Fragmento:
Me reí en silencio ante tan estrafalaria advertencia. Fui a mi cuarto, desde cuya ventana podía observar a lo lejos la oscuridad ondulante del Atlántico. Allí, en mitad de la noche, escuché un rumor incesante más allá de la playa, como un coro ululante que resonaba opresivamente en mi pecho. Atento, salí cuando la posada enmudeció inmersa en el sopor nocturno, deslizándome entre las sombras hacia el muelle, guiado por aquella voz informe que parecía llamarme con un idioma primigenio.
Duración: 11:49
Permítaseme, indulgente lector, transmitirle la experiencia que fue responsable de la caída definitiva de mi salud mental y mi consiguiente aislamiento del mundo conocido. El nombre que llevo no importa, pues desde aquella malhadada noche de junio la identidad es sólo un tenue lazo que me une de manera fingida al resto de la humanidad. Mi historia comienza, irónicamente, como tantas otras historias malditas: con el afán irrefrenable de saber más de lo que debía y de escarbar, bajo el barniz de la realidad, los recovecos mismos de la verdad prohibida.
Era último año de la década de los treinta, cuando el soplo ominoso de la Gran Depresión rozaba aún las costas de Nueva Inglaterra y soplaba, junto con el viento salino, entre los desvaídos tejados de Arkham. Geólogo amateur y devoto de los misterios marinos, me hallé una noche revisando legajos polvorientos en la biblioteca de la Universidad Miskatonic, tras el cierre de la sección pública. Los habitantes del lugar, por mera cortesía, ignoraron mi presencia y me permitieron explorar unos estantes cuya vetustez era equivalente a su rareza.
Allí, entre polémicos volúmenes de viajes y bestiarios de dudosa procedencia, tropecé con un diario inconexo, en apariencia perteneciente a un tal Ephraim Waite de Innsmouth. Sus páginas olían a humedad ancestral y se hallaban manchadas por líquenes que sólo crecen en los sitios más sombríos y húmedos. A través de una caligrafía frágil y desordenada, Waite discurría sobre sus antepasados, el mar, y una procesión nocturna de seres antediluvianos cuyas fauces rezumaban la promesa de la muerte y la inmortalidad, según antiguos pactos sellados hace siglos en las encubiertas cámaras subacuáticas del Atlántico Norte.
Admito que fui, en aquellos años, un joven impulsivo y escéptico, incapaz de aceptar como verdad los terrores con los que mis mayores pretendían asustar a los niños. Pero la semilla de la curiosidad —ese fruto tan amargo que, cuando germina, nunca puede ser arrancado sin desgarrar el alma— creció sin cesar los días siguientes. Decidí, como haría cualquier hombre de ciencia, visitar Innsmouth y verificar por mí mismo la génesis de tan extravagantes mitos. Si alguno de mis amigos, si siquiera un conocido, hubiera vislumbrado las consecuencias de mi viaje, quizá habrían destruido el diario y sellado para siempre aquellos archivos.
Fijé mi trayecto por tren y autobús, entrando por la desolada carretera que une Arkham y esa ciudad olvidada y putrefacta. El paisaje se tornó gradualmente inhóspito hasta que, finalmente, los faros del sacudido ómnibus iluminaron la ruina de lo que alguna vez fue un pueblo vigoroso. Casas gravemente inclinadas, iglesias en ruinas y ventanas tapiadas formaban superficies como rostros enloquecidos que acechaban el paso de los forasteros.
Los habitantes, en su mayor parte, evitaban la luz diurna. Los pocos que se encontraban afuera portaban una conformación extraña: ojos saltones, bocas anchas y una piel que, por momentos, parecía haber sido barnizada por el mismo limo de los fondos marinos. Cierto rumor imposible de definir vibraba bajo las pisadas; el murmullo de la brisa, el borboteo del agua, el zumbido de antiguas plegarias. Mantenían las distancias, apartando su cuerpo deformado con movimientos lentos, como si aguardaran una señal inaudible.
Logré encontrar alojamiento en la única posada en funcionamiento, regentada por un tal Zadok Allen, anciano cuyas manos y lengua temblaban por el peso de los años y una vida marcada por el alcohol y el terror. Desde el inicio, noté en su mirada un destello de horror permanente, como si arrastrara la condena de haber visto lo que ningún mortal debió presenciar. Siguió el saludo de rigor con una advertencia velada: “¡Deje cuanto antes este lugar, forastero! Hay secretos aquí que ensucian el alma y atrapan para siempre a los que los miran demasiado de cerca”.
