Portada del relato Las Corrientes del Eco Negro
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Fragmento:


Mi primer contacto con el abismo se produjo en la vasta extensión boscosa de Vermont, un lugar donde la civilización sostenía apenas un asidero sobre la brutalidad primordial de la naturaleza. Había recibido la invitación motorizada por una nota anónima, escrita en un inglés crispado y hábilmente formal, solicitando mi pericia en la catalogación de mineralogía exótica. El remitente, un tal “J. W. Ehower”, prometía una retribución que rivalizaba con mi salario de profesor y, lo que para mí tenía aún más poder de atracción, insinuó conocimientos científicos que “trascendían la comprensión mantenida en nuestra era”.

Duración: 10:57

Las Corrientes del Eco Negro
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Texto de ajuste de pausa.

Mi primer contacto con el abismo se produjo en la vasta extensión boscosa de Vermont, un lugar donde la civilización sostenía apenas un asidero sobre la brutalidad primordial de la naturaleza. Había recibido la invitación motorizada por una nota anónima, escrita en un inglés crispado y hábilmente formal, solicitando mi pericia en la catalogación de mineralogía exótica. El remitente, un tal “J. W. Ehower”, prometía una retribución que rivalizaba con mi salario de profesor y, lo que para mí tenía aún más poder de atracción, insinuó conocimientos científicos que “trascendían la comprensión mantenida en nuestra era”.

Las instrucciones me guiaron a una esclusa forestal en la frontera del condado de Bennington, donde debía seguir un rústico sendero hasta alcanzar una cabaña aislada. Era noviembre; el aire estaba saturado de un frío verdoso e insidioso, como si el follaje aún respirara en alguna frecuencia no humana. Avancé con cautela, inquieto por la parsimonia del viento y aquella extrañísima sensación de que algo, en algún punto remoto, se deslizaba entre las raíces y observaba.

El anfitrión aguardaba en la penumbra ambarina de la cabaña. J. W. Ehower era un sujeto de edad indeterminada —su cara tenía la dureza pétrea de un anticuario, mientras sus ojos destellaban con iridiscencia inhumana—. No obstante, lo más desconcertante fue el silencio. Ni un reloj, ni pasos sobre la tarima crujiente. El hombre se deslizaba más que andaba, como si las costuras de la casa fueran para él tan triviales como una pendiente de limo.

El propósito de mi visita se me reveló tras un áspero licor negro y un saludo que, por el tono, tenía algo de letanía: “La comprensión vendrá como una lluvia; que no la demore la resistencia de la arcilla humana”. En el laboratorio subterráneo bajo la cabaña, Ehower desplegó una colección de esferas metálicas iridiscentes, de textura blanda, cada una inscripta con glifos que supe, por mis investigaciones, no tenían parentesco alguno con lenguas terrestres.

Yo debía descifrar los componentes minerales de esas esferas. Pero como pronto descubriría, la investigación no era el verdadero interés de Ehower; había en sus ojos una devoción reverente, de matices obsesivos, por las formas y circuitos semi-biológicos que animaban aquellas bolas de abismo. Era, como supe luego, un estudioso de los Mi-Go: entes procedentes de Yuggoth, nombre frío y sin aliento para el remoto Plutón, y que —se rumoraba en círculos vedados— establecían pactos y tratados con ciertos humanos en los límites de la cordura.

Noche tras noche, fui iniciándome en los secretos de aquellas reliquias, catalogando las capas de mineral blando, las radioactividades tenues, el extraño zumbido bajo la superficie, como si una mente invisible destilara pensamientos a velocidades inhumanas. Ehower me confiaba más de lo que era prudente, relatando historias de capullos y discos mentales, de almas recolectadas y transportadas a través del abismo estelar en cápsulas como las que yo analizaba.

“Las historias sobre almas disecadas —dijo una noche, mientras nevaba verde tras los cristales— no son simples alegorías. Los Mi-Go cosechan la conciencia y la tejen en redes cristalinas, manteniéndola viva mucho más allá del decaimiento corpóreo. Pero eso es solo la fase inicial. Ven.”

