Portada del relato La Oscuridad Bajo la Marea
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Fragmento:


A medida que la marea descendía, lo que emergía no eran simples ruinas. Eran fragmentos de una geometría imposible, dispuestas en un círculo imperfecto, como si la arquitectura hubiera surgido no de la mente humana, sino de alguna voluntad abominable reptante por la eternidad. Oscuras losas de un metal que no podía reconocer, carcomidas por los siglos y cubiertas de algas viscosas, brillaban en la penumbra de la mañana. Laverock, impávido, descendió los peldaños tortuosos tallados en la roca, mientras a mí cada paso me llenaba de vértigo y de la certeza de que algún error se cometía.

Duración: 10:35

La Oscuridad Bajo la Marea
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Texto de ajuste de pausa.

Jamás he sabido cuánto de mi herencia pertenece a la razón, y cuánto a la insania, pero esta crónica que me impongo a escribir, tan solo para despojar a mi mente de la nefasta realidad que la infecta, será como una confesión para la cual ningún confesor humano está preparado. La ciencia y la lógica fracasarán ante lo que he presenciado, pues ni filósofos ni naturalistas reconocerán jamás el alcance de los horrores sumergidos que la humanidad ignora. Es mi único deseo que este testimonio quede sellado durante siglos y jamás vuelva a los ojos oídos de los que sepan escuchar las verdades que amordazan al universo mismo.

Nací, como muchos de mi estirpe, en los humedales del norte de Massachusetts, donde el Atlántico ruge con siniestro poder y donde las mareas parecen llevar en sus entrañas secretos tan antiguos como las estrellas. Mi familia, desgastada por generaciones de ambiciones frustradas y pesadillas recurrentes, siempre ha hablado en murmullos de algo “en el agua”, de “un llamado en el sueño” que no todos logramos escuchar. Yo lo escuché por primera vez a los veinte años, tras el funeral de mi abuela: un eco apenas perceptible, semejante al roce de una lengua gélida sobre mis pensamientos.

Durante dos décadas, la vida me llevó por senderos normales: trabajé como archivista en Arkham, viví honradamente, suprimí con férrea voluntad el horror que pugnaba por infiltrarse en mis noches y mantenerme insomne. Pero el eco volvió, creciente y febril, cuando una carta de un colega de Londres me atrajo a una investigación siniestra sobre las ruinas submarinas visibles apenas durante las mareas más bajas. Acepté, fascinado y aterrado, advertido por mis sueños inundados de aguas negras, de verdes figuras que danzaban en la periferia de mi visión dormida. Mi mente intentaba resistirse a la verdad, pero mi corazón, impuro y débil, palpitaba de morbidez insalubre.

Viajé en un vapor decrépito, surcando el Atlántico durante semanas de cielos plomizos y aguaceros. Mis compañeros de viaje, supersticiosos y ebrios, se burlaban de mis ansiedades, aunque recuerdo que, al caer la segunda noche de tormenta, uno de ellos, un marinero portugués, me miró con unos ojos tan viejos como la destrucción y murmuró: “el mar es más antiguo que el hombre”. Estas palabras me perseguirían hasta el final de mi cordura.

Arribamos finalmente a la costa rocosa de Dorset, en Inglaterra, y allí me aguardaba mi colega, Edwin Laverock, un hombre enjuto y de mirada excesivamente apagada. Nos adentramos por caminos olvidados, siguiendo los escasos mapas extraídos de un códice medieval, hasta la taberna de Gillingham. Los lugareños eran hoscos y taciturnos; sus bocas apenas se abrían, sus ojos evitaban los míos. Cuando inquirí sobre las ruinas, pocos contestaron, y aquellos que lo hicieron me instaron a no acercarme al extremo sur de la playa; decían que la marea baja “despertaba a los sumergidos”.

