Fragmento:
Por semanas, solo visité jardines marchitos y calles amarillas, donde gatos de dos colas parecían guiarme. Nadie habla en los sueños; tú recoges historia y sentido en olores, imágenes y texturas, entendiéndolo todo sin palabras. Fue Ulthar mi puerto primero: un abanico de casas pálidas y cubiertas ondulantes, donde entendí la amabilidad de los gatos y el orgullo de los viejos. Allí negaban la existencia de Kadath a todo visitante. “Ningún dios baja ya a la ciudad fría al norte” decían, con una súbita vaciedad en los ojos.
Duración: 08:47
Nunca, bajo ninguna circunstancia, regresaré a la ciudad que yace bajo tres lunas muertas, allí donde las sombras crecen y los cuerpos se encogen al ver la forma de lo que acecha. Y sin embargo, al escribir estas líneas, la urgente vibración en mis manos me dice que no tengo otra opción. Debo dejar constancia antes de que los que me siguen hurguen en la ceniza de mi cuerpo y encuentren mi secreto. Este es el precio que se paga por soñar demasiado cerca de Kadath.
Mi nombre, aunque pronto no lo recordarás o preferirás olvidarlo, es Ilan Carteret. No fue por valentía ni por deber autoproclamado que busqué la morada de los dioses en las aguas del sueño, sino por un anhelo roto que mordía mi costado cada noche. Las descripciones de Randolph Carter, prodigiosas pero ambiguas, me llevaron por la senda antigua, por los pórticos blanqueados de Ngranek, a las vastas extensiones donde la vigilia se deshilacha en nostalgia y locura.
Supe de Kadath mucho antes de comprender su naturaleza. Cuando niña en Providence, mi abuela, una estadounidense de cabello tan claro como la niebla y carácter como el pedernal, me advertía, con voz temblorosa y ojos ausentes, sobre la “ciudad que no debía recordarse”. En cada tormenta, su voz se filtraba como la lluvia por grietas invisibles: “No mires la estrella negra, Ilan. No escuches la llamada del frío norte”. Yo reía, pero memoricé el dibujo que a veces trazaba, bajo el mantel, sobre tablas polvorientas: tres torres, una luna partida, una figura casi borrada sentada en un trono.
Pasaron los años y doblegué mis sueños como cualquier mujer: a la voluntad del trabajo y a las exigencias del amor compartido con alguien igualmente cansado. Pero cuando Karl, el único hombre a quien amé, murió de una fiebre insidiosa en pleno abril, retorné a aquellas historias y grabados, a los versos entrecortados de quienes sabían de mundos superpuestos al nuestro. Mi vida se volvió líquida entre los intersticios de los sueños. Empecé a escribir lo que veía en esas noches extrañamente nítidas.
Por semanas, solo visité jardines marchitos y calles amarillas, donde gatos de dos colas parecían guiarme. Nadie habla en los sueños; tú recoges historia y sentido en olores, imágenes y texturas, entendiéndolo todo sin palabras. Fue Ulthar mi puerto primero: un abanico de casas pálidas y cubiertas ondulantes, donde entendí la amabilidad de los gatos y el orgullo de los viejos. Allí negaban la existencia de Kadath a todo visitante. “Ningún dios baja ya a la ciudad fría al norte” decían, con una súbita vaciedad en los ojos.
Pero mi insistencia tejió puentes. Una sola anciana del templo de Atal me tomó la mano con sus dedos rugosos y me susurró, con la voz llena de insomnio: “La única senda que lleva a Kadath es la que sube por la montaña y desciende por tu sangre. Debes oír la voz que no es voz”.
Desperté sudando, pero llevándome el eco de aquella frase. Y con ello, la convicción. Pasaría por Ngranek, escalaría los riscos donde el aire viene cargado con el sonido de los huesos arrastrados por el viento. Así lo hice, noche tras noche, construyendo el sueño como un castillo de cartas. Todo lo demás—trabajo, amistades, la ciudad misma—se volvió periférico, velado, sin peso. Comía cuando recordaba. Las llamadas de los vivos eran un rumor al fondo de un teatro vacío.
La montaña de Ngranek se yergue como un diente podrido más allá de las tierras de marga. Nadie sube de día, y por la noche olía a azufre y carne vieja. Vi, en el último recodo, la figura de un hombre deformado con cabeza de carnero dibujada en la roca. Esa noche sentí, al dormir, una presión. Un murmullo interminable, que recitaba mi nombre en una lengua que nunca aprendí pero reconocí. Bajé de la montaña y pisé, ya en la tierra del sueño, un suelo diferente, resbaloso, aceitado por edades. La luna estaba torcida y la luz caía achatada, como triturada en el mortero de algún dios amargado y niño.
