Fragmento:
Nunca me había creído supersticioso, al menos no como esos necios de la universidad que presumen del raciocinio occidental hasta que la medianoche y la soledad les muestran su verdadero rostro. No obstante, tras aquello que testifiqué en las yermas extensiones de la Llanura de Leng—donde ni dios ni satán caminan—me reconozco ahora rasgado, vulnerable como yugos viejos en la tormenta. El pasajero que les narra estas letras no busca piedad; he cruzado demasiados límites y sellado demasiados corazones, y tan solo espero que estas memorias, escritas con manos que no he sentido por días, sirvan a los desdichados que, tentados por la soberbia o la desesperación, consideren poner pie en aquel exilio de toda misericordia.
Duración: 09:27
Nunca me había creído supersticioso, al menos no como esos necios de la universidad que presumen del raciocinio occidental hasta que la medianoche y la soledad les muestran su verdadero rostro. No obstante, tras aquello que testifiqué en las yermas extensiones de la Llanura de Leng—donde ni dios ni satán caminan—me reconozco ahora rasgado, vulnerable como yugos viejos en la tormenta. El pasajero que les narra estas letras no busca piedad; he cruzado demasiados límites y sellado demasiados corazones, y tan solo espero que estas memorias, escritas con manos que no he sentido por días, sirvan a los desdichados que, tentados por la soberbia o la desesperación, consideren poner pie en aquel exilio de toda misericordia.
Fue en Arkham donde, rehuyendo acreedores y el escarnio académico, conocí al Profesor Curwen, un hombrecillo enjuto cuyo rostro parecía modelado con arcilla gris, eternamente húmedo por las nieblas del caudaloso Miskatonic. Él hablaba a menudo de mapas irreales, de bestiarios que citaba con el familiar desparpajo de quien los hubiese examinado con lupa y bisturí; hablaba, sí, de la Llanura de Leng sin mencionarla jamás por su nombre. Solo mucho después reconocería las palabras: “El lugar entre los sueños y los residuos de la creación”. Cuando al fin me propuso viajar allí, jamás imaginaría cuánto de mi ímpetu se alimentaba de la desesperanza y el opio; acepté con la inconsciencia del suicida.
Los preparativos mismos resultaron un ejercicio en la autonegación, como si una parte de mi espíritu se desconectara cada vez que compraba hierbas para proteger contra el frío "más allá de la congelación", como lo caracterizó Curwen, o embutía en mi macuto esos pequeños talismanes de jade insistentemente tallados de acuerdo a su extrañas anotaciones. Me lanzaron inyecciones de compuestos secretos y prohibidos, “para velar tus sentidos; ningún mortal puede asir el umbral de Leng con la mente desnuda”, me advirtió. Dormimos, finalmente, en una vasta cámara baja del campus, bajo vigilias de inciensos y letanías en idiomas que jamás coincidían con lengua humana. Mi despertar no fue despertar: la escarcha no era escarcha, y el aire tenía un filo hostil y antediluviano. Habíamos llegado.
Lo oí antes de verlo: el rumor incesante, como la suma de mil insectos arrastrando sus exoesqueletos sobre cristales rotos. El suelo bajo mi cuerpo vibraba de manera apenas perceptible, y la atmósfera, aunque blanca y ciega a la vista, transmitía la poderosa impresión de unas distancias incalculables e inhumanas. Curwen me agarró por el codo con dedos de acero, murmurando "ya no mires hacia atrás". Y realmente era un mandato imposible de incumplir, porque el mismísimo aire parecía un espejo girado hacia la nada. Caminamos entonces.
La Llanura de Leng se abría como una remembranza del caos primigenio—una tundra polvorienta donde la existencia misma parecía una blasfemia. No había sol, solo un resplandor glacial sin centro ni lógica. La bruma allí era sólida, casi mineral, y ocultaba bajo sus pliegues sombras geométricas que parecían alternar entre dimensiones a cada parpadeo. Recuerdo, contra toda cordura, el primer artefacto erguido en aquel horizonte: una losa tallada, negra como el basalto, cubierta de grabados circulares y líneas que jamás se encontraban en ángulo recto. Curwen recitó un nombre que el viento tragó inmediatamente: "Gnoph-Keh". Me temblaron las piernas, el primer síntoma de que el cuerpo empezaba a comprender el desastre del alma.
Una marcha sin tiempo nos llevó hasta una especie de tienda—una monstruosidad tejida con filamentos de algo que parecía gusano fosilizado, o tal vez algo peor, trenzado con fragmentos óseos que aún transpiraban un frío necrofílico. Allí dentro habitaba Noorath, llamado “El negociante de resueños”. El ser era alto, de piel vitrificada como la leche derramada y gélida conciencia. Noorath no saludó ni gesticuló; el lenguaje que empleó era un zumbido lleno de sílabas arrastradas que sentí, horriblemente, dentro de mis propias costillas.
Curwen dialogaba y negociaba con la soltura de un viajero experimentado. Observé sobre la mesa de Noorath objetos grotescos: peines hechos de apéndices secos, frascos sellados con niebla fosforescente, y—en un rincón especialmente cubierto por trazas de sal y polvo—la cosa que abriría la puerta a nuestra condena: una especie de esfera rugosa, negra como el azabache, cuyas estrías parecían formar un mapa para una mente no humana.
