Portada del relato Las Nueve Máscaras Susurrantes
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Fragmento:


Los nombres de mis compañeros se me antojan ahora tan lejanos como borrosos: Dhrayel y su máscara de ébano; la indescifrable Ilyua, coleccionista de dagas y juramentos rotos; Brint, de mirada opaca y manos demasiado largas; y por último Jek Tzarnos, archivero de la Sociedad, cuyas historias nadie se atrevía a escuchar dos veces. Descendimos por un pozo con peldaños carcomidos, entre susurros que parecían brotar de las grietas mismas. Una oscuridad densa oprimía al grupo, trenzando el temor con una duda asfixiante: ¿realmente deseamos continuar?

Duración: 09:05

Las Nueve Máscaras Susurrantes
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Texto de ajuste de pausa.

Los hombres de Sarkomand caminan silenciosos entre ruinas. No preguntan nunca demasiado, ni indagan en los arcanos susurrados por el viento sobre la superficie de los canales secos. Yo los he observado. Sus ojos, acostumbrados a las penumbras de sus archivos y catacumbas, reflejan un anhelo torcido, una apetencia de saber… y de escalofrío. Por eso, cuando recibí la carta con el sello de calaveras gemelas trenzadas en hilo de plata, no vacilé un solo instante en presentarme en la dirección indicada: una cripta, olvidada detrás del antiguo teatro de Elarion, donde la luna rara vez alcanza a colarse entre los brumosos afluentes de la ciudad.

Dijo llamarse Myrosch Latham, custodio del capítulo de la Sociedad de Exploradores en Sarkomand. Su voz era como los ecos en un pozo: retumbante y hueca. Me habló de una sala, oculta y sepultada desde eones, en la que reposa una puerta. No una simple puerta física, sino una umbral, una rendija —sutilísima— en el tejido mismo de la noche, un pliegue donde la razón tropieza y el alma palidece.

“La llaman la Puerta de Crisantemo Negro”, explicó con un tono seco, sus dedos retorciéndose sobre el cuero gastado de una carpeta. “Nadie de nosotros ha pasado más allá. Algunos aseguran que nunca debimos siquiera hallar su localización. Pero la Sociedad, como sabes, no existe para evitar riesgos.”

Yo, narrador y docto en cosas prohibidas, respondí con una sonrisa temblorosa, y esa misma noche fuimos un grupo de cinco, antorchas y amuletos en mano, a penetrar los sótanos tenebrosos del Tercer Distrito, donde rezuman los líquidos aceitosos y la piedra presenta racimos de musgo fosforescente.

Los nombres de mis compañeros se me antojan ahora tan lejanos como borrosos: Dhrayel y su máscara de ébano; la indescifrable Ilyua, coleccionista de dagas y juramentos rotos; Brint, de mirada opaca y manos demasiado largas; y por último Jek Tzarnos, archivero de la Sociedad, cuyas historias nadie se atrevía a escuchar dos veces. Descendimos por un pozo con peldaños carcomidos, entre susurros que parecían brotar de las grietas mismas. Una oscuridad densa oprimía al grupo, trenzando el temor con una duda asfixiante: ¿realmente deseamos continuar?

No obstante, la avidez del conocimiento —y la presencia de Latham, que avanzaba delante, blandiendo un medallón grabado con extrañas runas— nos impulsó a seguir descendiendo. Atravesamos pasadizos con reflejos de líquenes somnolientos y símbolos grabados en lenguas anteriores a la historia. Uno a uno, escuchamos ecos en el límite del oído: frases incompletas, jadeos infantiles, la música monocorde de lo que acecha detrás del velo de la consciencia.

La primera sala parecía ser el vestíbulo de algún santuario ignoto. Las paredes, recubiertas de relieves en bajorrelieve —figuras imposibles, con proporciones aberrantes y rostros despojados de rasgos humanos—, temblaban ligeramente como impulso de una respiración contenida. El ambiente olía a resina y a carne vieja. En el centro, un mosaico de azulejos opacos configuraba el rostro de un ser informe, sobre el que corrían hilos de mercurio negro. Nadie pronunció palabra.

Latham, sin embargo, se arrodilló ante la efigie y recitó una letanía prohibida. Sus labios formaban sílabas antinaturales; escucharlas hacía palpitar la sangre, como si la mismísima médula del hueso quisiera apartarse. Cuando terminó, la sala vibró y un compartimento secreto se deslizó, dejando entrever una escalinata ladeada hacia las mazmorras más profundas.

A partir de este momento, el tiempo perdió sentido. Caminamos por túneles nada lógicos: los ángulos no eran euclidianos, y la distancia entre los puntos parecía fluctuar. Atravesamos cámaras de columnas tapizadas de cristales de sangre coagulada, y pasamos junto a vitrinas donde criaturas embalsamadas, parecidas a esfinges líquidas y búhos devoradores del sueño, nos contemplaban con ojos de vidrio.

