Portada del relato La Escama sobre la Bruma
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Fragmento:


No deseo, estimado lector, ganar atención alguna revelando la localización exacta de la tragedia, ni exponer los nombres, aún menos las motivaciones, de las almas que allí se arriesgaron. Que baste con decir que aquel destartalado arrastrero zarpó desde un puerto menor de la costa de Nueva Inglaterra, una villa olvidada, de la que fluyen insidiosos rumores entre los marineros, y que pocos forasteros pisan después de la puesta del sol.

Duración: 08:52

La Escama sobre la Bruma
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Texto de ajuste de pausa.

A diferencia de los sueños que suelen visitarme, a menudo plagados de visiones tan asombrosas y terribles que dudo de su realidad incluso tras horas de vigilia, mi recuerdo de aquel viaje marítimo a principios de 1926 no pertenece al reino de la fantasía ni a la mórbida especulación. Se trata, me atrevo a afirmar con pesar, de un acontecimiento perfectamente real. Y, sin embargo, hasta este día, mientras las gotas de tormenta golpean los cristales de mi estudio de Providence y el olor salino parece impregnar el aire años después de aquel suceso, me resulta imposible transmitir la totalidad del horror que experimenté en aquellas aguas.

No deseo, estimado lector, ganar atención alguna revelando la localización exacta de la tragedia, ni exponer los nombres, aún menos las motivaciones, de las almas que allí se arriesgaron. Que baste con decir que aquel destartalado arrastrero zarpó desde un puerto menor de la costa de Nueva Inglaterra, una villa olvidada, de la que fluyen insidiosos rumores entre los marineros, y que pocos forasteros pisan después de la puesta del sol.

Era yo entonces un hombre de ciencia, aunque no incapaz de sensibilidad artística, y me hallaba investigando antiguas leyendas que el folclore marinero—tan arraigado en la tradición de nuestros pueblos bostezantes y mustios—se obstina en mantener vivos. Cuentos de luces verdes que bailan sobre la superficie, islas que emergen y desaparecen, y voces lirondas que se elevan, en noches quietas, desde las aguas. Leyendas todas que atribuiría a la superstición o el desvarío de culturas pre-ilustradas, de no ser por testigos sobrios y preparados que aún juran sobre ellas. Así, armado tan solo con mi grabadora, mi diario, y una determinación que me resulta ahora incomprensible, me sumé a la tripulación de diez hombres, ignorando el sardónico brillo en los ojos del patrón, el hosco Noah Wainwright.

Durante los tres primeros días, la rutina fue opresivamente monótona. Las jornadas transcurrían en la bruma, con el rugido constante de las olas ocultando lo poco que los marineros decían. Yo anotaba en mi cuaderno, observando cada detalle con la inhibida curiosidad del erudito: los dedos siempre húmedos de los hombres, el modo en que nunca miraban directamente hacia el oeste, y ese constante rezo susurrado cada amanecer y cada crepúsculo. Ninguno me dirigía la palabra si no era absolutamente necesario. Por la noche, desde la litera del camarote comunal—apenas más que una celda húmeda—, escuchaba un tintineo incesante procedente del casco, como si manos diminutas recorrieran el viejo hierro en busca de alguna entrada.

No fue sino hasta la cuarta noche, cuando la niebla se tornó tan espesa que la linterna de proa no iluminaba más allá de un par de metros, que el aire cambió. Era un olor penetrante, a podrido y salino, que invadió el puente. Los hombres se miraron entre sí, murmurando frases ininteligibles en un dialecto local, y yo, intrépido o poseído por mi propio terror latente, bajé la escalera tras Wainwright hasta la sentina. Allí, bajo la tenue luz de una lámpara de aceite, el patrón sacó un extraño artilugio de un arcón encadenado.

Era éste un artefacto que desafiaba toda lógica: una esfera de cristal traslúcido, atravesada por vetas iridiscentes, con símbolos en relieve que solo después identifiqué como una forma arcaica de escritura prehumanas. Su sola presencia sembró en mí un terror apenas controlado, un pánico reptante que surgía no de su deformidad ni de su rareza, sino del agudo instinto de que ese objeto no debía existir en nuestro mundo.

Wainwright no dijo palabra; sencillamente, arrojó la esfera al mar. El chasquido líquido resonó por encima del rumor de las olas, y de inmediato la temperatura pareció descender varios grados. Un murmullo se alzó, creciendo hasta convertirse en una cacofonía: voces profundas, guturales, que no provenían del viento ni de los hombres. Emergía, estaba seguro, del propio fondo marino.

Me apresuré arriba, temblando, y vi que la niebla había cambiado: grandes jirones se abrían en remolinos luminosos, como si una aurora submarina emergiera desde el abismo. De pronto, el arrastrero pareció hundirse ligeramente, como si la masa del océano bajo nosotros se alterara sutilmente. Y entonces, un grito, estridente y agónico, cortó la noche.

