Fragmento:
Después de varios días de inquietud, el insomnio me empujó a vagar por la casa en la madrugada. Una nota, encontrada bajo la alfombrilla del escritorio, de una mano distinta a la de Cartwright, me impulsó hacia la bodega. En ella, alguien me instaba: “Ven bajo el susurro, donde la piedra respira sal. Escucha.”
Duración: 10:31
Providence, 12 de marzo de 1926
Querido Edmund,
He decidido, finalmente, escribirte al advertir que mi situación ya no puede definirse sino en el ámbito de lo extraordinario y perverso. Me verás obligado a invadir la serenidad de tu vida con las quejas y el lúgubre relato de unos hechos que, de no estar bajo el influjo del terror y la fatiga, nunca habría consagrado al papel. Espero que tu razón, tan robusta e irreprochable, sirva de faro para guiarme en estos mares turbios en los que ahora me veo atrapado.
Llegué al pueblo de Kingsport hace ya dos semanas, invitado por el abogado del fallecido Silas Cartwright. El nombre te será familiar por las cartas que te envié el pasado otoño: Cartwright era mi tío abuelo, un hombre reservado, de quien poco supe durante mi infancia salvo las leyendas susurradas en la familia acerca de su excentricidad. La carta del letrado me convocaba a la lectura de su testamento y a recibir en herencia su casa del acantilado, una estructura antigua cuya edificación, se rumorea, precede incluso a la fundación del propio Kingsport.
Ha sido en esta mansión insólita, de ventanas tapadas y piedra erosionada por la bruma marina, donde comencé a escribirte ayer, tras la primera de las noches inquietantes. El viento permanente aúlla en las rendijas, y la humedad rezuma de las paredes; pero no fue sino hasta el tercer día, cuando encontré la colección de cartas ocultas en la biblioteca, que una sombra indescriptible empezó a cernirse sobre mi ánimo.
Providence, 14 de marzo de 1926
Edmund, permíteme ahora relatar el origen de mi creciente aprensión.
Estaba explorando la biblioteca principal, una sala circular repleta de tomos de encuadernaciones oscuras y símbolos de significado ambiguo en sus lomos. Tras un estante carcomido, di con una caja forrada en cuero, cuya cerradura se hallaba abierta como por invitación silenciosa a la profanación. En su interior aguardaban varias cartas amarillentas, impecablemente conservadas pese a los estragos del tiempo y la sal; todas ellas, dirigidas a un tal “Consejo del Opus Septonis”.
A pesar de la advertencia implícita en aquellas palabras, no pude evitar la lectura. La primera carta, fechada en 1874 y firmada por mi antepasado, era un registro de agradecimiento por haber sido admitido en una sociedad que se autodenominaba “Los Hermanos de la Marea Susurrante”. Se refería a ellos como guardianes de secretos ancestrales, poseedores de un conocimiento que “no debe ver la luz de la superficie sino bajo luna nueva y marea baja”.
A medida que proseguía en la lectura de las siguientes cartas emergía un relato entretejido de reuniones nocturnas en criptas húmedas, de ritos conducidos cerca de formaciones pétreas cubiertas de líquenes y moluscos. Mi antepasado describía horrendas figuras de culto talladas en la roca viva junto al acantilado; sobre ellas, los Hermanos trazaban símbolos con sangre de algún animal marino recién capturado. El propósito último de estos actos —según las propias palabras de Cartwright— era mantener “el pacto de los Antiguos con la sangre de los linajes que se eligieron a sí mismos para preservar la sabiduría verdadera”.
Amigo mío, nunca ha temblado mi pluma como ahora. El mero eco de esos relatos en mi memoria ha hecho que vigile los ventanales cada vez que azota la bruma y las gaviotas callan bruscamente.
Providence, 16 de marzo de 1926
Permíteme detallarte una experiencia reciente que ha cercenado mi sueño y aplastado mi ánimo con el peso de una roca sumergida.
Después de varios días de inquietud, el insomnio me empujó a vagar por la casa en la madrugada. Una nota, encontrada bajo la alfombrilla del escritorio, de una mano distinta a la de Cartwright, me impulsó hacia la bodega. En ella, alguien me instaba: “Ven bajo el susurro, donde la piedra respira sal. Escucha.”
El laberinto de pasillos me condujo hasta una trampilla que daba a un sótano escabroso, cuyas paredes destilaban salitre. Allí descendí con una linterna. Pronto hallé, sobre el piso de tierra, restos dispersos de antiguas lámparas de aceite y tazones corroídos por el óxido marino. Lo verdaderamente aterrador fue cuando, en un rincón, iluminé accidentalmente una losa pulida, cubierta de bajorrelieves: peces grotescamente antropomorfos, rostros humanos de ojos vacíos devorados por tentáculos diminutos.
Intenté razonar, pensar que tales imágenes eran fruto de una imaginación extenuada, pero lo que aconteció después terminó de arruinar cualquier tentativa de consuelo racional. Se oyó un goteo persistente y gélido, marcado por notas rítmicas acompañadas de un vago retumbar. Entonces, de una grieta cercana, surgió una exhalación marina, y en el vaho salino creí distinguir la sombra de una figura alada, de la talla de un hombre, cuyas extremidades culminaban en membranas semejantes a las de un batracio o de un pez antiguo.
Ajeno ya a toda compostura, corrí hasta la superficie y me arrojé, tembloroso y bañado en sudor frío, en la escasa comodidad de mi lecho. Pero los susurros continuaron, primero en mi mente, luego invadiendo cada esquina de la casa, y, finalmente, repitiéndose con cada golpe de las olas contra los cimientos del acantilado.
