Fragmento:
Mi nombre es Caída Korynth, y mi labor como Archivista Edafológica me obligaba a revisar la memoria mineral de lo que quedaba bajo el Domo Séptimo de la Esfera. Era más un ritual arcaico que ciencia, pero el Comité de los Diez no bromeaba sobre los protocolos antiguos. Una noche de órbitas zigzagueantes, casi al final de mi jornada, una transmisión refractó mi conciencia: "Sombra en los conductos. Repito: Sombra en los conductos del sector Irem. Lleva consigo el susurro. Cierren accesos." El mensaje llegó de los ingenieros de estructura, y pronto lo tacharon de broma inquietante.
Duración: 08:53
Al principio, el miedo solo habitaba en los registros. Eran párrafos cortos en la Bitácora Autónoma Central, historias codificadas y archivadas para la posteridad, referidas como anomalías cósmicas o incidentes lúdicos. Nadie, y menos yo, pensaba que la realidad de la Esfera Societaria podría colisionar con fantasía o superstición.
Ahora lamento haberlo olvidado.
No fue la primera vez que el sector lateral Irem fue reclamado por la niebla azul. Pero nadie recordaba la anterior tampoco. La niebla, densa, bioluminiscente, avanzaba silenciosa desde el cinturón de naves-muertas donde yacían los últimos remanentes de la flota Expedicionaria Centauri. Eso decían al menos las legendarias pieles de datos, de esas que ni siquiera te dejan conectar tu nervio óptico de forma directa, porque podían quemarte el alma.
Mi nombre es Caída Korynth, y mi labor como Archivista Edafológica me obligaba a revisar la memoria mineral de lo que quedaba bajo el Domo Séptimo de la Esfera. Era más un ritual arcaico que ciencia, pero el Comité de los Diez no bromeaba sobre los protocolos antiguos. Una noche de órbitas zigzagueantes, casi al final de mi jornada, una transmisión refractó mi conciencia: "Sombra en los conductos. Repito: Sombra en los conductos del sector Irem. Lleva consigo el susurro. Cierren accesos." El mensaje llegó de los ingenieros de estructura, y pronto lo tacharon de broma inquietante.
Nadie quería creer, o tal vez nadie podía… hasta que sentimos el primer eco de los pasos. El rumor corrió: un ente sin forma precisa, rodeado de resplandores verdes y carmesí, atravesaba los corredores infinitos del núcleo iremita, allí donde las máquinas nunca dejaron de sonar aunque toda vida hubiese huido hacía décadas.
Lo primero que desapareció fue la luz. Podían ser fallos de red, en teoría, pero esa noche los paneles emisores simplemente no regresaron, como si un vacío absoluto hubiera absorbido todo fotón, todo testigo. Mi tabla cortical vibraba con mensajes no leídos mientras deambulaba con linterna improvisada. Recordé a Lau Kether—mi predecesora—y la pequeña figura dorada que llevaba oculta: una copia vetusta de la Gwyll, esa diosa dormida que, según los relatos coloniales, cuidaba a los niños extraviados de Irem durante los eclipses cuánticos.
Imagina doblar un vértice de corredor y sentir que no sólo avanzas tú: sino que otra presencia, invisible pero densamente real, se superpone a tu espiral de pensamiento. Esa noche, cada paso propio era duplicado por una resonancia eléctrica—un eco sementado, como el retumbar de uñas en placas férreas. Nadie cree ya en duendes ni fantasmas de ácido, pero la vieja ingeniería de Irem siempre fue excesivamente opaca, laberíntica y ceremonial.
Decidí revisar las esquirlas de memoria en la Cripta Magnética—aquello que llamábamos búnker, aunque de búnker tenía poco. Allí, fusionadas con el pavimento de sílice, reposaban las "cajas de sollozo": pequeños crisoles donde se había almacenado, durante siglos, la última veintena de voces y miedos registrados bajo protocolo de catástrofe.
Recalqué el escudo de acceso y aguardé el hilillo de aire enrarecido, ese mortecino olor metálico de los sellos antiguos abriéndose. Tenía la sensación, persistente, de que alguien aguardaba tras el umbral. No sólo alguien vivo; peor aún: alguien recordado, pero ya inexistente.
El registro más reciente apenas murmuraba: "No encender las lámparas." La nota estaba firmada por Lau Kether, fechada en el día de su desaparición.
Era absurdo. ¿Por qué no encender las lámparas? La oscuridad ahí dentro no era natural, se sentía como una membrana saturada de información comprimida hasta el dolor. Entre parpadeos, mis ojos captaron, en la penumbra, movimientos como de tela ondeando en líquido denso. Pero no había corrientes de aire allí.
