Fragmento:
La primera noche que me entregué a la lectura, el clima era insólitamente cálido y denso, cargado de electricidad. Las lámparas chisporroteaban con insolencia y las hojas de los árboles se agitaban como bestias inquietas. Relataba el profesor Relford –con detalles obsesivos y casi repulsivos– las circunstancias de su encuentro con una secta en las ruinas cercanas a Dunwich. Entre las líneas plagadas de tachaduras y borrones, emergía la certeza de que había sido testigo de un ritual hecho menos para invocar que para albergar, como si las frágiles barreras entre realidades hubieran cedido bajo la presión de fuerzas innombradas.
Duración: 10:51
Desde que tengo memoria, la noche siempre me ha entregado susurros distintos a los del día: sonidos de fauces invisibles deslizándose por entre las tablas ruinosas del viejo caserón familiar, vaho rancio en los armarios cerrados, sombras que repelían la débil caricia de la luz. Crecí en las faldas de Arkham, donde los rumores y las habladurías prosperan con fertilidad malsana. Allí las leyendas son tan espesas como la niebla de los pantanos, y cada vecino parece custodiar al menos un secreto demasiado turbio como para ser compartido ni siquiera en la embriaguez del anochecer. Pero nada pudo prepararme para lo que ocurrió la noche en que, por vez primera, los Mitos vaguísimos e indirectos de los viejos cuentos entraron en colisión brutal con la realidad insoportable.
Vivía yo entonces sumido en la sórdida rutina universitaria, entregado a arcaicas labores bibliotecarias entre los lomos enmohecidos de la Universidad de Miskatonic, explorando manuscritos de ningún valor científico y, en ocasiones, encontrando pequeños tesoros de esoterismo fraudulento. La facultad estaba infestada de piadosos mentirosos, charlatanes y crédulos, y yo me contaba entre estos últimos, aunque me protegiera tras un barniz de escepticismo sarcástico. Sin embargo, cierta entrega reciente cambió el orden corriente de mis lecturas: un cajón olvidado en una casa demolida de Kingsport, enviado a pedido de los albaceas del difunto profesor Relford, mi mentor admirado y temido.
El contenido era una mezcolanza de cartas, diarios y objetos que inducían al asco: estatuillas talladas en una piedra verdusca pulida, hojas rotas de gramática arcaica con símbolos abominables, y un grueso legajo de papeles manchados, atados con cuerda y cubiertos de una caligrafía contrahecha por los temblores de una mente presa de la demencia. Al observar de cerca el manuscrito, supe que algo malsano brotaba de aquellas palabras torpes e inconexas, como si cada letra fuese un canal del que rezumaba lo innombrado. Y, sin embargo, la fascinación pudo más.
La primera noche que me entregué a la lectura, el clima era insólitamente cálido y denso, cargado de electricidad. Las lámparas chisporroteaban con insolencia y las hojas de los árboles se agitaban como bestias inquietas. Relataba el profesor Relford –con detalles obsesivos y casi repulsivos– las circunstancias de su encuentro con una secta en las ruinas cercanas a Dunwich. Entre las líneas plagadas de tachaduras y borrones, emergía la certeza de que había sido testigo de un ritual hecho menos para invocar que para albergar, como si las frágiles barreras entre realidades hubieran cedido bajo la presión de fuerzas innombradas.
Mis ojos se resistían a continuar, y, sin embargo, el impulso era irresistible: páginas y más páginas llenas de símbolos parecidos a pesadillas de ángulos imposibles, frases que alternaban bruscamente entre inglés, latín y una lengua que no he visto reproducida jamás salvo allí, entre las manchas informes, como si la tinta se rebelara contra su forma natural. Entre sueño y vigilia, sentí que los susurros de la noche –tantas veces atribuidos a la madera y el viento– adquirían ahora un dejo inteligible: melodías macabras, letanías anti-humanas, promesas de saber y de crueldad.