Buscábamos un artefacto, el Vlor’mak, capaz de abrir—en palabras de Curwen—“el agujero inverso de la percepción, por donde los sueños de antes del tiempo se arrastran al presente”. Noorath aceptó el trueque: tres dracmas antiguos manchados de la sangre de quienes habían soñado la muerte sin morir. No lo cuestioné hasta mucho después. La esfera yacía fría como la tumba en mis manos, y aún hoy, al rememorarla, mi piel hormiguea en rechazo involuntario.
La salida de la tienda fue un Despertar en el peor sentido. La bruma comenzó a agitarse. Un viento de fuerza cósmica nos azotó, trayendo consigo chirridos y chillidos—y, adheridas a ellos, frases sin sentido lógico pero saturadas de una amenaza universal. “Nos han visto,” declaró Curwen, empujando el Vlor’mak en mi zurrón. Corrimos. El velar y el soñar se confunden en Leng: los pasos son pesados, los ecos persiguen como perros famélicos, y las sombras tienen volumen y aliento.
La siguiente visión me torturará incluso después de muerto. Surgiendo del suelo polvoriento y esquivando a la débil lógica, elevaron grotescos seres bípedos, cubiertos de lanas y leproso gris verdoso, con hocicos húmedos y alientos fríos como las cárceles de Plutón. Gnoph-Keh, cuyo nombre ya odiaba, y sus descendientes nos perseguían en un silencio que el oído no percibía pero que el alma no podía ignorar. Curwen gritaba con cánticos de protección, pero la lengua humana es ridícula ante lenguajes ancestrales: los seres cerraron el cerco con crueldad pausada y preternatural.
Vimos, a la izquierda de nuestra huida, una abertura en la tierra, bordeada de estalactitas de cuarzo negruzco y bruma enroscada. Allí nos arrojamos sin pensar, descendiendo por una pendiente viscosa, mientras la luz moribunda de Leng titilaba detrás. El descenso fue menos físico que conceptual; sentí, de modo horroroso, las capas del ser pelándose una a una como cáscaras sagradas, y cada capa pelada liberaba memorias y terrores ajenos: vi el nacimiento de los sueños, la muerte de realidades, el sacrificio eterno de quienes allí cayeron antes.
Al llegar al fondo, la caverna era casi respirable; allí, entre rocas desmenuzadas y escarcha petrificada, vi la Muralla de los Rostros. Millares de facciones, humanas y no humanas, talladas en relieves que exudaban lágrimas de un líquido acerado. Curwen, exhausto, cayó de rodillas. “El Vlor’mak… es aquí donde debe abrirse,” susurró, “pero hay un precio”. Jamás sabré si premeditó su sacrificio o si simplemente me utilizó, pero no opuso resistencia cuando, frente a la Muralla, comencé el ritual bajo su instrucción. El objeto negro en mi mano temblaba y se calentaba de manera grotesca, y al trazar en el aire los símbolos que Noorath me había mostrado, una fisura oscura y pulida brotó en la muralla.
Entonces llegaron las voces. No se dirigían a los oídos, sino al sistema nervioso directamente; cada frase era una inyección que borraba el pasado o el futuro y lo reemplazaba con una angustia viscosa y sin nombre. Curwen gritó, y le vi perder la forma: su carne y su sombra absorbidas a través de la grieta, mientras las tallas lloraban y reían y el polvo vibraba con risas infantiles e inmemoriales. Yo debería haber huido, pero la apertura me llamaba como llaman los abismos a los condenados. Asomé el rostro. Lo que vi no puede escribirse; carezco de palabras y de órganos sanos para intentarlo. Solo puedo decir que la geometría y la cronología explotaron. Las eras y los dioses de antes de toda creación poblaban aquella discontinuidad. Perros sin ojos que giraban entre nubes de insectos, árboles que sangraban nombres, mares de esqueletos de piedra...
Lo siguiente fue caída: una, dos, mil veces. Cada vez que creí haber tocado fondo, algo me arrojaba a otra fractura del cosmos. Al final me encontré de rodillas sobre la llanura otra vez: solo, con el cuerpo cubierto de escarcha negruzca. El Vlor’mak había desaparecido. La bruma ahora era lúcida, y las sombras, sonrientes. No había rastro de Curwen ni de la tienda ni del camino. Caminé mucho, delirando de sed, hasta que alguna voluntad, compasiva u horrenda, me dejó a las puertas del mundo común. Mis botas son de polvo de Leng aún hoy; mis sueños, cárceles que se abren cada noche, repletas de risas detrás de la Muralla de los Rostros.
No regreses a la Llanura de Leng. Si has leído esto, tu pulso ya ha cambiado; tu respiración ya sabe del frío previo al nacimiento del calor y de la luz. Cuando la bruma caiga—y te aseguro que caerá—huye por la voz de todos los herejes y mártires que cayeron en esa exiliada región. No vuelvas a dormirte en el campus de Arkham. No respondas si una bruma blanca toca tu puerta. Y, sobre todas las cosas, nunca, nunca busques la tienda de Noorath. La llanura espera; y de vez en cuando, recoge los nombres de quienes le deben miedo.
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