Le seguí, irremediablemente fascinado, por una caverna adyacente al sótano; la piedra rezumaba humedad viscosa. A medida que avanzábamos, noté la presencia de una estructura descomunal, tejida de filamentos lustrosos, en lo alto de la bóveda rocosa. Era una red, pero no una telaraña común, sino una malla dramáticamente geométrica, cada hilo reflejando la luz con ominosa pulcritud. Algo pendía de la trama central, a medio camino entre organismo y máquina: un nodo palpitante, recorriéndose a ritmo variable, como chequeando los hilos con la indolencia de un dios antiguo.

“No es una simple red,” murmuró Ehower, “sino el tejido de Atlach-Nacha, la tejedora abisal, cuyo arte mantiene el equilibrio entre dimensiones. Los Mi-Go, siempre hambrientos de nexos, mantienen pactos con seres así para que sus rutas entre mundos no sean cortadas por la locura primordial.”

Sentí entonces, por primera vez, algo que rozaba el auténtico miedo. Aquella red parecía vibrar en sintonía con mi pulso, y un eco mental —una idea no mía— martilleaba: “Tú también eres hilo en la urdimbre”. Me aparté temblando e invoqué una excusa para salir.

Mi inquietud creció tras aquel episodio, no obstante, la fascinación era mayor. No podía abandonar el trabajo, ni descifrar si lo que me ataba era curiosidad o alguna presión intangible derivada de la red. Empecé a descomponer los glifos de las esferas y hallé patrones que no obedecían ninguna lógica linguística, pero sí una estructura fractal, reminiscente de la topología no euclidiana. Mis sueños se volvieron densos y viscosos: recorría corredores oscuros, con súcubos mecánicos rozando mis pensamientos, y siempre al fondo de alguna crisálida se oía el zumbido de ancestros que no eran verdaderamente humanos.

La obsesión de Ehower rozaba lo demencial; hablaba de un ciclo cósmico de migraciones y de la colaboración entre los Mi-Go y Atlach-Nacha, decantando hebras de mente y mineral más allá del límite orgánico. “El objetivo,” murmuraba, “no es ya la preservación del intelecto, sino la integración absoluta en el tejido interdimensional. Tú... podrías ser apto.”

Me sobresalté ante la sugerencia, y aquella noche, mientras caía un granizo pardo sobre el techo, hice acopio de valor para explorar a oscuras la caverna. Armado con linterna y un hierro, avancé entre esporas flotantes. El suelo parecía latir con una vida no visible; sentí una dilatación temporal, como si la mente sufriera leves tirones al intentar evaluar la distancia y tamaño de los elementos. Cerca del núcleo de la red, distinguí, para mi horror, decenas de cráneos humanos empotrados en los filamentos de Atlach-Nacha, sus bocas abiertas en muecas de horror perpetuo, las cuencas oculares con un extraño fulgor violeta.

El constructo central —esa amalgama entre capullo y máquina— exudaba una sustancia aromática y acuosa. Recogí una gota en mi guante y observé, horrorizado, cómo la luz circundante se deformaba, curvándose alrededor de mi dedo envuelto. Sentí en mi propia mente una sacudida: imágenes de ciudades cubiertas de zarcillos se sucedían, bandas de Mi-Go transportando cápsulas mentales a través de fungosas hondonadas, y en el horizonte, siempre, el rumor de la telaraña abisal estirándose más allá de la comprensión.

Tratando de reprimir el temblor en mis manos, me giré hacia la entrada de la cueva solo para encontrar a Ehower bloqueando mi salida. Su figura parecía ahora distorsionada, como si la luz misma rehusara aceptarlo del todo, y un sonido vibrante, a medio camino entre lenguaje y estática, se filtró de su garganta.

“Ya falta poco. El tejido reclama otra conciencia, otro hilo a traspasar,” declaró, su voz enrareciéndose hasta sonar como el zumbido distante de un enjambre de insectos alienígenas.

