Fragmento:
Algernon, convencido aún de que perseguía una quimera psicológica, pasó los primeros días recorriendo las calles, anotando detalles de su arquitectura imposible, donde los ángulos desobedecían las leyes geométricas conocidas, y las puertas parecían llevar a ámbitos más hondos que la simple disposición del lugar podría permitir. Las noches las ocupaba escrutando desde la ventana la línea del mar, que parecía avanzar y retirarse a voluntad de alguna fuerza inconmensurable.
Duración: 09:55
Nada hay más caduco ni más incierto que la frontera entre el sueño y la vigilia, y ningún mortal podría jactarse de atravesarla ileso sin que la sustancia misma de su espíritu se viera erosionada. Tal fue el funesto destino de Algernon Prout, hombre de biblioteca y eternamente insomne, quien sin buscarlo terminó deslizándose hacia una costa envuelta en secretos, arrastrado por corrientes invisibles a lo largo de noches tan opacas como el corazón de los abismos.
Algernon, poseedor de un ánimo melancólico, había dedicado sus días a traducir crónicas antiguas y copiosas —pergaminos quebradizos y volúmenes con inscripciones en lenguas fragmentarias— cuyo estudio alimentaba su creciente desapego de la realidad. Las noches, sin embargo, no le ofrecían consuelo; eran interminables capítulos de inquietud a los que se resignaba fumando en su polvorienta habitación, la luz mortecina de una lámpara de gas arrojando figuras fluctuantes sobre las paredes, como si aguardasen en paciente acecho.
Fue en una de esas vigilias cuando comenzó a soñar, aunque juraría no haberse dormido jamás. Todo comenzó con una melodía, una suerte de eco adormecido que parecía reptar bajo la densa capa de sus pensamientos, despertando recuerdos de lugares que nunca había visitado. Era un canto acuoso y rítmico, como si las olas mismas entonasen un réquiem bajo la luna. Y con la canción vino la visión: un puerto abismal cubierto de bruma, donde las linternas flotaban en la niebla como luciérnagas condenadas.
Prout se convenció, durante un tiempo, de que no era más que el producto de su mente exhausta. Pero la melodía persistía, colándose cada noche con mayor claridad, evocando imágenes de rocas esculpidas por siglos de viento y olas, de calles serpenteantes y húmedas donde no reinaba otra cosa que un miedo preñado de esperanza marchita. Finalmente, la visión se volvió tan nítida y poderosa que no pudo escapar al impulso de buscar su sórdido origen fuera de la mente.
Tras semanas sumido en esa obsesión, halló en un volumen perdido de la biblioteca Pickman una referencia difusa: la “Bruma Silente de Kysnor”, una localidad no registrada en los atlas convencionales, mencionada apenas en los peores diarios de marineros portadores de infaustas nuevas. Dispuesto a disipar la bruma de su mente, Prout embarcó hacia la costa oriental, siguiendo los relatos de pescadores que habrían preferido guardar silencio, pero que —seducidos por la promesa de unas monedas— susurraron acerca de una ensenada maldita, a escasos kilómetros de la civilizada Arkham.
La llegada a Kysnor ocurrió bajo un cielo perpetuamente gris, donde la tierra se confundía casi con el mar y la brisa era tan espesa como para hacerle difícil respirar. El pueblo, si tal denominación le cabía, parecía un refugio para espectros olvidados: casas inclinadas cuyas ventanas eran ojos tapiados, y antorchas que parpadeaban, desafiando la humedad. Ningún rostro resultaba amable. Los habitantes evitaban mirarse, y sus pies mojados oscilaban en una sinfonía de sombras.
El posadero, viejo y absurdamente encorvado, sólo musitó: “No salgas tras la marea alta”, y sus palabras, más que advertencia, parecían un ritual de bienvenida.
Algernon, convencido aún de que perseguía una quimera psicológica, pasó los primeros días recorriendo las calles, anotando detalles de su arquitectura imposible, donde los ángulos desobedecían las leyes geométricas conocidas, y las puertas parecían llevar a ámbitos más hondos que la simple disposición del lugar podría permitir. Las noches las ocupaba escrutando desde la ventana la línea del mar, que parecía avanzar y retirarse a voluntad de alguna fuerza inconmensurable.
No tardó en notar que la melodía volvía a él con mayor crudeza. Pero ya no era sólo un eco; se entrelazaba con otro sonido: un murmullo polifónico que brotaba desde las cavernas bajo los acantilados. El tercer día, un grupo de niños de apariencia enfermiza lo siguió hasta el puerto, entonando una versión distorsionada de la canción marinera que llenaba sus sueños. Prout sintió que aquella tonada le era incomprensiblemente familiar, como si gritara desde el limo de su propia memoria.
Extraviado en su obsesión, Algernon comenzó a perder la noción de la vigilia. En largas caminatas nocturnas, descubrió una grieta en los riscos al sur del pueblo, velada siempre en niebla densa. Tomó la decisión de adentrarse allí, guiado por la convicción febril de que esta caverna era el origen de las voces, de los ecos, y, quizás, de los horrores que pavimentaban sus noches sin sueño.
