Fragmento:
En la desvencijada ciudad de Arkham, en aquel invierno que parecía traer heraldos de otro reino, el rumor de una tienda recién abierta comenzó a circular entre las callejas aferradas por la niebla. No se hallaba en las avenidas centrales, sino al final de Clabber Lane, donde la arquitectura parecía imitar los laberínticos sueños de un demente abandonado a sus propias pesadillas. Se decía que la tienda no tenía nombre, pero que los hombres sin ocupación clara, y mujeres encapuchadas, acudían en horas inadecuadas a frecuentar sus existencias errabundas entre vitrinas polvorientas, cargándose entonces su estancia de un insidioso olor a especias mohosas y cera de otro mundo.
Duración: 11:59
¡Oh, lector, si en efecto alientas el infame vicio de la indagación, si eres de aquellos que desafían los umbrales de la cordura enfrentándose a las realidades indeseadas del universo, entonces, toma este relato como una doble advertencia! Porque del pasado surgen relatos que jamás debieron contarse, y existen objetos cuya vocación no es sino la de abrir puertas vetadas para siempre a la mente humana. Sepas, pues, que eres tú quien herejiza tus sentidos con cada palabra leída y que ninguna plegaria a dioses benévolos amortiguará el impacto de lo que aprenderás en los párrafos siguientes.
En la desvencijada ciudad de Arkham, en aquel invierno que parecía traer heraldos de otro reino, el rumor de una tienda recién abierta comenzó a circular entre las callejas aferradas por la niebla. No se hallaba en las avenidas centrales, sino al final de Clabber Lane, donde la arquitectura parecía imitar los laberínticos sueños de un demente abandonado a sus propias pesadillas. Se decía que la tienda no tenía nombre, pero que los hombres sin ocupación clara, y mujeres encapuchadas, acudían en horas inadecuadas a frecuentar sus existencias errabundas entre vitrinas polvorientas, cargándose entonces su estancia de un insidioso olor a especias mohosas y cera de otro mundo.
El joven Edwin Halsey, recién graduado del Miskatonic y poseedor de una mente ávida de secretos y cosas subterráneas, decidió, temerariamente, investigar tales habladurías. Aquella tarde, su corazón se apretaba entre el miedo y la excitación mientras recorría el umbral de la tienda, cuyas campanillas, al sonar, evocaron en él imágenes de antiguos templos donde los hombres ofrecían sacrificios ciegos a poderes implacables. El interior era opresivo, inundado por una laxitud de luces amarillentas, y los objetos exhibidos parecían murmurar desde los estantes y anaqueles como si poseyeran una vida detenida al acecho.
El dependiente surgió de la penumbra: una figura delgada, alta, cuya piel parecía demasiado translúcida y sus dedos, desmesuradamente largos, se deslizaban sobre los mostradores como tentáculos en busca de su presa. “Bienvenido, señor Halsey”, pronunció el sujeto, y Edwin no supo decir si la voz provenía realmente de labios humanos o de alguna garganta abisal, pues su tono era de una suavidad acerada y reptante. “Buscando algo especial... para adultos, tal vez. Algo de las categorías prohibidas”.
Las palabras provocaron en Edwin una erupción de deseo mezclada con pavor: ¿cómo sabía aquel dependiente su nombre y el propósito inconfesable que latía en su pecho? No obstante, impulsado por su ansia de saber, susurró, tras un titubeo: “Estoy... interesado en objetos de otro tipo. Cosas que quizás estén reservadas para adultos, pero de las que poco se habla, digo, por razones... legítimas”.
El rostro del dependiente se distendió en una sonrisa que parecía generarse en regiones de su anatomía que no veíamos. Lo condujo discretamente a una puerta trasera, oculta para los compradores comunes, y la abrió con una pequeña llave de obsidiana cuya superficialidad absorbía la luz. Tras esa barrera, Edwin sintió un súbito descenso de la temperatura, como si los principios elementales del mundo estuvieran ausentes en ese cuarto. Allí, el aire era denso y casi sólido, y los objetos exhibidos en sus vitrinas, alineados alrededor de una mesa octogonal, brillaban con su propio fulgor malsano.
