Portada del relato La niebla susurra en Kingsport
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Fragmento:


La explicación llegó en la noche cuarta, cuando la niebla era tan densa que parecía que el propio cielo hubiera caído y se extendiera en jirones sobre el pueblo.

Duración: 10:18

La niebla susurra en Kingsport
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Texto de ajuste de pausa.

Uno aprende, con los años y el lento desgaste del espíritu, a no confiar en la quietud overcast de Kingsport. Las colinas y los promontorios escarpados que custodian el pueblo como cuevas abiertas a la bruma parecen más angustiados los domingos, y uno puede convencerse de que cada tejado musgoso, cada persiana arruinada, cada tronco retorcido por el viento marino, forman parte de un misterio mayor, uno que se acrecienta, generación tras generación, en las venas marchitas de sus habitantes.

No era yo nativo del lugar, aunque mis abuelos, que vinieron del bizantino corazón de Nueva Inglaterra, me hablaron con susurros roncos al oído de las neblinas obstinadas y del rumor inquietante que el mar lleva a las habitaciones altas por las noches largas. Supe de oídas, antes de pisar las grises losas mal alineadas de sus calles, que Kingsport no era igual a Arkham, ni a Innsmouth, ni siquiera a Dunwich, sino que portaba sobre sí una losa invisible de fatalidad.

Pero a principios de aquel abril, cansado del polvo prístino de la gran ciudad y su perpetua inquietud, escapé hacia la costa. Mi tía, que ocupaba una casa encabalgada sobre las rocas, buscaba compañía y yo, sin saberlo, buscaba algo más: el ansia malsana de los que son atraídos, inexorablemente, por lo prohibido.

Llegué al alba, cuando el salitre y la niebla forman una amalgama tétrica y las chimeneas humean como sogas de un trozo de infierno. La casa era más vieja de lo que recordaba de las visitas infantiles, los viejos cristales curvos empañados de sal. Mi tía, la señorita Abigail Murray, era alta y enjuta ya entonces, y tenía la voz como papel gastado. Me recibió en la entrada flanqueada por columnas que parecían dentadas por el tiempo.

—Kingsport no descansa nunca, muchacho —dijo, tras observarme con sus ojos amarillos y suspicaces—. Cualquier sospecha que traigas en el alma, aquí crecerá diez veces.

La acepté con una mezcla de afecto y desazón. Hundido ya en el sillón del salón, pregunté por las historias antiguas que solía referirme bajo la lumbre, con el crepitar de fondo de madera de deriva quemándose despacio.

—¿Las historias? Han ido cambiando. Ahora casi no se habla de ello, pero las rocas viejas todavía las recuerdan. Y el mar... el mar más aún. ¿No sientes cómo tiembla la tierra a ratos? Hay días en que no puedo dormir, ¿sabes? Algo revuelven ahí abajo.

Transcurrieron tres días en esa atmósfera expectante. Las calles se estrechaban hacia la iglesia vieja, donde una campana que nunca cesaba de oxidarse parecía agrietar el eco de las mareas. Los vecinos me saludaban con unos ojos resignados, portadores de secretos arcaicos, abriéndose paso entre los portales negruzcos.

Me inquietaba especialmente el frío inusual que parecía emanar del subsuelo en aquel rincón de la casa, una especie de sótano abovedado al que toda la familia, decía mi tía, había temido desde tiempos inmemoriales. Las claves de su cerradura colgaban de la cintura de ella, y un candado cubría la tranca como una calavera cuida su boca cerrada.

La explicación llegó en la noche cuarta, cuando la niebla era tan densa que parecía que el propio cielo hubiera caído y se extendiera en jirones sobre el pueblo.

—Hoy el mar está insatisfecho —murmuró mi tía al cenar, apenas probando bocado—. No salgas al balcón esta noche. Ni respondas si oyes la campana que no existe.

No sé qué le contesté, pero me quedé en vela, el corazón acelerado, sintiendo en la madera y las piedras de la antigua casa los signos de una presencia más allá de lo humano. Contra toda razón, respondí al impulso y descendí en calcetines hasta el corredor donde la trampilla del sótano aguardaba bajo capas de polvo y resignación.

Tocar la tranca fue como recibir un acceso de escalofríos. La temblorosa luz de mi linterna cortó una negrura casi palpable. El acceso era bajo, y tuve que agacharme. El aire allí era más espeso y frío. Olía a marisma y a siglos, a monedas corroídas y cáscaras de criaturas muertas.

El túnel se curvaba y ramificaba como si, en lugar de un sótano, hubiera toda una ciudad subterránea. Las paredes, en partes, estaban llenas de formas y símbolos que escapaban a mi comprensión pero que tenían el pulso propio de las cosas vivas. Al fondo del corredor, una estancia abovedada monumental se abría, cuyo centro ocupaba un pozo titilante, de diámetro imposible, donde el agua jamás se agitaba aunque abajo retumbase el mismísimo Atlántico.

Sentí, de golpe, la presión de algo ignoto. Una vibración en la sangre, en la carne, como si una voz —profunda y antediluviana— lanzara un susurro desde las profundidades mismas de la existencia material. Allí abajo no sólo se guardaba el miedo atávico a la noche y al mar. Ardía un rencor secreto, un ansia oculta desde los días arquetípicos que antecedieron aún las fundaciones ciclópeas de civilizaciones anteriores a cualquier cultura humana.