Nadie preguntaba nada. Pero todos sentíamos la creciente presión del abismo. Jek Tzarnos, siempre un paso detrás de mí, comenzó a murmurar frases en un dialecto que yo solo había leído en ciertas cartas prohibidas de Lether-Seq. Decía: “La Sangre de las Estrellas se acerca… se acerca, y con ella las Sendas de Vuelo…”

Fue en la antesala del umbral cuando la locura se asomó. La estancia era una circunferencia perfecta, con el techo tan alto que la antorcha apenas podía coronarlo. La Puerta de Crisantemo Negro se alzaba ante nosotros, apenas una sombra perfilada sobre una pared pulida como obsidiana. El silencio era tan espeso que el latido de nuestros corazones sonaba como piezas de artillería.

Ilyua fue la primera en ser tocada por la sinrazón. Sus ojos se tornaron blancos y, sin previo aviso, se arrojó contra el umbral. El contacto con la Puerta distorsionó el aire, y gestos de lamentos —de seres que nunca fueron humanos— reptaron desde el vacío y la arrastraron a través del umbral. Sus gritos se distorsionaron hasta transformarse en una risa impía, que aún resuena en mi mente.

Brint intentó huir, pero los relieves de la pared cobraron vida, extendiendo lenguas y tentáculos de piedra que lo aprehendieron. Su carne desapareció, como absorbida o devorada por el muro mismo. Dhrayel permaneció inmóvil, recitando los nombres de los Príncipes del Exilio en voz baja; sin embargo, la propia sombra lo absorbió, y de él solo quedó la máscara de ébano, que cayó al suelo con un seco crujido.

Latham sonreía. Allí, bajo el resplandor grisáseo de la luz que manaba del portal, su rostro cambió. No era un cambio de expresión, sino de sustancia: los contornos se licuaron, los ojos se multiplicaron y los dientes se apilaron unos sobre otros hasta formar la mueca de una Deidad grotesca. De su garganta brotaron voces infantiles, y todos los dialectos de la Tierra y de los Reyes de Peste llenaron la cámara de sonidos agónicos y filos.

“Nyarlathotep”, balbuceó Jek Tzarnos, retrocediendo hasta tropezar conmigo, “el que habita las máscaras, el heraldo del pulso hambriento.” La Entidad, o el disfraz de entidad —¡mi lengua humana jamás podrá precisar qué era exactamente aquello!— se adelantó sobre los mosaicos y me miró, aunque no tenía ojos.

“Exploradores…” bufó, “farolillos de vanidad flotando sobre un océano sin orillas. Siempre tocáis el cristal, creyendo que es ventana. Es espejo.”

Vi entonces, en ese reflejo monstruoso, toda la cadena de errores que nos llevaba una y otra vez a llamar a la puerta equivocada. La Sociedad de Exploradores no era sino un rebaño conducido, agitado y diezmado por El Embajador de la Locura. Vi ciudades tejidas con gritos, vi civilizaciones enteras lamidas por la lengua negra de Nyarlathotep, su risa desgarrando milenios y enterrando todo bajo capas de blasfemia y ceniza.

Mi voluntad flaqueó, y supe que mi única oportunidad era no razonar, no mirar, no escuchar. Me tapé los ojos, recitando, como podía, una letanía de mi infancia, una melopea grotescamente inocente. Entonces sentí el frío tacto: una mano, si mano era, me rozó el hombro. Sus dedos—tres, o quizás diecisiete—penetraron la carne, y un vendaval de imágenes me taladró la mente, mostrando guerras en planetas donde el tiempo nace herido, cadenas de esclavos hechos de pura sombra, torres de relojes que marcan la eternidad vacía.

El tiempo volvió torcido. Desperté solo, tendido bajo un alero de piedra y calaveras, con la máscara de ébano de Dhrayel a mi lado. No había rastro de los demás. La Puerta de Crisantemo Negro –o lo que fuera que realmente vislumbré– ya no estaba, disuelta en la nada.

Me tambaleé hasta la salida y logré alcanzar la superficie; la noche seguía allí, densa, la luna apenas visible. La ciudad misma parecía menos real, como si los cimientos de la realidad se balancearan bajo el peso del horror. De la Sociedad de Exploradores de Sarkomand no quise saber más; aunque, a veces, he sentido a lo lejos —por entre pliegues mínimos de la percepción— que otros bajan, en busca de aquello a lo que nunca se les debió enseñar el camino.

Y eso es todo lo que puedo contar. Pero cuando llega la noche, y la bruma invade la plaza marfileña donde omito mi propio nombre, escucho risas minúsculas y el tañido de una campana que no existe. Sé que Nyarlathotep observa. Sé que nuestro tormento es su placer; que la distancia entre explorador y presa es ilusión, un espejismo cultivado con paciencia infinita por el alma negra del cosmos.

Si algún día tropiezas en el umbral de piedra, si alguna vez se entreabre para ti la Puerta del Crisantemo Negro, recuerda mis palabras: no busques entender. No escuches. No mires atrás si oyes tu nombre susurrado con la voz de un niño que ya no está. Pues toda memoria es máscara, y toda máscara, un paso hacia el abismo que Balbucea y Ríe.

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