Portada del relato La Bruma de Ys
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Fragmento:


Al instante siguiente, la niebla se cerró a mi alrededor y me vi solo. El barco siguió avanzando, pero sentí que la proa se desplazaba y viraba en un ángulo imposible; la brújula del timón empezó a girar desquiciada. Había leído sobre el mare nostrum, los débiles equilibrios entre mar y tierra en las leyendas celtas; pero jamás imaginé que existían puertas abiertas por la voluntad de sus antiguos dioses.

Duración: 09:41

La Bruma de Ys
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Texto de ajuste de pausa.

Había visto amaneceres en lugares que, según los mapas, jamás había existido. Como buen profesor de historia antigua, me había hecho a la idea de que el mundo era un vasto tapiz de cosas olvidadas, y que las civilizaciones perdidas, los lugares míticos y los dioses caídos solo languidecían en las bibliotecas o en las leyendas del vulgo. Pero aquella noche, mientras el ferry cruzaba el mar de Iroise entre el Finisterre bretón y las olas grises del Atlántico, cometí el error de escuchar una voz que no pertenecía al mundo de los vivos.

El cielo era una masa de nubes bajas y los faros costeros parecían luciérnagas atrapadas en la niebla. Habíamos salido de Quimper a medio día, y yo esperaba arribar a la pequeña isla de Sein antes de la media noche. Allí, según los tratados medievales, resguardaba la última piedra del templo de Ys, la ciudad engullida por el mar.

Al principio, la noche fue semejante a tantas otras atravesadas en mis investigaciones: frío, salitre, la fatiga insomne del viajero; pero cuando la bruma empezó a ceñirse alrededor de la proa del barco y la costa desapareció tras una cortina viva y opaca, noté un tirón en el pecho, un desconcierto primal. Me retiré a la cubierta de popa. Fuera, el agua no era negra, sino levemente azulada, como si bajo la superficie palpitara una luz antigua.

Fue allí donde la vi. Una figura femenina, de cabellos mucho más largos de lo imaginable, se recortaba apenas en la niebla, de pie sobre el mar, inmóvil. Yo sé distinguir la sugestión y el miedo producto de la fatiga, pero en aquel momento cada fibra de mi racionalidad se disolvió. Tragué saliva y me coloqué junto a la barandilla, la barca crujía y el motor jadeaba, pero ella seguía allí, no iluminada sino delineada por un resplandor fosforescente. Me observó largamente, aun sin ojos evidentes; la sensación fue de ser desollado por dentro.

"Professor Duval", susurró. Su voz entró en mi mente, salada y helada. "Deja atrás el hierro del mundo. Ys reclama a un testigo."

Al instante siguiente, la niebla se cerró a mi alrededor y me vi solo. El barco siguió avanzando, pero sentí que la proa se desplazaba y viraba en un ángulo imposible; la brújula del timón empezó a girar desquiciada. Había leído sobre el mare nostrum, los débiles equilibrios entre mar y tierra en las leyendas celtas; pero jamás imaginé que existían puertas abiertas por la voluntad de sus antiguos dioses.

El timonel, un hombre viejo y de barba devastada, clavó los ojos en el horizonte espectral y rezó en bretón. Solamente entonces comprendí que no estaba solo en el barco. Había otros seis pasajeros, perfectamente silenciosos. No reconocía a ninguno; ninguno me miró. Casi todos vestían ropas de otra época: sombreros altos, mantos, uno llevaba una bufanda deshilachada, otro una capa recubierta de sal. El aire olía a madera podrida y a trago fuerte y mariscos crudos.

—No se asuste, Monsieur Duval —dijo el timonel, escudriñando la bruma—. Cuando la Señora llama, no se le contradice.

Y luego, nada. El barco pareció deslizarse por una superficie no líquida, sino gelatinosa, como si cruzara los párpados de un titán dormido. Mis piernas se endurecieron y mis pies perdieron la seguridad. Unos segundos después, la bruma se desgarró y emergió ante nosotros la silueta de una ciudad sumergida.

No era la Sein rocosa del archipiélago, sino grandes palacios de piedra verde, escaleras descendiendo hasta el abismo, torres inclinadas cubiertas de algas. En las terrazas, cientos de figuras humanas —¿o irónicamente semejantes a a los humanos?— nos esperaban. Sus rostros eran bellos pero antinaturales: sin pupilas, sin labios. Entre ellas, de nuevo la mujer de los cabellos infinitos, cuyos pies no tocaban suelo alguno.

Al desembarcar, los otros pasajeros caminaron en fila hacia la ciudad. Yo me vi arrastrado, incapaz de oponer resistencia. El suelo no era piedra, sino una placa pulida de algún mineral traslúcido; bajo el suelo nadaban cosas, rostros de hombres y mujeres que no parecían muertos sino flotando en un letargo perpetuo.

"Bienvenido, observador. La memoria de Ys reclama a quien recuerde," susurró de nuevo la voz, cada palabra como un golpe de agua helada. "Antes que el mundo olvide completamente el horror y la belleza de su origen, uno debe mirar, una vez, lo que fue."

