Fragmento:
Los días siguientes, mientras Elizabeth supervisaba la catalogación de viejos mensajes y baúles, emprendí el enloquecedor desafío de revisar el piso inferior. Una trampilla –escondida bajo la alfombra y rechinante de moho– se distinguía apenas. Bajé, farol en mano, y descendí por escalones cubiertos de salitre y hongos. Pronto alcancé una cámara circular, negra, donde la salpicadura de algas se mezclaba con líneas talladas de ininteligible significado. Apenas respirando, iluminé lo que parecía un altar de piedra verde, erosionada y húmeda…
Duración: 09:24
En el borde de Kingsport, donde los acantilados se desgarran en abruptos colmillos sobre el Atlántico y la bruma se arrastra al anochecer como una serpiente sin fin, se encontraba la casucha olvidada de Obed Marsh. Reconstruída tras un curioso incendio hacía casi dos siglos, la madera podrida aún exhalaba miasmas salinos, y la herrumbre corroía los herrajes, aunque nadie se atrevía realmente a acercarse. Los lugareños decían que las pisadas desaparecían allí, devoradas por el lodo y las algas. Nadie, ni siquiera los ebrios viejos del pub de Black John's, osaban negar que Marsh fue el primero de los Kingsport en pactar con lo inefable.
Fue una noche de finales de noviembre, cuando las hojas podridas hacían crujir el viento y la luna apenas despertaba entre la neblina macilenta, que llegué con mi prometida Elizabeth a la ciudad. Teníamos asuntos en Nueva Inglaterra: resolver la herencia de la abuela de Elizabeth, quien murió dejando entre sus papeles un recibo de propiedad de la dichosa casa de los Marsh. Habiendo oído rumores –y siendo yo un escéptico– acepté la visita con una mezcla de fastidio y nerviosismo.
La llave de la puerta, entregada por un abogado tembloroso de Arkham, llevó nuestras manos crispadas al umbral. El olor era algo entre el pescado corrompido y la descomposición húmeda. Las paredes, tapizadas de extraños símbolos tallados y enmohecidos, reflejaban la luz de nuestras linternas con perturbador destello verdoso.
Los días siguientes, mientras Elizabeth supervisaba la catalogación de viejos mensajes y baúles, emprendí el enloquecedor desafío de revisar el piso inferior. Una trampilla –escondida bajo la alfombra y rechinante de moho– se distinguía apenas. Bajé, farol en mano, y descendí por escalones cubiertos de salitre y hongos. Pronto alcancé una cámara circular, negra, donde la salpicadura de algas se mezclaba con líneas talladas de ininteligible significado. Apenas respirando, iluminé lo que parecía un altar de piedra verde, erosionada y húmeda…
Sobre éste descansaba un libro, su cubierta descompuesta y endurecida, atada por cadenas oxidadas y sobrecubiertura de piel. El título era perceptible solo con esfuerzo, exhibiendo extrañas letras árabes y una transliteración apenas legible: “Al Azif”. Aquellos que alguna vez escarbaron en la historia arcana sabrán reconocerlo, pero no diré más del nombre, pues solo escribirlo ya llena mis venas de hielo. Páginas de un amarillo viscoso estaban cubiertas de diagramas constelados y fórmulas rúnicas, algunas semejantes a las marcas talladas allí mismo.
La noche en que me atreví a leer su contenido fue la más larga de mi vida. Empapado en la luz temblorosa de mi farol, mis ojos recorrieron versos prohibidos sobre la era de los dormidos, los Yog-Sothoth, los impulsos que susurran desde la hendidura entre el tiempo y la carne del cosmos.
Fue entonces, mientras cavilaba sobre lo imposible, que Elizabeth vino a buscarme, goteando del frío y el miedo; me susurró que arriba, entre las habitaciones, oyó risas roncas y húmedas, como de gargantas ajenas al habla humana. La alejé, convencido de que el encierro y el hedor nos jugaban malas pasadas.
Regresamos arriba, y vimos lo imposible: la ventana, batida por el viento, permitía el paso de una niebla azulada que reptaba por el suelo, adquiriendo formas parecidas a tentáculos o espinas de coral. En la sala, una figura desnuda y arrugada, con ojos infinitos y carnosos como peces abisales, flotaba entre la niebla. Había marcas de agua allí donde pisaba, y pronunciaba sonidos llenos de burbujas, que mi intelecto se negó a aceptar como lenguaje.
Elizabeth huyó escaleras arriba. Yo, con el Necronomicón aún en la mano, intenté tapar los oídos, pero las sílabas se adherían a mi cráneo como tenazas. La figura se desvaneció, pero dejó tras sí una chamarra de escamas y una huella de limo. Esa misma noche, en sueños horrendos, percibí el constante zumbido del mar, y la visión de una ciudad sumergida, con cúpulas ciclópeas, donde masas amorfas rezaban ante obeliscos insospechados.
