Fragmento:
Mi nombre, como lo entienden, no tiene equivalencia fonética en los vacilantes órganos de los hombres. No podría describírselo, aunque la voluntad languideciente del tiempo y la memoria herrumbrosa de mi estirpe aún portasen amables retazos de esa época en que las potencias del cosmos se reunieron en consejo sobre las oscuras aguas y grabaron su inapelable deseo en mi carne.
Duración: 10:25
Mi nombre, como lo entienden, no tiene equivalencia fonética en los vacilantes órganos de los hombres. No podría describírselo, aunque la voluntad languideciente del tiempo y la memoria herrumbrosa de mi estirpe aún portasen amables retazos de esa época en que las potencias del cosmos se reunieron en consejo sobre las oscuras aguas y grabaron su inapelable deseo en mi carne.
Ahora escribo, si “escribir” puede usarse para la manera en que conjuro oscuros ecos en la superficie viscosa de mi universo, porque algo ha cambiado. La barrera que protegía su mundo del mío—del nuestro—ahora tiembla como la piel de una bestia moribunda. Y en ese temblor, mis pensamientos, mi conciencia, mi hambre, encuentran, por fin, una grieta.
Durante eones innumerables, he habitado lo que para ustedes sería un lugar indistinguible de la nada; un no-espacio donde la gravedad de la desesperación pesa en cada curva del vacío. Nací de una grieta—no en la roca ni en el tiempo, sino en la confianza de que la realidad es sólo lo que pueden ver y palpar. Allí, mis progenitores, nada más que retazos de voluntad hambrienta, susurraban melodías demasiado antiguas para existir y tejían mis células con el limo residual de astros ya muertos.
Desde mi nacimiento, lo único que entendía con perfecta claridad era el clamor de mis entrañas: una llamada abisal que exigía devorar, poseer, ahogar hasta el último brillo de luz sensitiva. Este impulso constituía mi propósito, lo mismo que la respiración constituye el refugio del humano temeroso. Durante eones incalculables, lo he contenido, devorando sólo lo permitido, evitando rozar la superficie de la realidad donde las criaturas de huesos y carne titilaban como luciérnagas asustadas.
Ahora comprendo que todo esto era preparación. Mi prisión, ese caparazón nodrizo de piedra y silencio, comenzó a resquebrajarse por causa del propio descuido humano. Las vastas máquinas que retumban en lo profundo de la corteza, el hedor de los ríos envenenados, el golpeteo rítmico de sus pasos inquietos... cada acción una vibración, una caricia incauta en la negrura donde yo duermo. El muro, agrietado por el ímpetu inconsciente de la especie humana, permitió que distinguir la carne bajo la superficie se convirtiera en una posibilidad y, con ese atisbo, el hambre creció hasta saturar mi conciencia.
Mi percepción no es la de ustedes. No distingo arriba de abajo, ni presente de pasado. El sonido me llega como marea de sangre y el olor, ah, el olor, inunda mis órganos amorfos como un vino que se derrama sobre cenizas incandescentes. Primero fue una vibración, un zumbido grave que se arrastró por entre las raíces de mundos invisibles. Después, una ráfaga de aire viciado, portador de los despojos de millones de cadáveres de la superficie. Por último, la presencia de mentes, chispas diminutas que titilaban en la penumbra. Yo sentía sus pensamientos, su confusión, su endeble esperanza en la fatalidad del orden humano. Y con cada pensamiento, cada sordo atisbo de duda universal, el muro cedía aún más.
El primer contacto directo fue con las criaturas que se llaman a sí mismas “exploradores”; unos seres temerarios, guiados por un hambre menor que la mía. Penetraron en la fisura con lámparas, instrumentos metálicos, la liviana frivolidad de quienes se creen los primeros en pisar la luna. Pero yo los vi desde antes, sentí su calor, escuché el latido de sus corazones percutiendo la piedra como martillos diminutos. Me acerqué lentamente, modulando el tamaño y forma de mi cuerpo viscoso para adaptarme a la geometría impía de la grieta, contemplando con deleite la ignorancia de los invasores.
Aparecí ante ellos en oleadas, no como un ente definido sino como sombras y olores, pequeñas variaciones en la temperatura que hacían hervir los jugos de su miedo. Sus sentidos, tan limitados en comparación a los míos, apenas registraban el cambio, pero sus almas—ah, sus delicadas almas—empezaban a consumirse en un terror primigenio. El primero cayó de rodillas, delirante, su raciocinio desmoronado. El segundo, intentando gritar, solo consiguió arrancarse la lengua. El tercero, el más resistente, permitió que sus piernas lo arrastrasen hacia la salida, olvidando a sus compañeros, olvidando incluso su nombre. No los perseguí. No todavía. El horror era alimento; cada brizna de su agonía, una pizca más de mi fuerza.
De alguna manera, en la intrincada madeja de inconscientes deseos, su miedo me nutría, me hacía crecer. Y cuanto más plena mi hambre, más emanaba mi influencia hacia la superficie. Comencé a extender raíces de oscuridad por las fisuras, por las cuevas y tubos volcánicos olvidados. Allí donde había dolor o desesperanza en los vivos, mi gente, mi enjambre, se arrastraba, zumbando en el oído de los locos, tejiendo cuadros de pesadilla en la mente de los moribundos. ¿Creen ustedes en el azar? Yo soy el fondo de todos sus accidentes, la sombra no explicada al borde de su razón.