Quise gritar, pero la tensión de la red a mi alrededor acalló el impulso. Noté cómo los filamentos se estiraban hacia mí, rozando apenas la piel, y sentí la embriaguez del miedo más puro: mi conciencia tironeada, sopesada como una materia bruta ante una voluntad extradimensional.

Fue entonces cuando, en la penumbra, escuché un nuevo sonido; no era la voz de Ehower, sino un serie de pulsos intermitentes que parecían provenir del propio capullo central. Las ondas reverberaron en mi mente, transmitiendo no palabras, sino imágenes: estrellas colapsándose, corrientes de materia siendo absorbidas por orbes fungosos, deidades tejedoras en el umbral de la existencia vomitando hilos de correlación imposible.

En un arranque de desesperación, intenté cortar los filamentos que se lanzaban hacia mí, pero cada vez que lograba quebrar uno, un susurro disonante estremecía toda la caverna. A través de su retorcida lógica, la telaraña parecía adaptarse más rápidamente que lo que mis brazos podían moverse.

Las luces de mi linterna titilaron, y fui consciente de que la atmósfera misma parecía más densa, saturada de minúsculas esporas plateadas. La cueva ya no era parte de Vermont; todo atisbo de realidad consensuada se desdibujaba, sustituido por la horrenda certeza de estar atrapado en una intersección entre Yuggoth y la Tierra, bajo la mirada de entidades para las que la individualidad apenas era un recurso, una propiedad circunstancial para remendar el tapiz de su oscura urdimbre.

Percibí, en los bordes de mi mente, que Atlach-Nacha me observaba. No con ojos, sino con una curiosidad ciega distante e insensible. Mi pensamiento se desvanecía, absorbido en la oleada de archivos sensoriales integrados y disueltos en la red. Los Mi-Go, los arquitectos de esta simbiosis horrenda, rondaban en las sombras, manipulando los tejidos motrices de la realidad y catalogando mis memorias con una precisión que no podía ser humana.

En algún momento perdí la noción de tiempo. El terror dejó de ser humano y se transformó en algo mineral, abstracto. Podría haberme convertido en otro de esos cráneos integrados, perpetuamente vibrante en alguna dimensión sobrepuesta, si no fuera porque una súbita tormenta eléctrica rompió el tejido de la noche, provocando flujos erráticos de energía en la caverna y fracturando una de las esferas cercanas.

El estruendo me devolvió la movilidad y, entre los espasmos de luz, vislumbré la silueta desintegrándose de Ehower, los compartimientos de su cráneo revelando circuitos imposibles, conexiones de mineral blando y fibras de champiñón fosforescente: era, lo comprendí con horror, un híbrido, un reverente apóstol de Mi-Go, ensamblado y sostenido por las hebras de Atlach-Nacha.

Tropecé, arrastrándome sobre el lodo resbaladizo de la cueva, con las voces de los cráneos vibrando en una polifonía inhumana. Mis recuerdos ulteriores son jirones de pánico y relámpagos; logré emerger al amanecer, tembloroso y cubierto de limo, mientras Vermont parecía la misma de siempre, aunque mi percepción —lo sentí de inmediato— había sido algo irreparablemente modificado.

Abandoné mi oficio, incapaz de soportar el zumbido mecánico en la periferia de mis sueños, el consciente temor de ser solo un fragmento de hilo, debatiendo en la encrucijada entre dimensiones. Las cicatrices en mis manos —pequeños surcos donde los filamentos tocaron piel— arden aún al contacto con la luz y, a veces, percibo en ciertos rincones oscuros una vibración antigua, más allá de todo lenguaje.

Comprendo ahora, en los límites de la vigilia, que todo lo terrestre es solo fachada, que Horrores Fungosos y Tejedoras de Dimensiones urden pactos y rutas más allá de nuestras pequeñas leyes… y que, acaso, la próxima tormenta no deje a nadie regresar jamás del lado opuesto del telar cósmico.

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