“Allí, joven Halsey, reservamos nuestro inventario prohibido”, susurró el dependiente. “No productos pornográficos ni parodias frívolas de lo mundano, sino auténticos instrumentos adultos—reliquias que corrompen la edad y la razón, servidos a quien pretende ir más allá del abismo de la experiencia cotidiana. ¿Le gustaría examinar alguna?”
Edwin percibió, con más intensidad de la deseada, una repentina opresión en el pecho, como si las palabras del vendedor hubieran clavado garras etéreas en su espíritu. Trató de templar su voz, pero advirtió en ella una tonalidad sibilante: “Muéstreme el más antiguo”.
El dependiente asintió ceremoniosamente y abrió una vitrina central, extrayendo un objeto cubierto por un paño púrpura. Al desnudarlo, Edwin vio, no sin un escalofrío que punzó sus huesos, lo que parecía una esfera de cristal negro con surcos plateados que serpenteaban su superficie con la insidia de una escritura antehumana. Lo sostuvo con guantes de seda, y Edwin comprendió de inmediato que, aunque el artefacto era frío como la lápida de un ancestro sin nombre, poseía en su interior una lumbre apenas perceptible, como el fuego fatuo de los cementerios.
“Esto proviene de Leng”, musitó el dependiente, “y existe al menos desde los días en que la humanidad era joven y tímida ante las cosas sin cuerpo de la noche. Quien osa meditar ante esta esfera, con el corazón despojado de todo lastre moral, percibe más allá de las realidades visibles. Pero no sin pagar el precio: perderá el hábito del sueño, y su mente se expandirá hasta fundirse en ese océano de terrores insuspechados, más allá de los tentáculos del tiempo”.
Edwin, ya hechizado por el tenor de la pieza, preguntó con timidez casi infantil: “¿Cuál es su mecanismo?”
El dependiente esbozó una ligera sonrisa de media luna. “Solo los adultos pueden sostener tales artefactos y sobrevivir a la experiencia, y aun entonces, a menudo tan solo por un breve intervalo. El mero contacto sostenido” —y señaló los guantes— “abre canales de comunicación con los campos de comprensión de mundos superpuestos. Hay clientes que regresan con los ojos demasiado vacíos, algunos balbucean nombres impronunciables. Otros…”—y su voz se extinguió como el rumor de un ahogado—“dejan de regresar”.
Pese a la inequívoca amenaza, Edwin imploró probarlo. El dependiente asintió con una cortesía impía, permitiendo al joven darle la vuelta entre sus dedos. En su mente, Edwin sintió un estremecimiento, como si las paredes mismas del tiempo hubieran sido arrancadas de sus goznes—vio paisajes de geometría imposible, torres retorcidas bajo lunas rojas, criaturas de ojos verticales y extremidades segadas; y en el centro, un palacio de oro frío donde dioses sin rostro reían sin voz, burlándose de las cadenas de la materia y la lógica...
Unos segundos—o fueron centurias—más tarde, Edwin arrojó la esfera sobre la mesa, bañado en un sudor funesto. Los latidos de su corazón galopaban desbocados, y su garganta ahogada solo logró articular un mugido bajo e incoherente. Entretanto, la esfera fue cubierta de inmediato por el dependiente, quien, imperturbable, susurró: “No todos desean su recuerdo. Otros lo adquieren solo para que nadie más padezca su visión”.
Duramente recompuesto, Edwin miró en torno, avistando otros objetos bajo resguardo: una máscara translúcida en la que flotaban sombras danzantes, un librito cuyas páginas no admitían más tinta que la sangre humana, y, sobre un pedestal, una caja barnizada con caracteres que parecían cambiar de posición si uno los observaba el tiempo suficiente. El dependiente adivinó su siguiente pregunta y señaló la caja.
“Ese es, sin duda, el más reciente de nuestros objetos, aunque su diseño es anticuado. Su interior contiene piezas ensamblables de origen indescifrable. Quien logra armarlo… bueno, no podemos atestiguar lo que ocurre, pues nadie ha salido igual del intento. Es un ejemplo sublime de placer y dolor inseparables, pues una vez armado, cada adulto halla una imagen reflejada de su deseo más prohibido, aunque ese deseo provenga de regiones que ningún hombre o mujer civilizada debería reconocer como propias”.
Se hizo un largo silencio, roto apenas por un gemido distante que Edwin creyó oír de la planta superior. Frío y sudoroso, Edwin preguntó, con cierto horror: “¿Alguien ha intentado… juntar todas estas reliquias a la vez?”
