En la estación de tren, el jefe de andén me miró con compasión y miedo: “Desde que preguntó por los Ghouls, muchos han sentido que la tierra tiembla. No tardarán en buscarle”, murmuró antes de encerrarse en su caseta.

Esa noche la pasé en vela, vigilando la puerta y la ventana. Podía oír, entre el rugido distante del viento, el crujido paulatino y húmedo de garras arañando la madera. A medianoche, algo se deslizó bajo la puerta: un trozo de hueso, aún sanguinolento, envuelto en mechones de cabello castaño. Perdí el sentido de la realidad; sólo sé que cuando volví en mí ya era de día, y la señora Hambleton, pálida y temblorosa, me suplicaba que abandonara el pueblo.

Conseguí por fin escapar de Oakwood subiéndome a la parte trasera de un camión que llevaba sacos de grano a Arkham. Nunca volví a saber del pueblo, salvo por vagas referencias en los periódicos —desapariciones, incendios inexplicables, el éxodo de sus habitantes.

Pero por las noches, cuando apago la luz y la vigilia se disuelve en pesadillas, aún percibo el olor fétido de la tumba profanada y el roce de garras en mi ventana, la sospecha terrible de que los Ghouls han marcado mi alma con la devoción de un depredador hambriento. Todo aquel que sabe de ellos, que los ha contemplado y narrado, lleva consigo la promesa de futuras visitas, porque la carne —mientras vive— nunca es olvido suficiente. ¿Quién podría dormir tranquilo, sabiendo que la tierra respira bajo sus pies y que la muerte, para algunos, es sólo el principio del festín?

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