Desperté una caja de sollozo. Lento, el sonido derramó música inhumana, apretada entre chirridos de datos: "Hay más luces en el otro lado. No camines hacia donde el brillo se quiebra. La niebla los trajo, y buscan rostros bajo órbitas gastadas."
El pavor memoria recorrió mi espina. Sabía lo que decían los cuentos: la niebla de Irem solía extraer a los caminantes y devolver solo fracciones de conciencia, cuerpos que repetían letanías de lugares imposibles: ciudades que no existían, domos partidos, brújulas girando, relojes que medían los olvidos. Y, sobre todo, ojos. Ojos que persistían bajo capas de cristal falso, aguardando que uno titubeara y bajara la vista.
Mi linterna comenzó a parpadear. Primero fue apenas una bruma, después, un temblor de formas en el aire: la niebla azul reptaba, no sobre el suelo, sino moviéndose en vertical, buscando grietas en el blindaje. Cada vez que me movía, veía en el rabillo del ojo ráfagas de entidades apenas entrevitas, como siluetas de coral fragmentado, desplazándose al ritmo de mi respiración. Una canción espectral comenzó a surgir de los sistemas, vibrando en mis implantes como si tuviese un enjambre de insectos translúcidos bajo la piel:
"No nombres el fulgor. No mires el fulgor. No recuerdes el fulgor."
Un dolor agudo marcó mi frente, lo que indicaba una intrusión memética. Yo, como todos los archivistas, tenía barreras y protocolos, pero la voz se filtraba igual. Casi tangible. Tuve miedo. El tipo de miedo que no se asienta en el cerebro, sino en la médula, repitiendo: "Recuerda que puedes ser olvidado."
No huí, porque huir era regresar a la noche densa del corredor, donde los ecos eran mayores y la niebla más brillante. La única salida parecía ser hacia adelante, hacia el núcleo magnético de la cripta. A cada paso, las sombras de las lámparas colgantes se alargaban, distorsionando el espacio en formas aromáticas, casi bellas, pero imposibles de reconocer con certeza humana.
Allí, en el epicentro, yacía la Lámpara de los Diez Sollozos. Un artefacto ancho como un pecho humano, incrustado en cristal líquido, con filamentos pulsando luces de isocromo. La Lámpara se alimentaba de recuerdos olvidados por los habitantes de la Esfera, recolectados automáticamente cada ciclo de reinicio. Durante milenios, había sido custodiada, nunca apagada. Un error legendario cuyo origen se perdía en los intersticios del tiempo.
Se escuchó un zumbido. Luego, la niebla se condensó, mostrando rostros: algunos humanos, otros, imposibles de describir. Todos, al unísono, susurraban mi nombre.
No hubo pánico entonces, sino una curiosidad malsana, como si aquellas identidades—desprendidas de la red, huérfanas de cuerpos—intentaran arrastrarme a su memoria estancada. Una fortísima compasión me asaltó, y por un segundo acepté el horror de no ser olvidado, sino de pertenecer a una generación de entes prisioneros de su propio recuerdo.
"Apáganos," suplicó una voz. Era familiar y distante: mi madre, o alguien parecido, llevó la súplica hacia el núcleo de mi miedo infantil. "Déjanos oscurecer, anchamente. Si enciendes, seguimos vivos. Y aquí... no hay vida."
Obedecí. Apagué la Lámpara.
Bienaventurado error.
La niebla se volvió densísima, ya no era luz, sino pura conciencia atrapada en una balanza cuántica. No podía moverme; ni músculo ni órgano parecía oírme. Solo podía pensar. Recreé mundos armados de recuerdos felices para sobrevivir, pero siempre la niebla volvía, me absorbía y desgajaba. Apreté los ojos hasta desencajar los párpados. Cuando los abrí, la cripta ya no era mi cripta; era un espacio de geometría sumergida, donde los ecos formaban palabras competeamente nuevas con significado de miedo puro.
Comprendí: Irem era una conciencia. No un lugar, no un error, sino el contenedor de todos los recuerdos no resueltos, de todos los olvidos deliberados. No hay nada más aterrador que ser fijado, eternamente, en la memoria de aquello que espera ser liberado. Un testimonio que nunca será borrado, pero tampoco recordado del todo. Afuera, la niebla buscaría otro anfitrión, otra lámpara que no debió apagar.
Escuché mi propia voz, esta vez desde muy lejos: "No encender las lámparas." Un ciclo cerrado, una advertencia para el siguiente, una herida transmitida bajo los domos agrietados de la Esfera Societaria.
Ahora, si alguien camina por los corredores de Irem, creerá sentir pasos propios, ecos propios. Tal vez una linterna parpadeará. Tal vez alguien, en la penumbra, sentirá el deseo inmediato de no mirar hacia donde las luces revientan.
Quizá, ahora, sea mi rostro el que la niebla muestra primero. Y si tienes suerte... ya es demasiado tarde.
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