Fueron noches de insomnio torturado. Vagaba por la casa, atizando la chimenea, intentando acallar la convulsión fría de mis entrañas. Las cosas en el manuscrito comenzaban a reflejarse en mi entorno: pequeñas figuras oscuras cruzaban mis sueños, y en las rendijas de la casa creía percibir sombras no originadas por luz alguna conocida. No fue sino hasta el séptimo día de lectura que la acción del manuscrito trocó de la mera exposición demencial al mandato directo.
“Si deseas comprender, acude a la terraza abandonada, cuando la luna se esconda del todo.” Las palabras, inscritas como una súplica y al mismo tiempo una orden, se habían impreso en la última página; su trazo era tan antiguo y difuso que parecía rescatado de una conciencia ajena a la humana. Cumplí el mandato movido por una mezcla inexplicable de repulsión, magnetismo y una fatalidad desconcertante enemiga de mi voluntad.
De noche, la terraza que da al río en la vieja casa era un lugar letalmente distinto a su versión diurna: la humedad hinchaba las piedras y el lodo, y en el aire se respiraba una acidez eléctrica como si el firmamento mismo sangrase rayos invisibles. Sentí entonces –y aún ahora no logro describirlo de forma racional– una presencia que no podía ser confundida con animal, hombre o elemental natural alguno. Algo acechaba desde los vértices de la realidad, y experimenté la atroz certeza de que la geometría del lugar era una mentira: los ángulos temblaban y parecían ceder a fuerzas superiores, dispuestos a abrirse como labios de una herida titánica.
La tensión aumentó hasta que una niebla pestilente surgió de debajo de las piedras, como vapor expulsado desde otra dimensión. El aire se tornó casi sólido, y entonces, entre el vaho y la miríada de destellos ajenos a todo espectro visible, creí ver una silueta informe: un conglomerado de tentáculos, bocas y ojos que se abrían y cerraban como heridas purulentas, girando en torno a un vórtice más negro que la noche. La entidad –no puedo nombrarla sin que mi pluma titile de asco y terror– parecía contemplarme, evaluarme, como quien observa a un insecto antes de decidir su destino.
No sé si grité, o si el grito explotó sólo dentro de mi mente, pues ningún sonido pareció cruzar los límites del círculo en que me encontraba. Era como si las reglas del tiempo y de la carne se hubieran suspendido por completo, y mi ser oscilara sin control en una oscilación fundamental entre el horror y la fascinación. Desde las planchas podridas de la terraza, una raíz negra, imposible, surgió y se enrolló bordeando mis tobillos, fusionándose de manera antinatural con el suelo y conmigo, comunicando no palabras, sino impulsos primigenios, ecos de una prehistoria que no pertenece al mundo.
Durante el instante –o la eternidad, porque el tiempo desaparece en esos lugares de contacto– en que aquello se me impuso, fui asaltado por visiones: ciudades ciclópeas no nombradas por hombre alguno, mares oscuros bajo cielos lilas donde titilan estrellas ausentes en nuestros mapas, dioses y criaturas cuyo odio y apetito por el alma humana es sólo comparable a su indiferencia absoluta. El miedo, en ese momento, no era simple temor: era una condena, una certeza de que ninguna seguridad es posible en el universo, y que el saber humano es apenas una costra superficial sobre la inconcebible podredumbre subyacente.
No recuerdo cómo escapé: la niebla se disipó, la raíz se replegó y la realidad se reanudó con una brusquedad que casi me desploma. Al amanecer, la terraza no mostraba huellas visibles del suceso, salvo por una sensación de aire enrarecido y una mancha viscosa que se negaba a secar. Intenté negar lo sucedido, atribuyéndolo a una pesadilla o a la intoxicación de alguna emanación fúngica de la casa. Pero el manuscrito seguía allí, y al hojearlo encontré la última página arrancada, sustituida por un trozo de pergamino en el que surgía ahora una figura: un esquema tentacular, una composición de ángulos y círculos imposible de describir, aunque mi cerebro lo reconocía de inmediato como la firma de lo indecible.
