Fragmento:
Durante días, intenté perseguir el misterio elaborado por el Necronomicón, sin volver a abrirlo del todo, hojeando de manera nerviosa, apenas unos minutos, antes de esconderlo entre los ladrillos huecos de mi escritorio doble fondo. Pero su llamada persistía. Si me quedaba dormido, soñaba con parajes deshabitadas, de geometría insana, donde los colores eran conscientes y esperaban la debilidad de mi espíritu. Caminaba en descampados prohibidos, seguía símbolos de sangre que se retorcían y mudaban conforme los miraba, hasta despertar bañado en frío con el eco de un coro susurrante: “Ven, cruza, mira lo que hay detrás. La carne recuerda y el tiempo es ilusión para la piedra.”
Duración: 09:22
Mi primer contacto físico con el Necronomicón –aquel tomo de cueros curtidos en sal y secreciones humanas, letras de tinta oxidada por la edad, emanando un rumor más que olor–, fue la culminación de búsquedas y pactos que habrían helado la sangre de mis colegas más escépticos en la universidad de Arkham. No pretendo disculparme, ni puedo. Mi razón era mi ansia de saber, una necesidad creciente mientras mi vida tropezaba de teoría en teoría sobre la naturaleza del mal y el espectro de la existencia humana más allá de los límites que nos imponen la carne y la civilización. Sería una mentira decir que el libro llegó a mí por accidente: susurros en el claustro fenecido de las bibliotecas ocultas y pagadas amistades dentro de la comunidad árabe de Nueva York abrieron puertas, trocados en promesas y en noches insomnes de un insomnio poblado de visiones inquietantes. Pero cuando lo sostuve, cuando puse mis manos sobre su cubierta, sentí que su tacto era más el de un ser indeciso que el de un objeto; y supe, en el bajo fondo irracional de mi intelecto, que aquel libro deseaba tanto ser leído como yo anhelaba leerlo.
Lo abrí esa noche sin luna, oculto en mi estudio. Eran las siete, pero la casa ya yacía sumida en sombras densas; y con cada página que giraba, la luz de mi lámpara oscilaba, como si el mismo aire intentase apagarse o atenuarse. Las primeras hojas me recibieron con advertencias veladas y nombres cuyos sonidos, aun en mi mente, traían una sensación de humedad y carcoma. Muchos nombres, lugares, fechas torcidas, fragmentos de historia. Pero fue el capítulo quinto, el que se debatía entre dos extremos de insanidad y sabiduría, el que atrapó mi atención con la intensidad de una pesadilla donde uno sabe a dónde va y, aún así, avanza.
Había en esas páginas una descripción precisa de rituales prohibidos, pero también relatos de aquellos que se atrevieron a ejecutarlos. Describía ciudades sumergidas y horrores sepultados, pero sobre todo hablaba de un ser, a quien denominaba en arcano alfabeto: Yog-Sothoth, cerradura y llave, “el que es la puerta y el guardián”. Un párrafo, sin embargo, estaba rubricado con lo que parecía sangre y temblor en la caligrafía, y narraba el destino de Abdul Alhazred, autor presunto del manuscrito. Contaba que en alguna parte de las ruinas de Harran, el poeta loco había trazado sobre piedra –no con palabras, sino con las formas que bulle el terror dentro de la mente– un círculo destinado a llamar la atención de aquel que habita más allá de las dimensiones. Alhazred, afirmaba la nota, no murió: su carne, atrapada entre dos latidos, fue “devorada por la memoria del espacio, condenado a existir en cada mención de su nombre”.
Fue entonces cuando oí el primer susurro. No vinieron las voces de fuera ni el silbido del viento, sino una cadencia reptante y lejana, que reptaba desde el eco de esa frase final, en la que el nombre “Alhazred” parecía palpitar como un miembro secreto. Cerré el libro precipitadamente, el sudor cubriéndome el labio superior. Busqué entre los pliegues de lo normal algo de consuelo: examiné la calle desde la ventana abierta, miré la superficie tranquila de la noche; pero el murmullo seguía resonando, cada vez más cerca, más propio. Me senté, temblando, convencido a medias de que el cansancio y la superstición me jugaban una mala pasada.
Durante días, intenté perseguir el misterio elaborado por el Necronomicón, sin volver a abrirlo del todo, hojeando de manera nerviosa, apenas unos minutos, antes de esconderlo entre los ladrillos huecos de mi escritorio doble fondo. Pero su llamada persistía. Si me quedaba dormido, soñaba con parajes deshabitadas, de geometría insana, donde los colores eran conscientes y esperaban la debilidad de mi espíritu. Caminaba en descampados prohibidos, seguía símbolos de sangre que se retorcían y mudaban conforme los miraba, hasta despertar bañado en frío con el eco de un coro susurrante: “Ven, cruza, mira lo que hay detrás. La carne recuerda y el tiempo es ilusión para la piedra.”
