Portada del relato La música del abismo
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Fragmento:


Recuerdo las palabras de mi colega, el profesor Hensley, mientras el tren traqueteaba por el descuidado ramal que lleva a Innsmouth: “Hay cosas que no deben buscarse, mi estimado Creighton. Algunas ciudades deberían quedarse ahí, en los márgenes de los mapas, ocultas por la bruma del mar y las leyendas de pescadores”. Pero era precisamente ese velo de superstición el que, como estudioso de las tradiciones ocultas, ejercía sobre mí una fuerza irresistible.

Duración: 09:29

La música del abismo
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Texto de ajuste de pausa.

Recuerdo las palabras de mi colega, el profesor Hensley, mientras el tren traqueteaba por el descuidado ramal que lleva a Innsmouth: “Hay cosas que no deben buscarse, mi estimado Creighton. Algunas ciudades deberían quedarse ahí, en los márgenes de los mapas, ocultas por la bruma del mar y las leyendas de pescadores”. Pero era precisamente ese velo de superstición el que, como estudioso de las tradiciones ocultas, ejercía sobre mí una fuerza irresistible.

La carta que recibí meses antes, firmada solamente con una “L.” temblorosa, era concisa: “He hallado en Innsmouth lo que busca. No venga solo. Cuide bien la hora del regreso.” El matasellos ostentaba la marca del pequeño puerto maldito. La tentación superó al escepticismo académico; arreglé mis asuntos, empacando una pistola, mi libreta de notas, y partí hacia la costa de Massachusetts en el invierno de 1929, justo cuando los mares rugen con mayor fiereza.

Desde el tren, Innsmouth se presentó ante mí como una herida supurante en la costa: tejados maltrechos, almacenes vacíos, calles bajo la penumbra perpetua de una niebla azulada aunque mediara el día. Los pocos habitantes que divisaba –figuras tambaleantes, de rostros hinchados y ojos desmesurados– se movían con presteza, evitando a los forasteros y silenciando incluso hasta el rumor de sus pies sobre el empedrado.

El hotel Gilman, que elegí por falta de mejores opciones, era un mausoleo lleno de cortinajes grasientos y muebles decrépitos. Me recibió una mujer de edad indefinida, con un acento modulado en la garganta como por branquias invisibles. “Hay comida fría en la cocina”, susurró, y se retiró, encorvada, escaleras arriba. La llave del 17 colgaba cual amuleto chamuscado de la pared.

Decidido a que la inquietud no me dominara, busqué entre los archivos polvorientos de la oficina del hotel un registro de huéspedes. Observé, en tinta casi borrada, nombres que fundían apellidos extranjeros con líneas purpúreas y que parecían, extrañamente, repetirse con décadas de diferencia. Marsh, Waite, Eliot, Obed, y Marsh de nuevo. Recogí mi libreta y salí a las calles, siguiendo el vago rumor de olas y carcajadas que parecían provenir de los subterráneos mismos.

La cita era en la taberna del puerto, una pocilga recostada en la esquina de Broad y Washington. El humo y el salitre formaban una atmósfera irreal, donde las sombras parecían desplazarse detrás de los parroquianos, alterando la ubicación de mesas y sillas a placer.

Reconocí a mi contacto enseguida: alto, encorvado, un abrigo oscuro cubriendo la mayor parte de su anatomía, un sombrero de pescador goteando agua aún en el interior. Sus manos, largas y escamosas, temblaban al acercarse con el vaso a la deformada boca.

“Usted es Creighton”, croó más que pronunció. “Tiene sed de saber. Pero aquí la sed, amigo, no suele aplacarse”. Me entregó una carpeta de documentos –datos, planos, mapas del subsuelo de Innsmouth– y murmuró una dirección: “Conozco un acceso, en el 24 de Laister. Cuando la luna esté oculta– y debe estarlo–, baje. Pero nunca, jamás, cante en ese lugar. Ni siquiera tararee”.

El miedo latió en mi pecho, pero la promesa de comprender el secreto me empujó. Salí al frío de la noche, con la carpeta bajo el brazo, el estruendo de un mar invisible capaz de arrastrar no solo cuerpos sino también almas.

El 24 de Laister era una destartalada casucha, abandonada; los marcos de puertas y ventanas, corroídos por el salitre, parecían querer cerrarse contra el viento. Forcé la entrada tras asegurarme de que nadie me seguía. El olor a moho, algas y lo que sólo puedo describir como descomposición oceánica me asaltó. Descendí por un sótano cuyo suelo se hundía bajo cada paso y en cuyo aire flotaba una humedad viscosa.

La carpeta de mi anónimo benefactor incluía un croquis; lo seguí hasta dar con una trampilla cubierta por un tapiz podrido y montones de cajas de pescado vacío. Debajo, una escalera de piedras húmedas, inmemorial, se internaba en la oscuridad viva. Encendí mi linterna y avancé entre eco de goteras y un extraño goteo, en los intervalos precisos que conforman la cadencia de una letanía.