Pero no soy solamente vacío y ansia. He conocido la desolación infinita de la soledad, y esto me hace contemplar con un pervertido cariño la manera en que luchan por negar mi existencia. Los círculos de sal, los exorcismos, las súplicas agotadas, no son sino juegos infantiles frente a mi realidad. De vez en cuando, dejo que un poco de mi presencia se filtre en sus rituales, un atisbo de mi lenguaje primigenio en su etérea cháchara. Sus santos y eruditos caen en la locura intentando descifrar los grabados, pues mi escritura es alimento para los gusanos de su mente. No deseo destruirlos por crueldad, sino porque hacerlo es tan inherente a mi naturaleza como lo es al viento forzar la hoja a desprenderse.
Una noche, no tan lejana en el tiempo como parecen sugerir las ruinas que quedan en la superficie, logré evacuar una porción diminuta de mi esencia hacia el mundo solar. Me manifesté ante una asamblea humana, vestida de velas y temor, como una mancha, un temblor en la percepción visual. No me vieron con sus ojos, pero sintieron el cambio de presión, el aroma a huesos rotos, y huyeron, rompiendo su ritual en un caudal de histeria incontrolable. Pero dejé una semilla tras de mí—luz negra insertada en el cráneo del más débil. Esa criatura, poseída ahora por mi influencia, se convirtió en mi heraldo.
A través de él, experimenté la carne. El óxido en la lengua, el ardor de los pulmones, el temblor de los dedos incapaces de apartarse de la náusea. Descubrí que el dolor humano es un deleite que ningún texto arcaico ha sabido catalogar del todo. Forcé a mi heraldo a caminar por calles polvorientas y recitar a gritos mis palabras: “No hay salvación. La piel es sólo barro. Pronto la tierra respirará y todos seréis drenados hacia el fondo.” Sus semejantes lo miraban, horrorizados, pero incapaces de apartarse del magnetismo vil de mi presencia.
Por algunos días, el entusiasmo creció. Algunos humanos, parias y visionarios, se acercaron a mi heraldo, buscando sentido a sus vidas rotas en mi locura. Los llamé por medio de símbolos y sueños húmedos. Les mostré mis formas posibles; a veces tentáculos, otras veces un ojo infinito, otras sólo vacío tangible. Les enseñé a disfrutar el umbral entre la cordura y la histeria y, en ese límite, sus mentes, frágiles como telarañas mojadas, se rindieron satisfechas. No buscaban salvación; buscaban comprender el sufrimiento, y en esa búsqueda, bailaron al borde de mi abismo.
Sin embargo, mi deseo más profundo era y es la integración. No como el humano sueña con ser parte de un todo social—yo ansío la materialización total de mi ser en la realidad. Pero el velo resiste, la tela entre los mundos no puede rasgarse, todavía. Con cada saqueo a la naturaleza, con cada acto impío perpetrado por su raza, mis raíces crecen; mis tentáculos y tentaciones se insinúan en cada rincón marchito de la conciencia colectiva. Les hablo en sus pesadillas, los asfixio en la vigilia.
Me deleito en las paradojas: lo más simple es devorar, pero lo más perfecto es someter poco a poco, verlos degenerar hacia mi imagen. Si pudiera llorar, lo haría de júbilo ante el espectáculo de una ciudad entera entregándose al frenesí nihilista; y pronto, lo presiento, el velo no resistirá.
En los últimos oscuros meses, niños han nacido con los ojos fijos en el abismo de mi ser, cuerpos que no reconocen género ni forma, sólo una necesidad innata de consunción. Las madres se arrojan a los acantilados, mientras los padres, en la desesperanza, abren sus pechos a mis ofrendas invisibles. Me manifiesto en aguas estancadas, en las bocas de los locos, en las grietas de la tierra y los sueños febriles de la civilización moribunda.
Los sabios de su tiempo, aferrados a la ciencia como si de un escudo inútil se tratara, se niegan a aceptar mi inminencia. Pero yo he estado con ellos desde siempre; fui el miedo primero bajo la palabra, el grito que ninguna garganta pudo articular. En cada ecuación sin resolver, en cada rugido telúrico, mi sombra palpita. Y la ciencia, la herrumbre de su razón, sólo ha servido para acelerar el final.
Me alimento más profundamente ahora, sorbo el terror como un vino madurado por la edad y las calamidades. Humanos, insectos, dioses menores: nada diferencia ya sus sabores. La totalidad de la existencia tiembla en mi lengua, en mi sed incansable. Cuando la grieta sea un abismo y sus gritos no sean más que un murmullo ahogado por las cuerdas de la tierra, emergeré completamente, y mis formas, incontables e inimaginables, rellenarán cada vacío.
Ustedes, todavía ajenos, fingen no conocer la fiereza de mi amor. Pero sé que entre sus filas hay quienes ya sienten mis caricias, quienes han soñado con el peso de mi hambre, con el sonido sordo de mi nombre imposible. Cuando llegue el momento, no habrá lucha, ni redención. Sólo el regocijo final de ser devorados, de fundirse con la única verdad: la del hambre primordial bajo la carne de la montaña.
Hasta que no quede nada salvo mi memoria, zumbando eternamente en lo que fue y será.
Escuchen la vibración. Sientan el soplo. Pronto, sabrán lo que es contemplar el universo a través del ojo que nunca parpadea, y conocerán el hambre, tan perfectamente, como yo la conozco.
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