Portada del relato Ecos bajo el Muelle
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Fragmento:


Kingsport, con sus callejones laberínticos, sus casas encaramadas sobre la colina y la inquietante serenidad del Atlántico, es uno de esos lugares que respira antigüedad y, a su manera, sutil perversidad. No me es ajeno; la sangre de mis ancestros circula entre sus retorcidas y húmedas piedras. Mi memoria se remonta a muchas visitas infantiles, cuando los castillos de arena en las playas grises se desmoronaban bajo nieblas nacientes, y las advertencias bajas de mi tía Abigail ponían sordina a cada excursión al puerto: “Al caer la bruma, regresa a casa. Hay cosas —decía— que sólo la niebla de Kingsport reconoce”.

Duración: 12:22

Ecos bajo el Muelle
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Texto de ajuste de pausa.

Kingsport, con sus callejones laberínticos, sus casas encaramadas sobre la colina y la inquietante serenidad del Atlántico, es uno de esos lugares que respira antigüedad y, a su manera, sutil perversidad. No me es ajeno; la sangre de mis ancestros circula entre sus retorcidas y húmedas piedras. Mi memoria se remonta a muchas visitas infantiles, cuando los castillos de arena en las playas grises se desmoronaban bajo nieblas nacientes, y las advertencias bajas de mi tía Abigail ponían sordina a cada excursión al puerto: “Al caer la bruma, regresa a casa. Hay cosas —decía— que sólo la niebla de Kingsport reconoce”.

Muchos años después, un invierno que rugía soplando desde el este, regresé a Kingsport empujado por motivos que la lógica difícilmente justificaría. Sería inexacto decir que la curiosidad me guiaba; más bien el hastío y la inquietud. El despacho de abogados donde vegetaba como socio menor comenzaba a parecerme un mausoleo, y las cartas de la tía se volvieron más urgentes, acompañadas de noticias de su salud declinante. También quería hurgar en ese escondrijo de secretos familiares que, tácitamente, me estaba vetado durante mi niñez. Los adultos de mi linaje habían estado siempre resueltos a ocultar ciertas páginas de la historia de los Waite, y la madurez —además de la soledad de los 38 años recién cumplidos— me concedía ahora autoridad e interés para adentrarme en esas zonas prohibidas.

Llegué en tren al anochecer. La estación guardaba el mismo olor a musgo viejo, a aire salino y queroseno, del que guardaba memoria. La niebla, fuerte y baja, parecía escribir fantasmas sobre las callejuelas empedradas. Aun así, guiado por un instinto que rozaba la superstición, rechacé la invitación del cochero y caminé: quise recorrer a pie las avenidas y avenidas —Firme, Water Street, la Plaza de Mercado—, como si la topografía de la ciudad pudiera susurrarme lo que la gente callaba.

La casa de mi tía, una mansión victoriana que insistía en retar a la gravedad sobre la colina de los robles, me recibió con sollozos de madera vieja. Abigail no tardó en abrir, acurrucada en su chal de lana, la voz trémula por la edad y algo más. “Kingsport te cambia, Wyatt —me confió esa noche, arrastrando las palabras mientras me servía una sopa espesa—. Aquí el pasado duele, pero aún peor es cuando viene a visitarnos en sueños”.

No insistí por el momento, pero, tras aislarme en el cuarto de huéspedes, noté que el sueño se me resistía. El viento nocturno llevaba desde el mar una sinfonía de gemidos que retumbaban en la estructura misma de la casa, mientras la niebla se arremolinaba, casi sólida, tras la ventana. Fue entonces que un tenue zumbido —al principio apenas audible, luego más fuerte— se elevó desde el sótano. Bajé descalzo por la escalera, la linterna eléctrica en mano, empujado por una audacia insensata. Nada, sin embargo, esperaba allá abajo salvo las reliquias familiares y el polvo. El zumbido se detuvo en cuanto mi luz rasgó la oscuridad, y sólo encontré la vieja maqueta de la ciudad que mi bisabuelo había esculpido, cubriéndose ya de telarañas.

