Fragmento:
Recuerdo con un pavor lento mi primer descubrimiento: dos casas de piedra enfrentadas bajo el desbordado farol de la taberna “El Pez Antiguo”, cuyos carcomidos letreros colgaban con resignación. Los nativos, rostros blandos, ojos protuberantes y agallas supurantes bajo las bufandas, se apartaban ante mi paso. Nunca podría olvidar la hostilidad glutinosa de sus miradas ni el susurro intermitente entre ellos, una lengua deformada cuyo timbre me heló la sangre, más primitiva que cualquier dialecto americano.
Duración: 09:11
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Cuando el pálido tren atraviesa las ruinas del Este a la hora maldita—ni noche ni tarde aún—la brisa sobre los marjales sólo trae, ante los forasteros valientes, silencio y olor a sal petrificada. Pocos, por decir ninguno, bajan en la estación tenebrosa de Innsmouth por propia voluntad, salvo errados por negligencia del sueño y el destino, o ciliados por azares más oscuros que el humo mismo que a veces sale del agua estancada. Que aquellos que buscan respuestas sólo hallan secreto y que aún el secreto hiede, lo sé mejor que nadie, pues me llamo Nicholas West, y la sequedad en la voz aún me arde cuando pronuncio el nombre que nadie, ni siquiera los monjes harapientos de la Rue d’Auseil en París, se atreverían a escribir en los muros: Sarnath.
Fue hace tres años que mi vida y mi razón pendieron de un hilo tenue. El encuentro fue el resultado de investigaciones sobre la genealogía de mi familia materna, deslizándome entre archivos sellados y cartas esquivas, hasta encontrar el nombre—una transcripción débil de la lengua marchita de unos indígenas desaparecidos—de Zainh, o “los del lago”. Toda pista llevaba de vuelta a Innsmouth, ese vil pueblo del norte, pero la historia se extendía más allá, hasta las mismísimas ciénagas de mi nacimiento y la memoria de la antigua Sarnath, ciudad ahogada y extraviada, leyenda nunca del todo desmentida.
Con la excusa de buscar una campana de bronce supuestamente medieval, llegué a Innsmouth justo antes de la Fiesta del Solsticio. Las casas desmoronadas observaban mi llegada, como viejas bocas sin lengua ni dientes, y sólo el sonido de la marea rompiendo, y un extraño bearido subterráneo que parecía ahondar el silbato del tren, me acompañó por las calles anojadas.
Recuerdo con un pavor lento mi primer descubrimiento: dos casas de piedra enfrentadas bajo el desbordado farol de la taberna “El Pez Antiguo”, cuyos carcomidos letreros colgaban con resignación. Los nativos, rostros blandos, ojos protuberantes y agallas supurantes bajo las bufandas, se apartaban ante mi paso. Nunca podría olvidar la hostilidad glutinosa de sus miradas ni el susurro intermitente entre ellos, una lengua deformada cuyo timbre me heló la sangre, más primitiva que cualquier dialecto americano.
Una lluvia densa empezó a caer mientras bordeaba el puerto, donde destellaban extrañas piedras fosforescentes en redes y jaulas. El aire olía a antiguo, a madera mohosa y a salmuera descompuesta. De los muelles emergió una figura, sostenida por un cayado torcido. Su túnica estaba manchada de algo entre moco y óxido, y al acercarse lo reconocí, no por familiaridad visual, sino porque lo había visto—soñado—formar parte de un círculo de sombras, portadores del Signo Amarillo.
Su voz era un eco de piedra hueca:
—Vienes desde donde nada vive, forastero. Aquí tampoco nada ha de vivir demasiado.
Me preguntó por qué recorría sus calles, qué buscaba entre descendientes de sangre extraviada y costumbres encenagadas. Fingí hablar de campanas y rastros medievales, pero su reacción fue una risa asmática, sin alegría ni bienvenida.
—Los bronces tocan sólo una vez en la vida—dijo—y el despertar no es para todos.
Desapareció entre la niebla, dejándome la impresión de que el aire mismo se hizo más pegajoso, los alientos del agua más demandantes, como si la marea reclamara no sólo objetos, sino también nombres y recuerdos. Seguí mi camino, y al doblar otra esquina hallé una puerta pequeña, medio oculta bajo la hiedra, y sobre ésta, un símbolo grabado en piedra: dos peces enfrentados sobre un círculo amarillo tachado. El mismo emblema que en sueños se me grabó a fuego y que vi, transfigurado, en las hojas resquebrajadas de “Los Hermanos del Signo Amarillo”.
Avancé, incapaz de resistir la atracción malsana, y al cruzar el umbral vi penumbras apenas agitadas por una lámpara cuya luz no iluminaba, sino que hervía de reflejos verdes. La figura sentada en la mesa al fondo tenía las manos cubiertas por vendajes húmedos y la cabeza oculta en las sombras.
—No debiste entrar, Nicholas West de los humedales de Noreaster—musitó sin volver el rostro—. Aquí sólo quedan los que no temen las aguas negras, y nosotros recordamos la caída de Sarnath.