Providence, 18 de marzo de 1926
La obsesión por los fragmentos de las cartas y los bajorrelieves hallados me ha forzado a investigar el legado de los Cartwright en los archivos municipales de Kingsport. Es allí donde la verdad ha relucido con un brillo tan frío como el de un cadáver en las profundidades.
Las actas del siglo XIX mencionan repetidamente al “Club del Muelle”, una sociedad reservada para hombres de fortuna irregular, pescadores con apellidos arcaicos y comerciantes venidos de todas partes de Nueva Inglaterra. Documentos más confusos, sellados y censurados en su mayor parte, sugieren alianzas con navegantes llegados de tierras recónditas —quizás de islas ignotas del Pacífico o del ártico— y concluyen con una curiosa advertencia sobre “prácticas esotéricas que desafían el decoro y la ley natural”, sellada por el propio reverendo Hesperus Marsh.
Más aterrador, sin embargo, fue descubrir en la parroquia registros de bautismo para niños “de ojos enormes y piel de escama fina”, entre cuyos padrinos figuraban miembros de esa misma logia. Los nacidos bajo tales signos desaparecieron de los archivos antes de cumplir la adolescencia, con anotaciones discretas sobre “voto de retiro a la piedra de los Antiguos”.
Kingsport, 19 de marzo de 1926
Mi querido Edmund, sospecho que mis pasos han despertado fuerzas latentes. Esta noche, observé desde la ventana del despacho cómo, junto al acantilado, un círculo de ancianos —todos moradores del pueblo, de rostros flácidos y ojos acuosos— realizaban una ceremonia bajo la luna creciente. Uno de ellos portaba una caja de madera oscura, de cuyo interior se alzaba una bruma verdosa al ritmo de cánticos en una lengua que helaba la sangre. Las palabras pronunciadas, incomprensibles pero de inflexión indiscutiblemente pagana, resonaban con la cadencia de las letras halladas en los manuscritos de mi tío abuelo.
Un febril arrebato me llevó a acercarme sigilosamente, oculto tras unas rocas. Oí claramente uno de los cánticos repetirse: “Baş-R’lyeh! Dagón öräu ia! Ia!” Un sacrificio —posiblemente un animal marino, aunque la silueta retorcida en el centro del círculo se retorcía de forma casi humana— fue sumergido en una poza abierta entre las piedras, y, al hacerlo, la bruma se tornó azulada y densa, envolviendo a los presentes. Sentí cómo mi corazón se encogía en el pecho; la tentación de huir me paralizaba tanto como el pánico a ser descubierto.
No recuerdo bien cómo regresé a la casa. Desde entonces, la marea, que usualmente retrocede durante el alba, permanece agitada. A veces creo sentir vibraciones bajo el suelo, como si algo expectante se desplazara reptando entre los cimientos y la roca.
Kingsport, 21 de marzo de 1926
No puedo, Edmund, ya soportar esta tensión. He decidido abandonar la casa al rayar el alba. Las últimas noches, los susurros han dejado de provenir sólo del mar: ahora parecen manar de las propias piedras de la casa, de mis sueños, y hasta de mis propios pensamientos, como si una conciencia ajena se insinuara en los márgenes de mi razón.
Esta mañana, mientras preparaba lo poco que llevo conmigo, he encontrado una carta más, aún sin abrir, entre las ropas de Silas. No tiene fecha, pero va dirigida a “el heredero digno”, y contiene estas inquietantes palabras: “La sangre llama bajo la marea. El pacto fue sellado mucho antes de nuestro nacimiento. Cuando la luna nueva coincida con la marea baja, el ojo abrirá la puerta. No resistirás el canto.”
Al leerlo, sentí un dolor penetrante en las sienes y un zumbido persistente en los tímpanos. Si alguna vez regreso a Providence, será únicamente para cerrar este capítulo de locura para siempre. No puedo sino advertirte: si no recibes noticias mías en los próximos días, no permitas que nadie de tu sangre ni la mía ponga pie en Kingsport. Quema estas cartas y olvida mi nombre.
Que los dioses, si los hay aún, protejan a quienes nada saben ni desean saber acerca de las profundidades insondables.
Siempre tu amigo,
Jonathan P. Rowles
***
Boston, 10 de abril de 1926
Mi estimado Dr. Wheatcroft,
Remito esta carta con honda inquietud y la esperanza de que su investigación pueda arrojar luz sobre el caso de Jonathan P. Rowles. Hace ya semanas que no sabemos nada de él en la sociedad, salvo por un fajo de cartas enviadas a un tal Edmund y recuperadas fortuitamente por un grajero de Kingsport, quien halló su maleta a orillas del mar, muy lejos de la casa del acantilado.
Entre las cartas, destaca una sin remite, escrita con trazo trémulo y tinta aguada: “El ojo se ha abierto, el umbral está tras la marea. Ia! Ia! Dagón!” No necesitamos su experiencia para reconocer el eco de la locura, aunque lo que más estremece son las huellas de pisadas palmeadas —ni de hombre ni de animal—, borrosas, dirigiéndose hacia el oleaje bajo la luna negra.
Ruego me comunique cualquier hallazgo. Hay rumores en Kingsport sobre la aparición de niños de ojos saltones entre la niebla y extrañas figuras que acechan las noches sin luna. El legado de los Cartwright, me temo, está lejos de haber concluido.
Espero su pronta respuesta.
Sinceramente,
Henry Albright
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