Al despertar, encontramos marcas húmedas en el piso, y agua en los escalones del sótano. Mi cordura tambaleó, pero resolvimos marcharnos inmediatamente. Sin embargo, la podredumbre del destino se había filtrado ya en nuestras vidas. La tarde en que abandonamos Kingsport, un monje extraño, encapuchado y con extraños rasgos asiáticos nos interceptó. Sostenía una caja de madera negra, y recitó una frase en latín: “Non est mortuus qui aeternum dormit.” Al abrir la caja, vimos un medallón idéntico al grabado en el libro impío, cubierto de algas y con una joya en el centro, dentro de la cual un ojo pequeño latía, vivo y consciente.
Huimos a Arkham, pero la paz fue ilusoria. Por las noches, Elizabeth soñaba con abismos donde su carne se perdía entre mandíbulas viscosas, y yo con libros que se escribían solos en lenguas olvidadas. Investigando libros en la Universidad Miskatonic, hallé en un polvoriento volumen titulado “Culte des Goules” la descripción de un culto marino de la costa, que ofrendaba no a Dagon –como las leyendas de Innsmouth– sino a una entidad aún más vetusta, un ser emergido de las primeras aguas digestivas del caos. Era llamado entre susurrantes como Ya’goth, el “anuncio” de nuevos primigenios, el pez-ábaco que teje los destinos humanos en sus arcanas computaciones abisales. Su numen se manifestaba cuando se reunían los habitantes del mar profundo y los pocos mortales que podían soportar la presión de su mirada.
Las pesadillas no cesaron, y la salud de Elizabeth se deterioró. Cada mañana, la descubría mojada, con las manos entumecidas y las uñas quebradizas, como si hubiese rascado la roca marina durante horas. Su rostro comenzaba a adoptar un matiz grisáceo, y una delgadez inquietante se adueñó de ella, especialmente sus ojos, que a veces brillaban con un reflejo plateado. Acudí aterrorizado al profesor Wilbur Follett, experto en lenguas muertas y supersticiones oceánicas, quien tras examinar nuestras notas y el medallón palideció notoriamente.
Me explicó, meditando cada palabra, que el Necronomicón albergaba fragmentos sobre seres ignotos –no los conocidos Primigenios, sino testigos anteriores, cuya realidad permeaba incluso a sus superiores. Ya’goth, promulgador de nuevos ciclos, se manifestaría a través de un “portador” marcado por el medallón, convirtiendo a su huésped en costra y carne para lo inhumano. Mi prometida era, entonces, elegida del culto: su transformación era inevitable.
La desesperación me llevó a arrojar el libro blasfemo al río Miskatonic y a romper el medallón con un cincel. Pero esa noche, mientras Elizabeth dormía, la niebla azul regresó, densificándose sobre el lecho. Me acerqué, intenté retirarla de su alcance, pero mis dedos se hundieron en un vacío frío e irreal –percibí el océano en mi boca, el frío de una presión antediluviana y el aroma de criptas submarinas.
Elizabeth despertó gritando, sus ojos rendidos a una voluntad sin nombre, su voz borboteando con sonidos que imitaban la plegaria. Su piel, desintegrándose con cada palabra, dejaba escapar un limo negruzco. Vi que en la palma de su mano el ojo del medallón palpitaba dentro de la carne, como si hubiese migrado allí durante el sueño. Su cuerpo se convulsionó y oí, entre el barullo espectral, el lejano canto de un coro no-humano, llamado desde la costa por la luna nueva.
Lo que sucedió fue rápido y definitivo. Elizabeth desapareció, dejando tras de sí un susurro pegajoso que evocaba la sal y la eternidad. Mi mente, mutilada y exhausta, solo recuerda que la ventana estaba abierta, y la niebla azul se desvanecía hacia el río. Desde aquella noche, mi vida devino una huida: de los ojos centelleantes en los charcos de la noche, de las risas húmedas en los vestíbulos de hoteles desolados, de mi propio reflejo en el agua.
Han pasado años desde entonces. He visto la marca azul impresa en el lomo de perros rabiosos y pescadores ebrios, y he oído rumores de un nuevo culto creciendo en las aldeas bañadas por la niebla. Dicen que, a la medianoche del solsticio, una figura marcha sobre el agua hasta la playa, y los más viejos reconocen en ella los restos del linaje Marsh y Wheeler, con ojos níveos y voz cascada.
Hay algo que debo confesar, y estas líneas son mi única salvación. Cada vez que sueño, percibo que mi conciencia traspasa mares abismos y ruinas ajedrezadas de ciudadelas sumergidas. Escucho ecos de palabras nunca pronunciadas en la Tierra, y sé que un día –quizá mañana, quizá cuando la luna sea de nuevo oscura– el último guardián vendrá a buscarme, y me llamará por el nombre que los muertos dan a los suyos cuando regresan al seno del océano.
Podré resistir una noche más, mientras el rumor de la marea se confunde con mis latidos, y las formas azules se baten en la costa. Pero sé, irremediablemente, que ningún hombre puede enfrentarse a los anuncios del abismo, a los portadores de los nuevos Primigenios, sin perderse en la locura húmeda que antecede al renacimiento.
Desde ese día, las olas ya no son olas. Son bocas. Son himnos. Son advertencias que nadie quiere ver escritas en la arena. Solo aquellos que han tocado la carne del abismo sabrán que ya no hay salvación posible; solo una plegaria nunca respondida a un dios que no distingue entre agua y sangre.
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