Portada del relato Susurros en la Noche de Ib
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Fragmento:


Absorto por un horror que aún no alcanzaba a captar, me acomodé junto a la lámpara y empecé a descifrar la primera página. Las líneas eran oscuras, plagadas de palabras extranjeras que mi intelecto sólo reconocía a medias, como si el texto luchara en mis ojos por adoptar formas que la mente rechaza.

Duración: 09:39

Susurros en la Noche de Ib
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Texto de ajuste de pausa.

No sabría decir con certeza cuán profundo es el abismo del miedo hasta que, errando por sendas prohibidas del saber, fui a dar con la verdad que ocultan los Manuscritos Pnakóticos. Ni el bramido del viento en Nueva Inglaterra, ni mi propia ruina espiritual, podrían preparar el alma humana para el color y la textura maldita de aquellos recuerdos velados tras el tiempo.

Todo comenzó en la polvorienta reconstrucción de la biblioteca de Arkham, allá por los días en que la Universidad vivía presa de fiebre arqueológica. Era primavera de 1928 cuando, buscando incunables persas para mi tesis sobre misticismo y cosmología, mi interés se vio arrastrado a una sala bastante más antigua y menos remozada que el resto. Allí, oculto tras bustos desgastados de teólogos y brujas, aguardaba un estrecho y macilento anaquel de madera ocre, cubierto por una capa grisácea de telarañas y motas danzantes.

En los estantes había volúmenes que hubieran hecho palidecer al más ateo de los racionalistas. Hermes Trimegisto se codeaba con Agrippa y con pseudoevangelios de tal factura que el solo recitarlos haría, según advertía una de las etiquetas manuscritas, alzar fortuitas nieblas en la madrugada. Por pura curiosidad —o quizás por un impulso dictado por fuerzas que prefiero no nombrar—, me vi desempolvando una carpeta de cuero curtido, atada con cordel negro y sellada con un símbolo imposible: una especie de espiral de cinco brazos, cada uno finalizado en una garra y un ojo.

El olor era desagradable, a tierra vieja y salitre, como si el manuscrito hubiera viajado largo tiempo en la bodega de un navío fantasma. El título, estampado en runas angulosas que la mente no retiene, sólo podía ser decodificado en la nota anexa, escrita por una mano temblorosa: "Extractos de las Crónicas Pnakóticas — Traducción parcial de la copia de Leng. Prohibida la lectura total."

Absorto por un horror que aún no alcanzaba a captar, me acomodé junto a la lámpara y empecé a descifrar la primera página. Las líneas eran oscuras, plagadas de palabras extranjeras que mi intelecto sólo reconocía a medias, como si el texto luchara en mis ojos por adoptar formas que la mente rechaza.

“El soñado país de miriadas de años, anterior al hombre, se alza aún, olvidado ante los muros que sin fin ni propósito, se arrastran bajo el suelo de Leng; ahí, los pastores de la niebla esperan la llamada, pues hay fragmentos del tiempo que, si se pronuncian, cubren la tierra de muerte y silencio.”

Mis dedos helados dejaron caer el folio. Todo parecía tan vago, pero un escalofrío me recorrió la espalda, como si algo, en la misma sala, aguardase escuchar mi grito de incredulidad. Me convencí de que era simple paranoia y seguí leyendo; mas, a cada línea, la atmósfera se espesaba, los farolillos distantes titilaban y parecía oírse, sectariamente, el eco de pasos minúsculos por los pasillos.

Uno de los fragmentos narraba la existencia —o el advenimiento— de una raza suprema de soñadores, habitantes de una región más allá del tiempo, quienes habían sellado los secretos de la creación en los Manuscritos Pnakóticos. Eran los Vigías de Ib, nítidamente descritos como criaturas sin rostro, confundidas con la niebla, pero con zarpas y una piel de mercurio borboteante.

La traducción, abrupta entre saltos y omisiones, indicaba que solo la voz de un humano podría despertar verdaderamente a estos seres, pues enredadas en las palabras del texto estaban las fórmulas para abrir puertas que no debían ser abiertas. "No hables en voz alta," advertía el margen en tinta carmesí. "No pienses en las puertas."

Comencé a notar, ya entonces, que la luz era distinta en mi rincón. Un ventanuco sobre mi cabeza, antes cubierto de polvo, parecía aspirar la luminosidad. El ambiente cambió y el resto de la biblioteca se borró en una neblina imposible. Lejos, tal vez a kilómetros de distancia, oí el rumor de un flujo de agua, pero no podía ser el río Arkham. Después supe que era el Murmullo de Leng, la corriente mística que debía guiarme.

Encendido por una pesadilla hipnótica, leí el siguiente pasaje, una invocación a los Guardianes de la Niebla. La sentencia culminaba en un canto gutural que, involuntariamente, susurré para mí mismo, deformando mi propia voz:

“K'chaluah ib'notho Z'naa! Adrahlum N’gha Ph’nglui Leng!”

Fue una vibración sorda y helada la que respondió. Un pulso etéreo que se arrastró entre los anaqueles. El reloj de pared de la biblioteca, hasta entonces descompuesto, marcó un silencio espantoso y un viento invisible apagó por completo mi lámpara.

