Portada del relato La Voz que Danza Bajo el Abismo
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Fragmento:


La expedición se organizó bajo la excusa académica del “registro de formaciones coralinas únicas”, pero la intencionalidad velada era bien sabida por los pocos elegidos. Los colegas reunidos —el circunspecto profesor Haldane, la doctora Raskova con su fixación en cultos marítimos, el hosco ingeniero Bradley y el joven e inquieto Darius Marsh— constituían un grupo, aunque desigual, perfectamente adecuado para aventurarse en la búsqueda de ruinas no humanas. Era finales de septiembre y las tempestades habían amainado, dejando un aire espeso, cargado de esa humedad perpetua que nunca se disipa de las calles y los corazones de Innsmouth.

Duración: 09:48

La Voz que Danza Bajo el Abismo
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Texto de ajuste de pausa.

Mis recuerdos son fragmentos; pedazos sueltos, espectrales, de una experiencia que mi razón —en la larga y solitaria vigilia de mis noches— desearía borrar. Yo, Erich Wade, he de escribir estas líneas como aviso, confesión y quizá, como último remedio contra la locura que me acecha cuando las olas golpean el arrecife y la luna emerge, oblonga, sobre el quebrado perfil de Innsmouth.

Es cierto que la inquietud me impulsó hacia lo prohibido; esa inquietud que nos aparta de los caminos trillados y nos expone a la abyección de lo incomprensible. Así fue como me uní a la Expedición de la Sociedad Esotérica de Cartografía Submarina, un apéndice encubierto de la infame Orden Esotérica de Dagón, cuyos secretos habían atizado mi ansia de conocimiento desde que mis estudios en la Universidad de Miskatonic me llevaron a tropezar con nombres impronunciables y manuscritos crípticos. Nada, ni siquiera los horrores sugeridos en los susurros de los corredores nocturnos de Arkham, podría haberme preparado para la verdad que yace bajo las aguas grises de esa costa maldita.

La expedición se organizó bajo la excusa académica del “registro de formaciones coralinas únicas”, pero la intencionalidad velada era bien sabida por los pocos elegidos. Los colegas reunidos —el circunspecto profesor Haldane, la doctora Raskova con su fixación en cultos marítimos, el hosco ingeniero Bradley y el joven e inquieto Darius Marsh— constituían un grupo, aunque desigual, perfectamente adecuado para aventurarse en la búsqueda de ruinas no humanas. Era finales de septiembre y las tempestades habían amainado, dejando un aire espeso, cargado de esa humedad perpetua que nunca se disipa de las calles y los corazones de Innsmouth.

Partimos al alba con equipamiento de buceo y cámaras resistentes a la presión, navegando en el viejo pesquero “Leviathan’s Rest”, tripulado íntegramente por silenciosos nativos de Innsmouth. Recuerdo la mirada penetrante del capitán Obed Marsh, descendiente de aquella ominosa familia cuyas actividades habían sido desde siempre objeto de especulación. Sus ojos, bulbosos y acuosos, parecían transparentar no sólo las profundidades salobres, sino también pensamientos que sólo podían ser concebidos en sueños febriles.

Tras horas de navegación sombría, anclamos cerca de Devil’s Reef. El arrecife, negro y grotesco, se elevaba retorcidamente desde las ondas, mostrándose como los huesos de una colosal bestia devorada y olvidada por dioses crueles. El viento murmuraba enronquecido entre las piedras ensangrentadas de algas muertas, y el amanecer, aún terroso y ocre, revelaba que no había pájaro ni pez que se atreviese a profanar aquel lugar.

Ataviados con los trajes de inmersión, descendimos entre remolinos de burbujas y penumbra. Descendimos por una grieta angosta, un canal subacuático que descendía hasta las mismísimas fauces de lo desconocido. A cada metro, la luz solar se tornaba más viscosa, hasta extinguirse por completo, devorada por la negrura. Sólo nuestras linternas proyectaban conos ansiosos a través de la oscuridad, bailando sobre relieves imposibles, esculturas ciclópeas cubiertas de coral y limo. Las luces hacían brillar bajo la capa de mugre inscripciones en una lengua de ángulos implausibles, runas que vibraban ante nuestros ojos con una energía malsana.

–Por Dios… ¿ve eso? —susurró Bradley, señalando un mosaico gigantesco. Se lo veía pálido bajo la máscara de oxígeno.

Frente a nosotros, la caverna se ensanchaba en una sala de dimensiones monstruosas. Sus muros, tallados en basalto bruñido y obsidiana sucia, representaban procesiones de criaturas mezcla de hombre y pez, implicadas en ritos inenarrables, entregadas a la adoración de una figura central colosal —Dagón, sin duda—, cuya forma se descomponía a medida que la mirabas: parte cetáceo, parte humanoide, parte algo que no puedo nombrar.

Continuamos, arrastrados por la fascinación enferma y ese susurro interior que confunde la prudencia con la osadía. Las cámaras grababan y tomaban fotos, pero sé que ninguna imagen fue nunca fiel a lo experimentado allí abajo. Las formas, las texturas del mundo sumergido, eran demasiado ajenas a la percepción humana.

Cuando alcanzamos el fondo de la sala, notamos una apertura tallada en el suelo, un portal circular flanqueado por esculturas de bestias reptilianas. Haldane murmuró un pasaje de una tablilla que había descifrado: “Allí donde la carne se trueca en escama y la sangre en sal, descenderán los dignos para unirse a los siempre velados.”