La posterior semana transcurrió en un estado de vigilia forzada: olvidé dormir, comer y hablar. Los compañeros de la biblioteca me observaron con horror mal disimulado; mi aspecto se degradó, mi carne se volvió grisácea y los contornos de los objetos parecían desintegrarse ante mis ojos. Sentía la realidad a punto de resquebrajarse en cualquier momento, como si la delgada película de normalidad estuviera tan tensa que el más leve suspiro la haría estallar, precipitando el regreso de aquello que no es para los ojos ni las mentes del hombre.
Me aislé, destruyendo todas las cartas y objetos relacionables con la noche de la terraza. Pero los sueños persistieron: sueños de abismos colosales, de criaturas derramándose una sobre otra en convulsiones interminables, de urbes que flotan suspendidas sobre océanos de asfalto negro. Oía voces en dialectos imposibles, relinchos de bestias no nacidas aún en este mundo, y sentía –horrenda revelación– que mis propias manos dormidas reproducían el esquema infernal mientras yo deliraba en la cama.
Fui a consultar al doctor Armitage, hombre experto en aberraciones relacionadas con lo oculto y director de los archivos de rarezas de la Universidad. Al mirarme a los ojos, su ceño se frunció con miedo genuino; rebuscó en su archivo y extrajo un tomo encuadernado con cuero de cabra negra, famoso entre los iniciados por su origen en los círculos más radicales de la tradición salemita. “Lo que ha visto,” murmuró, sin mirarme a la cara, “no es para ningún mortal. El primer contacto marca, y no se borra… quizás usted ha sido señalado para un propósito que nos trasciende, y que sólo en las peores pesadillas podemos intentar imaginar. Abandone estas pesquisas, destruya su manuscrito y olvide este pasaje si ama su cordura. Hay abismos del alma y del cosmos que no toleran la mirada humana sin exigir un pago, y ese pago suele ser la mente… o la vida.”
Pero era demasiado tarde. Cada noche, la visión de la entidad –de su firma en el pergamino, de su asedio a mis pensamientos– se intensificaba. Huí de Arkham; viajé a las montañas; me sumergí en nuevas lecturas, intentando hallar sentido o explicación. Pero nada lograba borrar la sensación de haber sido marcado. En cada esquina percibía destellos de lo irreconocible: rostros deformes, cabeceras de estatuas cuyos ojos seguían mis pasos, columnas de niebla que se elevaban de las hendiduras del suelo en la luna nueva.
A veces, ya de madrugada, oía rasguños en mi puerta, golpes cortos y secos que se replicaban en series idénticas a las líneas malditas del manuscrito. Y fue entonces que comprendí la dimensión real de mi desgracia: no había sido observador del horror, sino instrumento casual de un contacto, una grieta abierta a través de mí hacia este mundo.
Anoche, al escribir estas últimas palabras, noté que el suelo de la vieja casa se ha reblandecido, y que de las juntas entre las piedras asoma de nuevo el vaho maligno de aquella noche. Mis sueños me muestran ahora a otros, en otras ciudades y en otros tiempos, que fueron tocados y desechados por la misma entidad, y que a través del dolor que deja su contacto se va formando un mosaico de locura, un tapiz universal tejido de sufrimiento y conocimiento prohibido. Sé que no podré resistir mucho más.
Así pues, abandono este testimonio a quien lo encuentre, como advertencia inútil o como invitación a la perdición. Huid de los susurros, de las seducciones de conocimiento y poder; cerrad vuestros ojos a la tentación de abrir puertas que no han de ser abiertas. Porque en el umbral, siempre espera lo otro, hambriento y burlón, dispuesto a utilizaros tan sólo como un trazo más en la firma atroz de lo Innominado... Y una vez que se ha visto, una vez que se ha sentido el roce frío de lo que acecha más allá del velo, ni la salud, ni la razón, ni la vida vuelven jamás a ser las mismas.
Fin.
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