A la mañana siguiente, guiados por mapas y por el insomnio, Laverock y yo partimos para la cala. La niebla sepultaba la luz y todo era gris entre los riscos y la espuma; sentí el temblor de la tierra bajo mis botas y el fragor distante de las olas acallaba mi pulso, mecánicamente acelerado. Soplaba un viento que transportaba aromas de sal y corrupción, y ya en la roca vi las primeras inscripciones: formas retorcidas, escrituras no humanas, serpenteando las piedras como llagas abiertas. Mi colega las fotografió, y yo, con horror secreto, reconocí en algunas líneas los cánticos que en sueños me han susurrado seres sin rostro.

A medida que la marea descendía, lo que emergía no eran simples ruinas. Eran fragmentos de una geometría imposible, dispuestas en un círculo imperfecto, como si la arquitectura hubiera surgido no de la mente humana, sino de alguna voluntad abominable reptante por la eternidad. Oscuras losas de un metal que no podía reconocer, carcomidas por los siglos y cubiertas de algas viscosas, brillaban en la penumbra de la mañana. Laverock, impávido, descendió los peldaños tortuosos tallados en la roca, mientras a mí cada paso me llenaba de vértigo y de la certeza de que algún error se cometía.

Registramos figuras esculpidas en el zócalo de losas: ojos que no debían ver, bocas sin dientes abiertas en chillidos mudos, tentáculos entrelazados en danzas macabras que evocaban orgías cósmicas. De súbito, sentí un estremecimiento: la brisa se tornó hedionda, opresiva, como si respirara por mí. Laverock empezó a recitar un pasaje del códice, en voz tan baja que parecía rogarle a la misma marea que no le escuchara. La traducción, si es que acaso puede traducirse, decía:

“Mientras la ciudad sueña, los coros resplandecen, bajo la vigilancia de quien la marea nunca ha olvidado. La ofrenda debe ser traída por cinco noches, y en la sexta, si la luna sangra, se abrirán las aguas para el que busca.”

En mi mente se agitaron recuerdos ancestrales, temores de formas que la lógica niega y que la fe no puede exorcizar. Me aparté, tembloroso, decidido a abandonar ese negocio y regresar a Arkham, cuando vi la superficie de la marea vibrar como si una música subacuática la hiciera danzar. Laverock gritó, pero no fue un sonido humano. Fue una súplica, un bramido de terror primitivo cuya resonancia desgarró mis oídos y mi alma.

Obligado por el miedo y la obediencia a una curiosidad que no era mía, me acerqué al borde del círculo de piedras. El mar, aún en repliegue, descubría una abertura: una hendidura casi vertical bañada en limo, en la que, vislumbré, titilaban luces verde-amarillentas a una profundidad imposible para un ser vivo. Mi corazón se paralizó al comprender que no eran reflejos, sino ojos; ojos que resistían el peso del océano y la mirada de los siglos.

Laverock descendía, como sonámbulo, hacia el vértice oscuro. Le grité que se detuviese, mas sólo pareció acelerar su marcha, con una determinación sobrehumana. Fue entonces cuando la niebla aumentó y absorbió la luz del sol naciente, la escena quedó virada a una pálida penumbra de ultratumba. El mar, contra sus leyes físicas, se retiró un codo más, revelando una escalinata ancha, horriblemente pulida y erosionada, que llevaba hacia la brecha submarina. La invasión de recuerdos y temores me tenía paralizado; todo era irreal y líquido, exceptuando esa certeza: la entrada a la ciudad perdida no era leyenda, estaba ante mis ojos.

No sé cuánto tiempo transcurrió, ni si fui empujado por una fuerza ajena —quizás la misma que arrastró a Laverock—, pero me hallé descendiendo tras él, con los pies resbalando y las manos aferradas al musgo y al metal frío de los peldaños ciclópeos. A cada paso, la presión en mis sienes aumentaba, y la oscuridad adquiría una densidad viva. Sólo el cántico lejano, un murmullo que parecía hecho de agua y de piedra, me guiaba: no era mi lengua, ni de la humanidad. Era tan antiguo como la tempestad, tan omnipresente como la locura.