Los muros sudaban sal. Más adentro, el pasadizo se bifurcaba; olores a sargazo fermentado y a sangre seca me hicieron dudar, pero apagué mi linterna cuando percibí luces adelante, intermitentes, como de un fuego verdoso imposible. Los sonidos comenzaron: primero un rumor grave, de aguas removiéndose en una gruta invisible, y pronto un murmullo acompasado: palabras ininteligibles cantadas con voces guturales, tan antiguas como el tiempo mismo. Recordé la advertencia: “No cante en ese lugar”.

A través de una rendija, vislumbré una caverna gigantesca, más allá de los límites de cualquier arquitectura humana. Decenas de figuras vestidas con harapos o con túnicas desteñidas se mecen sobre una plataforma pétrea, lideradas por un anciano de ojos translúcidos y garras donde debían estar los dedos. Su letanía invocaba nombres y sílabas oscilando entre el balbuceo y el rugido, hechos para ser pronunciados bajo el agua. Sobre el altar, una escultura: un ser híbrido –parte hombre, parte pez–, con tentáculos en lugar de barba y cabellos. De su vientre, abierto, goteaba un licor negruzco.

En ese instante, una campana vibró desde algún lugar de la caverna. Los congregados se arrojaron al suelo y, de la sima, emergió una columna de agua negra, como si todo el mar quisiera entrar a la bóveda subterránea. Del remolino surgió una criatura, colosal, de ojos pálidos, pupilas como perlas muertas y membranas entre los dedos. Se erguía a más de tres metros, el torso cubierto de escamas, la boca una hendidura jadeante. Los congregados lanzaron un grito ahogado y comenzó un sacrificio –lo supe por los cuchillos ceremoniales y los despojos arrancados a una figura que no supe si era humana o de otro linaje.

El horror de la escena no fue lo peor. Lo fue el instante en que una melodía llegó, tenue pero irresistible, susurrada en las ondas del agua y del aire. No era música, no en el sentido humano; eran vibraciones, ecos ancestrales, que parecían buscar un huésped. Sentí cómo mis labios temblaban, cómo mi lengua crepitaba por reproducir esa canción imposible. Me tapé la boca, estremecido, resistiendo el impulso atroz por responder, sumarme al cántico y perderme en él.

Durante ese trance atisbé algo peor: fragmentos de la verdad última. Vi Innsmouth bajo las aguas, sus casas comunicadas por túneles a una ciudad mayor, sumergida y palpitante; vi hombres transformados, hijos de dos especies, mutando para servir a entidades cuya mirada convirtió mi alma en cenizas. Comprendí entonces las repeticiones de nombres en el registro, entendiéndolo todo: los Marsh y sus descendientes no morían. Cambiaban, migraban al mundo submarino con la edad, dejando tras de sí máscaras de carne y memorias inhumanas.

El cántico fue creciendo, hasta invadir mis pensamientos. Me arrastré hacia el pasadizo, cada músculo rebelándose contra el pánico inspirado por la melodía. Tropecé, rodé escaleras arriba, emergiendo jadeando a la superficie. La bruma me recibió tenaz, como si quisiera sellar la entrada tras de mí para siempre.

Corrí por las calles de Innsmouth: eran vacías excepto por miradas desde las ventanas, ojos abultados flotando en un negror imposible. Los había alertado. Doblaba una esquina cuando un grupo me bloqueó el paso; distinguí rasgos familiares: la mujer del hotel, el cantinero, el propio anciano de la ceremonia –todos mirándome con la misma expresión hambrienta. Supe que no tenía salida. Desenfundé mi pistola con mano temblorosa, disparé –el disparo ahogado por la niebla, acaso por el mar mismo– y corrí ciego, tropezando hasta ganar el muelle.

Un bote, aún atado, fue mi salvación. Lo solté midiendo el peligro de lanzarme al mar, pero tenía el presentimiento de que no pertenecía ni a la tierra ni a las aguas. Comencé a remar, mientras en la costa se alzaba una multitud silenciosa, esperando. Vi el resplandor verde de las antorchas en la cueva, sentí el eco deformado de la canción, y deseé con toda el alma que no lograra recordarla.

Sé que escapé, aunque la frontera de mi memoria es brumosa, los recuerdos se disuelven salvo en las peores noches. Fui hallado en un puerto lejano, sin documentos, con el cabello encanecido y un temblor en las manos que no me abandona. Ningún médico logró explicarlo. Ahora, en mis madrugadas insomnes, oigo en el rumor de las tuberías y el tic-tac del reloj el eco de la música de las profundidades. A veces, descubro mis labios murmurando una melodía que no conozco, soñando con bóvedas de coral y cuerpos que se deslizan sin ruido bajo el océano.

He sellado bajo siete llaves los papeles, he abandonado toda sabiduría. Pero sé que Innsmouth, su secreto y su letanía, siguen vivos, y que el mar, paciente, espera por todos nosotros. Con la próxima marea, quizá, un extraño cántico llegue en la bruma, e irrefrenablemente, quiera unirme a él y ser, por fin, parte de la herencia bajo las olas.

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