Fragmento:
Sabed, empero, que sólo los insensatos ignoran los peligros del hielo perpetuo. Fue en la primavera, entre los últimos retazos de nieve que manchan los altos páramos como jirones de un sueño olvidado, cuando mis pasos y mi hambre de saber me llevaron al borde de la locura y me hicieron testigo de cosas a las que solamente las más dementes leyendas osan acercarse. Si hubiese sabido entonces, al partir de Boston con mi cuaderno de notas y mi escaso equipaje, que las tierras de los vientos perpetuos no guardan tan solo secretos, sino horrores nacidos de eras prediluvianas, quizá hubiese rehusado a aceptar la carta de Kittredge, el antropólogo hoy desaparecido. Pero el misterio de sus palabras, las referencias veladas a rumores y gritos arrastrados por el viento desde “el vestíbulo de Kadath”, saciaron cualquier prudencia nacida de mi débil razón.
Duración: 09:48
Sabed, empero, que sólo los insensatos ignoran los peligros del hielo perpetuo. Fue en la primavera, entre los últimos retazos de nieve que manchan los altos páramos como jirones de un sueño olvidado, cuando mis pasos y mi hambre de saber me llevaron al borde de la locura y me hicieron testigo de cosas a las que solamente las más dementes leyendas osan acercarse. Si hubiese sabido entonces, al partir de Boston con mi cuaderno de notas y mi escaso equipaje, que las tierras de los vientos perpetuos no guardan tan solo secretos, sino horrores nacidos de eras prediluvianas, quizá hubiese rehusado a aceptar la carta de Kittredge, el antropólogo hoy desaparecido. Pero el misterio de sus palabras, las referencias veladas a rumores y gritos arrastrados por el viento desde “el vestíbulo de Kadath”, saciaron cualquier prudencia nacida de mi débil razón.
El viaje al norte fue una procesión de frío y neblina, el tren perdiéndose en un país cada vez más despoblado y gris, donde las aldeas habían sido devoradas por el hielo y el tiempo, y los viejos hablaban solo en susurros al caer la noche. Kittredge me esperaba en una chabola cerca de la línea, más allá de la última posta ferroviaria. Su rostro, anguloso y vencido, era el de alguien que había abandonado hace tiempo la esperanza y el sueño. Me tendió las manos temblorosas, y vi en sus ojos azules el reflejo de las cumbres infernales a las que me arrastraría.
“¿Conoces la palabra ‘Ithaqua’?”, murmuró nada más sentarnos junto al fuego débil. “No es ni siquiera una leyenda. Es un rugido en la oscura ventisca. Hoscos dioses caminan sobre el hielo, llevándose a los que se atreven a husmear. Pero lo que está bajo, lo que sopla bajo las ruinas de Kadath… oh, amigo, eso es peor aún.”
Esa noche, sin embargo, los rumores no bastaron para inquietarme: dormí mal, sí, y soñado vi un cielo desgarrado por luces aurorales que parecían escritas en un alfabeto demoníaco. Pero el horror real empezaría a la noche siguiente, cuando ascendimos, guiados por Kittredge y sus mapas hechos jirones, hacia donde el terreno se deshace en cuchillas de hielo y bloques centenarios tallados por ninguna mano humana.
El aire era un cuchillo cruel incluso de día. Mientras subíamos, Kittredge relató la historia de los eremitas que hace siglos buscaron Kadath según los fragmentos de “Pnakótico”, sedientos de vislumbres sobre la ciudad de los dioses de los sueños. Todos ellos desaparecieron, y las tribus laponas afirman que ni sus huesos descansan en ningún mundo conocido. A cada paso, la fascinación por esa ciudad inalcanzable se mezclaba con un miedo estomacal, irracional, como el sonido de una flauta invisible en la lejanía.
Encontramos las primeras ruinas al borde de un precipicio velado por neblinas verdes. Columnas talladas de una piedra tan negra como el fondo del abismo estaban cubiertas con inscripciones en un idioma idéntico a aquel de mis sueños. El aire zumbaba de electricidad, y sentí en mi carne la presión de poderes que no entienden, o no quieren entender, las miserias de los hombres.
El campamento esa noche fue un círculo de luz frágil. El hielo parecía crecer del suelo como si intentara tragar nuestras formas. Kittredge, arrebujado en su abrigo, negó a dormir. Balbuceó temores, y yo recogí sus palabras: Ithaqua, cuyo rugido arrastra las almas de sus víctimas y deja los cuerpos suspendidos en ramas congeladas; pero también habló, lleno de terror, de Zhar-Nh’Ygg, el guardián que mora bajo la piel mineral de la tierra, y cuyo suspiro se escucha en las grietas calientes en pleno glaciar. Uno se lleva los cuerpos, el otro las mentes.
A medianoche, los vientos aumentaron y luces blanquecinas y rojizas resbalaron en el horizonte. Entonces oí el rugido. Era un sonido bajo, ronco, como una trompeta desde dentro del hielo y el mundo; sentí que se adentraba en mis huesos, haciéndolos vibrar hasta la náusea. Kittredge intentó orar, incoherente, pero la lengua en que lo hacía no era inglesa ni humana.
Algo pisaba el terreno fuera del campamento. Lo sentí más que lo oí. Un crujido de pies colosales que desplazaban la nieve con indiferencia hacia la pequeña luz de nuestra lámpara. Apreté la mano sobre mi revolver, mas supe que no habría utilidad en su uso contra lo que se vislumbraba entre la agitación de la ventisca: una silueta titánica y vagueante, como de nube y membrana, con ojos de pura fosforescencia.
