Portada del relato El lago de Hali
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Fragmento:


El desayuno fue silencioso. La señora Grafton, de humor comprensiblemente opaco, no pronunció palabra salvo para señalar la tetera y un mendrugo de pan duro. Los demás huéspedes parecían agitados, los ojos huidizos fijos en las vetas invisibles del aire, como si una orden tácita hubiera adiestrado a todo el pueblo en la costumbre del silencio. Edgar bebió su café tibio y observó las manos propias: la cinta amarilla que la señora Whitlock le había entregado, atada a su muñeca, había adquirido un matiz extraño, como si el tiempo y la humedad hubieran destilado de ella un leve resplandor, perceptible sólo en los márgenes de la atención.

Duración: 15:14

Libro La niebla sobre Carcosa

El lago de Hali
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Texto de ajuste de pausa.

Capítulo 3: El lago de Hali

El tercer día en Kingsvale amaneció sumido en una niebla espesa que no cedió siquiera con la llegada del mediodía. Edgar Salton se despertó de un sueño tan vívido e inquietante que, por un momento, dudó de si estaba en la realidad o si seguía aún atrapado en la atmósfera asfixiante del teatro dorado y los rostros cubiertos de máscaras que lo visitaban noche tras noche. El sonido de la lluvia insistente sobre el tejado de Auburn House y esa luz pálida, tamizada por la bruma eterna, apenas alcanzaban a recordarle la materialidad del mundo.

Había anotado fragmentos inconexos en una de las últimas páginas del manuscrito: sueños de un lago quieto, una luna hendida como si hubiera sufrido la caricia brutal de alguna fuerza cósmica y, sobre el agua, el reflejo de una silueta amarilla, inabarcable y apenas humana. Los sueños repetían un motivo insistente: el lago de Hali. Por consejo de la enigmática señora Whitlock y tras la reiteración de cortinas doradas en sus visiones, Edgar decidió salir en busca de aquel lugar, convencido —más aún después de las máscaras aparecidas la noche anterior— de que el corazón del misterio palpitaba entre las brumas densas y los juncos lisérgicos del oeste de Kingsvale.

El desayuno fue silencioso. La señora Grafton, de humor comprensiblemente opaco, no pronunció palabra salvo para señalar la tetera y un mendrugo de pan duro. Los demás huéspedes parecían agitados, los ojos huidizos fijos en las vetas invisibles del aire, como si una orden tácita hubiera adiestrado a todo el pueblo en la costumbre del silencio. Edgar bebió su café tibio y observó las manos propias: la cinta amarilla que la señora Whitlock le había entregado, atada a su muñeca, había adquirido un matiz extraño, como si el tiempo y la humedad hubieran destilado de ella un leve resplandor, perceptible sólo en los márgenes de la atención.

Con sus cuadernos y el inquietante libro sin título escondido bajo el gabán, Edgar cruzó la plaza central por tercera vez. Los amuletos colgaban, ahora deshilachados, de los marcos de las ventanas, y algunas máscaras de papel, las mismas que la noche anterior nadie había osado mirar, brillaban con un fulgor enfermizo en los umbrales. Nadie se atrevía aún a arrancarlas. La niebla multiplicaba las formas, y apenas a unos metros, las siluetas se desdibujaban en manchas amorfas: el pueblo entero parecía un decorado abandonado tras el último acto de una obra innombrable.

Tomó la vereda hacia el oeste, siguiendo lo poco visible del sendero empedrado y la memoria borrosa de los mapas consultados en la biblioteca. Los robles retorcidos flanqueaban el camino como centinelas prehistóricos, y a cada paso Edgar notaba la presencia de ojos que lo seguían desde la penumbra de las zarzas. Reparó, como si fuera la primera vez, en lo absurdo del silencio. No cantaban los pájaros, ni crujían ramas: sólo el susurro lejano del agua, como un estertor esperando el brote de algún horror.