Mi sangre heló. ¿Cómo conocía mi nombre y ascendencia? La figura se levantó, y ante la penumbra, su sombra creció hacia mí, estirándose en perfil de pez con ojos de fuego en la sombra.
—El lago ha pedido nuevos sueños, y aquellos que los asumen, traen el pasado consigo como una telaraña sangrienta.
Le pregunté entonces por el lazo entre Sarnath e Innsmouth, y por mis visiones nocturnas de una ciudad sumergida, bajo las aguas sin luna, entre lámparas de bronce ennegrecido y rostros sin ojos. Respondió contándome que las aguas y sus memorias nunca perdonan, que lo que una vez fue Sarnath—grande y poderosa—engendró arrogancia y olvido, hasta que los hermanos del estanque, dolientes de Ib, exigieron el retorno de carne y sueños. La sangre que una vez fluyó desde Sarnath, ahora goteaba lento y empantanado en los canales invisibles de Innsmouth, enlazando mortales y pesares en un pacto nunca sellado, pero tampoco roto.
La conversación se fue diluyendo en murmullos y, sin darme cuenta, la estancia se llenó de otros hombres y mujeres, todos envueltos en túnicas y con rostros indistinguibles, aunque sentí la novedad de su mirada, la invitación imposible de la muerte diluida.
—Esta noche toca el bronce. El estanque espera—dijo uno, con voz líquida, y me extendieron un velo amarillo en el que palpitaban formas y palabras que escapan a toda gramática humana.
Acepté, hostigado por el cansancio, la humedad y el deseo insano de conocer mi destino. Me obligaron a caminar descalzo por callejuelas secretas, bajando escaleras incrustadas con escamas y piedras de ámbar indeciso. Cada paso me alejaba de la superficie, cada escalón descendía unos siglos, y el rumor del agua se convirtió en martilleo de corazones dormidos.
Abajo, la cámara era grande y húmeda. La luz cenagosa bailaba alrededor del pozo central, y al fondo colgaba de un arco de piedra una campana de bronce obtusa, en cuya superficie se tallaban relieves de ciudades sumergidas, tentáculos y rostros ni del todo humanos ni peces, ni muertos ni vivos. En el círculo de sombras ondeaban los velos amarillos, y el Signo Oscilante—esa letra acéfala y reptante jamás traducida—permanecía cruelmente visible.
Me entregaron una piedra negra, pesada y fría, con la inscripción: “Para los que recuerdan el lodo, el agua nunca se va”. Pedían que, al sonido del bronce, arrojase la piedra al pozo, marcando el retorno de un ciclo perdido desde la noche en que Sarnath se derrumbó bajo la lluvia de los dioses sin piel.
La campana dobló, y la vibración era la de los huesos crujientes y las promesas no cumplidas. Lloré sin querer, pero mi llanto no era sólo miedo, sino una alegría abyecta, como si la memoria de una vida anterior se liberase, mostrando templos colosales, desfiles de sacerdotes con ojos sin párpados y estanques alimentados en sacrificio. El agua salobre subió por mis pies, serpenteando verdosa y lodosa, y sentí que la piedra vibraba en mi mano, comunicándose con los rezos inaudibles de la multitud.
Al arrojarla, una explosión de silencio llenó la estancia. Vi, o creí ver, sombras girando en espiral dentro del pozo, y del fondo emergió un canto nunca ensayado en la tierra, una letanía glutinosa en la que el Signo Amarillo y la ciudad muerta de Sarnath quedaban unidos en el dolor y la condena. Los túnicos se arrodillaron, y una figura se estiró por detrás: el sumo sacerdote, cuya cara era un mosaico de pescado y hombre, de sueño y escama, en cuyos ojos leí la longeva condena de generaciones enteras.
Se inclinó sobre mí, y en su aliento sentí la historia entera de los condenados.
—El agua dormita, Nicholas—susurró—y nunca borra lo que ha robado, ni a Sarnath, ni a Innsmouth, ni a ti.
Me desmayé.
Desperté en la playa, solo, la lluvia hiriendo mi rostro. La piedra había desaparecido, pero en mi mano derecha una llaga negra, en forma del Signo no escrito, bebía la sal y el viento. Caminé, o me arrastré, de vuelta a la ciudad, pero todas las casas estaban vacías. Ni rastro de la taberna, ni de la puerta con los peces ni del pozo. Al volver a casa, intenté escribir mi historia, hablar con otros investigadores, pero sólo hallé incredulidad y miedo.
La marca en mi mano no ha desaparecido. Sueño cada noche con la caída de Sarnath, con el zumbido de campanas de bronce bajo el agua, y con los gritos de los Hermanos marcados. Sé que un día tocarán a mi puerta de nuevo, para exigirme la memoria robada y la entrega de la carne.
Y así, con cada noche, la sal me carcome más los huesos y la lengua. Escucho en la marea el eco del estanque, y sé que Innsmouth nunca olvida a los que aceptan mirar al interior del pozo.
Pues lo que duerme en las aguas no sólo sueña; también recuerda, espera y cobra.
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