Portada del relato Ecos desde la Sed de Astrea
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Fragmento:


He aquí la relación exacta de los hechos, para que juzgue por sí mismo si lo que me asedia es producto de mi mente, o algo inconmensurable y ajeno al criterio humano.

Duración: 09:01

Ecos desde la Sed de Astrea
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Texto de ajuste de pausa.

13 de marzo

Querido Doctor Beltrán:

Remito estas páginas como testimonio de mi incredulidad y de mi inquieta razón, tras ocho noches consecutivas de incidentes ocurridos desde mi nueva asignación en la estación orbital Argiva. Su consejo —la idea de llevar un diario— ha cobrado un significado oscuro, pues siento que sólo poniendo todo por escrito separo, aunque sea débilmente, la frontera entre lo real y lo irreal. ¿Me perdonará, doctor, por buscar refugio en la correspondencia cuando creí, como usted me advertía, que la soledad saturnina desbarata aún el espíritu más disciplinado? Criado entre el frío implacable de Buenos Aires y la rígida lógica de las ecuaciones celestes, no creía que pudiera resquebrajarme tan fácilmente.

La estación Argiva orbita Saturno a 270.000 kilómetros sobre la atmósfera superior, donde los anillos despiden destellos mortecinos y las sombras sobre la superficie parecen reptar aun sin vientos que las trasladen. Fui convocado para realizar tareas de medición gravitacional junto a un equipo reducido. Nuestra rutina, monótona de por sí, ha adquirido en los últimos días una tonalidad febril, como si la misma Argiva fuese una carcasa sostenida por miedos no dichos más que por los sellos de seguridad de la Agencia.

He aquí la relación exacta de los hechos, para que juzgue por sí mismo si lo que me asedia es producto de mi mente, o algo inconmensurable y ajeno al criterio humano.

14 de marzo

Querido Doctor:

He dormido mal. Por la madrugada, una vibración leve comenzó en el techo de mi camarote, extendiéndose luego a través de las paredes como si la estación gimiera. Nadie más reportó anomalías. El jefe de operaciones, Reeves, recomendó descanso y mayores horas de sueño. Pero yo no inventé esa vibración: en la taza metálica del lavabo danzaban ondas, pequeñas y persistentes, imposibles de provocar por el paso de una nave de inspección; tampoco por el movimiento de Argiva.

16 de marzo

Nadie en la estación se atreve a comentar aquello que percibimos de reojo. Komarov, la botánica, ha dejado de realizar paseos por la cúpula de observación. Ayer, durante la comida, se oían ruidos sordos, como las garras de algún animal rascando por el pasadizo, aunque la estación no permite fauna, y las únicas filtraciones son de polvo cósmico.

A las 3:40 AM, desperté con la sensación nítida de ser observado. El monitor de sueños, equipado con sensores REM que llevamos sujetos, marcaba un pico inusual en mi actividad cerebral. De nuevo, las paredes vibraron. Para tranquilizarme, intenté leer la carta más vieja en mi archivo personal, pero las palabras —escritas por mi abuelo en 2089— parecían torcerse bajo el brillo artificial, como si los recuerdos familiares también estuvieran siendo tocados por esta extraña contaminación.

17 de marzo

Doctor:

Hoy me atreví a hablar con Reeves sobre mis experiencias. Al principio se rio, alegando tensión nerviosa. Pero luego su cara perdió la frialdad de siempre. Me confesó haber soñado con una voz grave que le hablaba desde un pozo de sombras, repitiendo frases incomprensibles en lenguas que sólo identificó como babilonias o pre-etruscas. Alguien, o algo, llama —y no sólo en sueños.

Nuestras labores en la sala de resonancia han comenzado a fallar. Durante un último intento para medir las fluctuaciones de las microondas, el programa registró pulsos no previstos desde la atmósfera saturnina. Trazos rítmicos, combinados con picos en la frecuencia 4,7 Hz. Pidieron explicación a la Agencia: respondieron que “toda anomalía corresponde probablemente a descargas eléctricas locales”.

No sé si creerles.

18 de marzo

He comenzado a registrar las horas frías —aquellos minutos de la noche local donde Saturno transita por las posiciones más bajas relativas a Argiva. He notado que la estación parece desplazarse muy levemente, no estática como debiera. La sensación de que estamos “siendo mirados” es ahora intermitente, creciente. La luz se enrolla en las esquinas, y los módulos emiten un zumbido más grave que de costumbre.

Recibí una carta sin remitente por el canal privado de la sala de comunicaciones:

“El abajo mira arriba.