En el lindero del bosque las nubes parecían apretarse aún más contra el suelo. Edgar caminó durante una hora que le pareció doble, pisando charcos de agua negra y sortejando raíces que emergían en ángulos improbables. Por momentos, notaba pesadez en los párpados y extraños destellos en el rabillo del ojo: fue varias veces asaltado por la certeza de que lo seguían otros pasos, aunque cuando se giraba, todo volvía a quedar igual de sordo y desierto.

El lago de Hali surgió finalmente en un claro, dibujado como por el pulso de algún pintor de sueños trastornados. La superficie era extensa y antinaturalmente plana, cubierta de neblina amarillenta que no se detenía en los márgenes sino que ascendía, voluta a voluta, creando siluetas confusas de árboles, juncales y ruinas que no debería haber allí. El agua tenía una cualidad vítrea, opaca, en la que el mundo parecía hacerse y deshacerse de continuo. No había ni un solo bote en la orilla. Frente a sí, Edgar sólo veía un pequeño muelle desmoronado y, a lo lejos, lo que parecía ser una isla diminuta, cubierta de piedras y maleza.

Recordó lo leído en la nota del diario de 1895: durante la “noche blanca”, aldeanos, entre canciones febriles, creyeron ver figuras bailando sobre el lago. ¿Histeria colectiva, como decía la prensa, o puertas abiertas entre dimensiones, como las que sugerían los sueños y las anotaciones en el cuaderno prohibido?

Pisó con cautela la orilla fangosa. El único sonido, si era tal, era el rumor del agua segregando burbujas entre las piedras y el eco turbio de sus propias respiraciones. Se acuclilló y tocó la superficie con la punta de los dedos, esperando una sensación de frío o repulsión. Lo que sintió fue diferente: el agua tenía la tibieza de algo muerto hace milenios, y al contacto, la realidad pareció plegarse a velocidades inhumanas.

Durante un suspiro interminable, Edgar decidió que estaba soñando, o comenzando a soñar. Porque desde el leve remolino que hicieron sus dedos surgieron imágenes y sonidos imposibles: vio torres amarillas desmoronadas en la distancia, sentió la vibración de metrónomos invisibles marcando el iniciar de una procesión, y oyó —certeza a la vez febril y helada— una melodía lenta, arrastrada, compuesta de cuerdas desafinadas y voces que parecían salir de las entrañas del lago.

En lo profundo del agua, bajo la pátina amarilla, creyó vislumbrar siluetas moviéndose. Primero las confundió con peces, pero pronto fue evidente que aquello tenía la forma bípeda y la gestualidad inhumana de mascarones muertos: rostros exangües, lenguas lívidas asomando por hendiduras que nunca fueron bocas, brazos alzados en gesto teatral, como si desde allí, desde los umbrales del Hali, invocaran a la platea perpetua de Carcosa. Edgar retrocedió bruscamente, resbalando sobre la grava, pero la visión persistió y, al despejarse apenas la bruma por un instante, vio la silueta de una figura muy alta, envuelta en una túnica polvorienta, caminando, sí, caminando sobre la misma superficie del lago.

El Rey de Amarillo. No cabía otra explicación. La presencia lo saturó hasta el temblor, mezclando las sensaciones de terror puro y una reverencia insana. Era imposible discernir un rostro bajo la capucha, y donde debieran haber estado los ojos, sólo la nada dorada bosteza. La figura se detuvo, inmóvil, orientando su corona disuelta hacia Edgar. Un destello de locura lo acometió entonces: creyó oír su propio nombre murmurado en decenas de voces imposibles, todas superpuestas y cambiantes. El pulso se le disparó, y cuando parpadeó, sólo la niebla quedó suspendida en el aire. El Rey se había esfumado, o peor, se había disuelto en la palidez circundante.

Cayó de rodillas, ahogado por una mezcla de espanto y la extraña ternura de quien reconoce un destino escrito antes de nacer. Nadie en Kingsvale parecía asombrarse ante tales imágenes: Edgar supo, en lo profundo, que aquel lugar entero las había aceptado como background, como parte inenarrable de su historia. Respiró hondo, tanteando en el bolsillo la cinta amarilla, como si aquel lazo pudiera anclarlo todavía a la realidad. Cerró los ojos: la música seguía, amortiguada como el eco de un funeral, pero las imágenes del teatro eran ahora de piedra, ruinas sumergidas bajo el lago, con relieves de máscaras y ojos multiplicados.