“Algunas intentonas ha habido,” respondió el dependiente con voz adusta. “La Casa Morton, en las afueras de Arkham, fue, durante varias décadas, el templo secreto de tales experimentos. Cultistas y eruditos, en busca del clímax prohibido—la completa madurez alcanzada mediante el dolor y la comprensión—intentaron fusionar las propiedades de múltiples reliquias, pues se decía que el poseerlas todas confería una visión absoluta sobre la verdadera naturaleza de la realidad. Nadie sabe, sin embargo, qué fruto dió ese propósito. La Mansión Morton se halla ahora abandonada y maldita, y sus alrededores son evitados aún en pleno día”.
La voz del dependiente se tornó más baja aún, como si temiera ser escuchado por espectros. “Si desea intentar la experiencia suprema—la asamblea de lo prohibido para adultos, la comunión con la totalidad de los sentidos y terrores—la casa Morton le espera. Solo advertiré, señor Halsey, que jamás ha habido regreso pleno para quienes intentaron recorrer íntegramente ese sendero”.
Edwin, sin saber si su terror superaba su curiosidad, decidió—con ese impulso fatal que distingue a los hombres marcados por el destino—que debía llegar hasta el final. Al anochecer, abandonó la tienda con un paquete envuelto discretamente, en el interior del cual, había adquirido el librito carmesí, y con la idea de visitar la Casa Morton al anochecer.
El camino a la Casa Morton le pareció más largo de lo necesario; cada paso le alejaba del mundo cotidiano para sumergirlo en un sueño antinatural. La mansión emergió entre la niebla, con sus frontones resquebrajados y un portón que parecía un hocico listo para devorar a quien osara atravesarlo. Pero Edwin, impulsado por el peso de la decisión irreversible, abrió la puerta y penetró en ese reino en ruinas.
El aire del vestíbulo era más denso aún que el de la tienda, y los muros parecían retorcerse bajo la embestida de trozos de sombra y ecos inmemoriales. Edwin arrancó la envoltura del libro y vio que la cubierta palpitaba como si poseyera corazón propio. En ese instante, sintió, en los bolsillos de su abrigo, el peso de estatuillas y frascos que nunca había adquirido, pero que ahora poseía inexorablemente. Frente a él, una gran mesa—semejante a la de la tienda—mostraba huecos, como esperando la colocación de dichos objetos.
Con una determinación febril, Edwin fue acomodando cada pieza: la esfera de Leng, la caja barnizada, la máscara translúcida, el libro de sangre, y otras cosas que no podía recordar haber visto, pero que reconocía por herencia atávica de su linaje humano. A medida que la última reliquia tocó la mesa, los muros de la Casa Morton vibraron y ahora, en el centro del salón, un portal de sombra pura se abrió, mostrando no un espacio, sino un umbral carente de cualesquiera límites cognoscibles.
El vértigo asaltó a Edwin; en su mente asomaron imágenes de cópulas imposibles y transgresiones que ninguna moral podrá jamás confesar. Su carne y su alma se vieron refundidas en una danza de mil placeres y dolores, cada uno mayor que el anterior, hasta que su grito se perdió entre las fibras de la realidad misma. Vio, desde lejos, dioses invernales celebrando su descenso, jugando eternamente con los juguetes recién adquiridos de la caja cósmica.
Vuelvo ahora al lector, si es que conservas el ánimo entero: nadie volvió a ver a Edwin Halsey. La Casa Morton sigue erguida, y en noches anómalas sus ventanas proyectan formas imposibles y sus muros respiran, como si en su interior floreciese otra vida. La tienda en Clabber Lane fue demolida por orden del municipio semanas después, pero a veces, los niños encuentran entre los escombros pequeños objetos siniestramente familiares.
Recuerda, pues, que hay objetos prohibidos destinados a los adultos no por su obscenidad, sino por el hecho de que ningún hombre ni mujer debería nunca conocer sus verdaderos deseos. La mente humana no está diseñada para soportar los placeres y horrores inherentes a la comprensión. Si alguna vez te encuentras al dependiente de dedos demasiado largos, o si alguna vez recibes una invitación a la Casa Morton, recuerda estas palabras.
Y huye. Si quieres conservar tu alma cuerda, nunca abras inventarios prohibidos.
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