Portada del relato Las Esfinges de la Niebla Perdida
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Fragmento:


Drenby me recibió personalmente, impidiéndome el paso a los criados. Su rostro alto y colorado era, como siempre, dominado por unos ojos visiblemente excitados. “Michael, has venido. Debía mostrarte esto en vida, no después. Ven, calienta el cuerpo; te espera algo más que té.”

Duración: 11:01

Las Esfinges de la Niebla Perdida
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Texto de ajuste de pausa.

I

Había algo en la luz que caía sobre los humedales aquel otoño que hacía que la carne se estremeciese, como si un ojo monstruoso estuviera posado hacia la tierra sólo para divertir su curva inhumana. A mis cincuenta y dos años, jamás me había sentido tan desasosegado por una invitación académica, y no era sólo por la rabia reprimida que me despertaba quien la enviaba: el doctor Marlow Drenby, reputado sinólogo de la Universidad de Oban. Le debía ese viaje a Inganok, ciudad de la que sólo había oído rumores dispersos y que los textos antiguos apenas describen más allá de términos de ceniza y vaho. Inganok, ciudad perdida entre las estribaciones orientales, inhabitada, se supone, por siglos, aunque los sueños de los poetas aseguran otra cosa.

Practiqué una sonrisa ante el cristal de mi estudio, convencido de que mi inquietud era producto del vino del día anterior. Drenby me esperaba la noche siguiente en la vieja casa-museo de la Llanura Gris, prometiéndome una experiencia que justificaría mi escepticismo respecto a los “restos ultraterrenos” que los supersticiosos atribuyen a esa región. Todo académico debe estar preparado para soportar, y desenmascarar, la alucinación colectiva o la superstición de masas.

Cuando el tren de las 19:50 me dejó en la detenida estación de rieles comidos por la sal, la niebla del río se arremolinaba hacia la llamada Llanura Gris y la loma que dividía la comarca en dos eriales iguales. La mansión – una mole angulosa, con columnas asfixiadas por las filas de árboles enfermos – parecía aún más inhóspita bajo la piedra lunar, que hacía que los cristales brillaran como ojos muertos.

Drenby me recibió personalmente, impidiéndome el paso a los criados. Su rostro alto y colorado era, como siempre, dominado por unos ojos visiblemente excitados. “Michael, has venido. Debía mostrarte esto en vida, no después. Ven, calienta el cuerpo; te espera algo más que té.”

Me condujo a un salón en penumbra inundado de tapices sobrecargados. Había una campana de cobre en la mesa principal. Sobre la tela, descansaba una caja negra, sellada con cera antigua; los signos: perfectamente inganokianos. Mi pulso se aceleró.

“¿La has abierto?”, pregunté, y supuse que mi voz sonaba más ronca que de costumbre.

“La he abierto, sí. Y la he cerrado. Lo que contiene no es sólo un objeto, Michael. Hay algo atado adentro. Lo he sentido, incluso antes de ver aquello.” Drenby alzó la caja derramando una sombra espesa en las losas. “Pero ni siquiera eso es el espectáculo. Esta noche, he llamado a dos personas más: el geólogo Cartield y la etnógrafa Surrett. Ambos han visto y sentido. Vienen a buscar lo que da a Inganok su poder.”

Las ventanas vibraron bajo el viento que subía del páramo. El aire se arremolinaba con el mal gusto de un perfume funerario. Decidimos esperar la llegada de los otros en la biblioteca, pero los minutos se convirtieron rápidamente en una hora y Drenby, con inquietud, salió a la galería a buscar señales.

II

Débilmente desde la distancia llegó el grito. No era palabra, sino una negación. Corrimos a la puerta trasera – que, supe luego, daba justo al bosque conocido como “la faja de las torres humeantes”, restos ciclópeos de una civilización que ni los académicos quieren autorizar en los textos. Unas nubes bajas casi tocaban el suelo y, entre los troncos, bailaba la niebla en penachos nerviosos.

Vimos la figura de Surrett de rodillas, jadeando, rozada por una sustancia pegajosa que escurría desde su chaqueta carmesí. No lejos de ella, el cuerpo de Cartield yacía con la cabeza torcida — demasiado torcida — y con una expresión de absoluto terror en los ojos abiertos. Nadie hablaba; la niebla parecía más espesa, y un zumbido sordo provenía desde las profundidades del bosque, un sonido que podría ser de origen mineral, o biológico, imposiblemente antiguo.

Drenby arrastró a Surrett al interior. Ella sólo murmuraba: “Las caras… en los muros, en el círculo… se movieron, miraron…”. La depositamos cerca del hogar y tratamos de hacerle ingerir un poco de brandy. Ella gimió, y, tensa, nos relató lo sucedido: habían caminado siguiendo un hilo de piedra negra entre los árboles; tras cruzar un pórtico deformado de basaltos, vieron un claro entre ruinas cuyas estructuras parecían burbujas medio deshechas y coronadas por esfinges de contornos indecisos. “Eran figuras… no humanas. Sus ojos eran vacíos, ovalados, mostraban una tristeza horrible, pero de pronto, bajo la niebla, parecieron llenarse de un fulgor débil, como huevos rotos supurando luz. Cartield se adelantó, tocó una de las caras, y el suelo se tragó su pie. Antes de que pudiera gritar, fue como si toda la piedra se dividiera en líneas dispuestas a tragarse el cuerpo mismo.”

El resto eran sollozos incontrolables. Afuera, el viento redobló y, de repente, un largo maullido, casi musical, rasgó la noche. No era de ningún gato, ni tampoco lobo, sino algo más lento, extendido, como soplido de una trompa de barro colosal. Surrett alzó la cabeza y gritó: “¡No era sonido! ¡Era pensamiento, era hambre! ¡Viene de abajo!”