Se sentó en la orilla, y tomó el manuscrito del antiguo cuaderno de la biblioteca. Comenzó a leer, o quizá, en algún nivel, a recitar lo que ya estaba escrito allí o en otra parte de su memoria:

“…cuando la luna se parta en dos, la ciudad sumergida emergerá entre las brumas; será abierto el portal y cruzarán los errantes. El que haya visto su reflejo en el lago llevará la marca, y no habrá retorno sin el consentimiento del Rey.”

La frase martilleaba en su cabeza. ¿Era él uno de esos errantes? La convicción fue inmediata: el símbolo de la máscara, la selección, los amuletos, todo convergía en la certeza de un sacrificio repetido de generación en generación, una rueda de destinos fragmentados por la astrología de Hastur.

El sol comenzó a declinar, aunque no podía decirse con certeza en qué momento exacto la penumbra se volvió absoluta. El aire se llenó de cánticos, primero apenas perceptibles y luego cada vez más nítidos. Edgar se puso en pie, mirando hacia los árboles: una procesión de figuras encapuchadas avanzaba desde el bosque, salmodiando en una lengua rota, hecha de frases de pesadilla. Llevaban faroles de papel dorado y, en las manos, máscaras cubiertas de lodo y oro. Al reconocer la presencia de Edgar, las figuras se detuvieron, formando un semicírculo en el claro junto al lago.

Nadie habló. Durante un lapso, sólo la fusión de cánticos, agua y neblina.—La Máscara está casi completa,—susurró una voz entre ellos, probablemente la de la señora Whitlock, aunque Edgar no pudo asegurarlo.—El lago recuerda a quien lo toca. Pronto verás lo que sólo los elegidos pueden ver.—

El oráculo era evidente: los sueños de Edgar no eran meros reflejos de una mente turbada. Kingsvale era un poblado que ofrendaba parte de sí a Carcosa cada cierto tiempo. La función apenas comenzaba.

Los encapuchados comenzaron a danzar, una coreografía lenta y circular, acompañada por un ritmo hipnótico. El aroma de incienso rancio y de tierra húmeda se hizo casi tangible, y a cada paso de la procesión, el lago respondía con ondas de luz ambarina, como si la membrana entre las realidades se tensara hasta el delirio. Edgar no podía moverse: una presión invisible, hecha de palabras no pronunciadas y expectativas heredadas, lo fijaba al sitio.

Entre la multitud una figura se destacó: el hombre de guantes marfil, visto días antes en la biblioteca. Lo miró, miró a Edgar directamente a través de la máscara dorada y levantó una mano, ofreciéndole un fragmento de tela. Dolorido, desorientado, Edgar extendió la mano sin comprender, y al rozar la tela sintió que un escalofrío lo recorría entero: vio fugazmente su propio rostro, pero grueso, deforme, transformado en una máscara vacía, y detrás de sí, el rostro amarillento del Rey observando desde algún plano posterior a la realidad.

El hombre habló, aunque a Edgar le costó entender si la voz venía de fuera o de dentro de su cráneo:

—Es el heraldo quien abre el camino; es el heraldo quien porta la memoria. El agua ya no te ocultará. Elige.

Una convulsión incontrolable sacudió a Edgar. Cayó de nuevo de rodillas, aullando, incapaz de contener la sobrecarga perceptiva. Vio la historia del pueblo destilarse ante sus ojos: generaciones de encapuchados acudiendo al lago en noches como esa, niños llorando bajo la luz de la luna resquebrajada, madres atando cintas en las manos de los hijos, sacerdotes que perdían la razón recitando letanías incomprensibles, y siempre la figura de la ciudad ruinosa, Carcosa, aguardando pacientemente tras el velo de la niebla.