Entonces las nubes se partieron y vi, encima del abismo, algo increíblemente antiguo: una puerta ciclópea, tallada directamente en la roca, con relieves y formas que no correspondían a ningún arte de la Tierra. Bajo el poder de esa mirada gélida, Kittredge se echó a correr, hundiéndose desesperadamente en la ventisca, y fue engullido casi al instante por las sombras que se curvaban tras la luminiscencia del guardián.
El rugido de Ithaqua atravesó mi mente y, acto seguido, un aliento cálido y pútrido sopló desde el interior de la grieta bajo la puerta negra. Era Zhar-Nh’Ygg, sin duda; sentí sus tentáculos mentales palpar los límites de mi cordura, rastreando recuerdos, deseos, la esencia misma de lo que era. Vi, en un parpadeo imposible, ciudades enterradas bajo montañas de hielo, reinos prehumanos donde criaturas de fauce infinita discutían sobre la geometría prohibida.
Los relieves de la puerta narraban historias de sumisión y pactos: hombres y bestias llevaban ofrendas a formas reptilianas y viscosas, mientras una figura majestuosa, semioculta en las nubes y el torbellino, extendía los brazos para recibir gritos y plegarias. Era Kadath, la ciudad nunca alcanzada, el templo de los sueños y las pesadillas.
No sé cómo, ni cuándo, logré alejarme. La tormenta ondeaba brazos maduros como helechos ancestrales, y sentí la sangre congelarse en mis venas. El aire ahora era color de ceniza, y la nieve parecía derretirse bajo mis pies por el latido del monstruo subterráneo. Avancé, siguiendo líneas invisibles y carcomido por el terror. Rogué a todos los dioses abandonados y dormidos en que alguna vez creí que pudiera ver otra vez las colinas verdes de mi tierra, aunque fuera en memorias quebradas.
Horas o días después, no lo sé —en aquellos parajes el tiempo se curva como la luz sobre el hielo—, alcancé un refugio de piedra, vestigio de alguna expedición extinta. Mi mente, mutilada por la visión, se aferró al acto de escribir, a la narración como único ancla. Pero aún desde allí, la ventisca traía ecos: rugidos lejanos, voces de cosas no humanas, el golpeteo de pasos gigantescos que no cesarían jamás.
Intenté regresar en vano por la senda de la que venía, pero los parajes habían cambiado. Donde debería haber habido un repecho, sólo encontré un muro de piedra y hueso; donde el cielo debía clarificarse al amanecer, sólo existía la más absoluta y abismal negrura. Fue como si Kadath y sus guardianes hubiesen dejado rodar sus sueños y pesadillas sobre el paisaje, reescribiéndolo a su antojo. Me di cuenta, con el horror de quien es atrapado en una pesadilla sin fin, de que ya no estaba en los páramos de este mundo. La lógica y la física de los lugares conocidos ya no sustentaban mis acciones.
Por el rabillo del ojo, vislumbraba formas retorciéndose en la niebla: criaturas mitad líquidas, mitad vaporosas, con bocas llenas de dientes traslúcidos. Susurros llegaban de todas partes, palabras antiguas que prometían saber, dolor y, sobre todo, olvido. Reconocí la voz de Kittredge entre los susurros: rezaba a Ithaqua aún, sus palabras ahora deformes, presas del lenguaje imposible de la ventisca.
Caí, exánime, en un delirio de cansancio y miedo. Soñé. Y en los sueños, Kadath surgió ante mí: una metrópolis de torres y criptas, extendiéndose bajo una aurora artificial y mortuoria. Allí, sus dioses no dormían, sino que me miraban con los ojos vacíos, alimentándose de mi memoria y mi angustia. Uno, monstruosamente alto y envuelto en vapor, se inclinó y tocó mi frente con un dedo helado. Una marca ardió en mi piel mientras el calor del abismo me apartaba del último vestigio de esperanza.
Desperté aturdido, en medio de un silencio brutal. El paisaje había cambiado, o yo había cambiado. Era de nuevo de día, pero la luz era fúnebre; ninguna sombra se movía salvo la mía propia, y nunca lograba alejarse lo suficiente como para estar seguro de su humanidad. Caminé, solo, días que se mezclaron con sueños hasta llegar a los últimos pueblos de hombres.
Nadie creyó mi relato. Nadie esperó jamás el retorno de Kittredge, y los mapas de su puño y letra fueron perdidos, como si el viento los hubiese engullido igual que a su dueño. Los documentos que logré escribir, raspando desesperadamente recuerdos y detalles, apenas logran trasmitir ese miedo subterráneo, profundo, que desde entonces me acompaña.
Pero algunos, en ciertas noches de invierno, oyen aún el rugido. Algunos aseguran vislumbrar en la nieve figuras que ningún animal puede trazar. Y hay quienes, estremecidos, escuchan el susurro de voces debajo del hielo, aguardando, palpitando, como si la misma tierra —o lo que duerme bajo ella— susurrase nombres que ningún hombre debiera pronunciar. Y yo temo, en cada atardecer sepulcral, que si cierro los ojos, veré de nuevo los portales de Kadath y entre los recodos blancos, sienta el abrazo devorador y ardiente de Zhar-Nh’Ygg.
Nadie escapa para siempre al rugido, ni a la llama bajo el hielo. Nadie vuelve igual de aquellos lugares en los que el viento y el abismo conspiran. Y esta noche, mientras la tormenta aúlla tras mi ventana, sé que mis pasos, mis sueños, y, finalmente, mi alma, están perdidos para siempre en las rutas heridas y vacías entre los dioses de Kadath.
Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.