No existe un mapa definido al norte de Ngranek, solo fragmentos: escaleras rotas, ríos que huyen al aire, puertas como heridas cerradas en mitad de la nada. Vagué por sendas que eran de arena y luego piel, y finalmente barro rezumante. Ya no temía. Mi corazón no latía más deprisa; la voz en mi cabeza era cálida. La primera noche oí risas. En la segunda, vi sombras entre las piedras, parpadeantes y de contorno desdoblado. La tercera, mientras dormía a la orilla de un lago de agua tan negra que daba la apariencia de ser un hueco en el mundo, soñé que caminaba en una sala rodeada por sostres que susurraban mi nombre, una y otra vez, hasta disolverse en sangre.
Me arrastré hacia adelante. Y allí, por fin, la vi: Kadath, la Ciudad Fría. Sus torres rompían la niebla como cuchillas; ventanas ovales y negras rehusaban devolver el reflejo de la luz. Las calles estaban hechas de hueso pulido y azabache, el aire era espeso y olía a ciprés podrido y a mar distante, aunque ninguna ola estaba cerca. Y en lo alto, un trono. Un trono carcomido por surcos donde yacía sentada una figura que cambiaba de forma en cada pestañeo, aunque el perfil—amplio y hueco como la boca de los antiguos ídolos fenicios—era constante.
La figura se alzó y mi voluntad se quebró. En ese momento recordé las advertencias—“No oigas su voz”—pero era tarde. Recorrí la avenida mayor, paso tras paso; la masa de sombras se desplazó y apartó a mi paso, con formas vagamente humanas, algunas aladas, otras con manos en lugar de bocas. Nadie hablaba, pero sus ojos—oh, los ojos—eran cárceles por donde nunca escaparía la luz. Quise huir, mas tras de mí solo hallé otra calle, otra puerta, otra caída de escalones hacia la misma sala central.
Me acerqué. No por coraje ni por resignación, sino por una inercia que llenó mi cuerpo; mi cuerpo recordó antes que mi mente aquel dibujo de la infancia, las formas del trono. La figura me invitó a sentarme con un gesto. Supe que era un dios, uno de los últimos, y que esperaba una respuesta a una pregunta que había sido formulada cuando los sueños eran más fuertes y el mundo era joven.
Me recordó el grito de Karl en la penumbra del hospital: la súplica, la protesta, y el último estertor, convertido en eco interminable. El dios comenzó a hablar dentro de mí; no en palabras, sino en recuerdos vividos. Vi el nacimiento y la caída de civilizaciones imposibles, el calentamiento lento de un sol que nunca alumbró nuestro mundo, la cosecha de sueños lanzados como semillas a un campo helado. Y vi cómo, en cada ciclo, los dioses despertaban y dormían, ocultando sus rostros de los ingenuos mortales, aguardando sólo a aquellos cuya pena era lo bastante profunda para sacrificar su carne a la causa del olvido.
El dios me preguntó si quería el reencuentro. Y la respuesta salió de mi boca: “Sí”. La figura asintió y sus agujeros—eso creía yo—sonrieron.
En ese instante todo cambió. El aire se llenó de una melodía subterránea, chirriante y dulce, y mis brazos comenzaron a alargarse, mi lengua a endurecerse y partirse, mis pensamientos a multiplicarse en hilos que no podía recoger. Fui carne y horror y estatua; fui reflejo y vacío; fui piedra y viento. Supe, a través de mil ojos, que nunca habría un regreso. La promesa de Kadath no era el reencuentro en sí, sino la fusión con todo lo perdido. Era el abrazo final de aquellas cosas huérfanas en el corazón, recaladas tras demasiados sueños.
Debajo de mí, la ciudad se agitó y jadeó. Vi—oh, sí, vi—figuras entrar, noche tras noche, en busca de esperanza y salida, solo para hallar la misma forma en el trono, la misma pregunta. Me vi viéndome, para siempre.
Desperté gritando en mi cama, bañada en un sudor tan frío que goteaba como cera. Pero cuando traté de erguirme, supe que mi cuerpo ya no le pertenecía al mundo de la vigilia. El reflejo del espejo era diferente, los ojos más oblicuos, la lengua pesada, las manos alargadas. Oigo en mi cabeza la melodía de Kadath aún ahora, especialmente al caer la noche, cuando la brisa del norte silba por mi ventana y me llama a volver.
No regreses a Kadath. No busques el trono del dios frío. Deja que los muertos descansen y que los dioses oculten sus preguntas en sueños que no se transformen en pesadillas a la luz del día. Porque yo sigo allí, y así seguiré, esperando frente a un trono atormentado, preguntando a cada peregrino qué perdería para alcanzar el olvido.
Si algún día oyes tu nombre silbado en lo oscuro, apaga la luz y no abras los ojos. El camino a Kadath no se anda: se sueña, y el sueño es el peor de los caminos jamás labrados.
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