Portada del relato El faro en la Niebla Negra
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Fragmento:


Yo era joven cuando sucedió, con la terquedad de quien busca un futuro estampado en papel náutico, marinero de corazón pero aún extraño en aquel rincón de mitología. Mi velero, un pequeño perfumado de lino y sal, se rompió cerca de las piedras de Lloch Mor en la gran tempestad de 1935. La última visión, antes de que un golpe de mar me arrastrara, fue esa torre coja y negra parpadeando en la bruma como un farol agonizante. Me habría ahogado, pero sentí manos—demasiado largas para ser humanas—arrastrándome, no hacia las profundidades sino a la orilla. No abrí los ojos, por miedo más que por agua salada.

Duración: 09:27

El faro en la Niebla Negra
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Texto de ajuste de pausa.

La tempestad había rugido todo el día, desgarrando el lomo del Atlántico con furia y locura, encendiendo ásperos relámpagos que hacían brillar, por fracciones de segundo, el gotoso y antiguo faro de Lloch Mor. Digo antiguo porque es, aunque nadie en la costa sur de Cornualles podría decir cuándo fue alzado, ni por quién. Es un artefacto del cual los lugareños hablan poco, no como si ocultaran secretos sino como si lo olvidaran de forma natural. Hay docenas de faros en Cornualles, cada uno con su propia historia o leyenda, pero muy pocas son las que se atreven a relatar las noches en que el farero invita sólo a valientes o desesperados a pasar la tormenta bajo su teja rota.

Yo era joven cuando sucedió, con la terquedad de quien busca un futuro estampado en papel náutico, marinero de corazón pero aún extraño en aquel rincón de mitología. Mi velero, un pequeño perfumado de lino y sal, se rompió cerca de las piedras de Lloch Mor en la gran tempestad de 1935. La última visión, antes de que un golpe de mar me arrastrara, fue esa torre coja y negra parpadeando en la bruma como un farol agonizante. Me habría ahogado, pero sentí manos—demasiado largas para ser humanas—arrastrándome, no hacia las profundidades sino a la orilla. No abrí los ojos, por miedo más que por agua salada.

Desperté sobre unos duros juncos anudados, dentro del faro. Había fuego, y un hombrecillo enjuto de piel cetrina sentado frente a mí. Sus ojos eran de un gris perla, sin brillo y sin vida. "Estás a salvo, por ahora", susurró. "Tu barco ya no tiene importancia. Es mejor que no recuerdes exactamente cómo llegaste." Luego me ofreció un jarro de cerveza que olía extrañamente a yodo y algas envejecidas. Supe, instintivamente, que mi anfitrión no era un simple farero.

La tormenta seguía aullando afuera. Las contraventanas retumbaban. Había un olor a incienso espeso mezclado con el moho y la grasa de las lámparas antiguas. No había relojes, ningún calendario, ninguna referencia al mundo de los vivos más allá. Solo la rotación rítmica, hipnótica, de la linterna en lo alto, lanzando sus haces mortecinos al océano, como ojos ciegos buscando alguna verdad enterrada bajo las olas.

Me contaron más tarde, mucho más tarde, que el faro de Lloch Mor nunca fue del todo un guía para los barcos, sino un sello, parte de una cadena de enclaves de la vieja Orden de los Guardianes de la Puerta, fundada en la Edad Media para custodiar lugares donde la realidad y lo otro—lo inhumano—se rozaban, y donde las puertas, de abrirse, no llevarían a otro puerto ni a otra tierra, sino algo peor. Fillínsma, el farero, era uno de aquellos últimos monjes de linaje arruinado, su piel volviéndose traslúcida con los años y la vigilia solitaria.

Aquella noche fue una Noche de Vela, y caía justo cuando el equinoccio oscurecía el porvenir de Lloch Mor, una de las noches de ceremonia. Fillínsma dijo, muy bajo, "He enviado mis signos a los otros guardianes, pero la tormenta cortó la línea. Solo quedo yo, y tú ahora que has entrado." Me explicó lo esencial y simple: algo antiguo, acechando en el abismo, trataba cada año de atravesar la Puerta. Los faros no son balizas para barcos mundanos, sino linternas para sellar esas brechas. Si la luz falla, si la Vela no se mantiene... “El mar se vaciará de límites, y sus habitantes no volverán a dormir.”

Trataba de sonreír, pero su boca nunca sobrepasó una mueca dura. No había elección. Acepté ayudarlo a mantener la Ceremonia del Sol Negro, de la que nunca había oído ni siquiera en mis lecturas más extravagantes sobre cultos atlantes o tradiciones templarias. Subimos juntos por la escalera en espiral. Noté a cada paso cómo la piedra, rota y húmeda, parecía retroceder en el tiempo—o en la lógica—bajo mi piel. Las paredes estaban cubiertas de símbolos: estrellas de cinco puntas mal trazadas, ojos con filamentos de algas como pestañas, rostros pétreos de deidades olvidadas.

“Hay palabras para esta noche, y sólo deben pronunciarse una vez, mirando la lámpara del faro cuando apunte hacia la marisma y el arrecife,” me advirtió Fillínsma. “Dicen que fue traída de Bizancio, la lámpara, y ahuecada con cristales tallados por manos que no eran de este mundo, solo modelada para contener lo que tenemos que decirle al mar.”