La procesión avanzó. Atravesamos plazas donde el agua goteaba del aire y caía hacia arriba. Las estatuas sangraban esporádicamente, una sangre azul que se disipaba al tocar el suelo. La arquitectura era de una geometría que hería los ojos: círculos que contenían ángulos rectos, capiteles imposibles de clasificar. Caminé junto a la figura femenina, temblando en mi interior, imaginando las historias contadas por ancianas al calor del fuego, sobre cómo la hija de Gradlon había traicionado la ciudad y desatado las aguas.

Llegamos a un salón circular, oscuro salvo por las paredes que brillaban fosforescentes. Allí aguardaba un trono de cristal, y sentada en él, una reina de cabellos dorados, desprovista de rostro. Sus manos cruzadas contenían una hoz de marfil y una corona de coral. Alrededor, los demás pasajeros se arrodillaron, y yo, consciente del peligro y la blasfemia que suponía resistirse, hice lo mismo.

La reina sin rostro habló, sin mover labios, en idiomas antiguos: griego, latín, y algo cuyo sonido luchaba contra mi cordura. La traducción era innecesaria: todos comprendimos, cada uno en su lengua. Hablaba de la rebelión de la tierra contra el mar, de los pecados de Ys, de la arrogancia del hombre que desafía a las fuerzas primordiales.

Entonces, la procesión fue forzada a avanzar, uno por uno, ante el trono. El primero fue un hombre viejo, probablemente el capitán. Extendió sus manos y la reina lo tocó con su hoz; al instante, su cuerpo se licuó en agua pura, que ascendió en espiral hacia las bóvedas y desapareció. Así, uno por uno, los demás: la mujer de la bufanda, el joven del capote, el niño pequeño de mirada hueca. Cada uno evaporado en ese rito imposible, absorbido por la memoria misma de la ciudad sumergida.

Cuando llegó mi turno, quise gritar, correr, hacer uso de la lógica, del método científico, pero la voluntad de la ciudad era absoluta. Sentí la hoz de marfil rozando mi brazo, y al instante una visión, intensa y desgarradora, se apoderó de mi mente. Vi el nacimiento de Ys: la tierra fértil, los diques que sostenían la ciudad bajo el nivel del mar, la construcción monumental, las primeras fiestas. Sentí el orgullo de sus ingenieros y la arrogancia de su reina, Dahut, que en mi visión tenía los mismos cabellos de la mujer de la niebla.

Vi el momento de la caída: la noche en que Dahut robó la llave de las esclusas doradas para su amante, un demonio marino. El mar, contenido durante siglos, rugió y lamió con saña la ciudad. Los habitantes, en vez de huir, bailaron, rieron, y se lanzaron al agua, condenados y exultantes, sabiendo que el nombre de Ys sería la última melodía del universo antes de la amnesia total.

“Duval”, susurró la reina (aunque no tenía boca). “Mira bien. La memoria conlleva hambre. El testigo nunca regresa igual.”

Me desplomé, consciente pero sin control de mi cuerpo. La visión no acabó; siguió revelándome rostros apesadumbrados y sueños rotos, reveló que cada siglo, cuando la memoria del hombre amenaza con extinguir la última chispa de lo imposible, un absorbente del mundo ordinario es llamado y obligado a presenciar todo, para seguir atestiguando la existencia de lo inabarcable.

Desperté sobre el muelle de Sein al alba. El barco no estaba. Los otros pasajeros habían desaparecido. Mis ropas olían a agua antigua, mis manos temblaban sin control. El sacerdote del pueblo me sacó del trance, me dio vino y pan, y me preguntó “¿Ha traído la bendición o la maldición, monsieur?” No supe qué responder, mi mente y mi corazón desolados.

Desde entonces, la memoria de Ys me acosa en sueños y pesadillas. Veo el agua que se pliega sobre si misma, formando espirales de tiempo. Escucho las risas de los danzantes, veo el resplandor subacuático de sus palacios. Sé que, un día, la llamada llegará para otro y el ciclo continuará, porque el mundo necesita recordar que hay lugares donde la razón se extravía y la belleza se convierte en horror absoluto.

He recorrido los archivos y consultado códices, buscando pruebas, una lógica. Pero el abismo sonríe burlón desde cada esquina. La fiesta perpetua de los ahogados me observa cuando cierro los ojos. Y, sobre todo, sé —como nunca antes supe nada— que la historia de Ys es solo uno de los portales, y que hay otros lugares míticos, sumidos en la misma bruma perpetua, aguardando al próximo testigo para alimentar el hambre de lo innombrable.

Me han preguntado desde entonces, por qué dejé de enseñar, por qué escribo compulsivamente, lleno de mapas inconclusos y dibujos frenéticos. Nadie puede explicarlo. Nadie entendería el vértigo de la realidad disuelta al pie de una ciudad sumergida, donde el deseo, la culpa y la belleza son una misma cosa.

Lo único que lamento, y lo único que anhelo en mis noches insomnes, es que alguna vez, al borde del sueño, la figura de Dahut vuelva a aparecer atrapada entre la niebla, y me diga: "Entra otra vez, Duval, la memoria no ha concluido." Y entonces sabré que el horror es no olvidar nunca, que la vigilia real es ser eternamente el último que recuerda lo que los dioses quisieron que se olvidara para siempre.

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