Descendiendo entre rocas resbaladizas, encontró un túnel angosto, ricamente decorado con bajorrelieves grotescos. Las figuras —mitad hombre, mitad criatura de los abismos— danzaban en filas que recordaban extrañas procesiones bajo un mar estancado. A medida que avanzaba, los muros parecían palpitar; los ojos esculpidos no eran de piedra, sino orificios, y tras ellos sentía el rumor de una respiración viscosa.
El aire era denso y salitroso, impregnado por un hedor a algas podridas y sueños marchitos. El suelo, cubierto de limo, absorbía el sonido de sus pasos, y sólo la música permanecía: primero tenuemente, luego abrumadora, una sinfonía alienígena lanzada desde el núcleo de la Tierra. Incapaz de contener su obsesión, Prout alcanzó una cámara circular cuyas proporciones desafiaban toda lógica. El techo era tan bajo que debía avanzar encorvado, y en el centro se elevaba una especie de altar comido por la humedad, en el cual ardía una llama nívea que parecía estar sumergida bajo agua.
A su alrededor, figuras encapuchadas cantaban palabras que ningún hombre cuerdo debiera repetir, y Prout sintió que cada sílaba anidaba en la raíz de su cráneo, alimentando una idea prohibida: la realidad era solo una costra flotando sobre abismos insondables, y Kysnor no era sino una grieta por donde se filtra la esencia de esas otras realidades.
El espanto lo invadió al comprender que los rostros de los acólitos se transformaban bajo la luz: sus ojos eran dobles, pupilas hendidas y tortuosas, y sus bocas se abrían hasta rozar las orejas, mientras de sus cuerpos emanaba un brillo escamado, un fulgor verdoso como de pez abisal. Alguien —o algo— lo tomó por los hombros y lo arrastró hasta el altar, mientras la canción se volvía más intensa, envolviéndolo en un torbellino de imágenes que parecían recuerdos y profecías entrelazadas.
Vio ciudades sumergidas, templos donde criaturas atávicas se reunían para adorar a deidades informes, y multitudes danzando bajo el mar. Cada imagen era un arañazo a la débil tela de su cordura. El rostro de su madre flotó frente a él un instante, pero tras sus ojos latía una visión escamosa, y comprendió que el parentesco humano era una ilusión, que toda su vida había sido un preparativo para este momento de revelación.
La ceremonia alcanzó su clímax cuando los sacerdotes rompieron a hablar al unísono en una lengua líquida y reptante. Prout sintió que los muros de la cámara temblaban; de los orificios en la roca comenzaron a surgir criaturas resbaladizas, semejantes a niños deformes y adultos mutilados, todos con la piel aceitada y los ojos refulgentes de terror y éxtasis. Ellos tendían las manos hacia él, que era conducido alrededor del fuego bajo las aguas.
“Solo nosotros recordamos,” proclamó una voz que era todas y ninguna, “Solo nosotros soñamos a la orilla de la realidad, y tú has venido a comprender lo que jamás debiste buscar.”
En una fracción de segundo, el mundo giró de forma convulsa, y Prout se vio de pie en medio del puerto, el alba insinuándose entre la niebla. Ningún signo de la caverna, los acólitos o la llama; solo él, empapado, respirando con dificultad. El corazón le retumbaba con la fuerza de un monstruo atrapado en su pecho.
Intentó huir del pueblo, pero una fuerza indecible lo mantuvo vagando días y noches entre las mismas calles, incapaz de distinguir el sueño de la vigilia. Dondequiera que fuera, la melodía desgarraba su pensamiento; las caras pálidas de los habitantes se le antojaban abiertamente monstruosas, y ninguna puerta cedía a su deseo de partir. Fue entonces cuando comprendió que el propio suelo de Kysnor era una trampa, una membrana por la que los sueños más atávicos de la especie se infiltraban a la realidad, horadando sus certezas hasta dejarlo desnudo y jironado ante la noche absoluta.
Solo, en la hostería semidesierta, escribió los últimos apuntes en su cuaderno, mientras la lámpara silbaba por la presión del gas, proyectando horrendas formas en la pared. No sabía si las palabras que escribía pertenecían a su mano o eran dictadas desde alguna fosa submarina, mas siguió hasta que la fatiga lo hizo sumirse en un sopor húmedo.
El despertar no llegó jamás; o, si lo hizo, fue a un mundo donde los límites de la realidad y el sueño ya no existían. Los pocos forasteros que pasaron por Kysnor después de aquel verano encontraron la habitación vacía, la cama intacta y un cuaderno en cuya última página, escrita con tinta casi borrada, podía leerse: “En la frontera de la vigilia anida lo imposible, y basta abrir la herida para que la bruma de los antiguos nos devore. Quienes sueñan demasiado en tierras olvidadas no regresan. Yo he soñado, y la canción continúa…”
Nada más se supo de Algernon Prout. Pero hay quienes afirman, en las noches sin luna, haberlo visto deambular por los muelles desteñidos de Kysnor, la mirada perdida en una melodía solo oída por aquellos con el alma empapada de terror y abismo. Los niños del pueblo, entre risas extrañamente apagadas, aún tararean una canción ancestral cuando la niebla baja, y cuentan que quien la escucha demasiado tiempo jamás encuentra el camino de regreso, pues la vigilia y el sueño se entrelazan, y Kysnor aguarda, paciente, en la frontera de lo real y la locura.
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