Al día siguiente, la tía Abigail parecía aún más desencajada. Tardé en lograr que me contase lo que le angustiaba tanto. Diré que lo hizo, al fin, justo cuando la atmósfera sobre Kingsport parecía asfixiantemente espesa y amarilla. Se sentó en su mecedora, con los ojos fijos en el ventanal:

—Wyatt, los Waite no son como los demás —inició, casi susurrando—. Hubo un trato, siglos ha, con los que dormían bajo el agua, los Antiguos del Mar. Se creía que habíamos cortado lazos con ellos… pero nunca se olvida del todo a quienes llevan el océano en la mirada.

No me reí; conocía ya la reputación cuasimitológica de Kingsport y sus antiguas familias. Muchas generaciones antes de que los Puritanos florecieran aquí, ya se murmuraba de pactos oscuros y criaturas que nadaban entre las praderas submarinas. Sin embargo, la intensidad con que mi tía susurraba esos nombres me hizo sentir un escalofrío.

—Dicen que en noches como esta, envueltos en bruma, pueden oírse sus voces si caminas lo bastante cerca de la costa.

Ese fue mi error capital: dejarme arrastrar por el magnetismo de la superstición y salir esa noche, después de la medianoche, hacia el puerto. Necesitaba aire, y mi racionalidad abofeteaba los absurdos de cuentos para asustar niños. Sin embargo, conforme me acercaba a la zona portuaria, algo más que el viento me rasgaba los nervios. Los muelles, enmarañados de algas y madera podrida, se curvaban hacia el mar como dedos de un gigante sumergido. El agua lucía un extraño resplandor blanquecino, casi lunar, y se agitaba de una manera que no cuadraba con la marejada habitual. Noté que alguien —o algo— me observaba desde las sombras, bajo los soportales del muelle principal.

Al principio creí que era una figura humana: delgada, alargada, como encorvada por el peso de una edad indefinible. Pero su andar —o más bien, su deslizamiento— carecía de fluidez humana. Sus ojos, enormes y redondos, brillaban de una forma inhumana, reflejando la luz de la linterna como los de ciertos peces abisales. Se detuvo a unos pocos metros de mí. Por un instante, pensé que sería un borracho, algún pescador miserable de la ciudad vieja. Pero entonces percibí un olor penetrante a sal, moho y algo agrio, casi como huevos podridos.

La visión fue breve. Parpadeé, quizá un reflejo del miedo infantil, y la sombra repentina desapareció, deshaciéndose en una bruma repentina que lamía los pilotes del muelle. Contuve el aliento. Bajo mis pies, el agua se agitó de tal forma que varios tablones vibraron, a punto de soltarse. Un sonido incómodo, mitad gemido, mitad chirrido, vino desde debajo de la estructura. Me impulsé hacia atrás, encendiendo la linterna en dirección a la profundidad marina.

Nadie, por mucho que lo niegue, puede mantener el temple racional ante ciertas sensaciones. Una parte de mí, la racional y de ciudad, se forzaba a buscar una explicación: animales marinos, fenómenos atmosféricos, fatiga mental. Sin embargo, rozando los límites de la linterna, juraría que vi tentáculos acechando, algas que no eran de este mundo, y ojos submarinos de extraña fosforescencia.

Regresé corriendo a casa, sudoroso pese al viento frío y con el latido del corazón desbocado. Mi tía esperaba en la entrada, la bata sujetada con manos temblorosas. No pronunció palabra, solo asintió con la cabeza como si hubiera anticipado mi escapada y sus consecuencias. Dormí poco y mal esa noche, acosado por sueños en los que la ciudad misma parecía respirar y contraerse, como un pulmón antiguo sediento de sangre nueva.

Lo peor no fue esa noche, sino el día siguiente. Algún rumor recorrió la ciudad y llegó hasta el recibidor de la casa: las autoridades habían hallado el cadáver de un joven pescador cerca del rompeolas, desollado a medias y cubierto de una baba tornasolada. En Kingsport, tales acontecimientos no se comentan en voz alta, pero las miradas cargadas de miedo y superstición lo decían todo. La policía local, tan reacia habitualmente a aceptar auxilio externo, había llamado a un especialista de Arkham —un profesor universitario que entendía de leyendas abisales y cultos antiguos—, pero la gente del pueblo murmuraba que ni siquiera él querría inmiscuirse demasiado en “los asuntos del mar”.

El profesor, un tipo enjuto y de aspecto cetrino, me reconoció en la oficina del sheriff cuando fui a indagar; fue él quien me preguntó si tenía “sueños recurrentes tras haber caminado por los muelles en noches de bruma”. Le respondí escuetamente, consciente de que aquí ningún secreto quedaba solo mucho tiempo. Él asintió, como si no esperase otra cosa.