La noche se apretaba afuera. El viento ya no era viento sino gemido. Al mirar a través de una grieta del ventanal, vi cosas que no son formas, escombros de velas desgarradas arremolinándose como fragmentos de un lenguaje antiguo sobre el agua. Fillínsma comenzó la letanía. Yo debía imitarle. El idioma no era latín ni griego, las palabras parecían traicionarme la garganta, ásperas y salobres, y sentí que músculos que nunca supe tener se movían en mi lengua, pronunciando sonidos imposibles.

Por un momento, la realidad tembló. Luego la luz del faro osciló entre un blanco frío y un negro más oscuro que cualquier antes visto, palpitando con el eco de un corazón monstruoso, invisible y hambriento más allá de la espuma. Sentí, muy bajo los cimientos, un retumbar y una presión semejante a la de una ola en la espalda, pero más… interesado. En la negrura, una forma asomó: manos de agua, ojos de fuego fatuo, tentáculos que nunca tocarían la superficie pero que sabían dónde estaba.

Me agarré a la barandilla del faro, notando cómo el metal se llenaba de una escarcha negra, húmeda, que olía a océano prehistórico. Fillínsma apenas temblaba, aunque su voz era ya mitad humana, mitad ola. "No dejes que la lámpara se apague. Nunca."

Debajo del faro, golpeando la roca, oí cánticos, no con mis oídos sino en mis sienes. Eran los fieles del fondo, lo que cada equinoccio suben desde profundas simas: visiones de gentes con bocas abiertas en torno a cabezas bulbosas, grandes y deformes, en procesión por los arenales sumergidos. A veces, en las linternas, los guardianes anteriores veían esos rostros tal como aparecen en el umbral de la puerta: sonrientes, celebrando la inminencia del alumbramiento del Sol Negro. Porque no era sólo un eclipse lo que sellábamos, sino el retorno de algo cuya radiación sería ceguera para la mente, locura para la carne.

El temblor subió de rango. Un gran chasquido—como de un navío partiendo su quilla sobre el farallón—resonó. La linterna parpadeó. Se sintió, tan nítido, que algo había intentado pujar y sólo una hebra de luz lo mantenía a raya del mundo de arriba. Fillínsma, jadeando, me ordenó sostener los cristales con ambas manos. "No mires a tu reflejo en el cristal del faro, pase lo que pase." Pero ya había visto, de reojo, dos siluetas. Una era la mía. La otra, monstruosamente alta y fláccida, era la suya. Pero no se movía exactamente igual, y la boca de su reflejo se esforzaba por articular las palabras de la letanía a cortes, tragando agua oscura.

El viento cesó de repente. El mar, afuera, emitía un rumor de fondo, como si se hubiese vaciado súbitamente de toda agua y vida, dejando solo cuerpos y huesos secos rodando en sus profundidades. Entendí que la letanía no era sólo para mantener alejado lo imposible, sino para recordarnos a nosotros, los mortales, que la puerta seguía cerrada. La luz del faro, entonces, por un instante, fue totalmente negra, absorbiendo en vez de emitir — y en ese abismo visual, sentí que mi consciencia era llamada, absorbida, tentada por una promesa de mayor conocimiento, de mayor inmortalidad.

Fillínsma arrojó entonces puñados de sargazo y arena a la llama, la cual chisporroteó en una llamarada azulada. Los cánticos en mi mente se apaciguaron; la presión sobre mis huesos cedió, pero el eco de los nombres pronunciados en la ceremonia permanecería para siempre en mi memoria. El faro recobró su pulso monótono pero firme, lanzando su salva de compulsiva luz blanca a través de la superficie turbia. Lo imposible, aquello del abismo, se replegó a su reino por un ciclo más, murmurando desdichas para el próximo equinoccio.

No dije nada mientras descendíamos en silencio. Fillínsma era ya transparente, sus venas como hilos de algas traslúcidas bajo la piel resplandeciente de sudor, y sus pasos sonaban flotantes, carentes de peso. “No todos los que ayudan vuelven a casa con los recuerdos intactos,” susurró. “Tú puedes intentarlo. Yo… he cruzado y no volveré.”

Días después, cuando una golondrina de mar graznó señalando el fin del temporal, caminé trastabillando hacia la costa. Nadie en el pueblo recordaba al farero; nadie parecía saber nada del faro, fuera de que era “demasiado viejo” y “mejor dejarlo estar”. La linterna por la noche seguía girando… pero a veces, en la negrura, creí ver una segunda sombra junto al haz—más alta, más fina, mirando y recitando, utilizando los labios de quien ya no era totalmente humano. Y a veces, en mi mente, los cánticos resurge, una letanía de nombres largos y rotundos, pronunciados bajo lunas extrañas y soles ya extinguidos.

Mi vida jamás volvió a ser la misma, porque en cada bruma marina que atravieso, busco el destello del faro de Lloch Mor, no para guiarme a buen puerto, sino para asegurarme, cada equinoccio, que la puerta permanece cerrada y los nombres… silentes.

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