Portada del relato Las Sierras de la Niebla Eterna
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Fragmento:


El silencio era casi absoluto en la terraza occidental de la casa N’ghash, allí donde los campos se volvían polvo y raíces muertas bajo un cielo siempre encapotado. Había viajado por muchos parajes de la Tierra, rozando con avidez los límites del saber humano como si mi destino estuviera trazado entre manuscritos perdidos y voces que susurran desde abismos antiguos. Y sin embargo, ninguna experiencia previa me había preparado para lo que encontraría en el corazón de las Sierras de la Niebla Eterna, un nombre del que apenas hay registro, aunque a veces se desliza en murmullos entre los ancianos que aún recuerdan las palabras antiguas.

Duración: 09:01

Las Sierras de la Niebla Eterna
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Texto de ajuste de pausa.

El silencio era casi absoluto en la terraza occidental de la casa N’ghash, allí donde los campos se volvían polvo y raíces muertas bajo un cielo siempre encapotado. Había viajado por muchos parajes de la Tierra, rozando con avidez los límites del saber humano como si mi destino estuviera trazado entre manuscritos perdidos y voces que susurran desde abismos antiguos. Y sin embargo, ninguna experiencia previa me había preparado para lo que encontraría en el corazón de las Sierras de la Niebla Eterna, un nombre del que apenas hay registro, aunque a veces se desliza en murmullos entre los ancianos que aún recuerdan las palabras antiguas.

La búsqueda comenzó, como muchas de las tragedias humanas, en una noche de conversación y licor barato, bajo el débil fulgor de la luna rojiza. En la biblioteca del Dr. Armitage, de paredes cubiertas por retratos cuyos ojos parecían seguirme, hallé una carta olvidada, fechada en 1642 y firmada por un clérigo llamado Ambrosius de Lollard. Sus trazos, desgastados y trémulos, hablaban de un "lugar más allá del cartógrafo y el hombre cuerdo", una región envuelta en nieblas perpetuas donde, según afirmaba, "la realidad se pliega sobre sí misma y lo imposible se filtra gota a gota en el mundo de los vivos".

Ya en la mañana, la carta me ardía en las manos como una herida reciente. Mi mente, nunca amante del sosiego, zarpó en busca de información. Las menciones eran escasas: un padre dominico titubeante, un pasaje críptico en un grimorio escocés, un acorde menor en la inusual sinfonía de Nodens, y un grabado imposible que representaba a dioses monstruosos danzando entre brumas eternas sobre picos ensangrentados. Todos los caminos, pese a la frenética disparidad de tiempos y lenguas, confluían en las Sierras de la Niebla Eterna.

Decidí partir, impulsado más por el vértigo de lo desconocido que por la promesa de gloria. Llegué al pueblo cuesta abajo llamado Redwitch un día nublado, donde los lugareños sellaron sus labios ante mis preguntas. Sin embargo, al tercer día, un anciano de rostro devastado y mirada extraviada accedió a revelarme, a cambio de un viejo amuleto que yo había traído, el único sendero que intuía hacia las Sierras. Sus palabras fueron simples pero imbuidas de funesta significación: “No preguntes por los sonidos. Ningún pájaro, animal o cosa humana recuerda ya la melodía de esa tierra. Camina, pero si oyes la campana… reza.”

Me interné al amanecer, siguiendo los jirones de niebla que abrazaban el bosque. El sol, débil y ansioso, apenas lograba desvanecer los retazos grisáceos y helados que marcaban el linde de un mundo diferente. El aire, espeso y cargado de una fragancia fétida, parecía obstaculizar cada respiro. Caminé durante horas por laderas cubiertas de líquenes pálidos, entre árboles retorcidos cuyos nudos parecían bocas ahogadas. El tiempo se desdibujaba y, por momentos, creí oír pasos que no eran míos.

Las ruinas se alzaron ante mí de pronto, sin anuncio, arrastrándose desde la niebla como fauces de un monstruo fosilizado. Eran restos ciclópeos tallados en una roca negra, asociada en mi mente a antiguas leyendas de muros donde el tiempo no transcurre de forma lineal. En el centro, un pozo abierto, rodeado de relieves que se retorcían en formas imposibles: ángulos que luchaban con el ojo humano, siluetas que cambiaban al contacto con la bruma. Reminiscencias de criaturas sin nombre, danzando a la orilla del abismo.

El silencio era ahora absoluto, pesado como la tumba. Me arrodillé junto al pozo, incapaz de resistir la fuerza con la que aquellas imágenes tiraban de mi mente hacia abajo, hacia mundos que intuía prehumanos, preuniversales. De pronto, una vibración, casi imperceptible, subió por mis piernas y se introdujo en mi cabeza. Sentí que resonaba, honda y lejana, una campana, como si algún dios infame estuviera llamando desde el centro mismo del mundo. Cerré los ojos y recé, aunque no sabía a quién.