III

Esa noche, nadie dormimos. Vigilamos las ventanas, cada uno con las emociones a flor de piel y pensamientos obsesivamente centrados en la caja negra. Drenby insistía en que la había abierto y que su contenido, más que una reliquia, representaba un conducto: “Michael, hay ruinas bajo estas tierras que comunican con la ciudad original de Inganok. Lo que vemos ahí arriba, los muros y torres, no son sino los granos de polvo sobre la tumba; lo que está debajo palpita aún, porque nunca fue exactamente vida lo que albergó.”

El viento silbaba llamando entonaciones que me parecían nombres antiguos arrancados a un idioma mineral. El corazón de la noche retumbaba con el eco del zumbido, ya tan intenso que parecía por momentos provenir de los cimientos mismos de la casa. Tuve repentina certeza de que las baldosas bajo nuestros pies eran una delgada membrana separándonos de extensiones ciclópeas, oscuras, donde acechaban mentalidades que la biología jamás había soñado.

Al amanecer, decidimos marchar en grupo hasta el claro en que Surrett y Cartield sufrieron el encuentro. No podíamos dejar pudrirse un cadáver en el bosque, ni podíamos ignorar la llamada de ese círculo de esfinges — ahora, terribles caras convertidas en portal.

IV

La niebla persistía. El sendero de piedra negra se retorcía por entre raíces que solo pueden nacer de un trauma geológico o de una violencia arquitectónica. Cuando llegamos al círculo, lo encontramos tal como Surrett había dicho: una docena de figuras coronaba el perímetro, cada una distinta, aunque todas compartían ese aspecto de “ovosidad abismal”: labios apenas insinuados, mandíbulas onduladas, y ojos cuya superficie resultaba de una materialidad imposible, tan líquida que dolía mirarla, pero tan dura que enviaba reflejos percutientes en nuestra mente.

Allí estaba también la marca en la tierra, una herida que sangraba limo y pequeñas joyas amarillas, idénticas a las que en sueños algunas personas aseguran encontrar cuando son raptadas momentáneamente a ciudades de tonos esmeralda. Drenby, testarudo, levantó la caja de la reliquia y se acercó al centro del círculo. No puedo justificar mi pasividad. Algo se apoderó de cada uno de los testigos: la sensación de estar a la vez en el epicentro y en la nada, de que un ojo —no uno físico, sino de intención— nos evaluaba desde una distancia física y temporal inconmensurable.

El suelo vibró, y de entre las bases de las esfinges salió humo negruzco. Drenby, temblando, rompió el sello de la caja. Dentro, la reliquia era un óvalo, límpido como una célula, que parecía absorber más que reflejar la luz. El aire se curvó brutalmente al tocarlo, como un espejo de mercurio hecho gas. Por una milésima de segundo, sentí desfallecer toda la realidad de mi alrededor.

Y entonces vimos: en el agua estancada reflejada circularmente por las esfinges, se abrieron cientos de rostros. Pero no eran rostros humanos. Imposibles de describir con palabras, resultaban composiciones tentaculadas de líneas pensantes, chorreadas de oro verde y carmesí. Sus bocas eran huecos sin fondo. Y, en medio de esos rostros, una voz-que-no-es-voz, proyectó en nuestras mentes: “El ciclo se reabre. Aquellos que rozaron nuestros límites serán dispersados.”

Una fuerza arterial, de una inteligencia que era a la nuestra lo que nosotros somos a un hongo, subió como un latigazo. Drenby gritó algo – que nunca recordé con claridad – y las raicillas del suelo, junto con tentáculos de niebla, se prendieron a su carne. Luché por impedirlo. Algo me golpeó, cayendo hacia atrás. Del círculo brotó una luz tan densa que, aunque mis ojos seguían abiertos, sólo vi la negrura de la ceguera absoluta.

V

Desperté en la biblioteca, días después, rodeado de papeles desordenados y con la noche en la sangre. Surrett, sentada junto a la ventana, sólo murmuraba: “Nos dejaron ir. No todo regresa, no todo queda. La ciudad duerme, pero a veces espía.” Drenby y Cartield nunca fueron encontrados. El círculo de las esfinges había desaparecido: el claro mismo era ahora sólo un denso mantillo de limo, donde a veces las sombras parecían adoptar formas de antiguas burbujas.

Durante semanas, la culpa, el miedo y el insomnio me devoraron. Todo olía a descomposición y a la sustancia de la caja negra, que había dejado en mis manos un rastro de frío que no se quitaba con fricción de ninguna especie. Existía la sospecha, feroz y sólida, de que el objeto era sólo un cebo, un imán para inteligencias que flotaban entre los intersticios de la realidad y que, cuando lo creyeran oportuno, redefinirían los contornos de la memoria y del espacio, arrastrando consigo no sólo a los curiosos, sino a todo aquel que soñase con Inganok, la ciudad que nunca termina de morir.

Todo lo que puedo hacer ahora es advertir, aunque sé que para algunos la advertencia equivale a invitación. El polvo de las ruinas no es sino corteza: el núcleo, aún palpitante, espera paciente. Nadie sabe lo que duerme tras semejantes puertas, ni lo que deviene cuando la niebla de la llanura intercepta la voluntad de quienes deambulan en busca de respuestas.

Si alguna vez, incauto lector, tus pasos te arrastran a la Llanura Gris, retrocede ante la primera visión de una esfinge cuya mirada parece durar más que la piedra. No todo lo que desliza en lo profundo de Inganok regresa del todo. Y algunos, aunque regresen, sólo traen consigo memoria de la negrura absoluta.

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