Sé que no puedo describir con justicia lo que siguió. El sonido fue como si muchos cuerpos se arrastraran y rieran a la vez, el tipo de cacareo grave y húmedo que sólo pueden producir bocas nunca vistas por los humanos. No veía nada, pero algo vibraba tras de mí, invisible salvo por sus huellas leves y borrosas en el polvo.

Mi primer impulso fue correr, pero mis piernas no respondieron. Sólo podía aferrar el manuscrito, como un niño abrazado a una muñeca que sólo conoce por los cuentos aterradores de su niñera. Una corriente de aire me trajo un olor a jade y vetiver, y entonces, inexplicablemente, supe lo que aquellos seres esperaban: que terminara el canto. Que completara el rito que, quizás, ningún mortal había completado desde los oscuros días de la Primavera Pre-humana.

Al borde de la locura y con mis dientes castañeteando (¡oh, cuán lejos queda ahora la lógica de la Universidad y sus profesores, aquellos idiotas eruditos de Arkham!), creí ver una figura traslucirse frente a mí. Brotando desde un ángulo imposible, surgió de la penumbra algo parecido a un manto flotante, hirviendo de ojos giratorios y atisbos de bocas. Era el Guardián, el lector primero de los Manuscritos Pnakóticos.

Aquel ente no habló, pero vertió en mi mente las imágenes: ciudades sobre la nieve de un mundo ajeno, sacerdotes mutilando el tiempo, el nacimiento y el fin del hombre en la vastedad indiferente del cosmos. Era una comunión de terrores, un aprendizaje sangriento y sibilino. Y en mi cabeza sonaba una orden tartamudeante: "Completa... lee... libéranos..."

Retrocedí, y mi pie pisó un tomo caído; caí de espaldas contra una silla apolillada. De pronto, sentí la tentación de leer el texto completo, de inundar este mundo con aquello que dormía bajo los círculos del sueño, pero una chispa de cordura me empujó a romper el manuscrito. Fue un forcejeo de pesadilla; escuchaba, con cada rasgado de papel, chillidos que no venían de mi boca ni de ninguna garganta terrenal.

Todo acabó, repentinamente, en penumbra y silencio. El viento volvió, la lámpara chisporroteó, y todo parecía haber regresado a la calma salvo por el olor, ese tufo bizantino de antiguo incienso y sueños podridos.

Aún con el corazón agitándose en mi pecho, recogí los jirones del manuscrito y, en un arranque de desesperación, los arrojé al hogar de la biblioteca. Pero al hacerlo, un pequeño fragmento, de no más de dos pulgadas de pergamino, quedó pegado a mi muñeca. Sobre él, la runa de cinco ojos y garras pareció absorber mis propios latidos, y sentí, en lo más íntimo de mi ser, el eco de un canto, incompleto y hambriento.

Salí a la calle en plena madrugada, perseguido por esa sensación de ser observado. El cielo nublado de Arkham, con su manto sin estrellas, parecía vibrar al son de las notas antiguas, y descubrí, para mi horror, que el fragmento adherido a mi piel no desaparecía. Cada noche, desde entonces, despierto al borde de la asfixia, escuchando los ecos de Ib, sintiendo que en cualquier momento los Guardianes podrán cruzar el umbral, reclamando a su lector inconcluso.

De los días que siguieron apenas puedo escribir con claridad; me limito a repasar esa breve historia, a buscar algún atisbo de redención donde sólo hallo terror. Consumido por la vigilia, he consultado médicos, sacerdotes y hasta a los mismos falsos médiums del ferrocarril, pero nadie se atrevió a tocar el fragmento. Un solo monje, en Boston, lo reconoció y huyó, balbuceando semillas de un idioma prehistórico.

La vida me escapa. La familiaridad de Arkham se ha tornado en un tapiz hostil, cada rincón me recuerda que la barrera entre lo real y lo que acecha más allá se ha vuelto permeable. Al atardecer, veo la niebla reunir huellas donde no hay pisadas, y en mis sueños, la biblioteca se deforma, creciendo hacia un abismo sin fondo. Nada de lo que hago parece romper el hechizo. A ratos, la cicatriz donde estuvo el pergamino palpita con un ritmo propio, y cada vez que trato de escribir lo sucedido, mi pluma traza sin querer la runa prohibida.

Hoy, mientras escribo estas últimas líneas en un papel que pronto quemaré, la niebla ha entrado al pueblo. Las campanas tocan con un sonido sordo y deformado, y los relojes atrasan varios minutos. Sé, por las páginas que aún guardo —sólo fragmentos ilegibles—, que los Vigías de la Niebla buscan su canto olvidado, y que cada palabra, cada relato, sirve para hilar su regreso.

No pido comprensión ni busco que crean mi relato. Solo ruego, a quien encuentre este testimonio, que no pronuncie las palabras perdidas de los Manuscritos Pnakóticos, que no las traduzca ni en sueños ni en vigilia. Porque hay horrores que, una vez convocados, no regresan al mundo del olvido.

Y en la última página escucho, levemente, el roce de unas garras y el pesado jadeo de algo que aún no ha sido plenamente soñado.

El fin, si lo hay, será una niebla sin final, donde los lectores nos confundiremos con los testigos de Ib: eternos, mudos y perdidos en susurros. Tal vez ya lo estoy, y este relato, en vez de advertencia, es simplemente otro fragmento a añadir a los Manuscritos Pnakóticos del horror.

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