Me reí en silencio ante tan estrafalaria advertencia. Fui a mi cuarto, desde cuya ventana podía observar a lo lejos la oscuridad ondulante del Atlántico. Allí, en mitad de la noche, escuché un rumor incesante más allá de la playa, como un coro ululante que resonaba opresivamente en mi pecho. Atento, salí cuando la posada enmudeció inmersa en el sopor nocturno, deslizándome entre las sombras hacia el muelle, guiado por aquella voz informe que parecía llamarme con un idioma primigenio.
Allí, entre los pilares carcomidos, distinguí una procesión de figuras bestiales, en cuclillas, rugosas y de proporciones inhumanas, que emergían del océano y se internaban en la ciudad. Sus siluetas eran apenas visiones nebulosas, como soñadas en medio de la vigilia, pero sus ojos… esos ojos reflejaban el resplandor maldito de las profundidades. Uno de ellos, más erguido que el resto, portaba una corona de algas y conchas, y su rostro se fundía con la brutalidad de la foca y el atún. El horror me paralizó, y sólo enfrenté aquel abismo gracias a mi obstinada incredulidad científica.
Las criaturas se detuvieron, y de sus filas surgió un canto gutural, mezcla de oración y sádica promesa, proferida en una lengua demasiado antigua para ser humana. Retrocedí, incrédulo, hasta colisionar con un murete de concreto. El sonido cesó al instante. En ese mortuorio silencio, percibí de pronto un par de ojos redondos y vidriosos centelleando entre los listones del muelle podrido. El terror me impulsó a huir a la posada, donde me refugié hasta el amanecer, presa de fiebre y temblores.
Al día siguiente, volví al puerto, racionalizando mi experiencia como una alucinación. Pero el olor a pescado podrido era demasiado intenso, y sobre las piedras yacía una sustancia viscosa y luminiscente, imposible de identificar. Me sentí vigilado, como si algo acodado entre las lapas y los mejillones aguardara sólo a que desatendiese un segundo para arrastrarme al fondo del océano.
A pesar de la sensatez, me vi impulsado a investigar. Pregunté acerca de la procesión a los mercantes y pescadores embozados. Por toda respuesta recibí un coro de murmullos hostiles y miradas fijas. Solo Zadok Allen, al enterarse de mis indagaciones, accedió a hablarme, aprovechando la caída de la noche y el refugio furtivo tras las puertas cerradas de su posada.
“Tendría usted que haber hecho caso, forastero… nunca se debe mirar tras el velo. Esos seres que vio no son mitos. Llegaron hace generaciones, desde las ruinas de ciudades tan antiguas como el mundo, traídos por el propio Capitán Marsh en busca de oro, fortuna y una monstruosa inmortalidad. Los Profundos, así los llaman… criaturas anfibias, inteligentes, ajenas completamente al hombre y, sin embargo, unidas a nuestra carne por pactos impíos”.
Zadok no podía mirarme a los ojos mientras hablaba. Me relató con voz entrecortada cómo, noche tras noche, los habitantes ‘de sangre antigua’ se internaban en las calles hacia la playa, portadores de ofrendas, sumergiéndose en el mar para unirse a aquellos monstruos en sus templos sumergidos, en la ciudad sumergida de Y’ha-nthlei. Los que retornaban, con el tiempo y el cruce de generaciones, perdían su humanidad, y sus hijos nacían con rasgos anfibios. La promesa era, según Zadok, la vida perpetua bajo el océano y riquezas inacabables, pero el precio era la monstruosidad y el exilio de toda esperanza de redención.
Al relatar sus palabras, el anciano vigilaba la puerta, como si temiera la llegada inminente de los vigías de los Profundos. Un zumbido grave, vibrando en el aire nocturno, nos hizo callar. Escuchábamos, allá abajo en las calles, pasos arrastrados y el retumbar de cánticos guturales. “Debemos escondernos —susurró Zadok—. Esta noche han venido por usted. Ellos conocen a los extraños, sienten la carne forastera en su ciudad”.