La senda descendía en espiral, y por sus muros pasaban símbolos antinaturales: estelas de entidades con formas imposibles, figuras de hombres y monstruos fundidos en una orgía de transformación. Casi a rastras, llegué hasta una plataforma donde Laverock se encontraba ya postrado, ante una puerta de proporciones inimaginables, forjada en basalto y recubierta de conchas, dentaduras y ojos petrificados.

El himno subía de tono, vibrando en el aire salino, y sentí —no, supe— que éramos aguardados, que el ojo de la ciudad, desde su milenaria vigilia, había percibido nuestra llegada. Y entonces comprendí: la ciudad no era un simple mausoleo sumergido, sino un ser. La puerta misma respiraba de forma sutil, el aire se movía rítmicamente, empapándome de un aroma dulzón y podrido que evocaba la putrefacción de épocas enteras.

Laverock, ya casi sin voluntad, comenzó a recitar una letanía que no entendía, aunque en su fonética reconocí ecos de los susurros nocturnos de mi infancia:

“N’gai, Mlandoth, y’bthnk h’glui, nafl... nafl... ph’nglui mgwa.”

Entonces, con un temblor telúrico, la puerta se abrió levemente, expulsando una bocanada de aire pestilente cargado de imágenes que reptaron en mi mente: vi ciudades devoradas por el océano, formas sibilinas intercambiando sus máscaras, la superficie de la Tierra curvándose hacia una geometría inhumana, y el mar arrastrando hacia la locura a todos los hombres que se atrevían a contemplar. Y, por encima de todo, el nombre: Mlandoth. No era un dios, ni un monstruo como los que poblaron los cuentos de mi infancia, sino una idea, una voluntad insidiosa, la sustancia que empapa los sueños y pone a temblar los cimientos del tiempo.

Desde las tinieblas de la puerta, una sustancia líquida y semiforme comenzó a filtrarse, retorciéndose con una vida pavorosa. Era casi transparente, pero en su superficie titilaban microscópicos ojos que parecían absorberlo todo. El cántico se volvió un grito sin emitir palabras, y supe que la entidad había despertado. Laverock se arrojó hacia el ser, ya carente de juicio o cordura, y fue absorbido en un parpadeo de imposible voracidad. En mi mente, sentí la gratitud obscena de la criatura mientras digería a mi compañero.

Mi instinto de supervivencia luchó con mi deseo de conocimiento, pero fue la visión de la substancia acercándose a mí lo que me hizo retroceder. Corrí, o procuré hacerlo, enloquecido por el silbido de la entidad y los ojos polimórficos que en todo mezquinaban, trepando los escalones, resbalando en la humedad, hasta que al alcanzar la superficie, la marea volvía ferozmente a ocupar el umbral prohibido, casi como si el océano protegiera la ciudad de todos los que caminasen fuera de la razón.

El regreso a Arkham es ahora un borrón en mi mente. De noche, las visiones retornan, y en la inmensidad del sueño soy llamado una y otra vez al círculo donde la ciudad aguarda. Nadie me cree; ni siquiera yo me atrevo a releer lo aquí escrito. Sin embargo, la verdad subsiste bajo la orilla del mundo: R’lyeh jamás pereció, y lo que es Mlandoth espera aún su siguiente ofrenda. La humanidad duerme, ignorante de esa urbe dormida, pero los coros siempre cantan bajo la luz tamizada por los siglos, dentro de la insondable marea.

He visto y seré testigo de nuevo; aunque mi mente vacile, presiento que será pronto, cuando la luna sangre, cuando la puerta respire y la niebla engulla mi razón. Y entonces, al son de los himnos de sal, todos los hombres sabrán lo que hay bajo la marea, cuando la ciudad despierte.

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