Al principio todo fue números y frío. Eso, quizás, es todo lo que jamás pueda deciros la memoria de mi mente—me ha costado meses forzar estos recuerdos al lenguaje común. Ni siquiera estoy seguro, a esta distancia, de que la densa niebla que envuelve esos hechos corresponda a los registros del alma de un hombre cuerdo. Quiero pensar que lo era cuando acepté, a ciegas, la invitación del doctor Emeric Chiswick a su laboratorio privado en las afueras de Swansea.
Me había prometido acceso exclusivo a los detalles de su más reciente avance: un proceso químico-radiológico capaz, según sus propias palabras, “de extirpar la raíz de lo temporal del organismo humano”. Las palabras, podréis imaginar, me sedujeron tanto como un abismo puede atraer a un apóstata de la razón. ¿No hemos crecido, quienes vivimos de la pluma y la teoría, ante el fuego voraz de la eternidad? ¿Quién negaría la oportunidad de mirar a los ojos al mismísimo Dios… o al menos a algún ángel caído de la ciencia?
El laboratorio de Chiswick—una mansión victoriana cuya fachada ocultaba los síntomas de una vasta locura—despedía, desde la distancia, una impresión de orden y aristocrático desaliño. A medida que ascendía las escaleras de roble pulido, reconfortaba mi ánimo la lógica de su aspecto. Pero si hubiera sospechado lo que latía bajo aquellas superficies, me habría detenido ahí mismo.
Chiswick me aguardaba en una biblioteca cubierta de polvo, mirando por una ventana tapizada de líquenes. Era un hombre alto y desgarbado, con una barba tan blanquecina como los huesos que, según rumores, estudiaba en su tiempo libre. Su mirada, de inusual intensidad, parecía calibrarme como un mineral particularmente singular.
—Libraré el cuerpo de la decadencia, Sprague —me dijo con esa voz suya, un zumbido de cigarra en una caverna húmeda—. El fluido transmutacional es el primer paso. Luego… bueno, todo dependerá de la voluntad del sujeto.
Aquella noche no dormí. Pasé horas observando la danza de relámpagos que azotaban las ventanas de mi habitación de invitados, preguntándome si no estaría ya dentro de uno de mis propios relatos de terror, condenado a presenciar sin intervenir. Pero era ya tarde para abandonar, y la irresistible lógica del horror me empujaba al abismo.
A la mañana siguiente, fui conducido a la cámara subterránea del laboratorio. Un pasillo alicatado en cobre nos guió entre vapores y maquinarias guturales, hasta la celda cubierta por cristales emplomados. Allí, lo vi: el “voluntario” del doctor Chiswick.
Su nombre era Paul Ewings, un empleado de correos, de quien Chiswick se refería con una familiaridad que me hizo estremecer—como si no fuese ya del todo un ser humano, sino una variable más en su polifacético experimento.
—El fluido —explicó Chiswick, mostrando una ampolla que contenía una sustancia violeta pulsante—detendrá la senescencia celular, pero eso es solo la fachada más vulgar de mi diseño. Lo verdaderamente revolucionario es la irradiación posterior: una resonancia anómala que desarraiga la percepción lineal del tiempo de cada célula sometida.
Ewings parecía dócil, resignado. Me pregunté si alguna hipnosis o sustancia lo había vuelto tan plácido. Las ataduras, sin embargo, hablaban de ocasionales crisis de violencia.
El procedimiento comenzó con la inyección del fluido en la base del cráneo del sujeto. Vi cómo el color de sus venas viraba—primero a un gris opaco, luego a ese maldito violeta, como si la muerte progresara desde la epidermis hacia el corazón en largos acordes de una sinfonía cósmica. Chiswick murmuraba ecuaciones, corrigiendo diales y aros de cobre en un panel repleto de conmutadores de baquelita.
Luego, las cosas cambiaron abruptamente. La luz del laboratorio se plegó sobre sí misma, como olas de vidrio licuado. Nuestro mundo se volvió brumoso, las siluetas de los muebles y las sombras de las máquinas empezaron a superponerse. El aire se volvió denso, recargado de ozono. Chiswick accionó un interruptor principal y, en ese instante, juro por mi alma que sentí cómo la flecha del tiempo se distorsionaba, como si algún demonio inflexible en sus funciones hubiese girado el reloj del universo por mero aburrimiento.
Ewings tembló, su carne fluyó y se contrajo. Vi sus ojos congelarse en un instante de terror absoluto, y después… después todo salió mal. Lo que quiero decir es que la transmutación sí ocurrió, pero no como Chiswick había prometido. El cuerpo de Ewings se abandonó a sí mismo. Encontré imposible describir con precisión la metamorfosis, pero imaginaos el envoltorio externo de un hombre desplegándose sin sangrar, floreciendo hacia adentro y luego marchitándose en un mismo segundo.
De su interior emergió algo, un remolino de neuronas vivas, como si la mente se hubiera emancipado de toda carne pero mantuviera la consciencia de su antigua prisión. Oía murmullos en idiomas que nunca había conocido. La celda entera osciló; las sombras danzaban incluso al cerrar los ojos.