—La ciudad guarda sus propios ecos —dijo con voz baja—. Algunos nacen de tragedias antiguas, otros de pactos. Y otros, como el suyo, surgen cuando un descendiente vuelve, aunque sólo sea para respirar el aire sucio de Kingsport. ¿Ha notado que sus sueños parecen más vívidos aquí?

No mentí: dije la verdad. Desde mi llegada, mis noches estaban habitadas de escenas en las que el agua devoraba la ciudad, de formas serpenteantes emergiendo del mar, de habitaciones inundadas con figuras oxidadas y deformes por la presión abisal. Entonces, el profesor entornó los ojos y me condujo apartadamente hacia una de las ventanas polvorientas.

—Si quiere descubrir la raíz de todo esto —susurró—, acuda esta noche, antes de la marea alta, a la cripta subterránea al pie de la colina; la entrada está justo bajo el viejo roble partido.

Nada es más tentador para el hombre moderno que los portales cerrados a su entendimiento. Con la marea creciente, la niebla era ya como una entidad sólida. Bajé por la avenida ladeada, siguiendo el sendero que, según el profesor, llevaba al roble partido. Allí, entre sombras, se abría una trampilla oxidada. El hedor ascendía como un aliento antediluviano. Me aventuré, linterna en mano, por las escaleras de piedra. Cada peldaño descendido era un regreso a la memoria ancestral: nombres susurrados, ofrendas y canciones que nunca aprendí y sin embargo parecían conocidas.

Al fondo de la cripta, la humedad era tan densa que los pulmones dolían a cada bocanada. Las paredes, cubiertas de líquenes y signos arcanos, reverberaban con un zumbido apenas discernible, similar al que me había despertado la primera noche. En el centro de la estancia, una roca circular —más altar que mera losa— estaba agrietada, y de ella fluía un líquido oscuro, que destilaba emanaciones de podredumbre marina y algas hervidas.

Entonces supe que no estaba solo. Sentí, más que vi, una multitud de formas acuosas, hibridas de hombre y pez, con ojos bulbosos y labios hinchados, emergiendo de las sombras como mancha de aceite sobre el agua. Algunas portaban atributos humanos —una corbata, un reloj de bolsillo oxidado— como los restos de una identidad perdida, mientras que otras parecían completamente inconmensurables, monstruosidades reptantes embebidas en la penumbra. Retrocedí, mi respiración entrecortada, y entonces una voz, múltiple y gutural, brotó directamente en mi mente:

—Hijo de Kingsport… ¿Por qué despiertas el pacto dormido? ¿No comprendes que tu sangre —la sangre Waite— está atada a nosotros por juramento eterno?

El horror absoluto es saberse vinculado sin remedio a algo ajeno, inhumano y ancestral. Quise negar, explicar, rogar, pero mi garganta era todo sal. La entidad —o las entidades— enarbolaron tentáculos y manos membranosas, tocándome la frente como en una parodia herética del bautismo. El altar succionó sangre fresca de mi palma cuando intenté aferrarme y la marea de imágenes me invadió: la historia genética de mi linaje, las traiciones, los sacrificios, los portales entre océano y tierra sellados sólo temporalmente...

Forcejeé; me arrastré hacia la escalera jadeando. El aire se volvía cada vez más opresivo, saturado de sal y de algo más antiguo, primigenio y hostil. Al exterior, la niebla bullía. Corrí hasta el último aliento y alcancé la seguridad aparente de la casa, mientras los ecos de las voces submarinas poblaban aún mi mente.

Ahora escribo estas líneas como advertencia y confesión. Sé que ya no soy exactamente el mismo; cada noche, el llamado de la bruma me es más dulce y terrible. Mi tía yace ahora postrada, hablando en sueños antediluvianos. He decidido marcharme. Sé bien que nunca podré abandonar del todo Kingsport; la ciudad, y lo que duerme bajo su manto acuático, no dejan ir a los suyos tan fácilmente.

Quien tenga sangre vieja en Kingsport, que no camine jamás por los muelles en las noches de niebla; pues no sólo el presente, sino también el pasado y aquello que nunca debió ser, aguardan bajo la superficie. Y algunos despertares, como en la cripta, ya no tienen retorno.

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