La campana se extinguió y una voz, o una idea con forma de voz, se deslizó en mi cráneo: “Ven”. No sé bien cómo me levanté, sólo recuerdo la certeza total de que debía seguir el pasillo descendente, una escalera helicoidal tallada en esa roca negra, siguiendo un resplandor verdoso que palpitaba más abajo.

Cada peldaño era una prueba de locura, y los grabados en las paredes me contaban con símbolos extraños historias que enfermaban mi razón: razas no humanas presidiendo aquellos parajes antes de la llegada del hombre, participando en cultos orgiásticos donde la realidad era sacrificada sobre altares de geometría inhumana. En los recovecos residía una oscuridad más densa incluso que la propia piedra, y sentí, por momentos, que algo se movía justo al límite de mi visión.

El descenso parecía eterno. La niebla, lejos de disiparse, se volvía más sólida, llenando la atmósfera de un fulgor malsano que velaba el aire. Llegué a una cámara vasta, imposible de datar por sus proporciones y el material de las paredes: hueso pulido y una sustancia viscosa que palpitaba como si respirara.

Allí, en el centro, un altar monolítico sostenía un libro encuadernado en lo que sólo puede ser piel humana antigua. El libro estaba abierto, aunque las páginas parecían susurrar y retorcerse bajo una luz que no provenía de ninguna parte. El idioma era desconocido para mí, pero las palabras se introducían en mi mente no tanto como significados sino como ecos voraces que carcomían la estructura de mi pensamiento.

Al contacto de mi mirada, el libro invocó imágenes: vi seres ciclópeos caminando entre las montañas bajo lunas ajenas; vi hombres desnudos y enloquecidos, arrastrados como animales por criaturas de caparazón y tentáculos; vi la disolución del tiempo, y sobre todo, sentí una desesperanza tan total que sólo el terror podía sobrevivirla. No sé cuánto tiempo permanecí allí, de rodillas ante lo imposible, hasta que los sonidos regresaron: un rumor de pasos, suaves y resbaladizos, ascendiendo desde el oscuro pozo.

Supe lo que era antes de verle: uno de los Antiguos. Una criatura compuesta de segmentos translúcidos, cubierta de ojos multicolores, con apéndices que cambiaban de forma al compás de una melodía interna que no podía escuchar pero sí sentir. Se detuvo frente a mí y me observó por un lapso sin duración. El miedo me estranguló, y estuve seguro de que mi juicio se habría quebrado si hubiera sido un hombre menos preparado por los horrores de la vida.

Con un gesto imposible de describir, la criatura me mostró lo que había sido de los clérigos, exploradores y locos que antes descendieron hasta aquí. Vi sus formas retorcidas, sus cuerpos fusionados con la arquitectura ciclópea, sus rostros reflejando horrores que no dejarán nunca nunca de contemplar. Comprendí que el lugar era un umbral, un santuario destruido donde la realidad era delgada como un velo y donde las viejas deidades, hambrientas, espiaban. Todo aquel que agrede la membrana sale transformado. Nadie regresa a salvo.

La criatura me tocó la frente con uno de sus fríos apéndices, y una corriente lacerante de imágenes inundó mi mente—ciudades flotantes desde tiempos antes de los dinosaurios, lenguajes emitidos en frecuencias imposibles, estrellas moribundas devorando universos… y entre todo, la invitación: “Quédate. Aprende. Sé nuestros ojos en tu mundo”. Lo que fui, lo que soy, comenzó a disolverse. Me resistí con un último pensamiento, evocando la imagen de la campana, del consejo del anciano, de Redwitch y sus tardes muertas. Grité.

Desperté a la entrada de las ruinas, la niebla disipándose a mi alrededor. No recuerdo cómo logré regresar. Atravesé el bosque, el pueblo, la larga ruta hasta la civilización, siempre con la sensación de que la frontera entre ese mundo y el nuestro era ahora permeable, como una herida sin cerrar. Sé que no soy el mismo. Las palabras del libro aún me resuenan en lugares oscuros de la mente, y en sueños la campana llama, siempre un poco más cerca.

A veces, en la soledad de mi cuarto, noto la niebla filtrándose por las rendijas de la casa, y oigo pasos descendiendo, sordos pero incesantes, hacia el pozo que ahora sé habita no sólo las Sierras de la Niebla Eterna, sino la memoria misma de aquellos que han olido la eternidad y han sentido el asco supremo de lo informe. Si alguna vez sienten el impulso de buscar, de explorar, recuerden: hay lugares míticos cuya realidad es más verdadera que cualquier pesadilla, y todo precio exigido es apenas un primer pago.

El horror supremo de mi experiencia, más allá del miedo, es la sospecha de que las Sierras de la Niebla Eterna no son una excepción en nuestro mundo, sino su regla oculta. Un membrillo irreparable entre el sueño de la normalidad y la marea ascendente de lo desconocido; un eco persistente de la voz inhumana: “Ven”. Y sé, con la certeza débil de los locos, que volveré.

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