De pronto, un zumbido, algo así como un canto gutural, vibró en el agua. No venía de ninguno de nosotros. La presión en mis oídos aumentó. Algo antiguamente dormido notaba nuestra presencia y operaba sobre las leyes del azar. Raskova temblaba, los ojos muy abiertos, y apretaba su crucifijo como si pudiera protegerla de aquello que era anterior al propio concepto de santidad.

Era Marsh quien sugirió explorar el pasaje. Yo, presa de un pánico dócil, lo seguí junto a los otros. Descendimos por una escalera en espiral, sus peldaños desgastados por pies no humanos, hasta que la gravedad misma pareció trastocarse. El agua vibraba en torno nuestro con señales luminosas, como bacteria marina, formando patrones rítmicos traslúcidos que recorrían los símbolos de las paredes.

Al fondo, en una cámara abovedada, encontramos un altar grotesco, tallado en una sustancia intermedia entre la piedra y el hueso. Encima, yacía un libro preternatural, encuadernado en piel de escama de criatura fósil, y de cuyas páginas la tinta aún parecía palpitante. Darius Marsh se adelantó y, susurrando palabras que ningún hombre debiera recordar, rozó el libro. La estructura misma de la sala pareció titilar; las paredes sugerían movimientos detrás de la piedra, como si un millón de ojos de coral nos observaran con paciente odio. Un eco grave, inhumano, reverberó a través de nuestras mentes.

A partir de ahí, mi memoria se desvanece, y sólo fragmentos inconexos bailan ante mí como sombras infectas. Recuerdo que Raskova empezó a sollozar; que Haldane, con las venas de la frente abultadas, balbuceaba en una lengua imposible; que Bradley se golpeó los propios oídos hasta sangrarlos, intentando expulsar los cantos que nos inundaban, unos cantos que no se propagaban a través del agua, sino directamente a nuestras mentes.

Vi a Marsh postrado ante el altar, abrazando aquel libro que exudaba humedad, y cómo sus extremidades comenzaron a yescarse, a deformarse en grotescas membranas palmeadas. Una convulsión de horror me sacudió cuando noté que nuestros trajes de neopreno comenzaban a desgarrarse en las articulaciones, y sobre mi propia piel sentí la persistencia de una picazón inenarrable. Un canto, sí, un canto de bienvenida y de advertencia, nos conminaba a rendirnos, a renunciar a la estructura de nuestras almas humanas.

En ese momento de confusión, hubo un seísmo. El techo comenzó a crujir y fragmentos ciclópeos se desprendieron con lentitud. Aproveché el pánico general —Bradley ya flotaba entre nosotros, con los ojos virados en blanco— para lanzarme por el túnel de regreso, nadando como un loco hacia la estrecha luz verde que se insinuaba desde la caverna principal. Detrás de mí, los sonidos del derrumbe mezclados con el estrépito de algo abriéndose paso, alargando tentáculos por las grietas.

Cuando logré salir y alcanzar la superficie, el “Leviathan’s Rest” no estaba; solo quedaban restos de tablas y boyas flotando entre la espuma teñida por la puesta de sol. Arrastrándome hasta una roca, no recuerdo cuánto tiempo permanecí inconsciente, hasta que un pescador de Arkham me halló por la mañana, aferrado a la piedra con las manos ensangrentadas.

El resto de la expedición se consideró desaparecida. Los documentos recuperados de mi equipo fotográfico fueron destruidos por manos desconocidas, y las autoridades —con una rapidez sospechosamente eficiente— aseguraron que todo fue un accidente, los cuerpos dispersos por la marea.

He intentado reanudar mi vida, pero la verdad no se borra tan fácil. Sueños de gélidas profundidades me asaltan cada madrugada; sueños de procesiones, de bocas antediluvianas abiertas para el sacrificio, de las voces que danzan bajo el abismo instándome a regresar. Una picazón recorre mis manos y tobillos cada vez que el cielo se cubre de nubarrones.

Sé —sí, lo sé— que no estoy solo. Los habitantes de Innsmouth me observan cuando, desvariando, paso por sus callejuelas húmedas. Puedo ver en sus ojos ese reflejo abisal, la promesa de una eternidad sumergida, donde nuestro linaje ha de perder todo trazo de humanidad.

A veces, en noches particularmente malas, oigo aquel canto gutural resonando bajo mis pies, bajo la estructura misma de mi casa. Sé que, así como yo fui llamado, otros continúan descendiendo, y que la Sala Sombría donde el altar espera aún pulsa en algún recóndito abismo. Hay expediciones que nunca regresan, y nadie pregunta por ellas. Los devotos de Dagón siguen danzando en círculos prohibidos bajo la marea.

Si estas palabras llegan a tus manos, forastero, no las desdeñes. No permitas que la curiosidad ni el ansia de saber te empujen hacia la grieta bajo Devil’s Reef, ni que la promesa de hallazgos prehumanos te haga olvidar el fino velo que separa la razón del horror. Porque lo que descansa abajo no muere, y los que lo conocen nunca vuelven a caminar verdaderamente sobre tierra firme.

Pronto, muy pronto, sentiré la llamada de regreso a la Sala, y cuando esa hora llegue, ya no tendré fuerzas para resistir ni deseo de recordar. En el fondo del mar, donde la luz jamás penetra y los dioses aguardan su momento, me uniré a los que cantan bajo el abismo; y mi nombre será devorado, como la carne, por las aguas eternas de Dagón.

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