Samuel, el muchacho de los aparejos, había desaparecido de cubierta, y a su lado quedaba tan solo una mancha oscura, como si el agua salada hubiera borrado toda huella excepto el horror. El caos estalló entre los marineros, algunos corriendo sin rumbo, otros rezando con furia. Sin voluntad alguna para intervenir, sólo atiné a observar, mis dedos aferrados a la madera astillada de la barandilla, mientras las formidables luces bajo el agua se intensificaban.

Fue entonces cuando lo vi.

No hay palabras humanas suficientes, ni en la más vasta antigüedad ni en la locura más rabiosa, que puedan describir adecuadamente el horror que asomó. El mar, de pronto, se quebró en una columna líquida y viscosa, y una forma emergió, sepulcral y antediluviana. Sus ojos eran orbes de azufre, su carne cubierta de escamas negras como la obsidiana y ribeteada de tentáculos translúcidos. A pesar de su tamaño descomunal, la criatura se deslizó con una gracia sobrenatural, con la inteligencia fiera y milenaria de un depredador hecho carne y sombra.

Las garras membranosas asieron la borda y, con una fuerza imposible, partieron la madera como si fuera cera. Un hálito pestilente, mezcla de limo antiguo y algas podridas, se esparció sobre nosotros. Uno a uno, los marineros fueron atrapados por apéndices prehensiles, elevados en un silencio absoluto antes de ser sumergidos bajo la superficie. Ni siquiera los lamentos del moribundo rompían el manto del terror absoluto.

Recuerdo mi caída —el golpe del agua helada en las venas— y el descenso, sin aire y sin fuerza para nadar. En mi desconcierto, vi a través de la bruma acres luces en la negrura. La criatura me arrastró hacia abajo, siempre abajo, mientras mi consciencia flaqueaba. El fondo oceánico se desplegó ante mí como una visión de pesadilla: ruinas ciclópeas, esculturas erosionadas por eones y, sobre ellas, seres que no eran hombres ni peces, sino una amalgama delirante de ambos, congregados en torno a altares de piedra.

En esa visión, entendí. Aquella esfera, ese objeto prohibido, no era sino una especie de llave o señal, un tributo a aquellos que moran bajo los mares, seres tan viejos y vastos como el propio tiempo. Fui testigo de su liturgia: no murmurada en lenguas humanas, sino susurrada en el flujo primigenio de las corrientes, sus formas arremolinándose en la penumbra, entre fragmentos de naufragios y huesos erosionados. Vi los ojos del abismo mirarme con desaprobación.

No puedo describir el modo en que escapé. Algunos afirman, en relatos antiguos, que ciertas fuerzas buscan preservar el conocimiento con el que han sido invocadas y que no todos los testigos son sacrificados. Solo sé que, en algún momento entre la furia marea y aquella visión de ultramundo, fui arrojado a una playa desconocida, mi cuerpo destrozado, mi mente quebrada.

Me hallaron pescadores a la mañana siguiente, delirando y cubierto de cicatrices, sin memoria clara de mi nombre ni propósito. Pasé semanas en un hospital rural, atendido por médicos escépticos y enfermeras temerosas de mis gemidos nocturnos. Cuando finalmente fui lo bastante fuerte para ponerme en pie, solo me quedaban fragmentos de recuerdos: el olor, la voz, las luces bajo el agua. Pero hallé, cosida en el forro de mi chaqueta, una escama negra y reluciente, más dura que el acero y fría al tacto.

No debí regresar a Providence. Ni escribir estos hechos. Pero ¿qué puedo hacer contra el peso del recuerdo, la certeza de aquello que acecha bajo la superficie? Incluso ahora, cuando las mareas rugen y la tormenta me condena al insomnio, siento la mirada de aquellas criaturas del abismo, que jamás olvidan a quienes contemplaron sus rituales. No soy el mismo hombre. No puedo soportar la visión del mar, ni el rumor de las olas, ni aún la más inocente fuente de agua.

Y todo ello por mi soberbia, por pensar que los mitos marineros no eran sino cuentos de ancianos. Me equivoco aún ahora al confiaros esto, pues ya siento, en el retumbar de las paredes, el llamado de aquel ser sin nombre. No tardaré en regresar al mar, lo presiento. Algún poder insondable me reclama, una deuda aún impaga.

Si leen estas líneas, háganlo entre la multitud y con la luz del sol. No se acerquen al agua cuando las brumas surjan. No recojan artefactos de las profundidades ni escuchen los susurros en la tempestad. Jamás invoquen aquello que duerme bajo las olas.

Porque hay horrores, ocultos en el abismo, para los que ninguna vigilia, ni cordura, servirá de defensa.

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