Chiswick, sin inmutarse, tomó notas. Yo, embriagado de miedo pero incapaz de huir, miraba cómo esa cosa—una crisálida de pura lucidez, una inteligencia translúcida, sin forma, pero vívida y retorcida—proyectaba retazos de memoria y emoción en el aire. Vi imágenes de infancia, de trabajos mundanos, de un cumpleaños olvidado, todo mezclado con paisajes imposibles y relámpagos de horror existencial.
—¿Lo ves, Sprague? ¡Hemos transcendido la carne, sobornado al guardián de Cronos! —vociferaba Chiswick, su voz ebria de triunfo y locura.
Pero lo que Chiswick no había previsto—lo que ningún hombre sensato podría anticipar—es que la mente humana, arrancada de su linealidad temporal, se convierte en un campo de batalla de posibilidades. El remolino mental de Ewings comenzó a emitir pulsos: memorias incongruentes, pensamientos sueltos que quemaban como ácido y que, sentí con pavor, intentaban anclarse en cuanto ser consciente hubiera cerca… incluyendo a nosotros.
Sentía la erupción de imágenes ajenas en mi propio cerebro, recuerdos de hombres muertos, terrores prehistóricos, numinosos horrores envueltos en piel de hombre primitivo. Cada vez que luchaba por imponer mi voz sobre la de la entidad, me atacaba con una ráfaga de imágenes inhumanas: seres y paisajes que ninguna razón de la Tierra podía catalogar.
Chiswick, embebido en su triunfo, apenas notó cómo su nariz sangraba, ni cómo su mano izquierda palpitaba como si los nudillos hubieran aprendido un idioma propio. Yo supe entonces, con toda la certeza del abismo, que habíamos liberado algo que ni la ciencia ni la magia serían capaces de contener.
La transformación se aceleraba. El cuerpo, o lo que quedaba de él, ardía desde adentro, como si la carcasa física de Ewings ya no pudiera tolerar el peso de infinitas líneas temporales superpuestas. Chiswick intentó ajustar los controles del resonador, pero fue como apagar una tormenta con una cucharilla de té. La cosa que una vez fue un hombre emitió un gemido, tan atroz que sentí náuseas en cada fibra.
El laboratorio entero vibraba ahora bajo la presión de existencias solapadas. Por entre los muros ví los espectros de Chiswicks alternativos —algunos triunfales, otros muertos, otros reducidos a amebas que reían palabras incoherentes— y supe que el experimento había abierto una herida en la tela de la realidad, una herida capaz de supurar durante siglos.
Decidí escapar.
No puedo describir exactamente cómo lo logré. Los pasillos se distorsionaban: a veces eran túneles orgánicos, otras veces venas palpitantes cubiertas de musgo o conductos repletos de relojes fundidos. Solo recuerdo que cada vez que mi mente comenzaba a ceder ante las invasiones ajenas, un dolor sordo me hacía retroceder, como si mi alma peleara por conservar su horizonte cronológico.
Pero el horror final me aguardaba en el umbral de la salida: observé, por última vez, el semblante de Chiswick. Su rostro ya no eran facciones, sino una mascara licuada de tiempo: arrugas de anciano mezcladas con mejillas de niño, dentaduras superpuestas en todas las edades posibles. Cuando me vio, gritó:
—¡La eternidad es un frenesí, Sprague! Un odio puro contra toda secuencia, un hambre insaciable de experimentar todos los dolores y goces a la vez...
Y entonces colapsó, primero su carne, luego esa cosa informe que fue su mente. Por un momento creí ver una luz negra —sí, negra, de la clase que absorbe incluso los gritos— inundando la cámara. Me lancé por el pasillo de cobre, sintiendo que la mansión entera se retorcía bajo fuerzas incompatibles con la razón.
No sé cuánto tiempo pasó hasta que la policía me encontró vagando por el bosque, balbuceando cifras y ecuaciones que ahora me resultan imposibles de recordar. La mansión de Chiswick, según los diarios, era una ruina calcinada. Nadie halló cuerpo alguno.
He pasado los últimos meses internado en este hospital, escribiendo una y otra vez, intentando razonar con la lógica de los locos. Pero ya no sueño. Y cada vez que el reloj marca la medianoche, siento una pulsación lejana, una vibración tras la membrana del mundo: la promesa de Chiswick aún vive, acechando, buscando mentes frágiles como la mía.
Os lo advierto, quienes buscáis la eternidad en los tubos de ensayo de la ciencia: el tiempo es prisión y redención. Pero privadnos del primero… y la libertad que obtendréis será el infierno puro, la eternidad sin tregua, el terror indecible de experimentar todos los horrores posibles al mismo tiempo.
Ahora, mientras escribo la última línea, siento cómo cada recuerdo comienza a confundirse, como si la memoria ya no respetara el paso de los minutos. No sé si los doctores que me analizan son versiones de mí mismo, o si yo mismo no soy sino uno de los posibles Ewings, escapado de la crisálida y condenado a revivir su horror, una y otra vez, hasta que alguien digne romper esta simiente maldita del Prometeo Oscuro.
Si estos papeles sobreviven a mi locura, haced una sola cosa con ellos: no los leáis en voz alta, no soñéis los sueños de Chiswick. Pues, al hacerlo, abriréis de nuevo esa herida. Y quién sabe qué será capaz de cruzar esta vez.
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