***
Viví así semanas, prisionero de esa voz y del libro, incapaz de enfrentarme ni de separarme de él. Llegó a parecerme que la vida diurna no era más real que mis sueños; las conversaciones con mis colegas se volvieron triviales, incluso cuando intentaban interrogarme sobre mi salud, cada uno más alarmado que el anterior por mi palidez y el temblor de mis manos. “La investigación, amigos míos,” murmuraba, “tiene sus impuestos.”
En el tercer mes de mi involuntaria posesión –porque así la designo, con toda literalidad–, la voz cambió. Ya no era un susurro aislado, sino un murmullo conjunto, un centenar de voces liándose y separándose en mi oído, arrastrándose como gusanos a través de nidos en mi cerebro. Hablaban de puertas abiertas, de rituales que ya había iniciado solo con la lectura, de deuda que debía ser pagada. Y ofrecían, tanto como amenazaban: saber. El verdadero saber, decían, no requiere muerte, sino olvido; la identidad, la carne, todo lo que soy, sería intercambiado por una visión inmortal de la verdad detrás de los nombres.
Arrojé entonces el Necronomicón al fuego de mi chimenea. Observé cómo ardían sus páginas, o eso creí; y apenas el humo espeso hubo enrojecido el aire de mi estudio, la voz –ahora absoluta, total, como una aurora que lo llena todo– me susurró: "El libro no arde, porque el fuego no devora las ideas. Está dentro de ti, y tú eres página." Sentí una presión agónica sobre el pecho, como si mi propia anatomía se volviera pulpa y pergamino; y cuando intenté gritar, solo articulé sílabas sin significado, lenguas muertas que aprendía mientras caía arrodillado near the flames.
Lo que siguió no fue un trance ni un desvanecimiento. Fue—a falta de otra palabra—una desmembración consciente. Sentí mi yo desgajándose, cada pensamiento una hoja, cada memoria una línea, separándose y recombinándose bajo la mirada invisible de algo que ansiaba aprender mis secretos del mismo modo en que yo había deseado los del Necronomicón. Vi escenas de mi infancia, primeros miedos, las horas enfermas en que la noche entera parecía acecharme, y comprendí que cada terror había sido solo la sombra de esto, la prefiguración de este desollamiento íntimo. En la bruma roja y negra donde se disolvía mi identidad, la voz se reía, pero era mi risa, y yo era la voz.
Cuando desperté, la casa seguía igual y nada parecía arder. El Necronomicón permanecía en la esquina, indemne. Pero algo estaba irremediablemente roto. Descubrí que el idioma humano se me hacía torpe, inadecuado; cada símbolo hermoso, cada línea escrita, contenía para mí un rumor interno, un sentido escondido como veneno en la tinta. El libro ahora se leía solo, sin que yo lo tuviese que abrir: no estaba ya fuera de mí. Y comencé a ver, entre cada reflejo, cada sombra de las paredes, formas que hasta entonces tan solo había soñado. Rostros alargados, ojos compuestos, pezuñas y tentáculos que se retraían al contacto de la conciencia. Yo era página. Yo era tinta.
***
Este es el punto donde deberían terminar los cuentos, con la locura de quien narra y la certeza de que ningún lector sería capaz de repetir el error. Pero la verdad es la más cruel de las soluciones. En mi interior, Alhazred escribe todavía, y cada palabra que reproduzco aquí—cada una que usted, lector, alcanza a balbucear—es una invitación, una rendija abierta en la carne del mundo. Sus nombres, sus voces, sus susurros, los de Yog-Sothoth, Azathoth, y los incontables que acechan en la traslación de una página a otra, afloran en cada relato, en cada intento por comunicar lo inexpresable.
Por eso, aún cuando arrojé el libro al fuego, y aún cuando creí olvidarlo, nunca escapé. Si acaso, entré más hondo. Abandoné mi cátedra, oculté mi identidad, y me convertí en vagabundo entre los márgenes de la realidad. Con frecuencia, la policía de pequeños pueblos me retira de los cementerios a medianoche, pronunciando nombres irrepetibles que solo la tierra parece entender. Duermo bajo estrellas congéneres y despierto cubierto de símbolos que jamás tracé conscientemente.
Esta confesión no es una advertencia, sino más bien el último reflejo de un ser que se sabe anulado y desecha la esperanza. Si lee estas líneas y siente, aunque sea un imperceptible temblor en sus entrañas, una urgencia por buscar más, sepa que la puerta ya ha sido abierta para usted tanto como lo fue para mí. A partir de aquí, todo libro es espejo, cada frase un pasaje.
Mire su dormitorio a medianoche. Despierte de esa pesadilla recurrente. Note si hay palabras en su mente que resultan ajenas pero fascinantes, cacofonías que insisten, imágenes que susurran en la frontera del sueño. Y si alguna vez, en la penumbra, percibe que su respiración acompaña un compás que no es propio, una voz sibilante y lejana, un nombre que quiere recordarse a través de usted… resista si puede. Y si no puede, acéptelo de una vez. Porque hay saberes cuyo precio es ser otra cosa, y ningún fuego, ninguno, puede ya destruirlos.
Así son las sendas que cruzan por el Necronomicón. Caminos que solo retornan sobre sí mismos; círculos donde la carne recuerda, la mente escribe y la noche, finalmente, aprende a leer.
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