De pronto, una sensación, mezcla de fragancia salina y hedor sepulcral, ascendió del pozo y cortó mi respiración. La linterna parpadeó. Algo bajo las aguas, algo no del todo sólido ni fluido, brilló por un instante con fulgores verdosos y tentaculares. Un aleteo ciego, un impulso tremendamente antiguo. Me eché hacia atrás, con un temblor en los huesos y la vaga impresión de que muchos ojos se abrían en el vacío, observando no sólo mis nervios, sino mis pensamientos.

Me ví envuelto en visiones. Ciudades aplastadas por el mar, liturgias impías sobre altares de coral, y un tumulto de nombres en lenguas ajenas incluso a los sueños de la Humanidad. La palabra “Ghatanid” susurró dentro de mí, no como un nombre, sino como una función o un destino: guardián o prisionero, semilla de horror prehumano incubando desde eras inmemoriales bajo la roca y la sal.

No sé cuánto tiempo pasé en aquel delirio. Recuerdo, sin embargo, un bramido sordo que rompió el silencio —la campana inaudible que mencionó mi tía— y voces de labios muertos que cantaban en la caverna, cada eco rasgando mi estado mental como una garra de obsidiana.

Desperté en mi cama, el corazón casi detenido, con la tía Abigail observándome desde la puerta. Nadie dijo una palabra, pero supe, tan claramente como si hubiese estado inscrito en los muros saturados de salitre, que lo que habitaba bajo Kingsport me había reclamado.

Ese día la luz parecía anémica, raída. Caminé por el pueblo sin poder dejar de mirar el perfil de la colina —donde, me dijeron dos ancianos del puerto, nadie va en plenilunio— y cada tanto, al cruzar la mirada con algún vecino, sentía el tácito acuerdo de no hablar jamás de ciertas cosas.

Me sumí en los archivos de la biblioteca local, buscando referencias. Los textos crípticos abundaban: diarios rotos, recortes amarillentos, testimonios inconexos de desapariciones y temporadas enteras donde la niebla llegaba a la médula y los peces huían de la costa. Un manuscrito, casi ilegible por el moho, mencionaba algo sobre “la prisión de la sima, donde el gran vigilante acuna el odio del abismo”, y hablaba de sacrificios velados realizados “cuando la marea no responde, y los hombres rezan a dioses extraviados”.

Era evidente que la geografía de Kingsport era sólo una mascarada. Sus calles y sus casas apenas rozaban un mundo más profundo, una trama de corredores y cámaras que se extendían mucho más abajo que las raíces más profundas que un roble pueda tener, pasando bajo el océano y hacia profundidades donde la naturaleza y la razón humana no se reconocen.

Aquella noche, tras volver a la casa y enfrentar la oscura mirada de la señora Abigail —que, noté ahora, cojeaba más, como si algo se crispara dentro de su carne cada vez que el viento giraba hacia el mar—, entendí que debía irme mientras pudiera.

No dormí. Tan pronto como despuntó la aurora, eché mis pertenencias en una maleta y descendí las escaleras. Encontré a mi tía sentada ante la puerta, pálida e inmóvil, con la boca fruncida como si aguardara una mención funesta.

—No es tan simple, hijo. Nadie se va del todo. Lo que vio tus ojos ahora habita en ellos.

Traté de protestar, pero la voz me salió trémula. Abrí la puerta, aspiré el aire podrido de sal y hojas mojadas, y avancé hacia el muelle, donde un solo bote esperaba, balanceándose como una lengüeta sobre la fosa de un enorme órgano.

Cuando me detuve a esperar el ferry, observé en el horizonte un retorcerse de nubes como si el mar mismo, debajo de su superficie, diera vueltas y vueltas sobre un eje monstruoso. Volví la vista hacia los promontorios alzándose sobre Kingsport, y juré ver fugazmente siluetas altas, delgadas, acodadas sobre la bruma. Los reflejos en las ventanas húmedas eran demasiado movedizos, demasiado humanos y a la vez demasiado indiferentes a la risa y al llanto del hombre común.

Hoy, muchos años después, escribir sobre esto es como legislar la cordura. Pese a la distancia y el tiempo, el batir de las olas nocturnas, los susurros de la niebla, y el retumbar sordo bajo mis pies insinúan que jamás fui realmente libre de la prisión que viste de pueblo. Lo que acecha bajo Kingsport, lo que se revuelca en las cámaras mojadas y la sima de ese pozo imposible, murmura aún mi nombre —mezclándolo en su pecho con todos los nombres que la sal y el silencio han comido.

A veces, en la frontera del sueño, revivo la visión: la sombra ciclópea que exhala vida antigua, el gran guardián atado a la raíz del abismo, el odio inextinguible de una entidad que recorre el pulso del mar, de la roca y del tiempo. Ghatanid no es un monstruo: es una ley y una deuda que todo Kingsport debe pagar con generaciones, y cada corazón sensible es sólo una gota más en esa cuenta.

Alzo la mirada y juro sentir los promontorios de Kingsport —tan lejanos, en apariencia— como un martillo latente en mi pecho. Y sé, como sólo pueden saber los que han vislumbrado la ruina antigua, que pronto, en la penumbra final de mi vida, me llamaré a mí mismo otra vez hacia esa costa: no por voluntad, sino por compulsión, para escuchar de nuevo —y por última vez— lo que la niebla de Kingsport nunca deja de susurrar.

FIN

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