Alguien cantó su nombre. Sucedió lo impensable: Edgar reconoció en el timbre la voz de su abuela, muerta en la infancia, y una colección de timbres —combinando a los ausentes y los ignorados— discutían en su mente. Se arrodilló en la orilla del lago y se inclinó hasta ver su reflejo, esperando hallarse a sí mismo.

La superficie del Hali era ahora un espejo convulso donde no había un solo Edgar, sino una multitud de figuras idénticas, todas portando una máscara dorada. Algunas lo miraban de frente, otras evitaban sus ojos, pero todas estaban condenadas a la misma función. Comenzó a respirar entrecortadamente: el mundo giraba, y en algún rincón del cosmos la risa del Rey de Amarillo chisporroteaba, compasiva y cruel.

Desmayó.

El tiempo se quebró en sucesos discontinuos. Edgar supo que había continuado caminando, aunque no recordaba haber movido los pies. Las caras de los encapuchados —a veces benevolentes, a veces crueles— lo miraban atentas. Cruzó un bosque, o soñó con uno, cuyos árboles se retorcían en ángulos que ningún botánico admitiría. Al fin, se halló en una especie de gruta excavada bajo la raíz de un roble monstruoso, decorada con signos tenues: ojos de oro, máscaras superpuestas, runas en idiomas olvidados.

Allí, sentado junto a él, apareció la señora Whitlock.

—Todo es un círculo, Edgar —dijo, en tono resignado—. No puedes volver, pero aún puedes resistir. El agua del lago guarda todas las historias. Tienes la tuya… por ahora.

Le ofreció una taza de infusión humeante, y en el borde Edgar oyó, con pavor, las notas de la melodía errante de la función. Bebió, temblando: las imágenes decayeron, pero los sustos se fijaron. La señora Whitlock lo condujo finalmente hacia la salida de la caverna y, mientras la niebla volvía a tragarse el mundo exterior, susurró:

—Recuerda lo que has visto, pero nunca lo repitas. Hay nombres que sólo pueden ser pronunciados una vez antes de perderlo todo.

La marcha de regreso fue lenta y envuelta en una realidad dispersa. El pueblo parecía igual y, a la vez, transformado. Los vecinos caminaban como autómatas, cruzándose y esquivándose con ritos invisibles. Edgar sentía, más aún que en días anteriores, que su identidad entera pendía de un hilo: cualquier exceso de memoria lo lanzaría de nuevo a la ciudad sumergida.

Al regresar a Auburn House, la señora Grafton lo recibió con una mirada que esta vez era abiertamente compasiva.

—Beba esto y acuéstese. Nadie debe ir al lago en estas fechas si quiere dormir tranquilo.

Edgar apenas pudo articular respuesta. Se arrojó en la cama y, con los ojos pegados al techo, intentó reconstruir las imágenes: la figura del Rey sobre el agua, la procesión de encapuchados, el reflejo fractal de su propio rostro, la certeza de que Kingsvale vivía condenado a repetir su función bajo la luna partida.

En medio de esos pensamientos, se levantó tambaleante para intentar anotar algo. Sus manos temblaban; la pluma corría sobre el papel copiando palabras que ni siquiera entendía.

“Carcosa”, escribió, “es la ciudad al otro lado del velo, la ciudad que todos llevamos dentro cuando cedemos a la máscara y al oro. El lago es sólo el umbral. El agua… recuerda”.

Sabía, oscuro y claro a la vez, que ya no podía volver a ser un simple periodista. Las voces de Kingsvale, los cánticos de la congregación y la silueta intemporal del Rey de Amarillo lo acompañarían en sueños. La noche caía, y la niebla parecía más densa. Antes de dormir, Edgar ató aún más fuerte la cinta amarilla a su muñeca. Se sentía, sí, marcado. Pero la función no había terminado: apenas se alzaba el telón.

En algún lugar, el lago de Hali palpitó levemente, como confirmando que la frontera era ya sólo ilusión, y que el regreso del Rey sería sólo cuestión de tiempo.

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