Cosechad la siembra de los signos.

No aprenderéis el nombre de la sombra sin perder la voz.”

El mensaje fue descartado por los técnicos como interferencia, pero me alarmó el hecho de que, al buscar rastros de su origen, encontré rutas falsas abiertas en el sistema. ¿Alguien, o algo, sabe exactamente cómo encontrarnos?

19 de marzo

He cometido la locura de pasar la noche entera en la cúpula de observación. Saturno, agigantado, parecía vigilar la estación. Los anillos brillaban con una violencia fría; algunas pequeñas lunas relampagueaban en el horizonte, ocasionalmente cubiertas por tormentas de metano.

A las 2:11 AM, el panel de emergencias se activó: alguien, o algo, paseaba en el anillo periférico exterior. Salí solo, armado con mi destornillador y linterna portátil. Allí, entre los corredores, encontré signos repetidos, dibujados con el polvo de los filtros: una especie de cruz o estrella de ocho puntas, deformada.

Cuando pasé la linterna por el plástico esmerilado de un ventanal, fue cuando vi, claramente, la Sombra: indistinta, quizá una ilusión óptica, pero donde debía haber un simple reflejo del océano de nubes que cubre Saturno, apareció una silueta que se estiraba, descomunal, tocando con sus “brazos” ambos extremos del ventanal. Dejé de mirar y corrí. El resto de la noche, Reeves y yo la pasamos en vela, anotando lo que podíamos.

20 de marzo

Komarov desapareció de su cubículo. La búsqueda ha sido infructuosa; las cámaras, por algún fallo eléctrico, registraron cinco minutos de estática en el instante crítico. La Agencia exige protocolos, pero nadie parece atreverse con sinceridad a recorrer a solas los corredores. De nuevo, la vibración: ahora acompañada de un silbido, casi musical, parecido al viento entre las columnas de ruinas antiguas. Compañeros reportan movimientos entre las compuertas estancas, como zarpas buscando entrada.

21 de marzo

He encontrado los diarios personales de Komarov, encriptados pero parcialmente legibles:

“Hay algo en el gas, algo viejo. Lo escucho en los filtros, arrastrando signos… No es humano pero sabe, sabe cómo disolver la mente en la niebla de amoníaco.”

No quiero dormir. Empiezo a notar que algo susurra mi nombre, descomponiéndolo palabra por palabra. Mi reflejo en la cápsula del baño no es exacto: hay una ligera desincronización en los gestos, una pereza. A veces me siento atravesado por la mirada de Saturno, como si esos inmensos ojos de nubes girasen, contemplando mi entereza mental.

22 de marzo

Reeves ha propuesto abrir manualmente el conducto de escape para buscar rastros de Komarov. Es una locura, pero la Agencia presiona. Mientras preparábamos los trajes, perdimos momentáneamente la luz. En la tenue claridad de emergencia, escuchamos el lamento: “El abajo mira arriba. Cosechad la siembra de los signos.”

Lo oímos todos. El sonido no venía de las radios, ni vibraba en los metales: era como si Saturno mismo susurrase a través del hidrógeno y el metano, usando nuestro aparato auditivo contra nosotros.

23 de marzo (última entrada en el registro de bordo)

Doctor, temo que la estación entera esté contaminada, no por un virus, sino por una presencia. Las sombras, las vibraciones y las siluetas traslúcidas se han multiplicado. Algunos compañeros murmuran en sueños, hablan lenguas desconocidas por las grabadoras, y los sistemas de seguridad han sido sabotajeados por fuerzas que no comprenden.

Esta última noche, Reeves y yo sellamos la cúpula desde dentro. Afuera, Saturno gira en silenciosa majestad, ajeno y monstruoso. Los signos sigilosos reaparecieron en cada esquina —el mismo patrón antiguo, como si fuera más un mensaje, un recordatorio, que una amenaza. Me atrevo a decirlo: siento que hemos cruzado el umbral de lo comprensible. Que Argiva es ahora una fractura en el tapiz del cosmos, y Saturno, un espejo donde toda la miseria y la gravedad de la mente humana quedan reflejadas, magnificadas... y devueltas, distorsionadas, repletas de ecos.

Si alguien encuentra este diario, sepa que nada aquí ha sido relato de mentes alteradas, sino el grito último de una razón acorralada por lo que acecha en la frontera entre la ciencia y el abismo. Espero sus palabras, doctor. O sus rezos.

F. Martínez, especialista en astromecánica

Estación Argiva

Órbita de Saturno

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