El terror me sumió en la parálisis, pero, ante la insistencia del viejo, me refugié bajo las tablas del suelo. Sentí el frío y la humedad filtrándose entre mis huesos y percibí, aumentando cada minuto, aquel hedor a marisma podrida. Encima de mí, oí los pasos de los Profundos arrastrándose, sus voces retumbando en aquel lenguaje terriblemente ancestral. La desesperación de aquel encierro, junto con la imposibilidad de toda acción, taladró mis nervios; temí sufrir una crisis antes de que ellos mismos descubriesen mi escondite.
Pasadas las horas —quizá sólo minutos, mi mente fragmentada ya no lo sabe— la quietud retornó. Cuando Zadok finalmente me permitió salir, noté cómo el viejo avanzaba encorvado y cojeante, como si una parte de su alma hubiera sido arrebatada por la mera proximidad con aquellas entidades.
Mi instinto me empujaba a huir fuera de Innsmouth, pero una fuerza más poderosa, la fascinación o la presencia maliciosa de los Profundos, me mantenía atado. Quise ver con mis ojos aquellos templos submarinos, o al menos atisbar desde la costa la evidencia final del horror. Salí solo, a la playa, guiado por el canto hipnótico que vibraba en mi mente como un eco lejano.
Allí, bajo la luna turbia, observé decenas de figuras obrando extrañas mutilaciones sobre peces y otros animales marinos, depositando sus restos en las olas. Eran, en efecto, ofrendas, y su dirección era inequívoca: las aguas más oscuras y profundas, donde ni la luz ni la cordura alcanzan jamás.
En ese instante, el mar se agitó de manera antinatural, y de las profundidades emergieron, una vez más, las formas ciclópeas de los Profundos. Uno de ellos llevaba consigo un huevo gigantesco, translúcido, y lo depositó en la orilla mientras los lugareños, en un trance sagrado, comenzaban a entonar los cantos de la unión.
No puede explicarse con lenguaje humano el asco y el horror que sentí entonces. El huevo, palpitante, se resquebrajó, y de su interior surgió una criatura de ojos sin párpados, manos palmípedas y una boca repleta de feroces dientes curvos. Los aldeanos, en éxtasis, se lanzaron al agua para recibirla; algunos sufrieron convulsiones, otros reían frenéticamente. Los Profundos, en respuesta, abrían sus bocas monstruosas en una orgía de sonidos incomprensibles.
Retrocedí a trompicones, sintiendo una mirada fría y oblicua acechándome desde las olas mismas. Ahí comprendí lo que miles de años de horror han tratado en vano de advertir a la humanidad: no estamos solos; la vida terrestre es una anomalía y estos seres —los Profundos— nos preceden y nos sucederán. Pertenecemos a ellos, y la falsa seguridad con que habitamos nuestra carne humana es apenas un préstamo miserable concedido por su gracia.
Me lancé en la carrera ciega, perseguido por la cacofonía de los Profundos y sus acólitos humanos. A fuerza de desesperación, logré tomar el primer tren fuera de Innsmouth al amanecer, y sólo entonces, al recobrar la gris normalidad de Arkham, sentí el peso múltiple de la fatiga, el miedo y la culpa.
No intenté convencer a nadie. ¿Qué palabras podría emplear para describir todo lo que mis ojos presenciaron? Los periódicos dieron cuenta meses más tarde de un incendio en la vieja posada y de una tormenta inusual que arrasó buena parte de Innsmouth, sumiendo para siempre en el silencio gran parte del pueblo. Lo que no mencionaron fue el rumor de los pescadores sobre gritos inhumanos y oraciones lanzadas sobre el mar, ni el aumento del número de desaparecidos en las playas cercanas durante las lunas nuevas.
Aun ahora, aquí enclaustrado en el último refugio de la cordura, sé que ellos aguardan, más allá de los límites de la percepción humana. Escucho el rumor de las olas en mis sueños y percibo, bajo mi propia piel, la viscosidad antinatural que precede la metamorfosis. El legado de los Profundos jamás deja marchar a quienes se atreven a contemplarlo. Lo sé, por amarga experiencia, y sólo puedo rogar que otros no sigan mis pasos en busca de horrores que la razón no puede asimilar ni el alma soportar sin quebrantarse para siempre.
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