Portada del relato La boca en la página
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Fragmento:


Aunque notoriamente aborrecía los textos de “rareza culta”, como solía llamarlos, reconozco que la paga era generosa, y los tiempos difíciles. Me armé, pues, de una jarra de té y comencé a hojear. No bien había leído el primer párrafo, sentí un frío adentrándose entre mis vértebras, como si hubiese abierto la ventana a la niebla. Las palabras invitaban a una insidiosa repugnancia: “Sobre las manos que enseñan bocas y sobre la carne que sabe ser página”. Era, a primera vista, un intento de poesía hermética, plagado de invocaciones a seres y conceptos aún más desconcertantes.

Duración: 10:43

La boca en la página
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Texto de ajuste de pausa.

Las horas muertas entre las dos y las cuatro de la mañana son las que más inquietudes me traen. Soy un hombre metódico, porfiadamente ajeno al misticismo, aunque cada vez me cuesta defender esa descripción de mí mismo. Escribo estas líneas con la firme intención de desprenderme de la tenebrosa carga que amenaza con llenar de espuma mi cordura. Quizá, para aquellos que profesan un escepticismo invulnerable, mi relato resultará un mero delirio de insomnio; pero ruego al lector considerar la posibilidad de que hay grietas profundas bajo los cimientos de la realidad, y que por ellas se filtran cosas demasiado genuinas para ser ignoradas.

Mi nombre no es relevante; bástele al lector saber que soy traductor y corrector profesional. Mi vida ha transcurrido en el anónimo rigor de los libros, del latín y del inglés antiguo, de los manuscritos polvorientos y los textos a los que sólo se les permite la luz para ser cifrados una vez más. Durante algún tiempo, trabajé para una editorial marginal de Londres, especializada en obras rescatadas de recovecos más oscuros que los sótanos de la propia ciudad. Allí fue donde me encontré con el manuscrito: una pila de hojas, algo chamuscadas en los bordes, cubiertas de caracteres inquietantemente oscuros y repugnantes en su manera de retorcer el idioma.

Me llegó junto a una carta: “Estimado señor W., agradeceríamos su habitual pericia en la preparación de esta transcripción. El archivo adjunto proviene de una reciente adquisición; somos conscientes de ciertas tendencias… inusuales en el texto. Su discreción y profesionalismo serán, como siempre, apreciados”. La firma era ilegible. En el apartado de “Título sugerido”, solo una palabra: “Imprecaciones”.

Aunque notoriamente aborrecía los textos de “rareza culta”, como solía llamarlos, reconozco que la paga era generosa, y los tiempos difíciles. Me armé, pues, de una jarra de té y comencé a hojear. No bien había leído el primer párrafo, sentí un frío adentrándose entre mis vértebras, como si hubiese abierto la ventana a la niebla. Las palabras invitaban a una insidiosa repugnancia: “Sobre las manos que enseñan bocas y sobre la carne que sabe ser página”. Era, a primera vista, un intento de poesía hermética, plagado de invocaciones a seres y conceptos aún más desconcertantes.

Los párrafos siguientes alternaban entre versos proféticos y pervertidas liturgias. Varias veces se mencionaba el “Oscuro de la Boca, aquel que carece de rostro pero traza en los cuerpos las Escrituras que nadie debe leer”. Más adelante, saltando entre quebrados hexámetros, se describía una reunión clandestina en cierta urbe sedentaria del pasado (¿Babilonia, Cartago, una ficcional Nínive?). Los asistentes a la reunión alzaban sus manos, que temblaban y abrían bocas donde deberían haber tenido sólo venas y hueso.

No pude evitar preguntarme de qué tradición oculta provenía el texto. Intenté rastrear menciones en bibliotecas virtuales, pregunté discretamente a colegas, recabé notas, pero no hallé nada que no fuese, a su vez, fragmentario e inconcluso. Todo parecía orbitar a unas “Profecías de Yuggoth”, atribuidas a poetas lunáticos de principios del siglo XX, extravagancias pulp sin mayor importancia. Sin embargo, ciertas frases, como ecos sucios, comenzaron a repetirse en mi mente, incluso mientras hacía tareas triviales―la conexión entre los nombres extraños, Ygolonac y Yuggoth, comenzó a incomodarme. Mi lógica me calmaba: mitos, mezclas, una broma elaborada. Pero dentro, algo se revolvía, una repulsión creciente por tocar las propias manos, que algunas noches llegué a encerrar bajo las sábanas, como si temiese que actuaran por sí solas.

A medida que avanzaba en la traducción, las horas nocturnas se volvían más opresivas. No era solo el texto. Era... un rumor, una insinuación gris bajo las palabras, como si el temblor de una boca sin dientes yaciera bajo la superficie de cada sílaba. Comencé a saltarme fragmentos, pero me sentía observado cada vez que lo hacía; la paranoia se cernía como una niebla bajo la puerta. Empecé a soñar, pero no eran sueños corrientes. Eran simulacros de vigilia, de pie junto a un pupitre en el que copiaba frases interminables: “Nadie escapará de la lengua sorda”, “El que lee es leído”.

Una madrugada me desperté jadeante, con el sudor empapando las sábanas y la boca pastosa. Mis manos me dolían; al encender la lámpara, comprobé con horror pequeñas marcas rojas, como diminutos labios abiertos, en los nudillos. Me apuré a lavarlas, frotando con fuerza hasta que quedaron en carne viva. Me negué a darle mayores vueltas: debí haberme lastimado en sueños. Aun así, cada vez que regresaba al manuscrito, la sensación se agravaba… ahora me parecía que las páginas mismas estaban agrietadas, emulando piel seca, y que si miraba de cerca, vería la carnosidad debajo de la celulosa.

Fue entonces cuando empecé a sentir que no escribía yo. “El que lee es leído”, sonaba en la memoria. Las frases llegaban como dictadas, con énfasis en fórmulas y latiguillos que no reconocía como míos. Una tarde, al releer lo traducido, noté pasajes completos que juraría nunca haber tecleado: “Dejad que sus bocas os llamen desde las yemas, que Ygli, Señor de la Piel Oral, suture vuestras voces en la carne”. Volví a la máquina, destrocé hojas, intenté reconstruir, pero los borradores previos estaban igualmente corrompidos.

Quise abandonar―redacté una carta de renuncia, la guardé en un sobre y la escondí bajo la almohada. Sin embargo, al despertar, no estaba allí. En su lugar, una nota, ajena a mi caligrafía: “La boca no acepta la negación”. Grité, maldije, patee la cama, pero comprendí que las palabras no sólo residen en la mente, sino que pueden buscar anfitrión en los huesos y tejidos.

Busqué ayuda, primero en médicos, luego en clérigos de distintas denominaciones. Me examinaron las manos, que para entonces albergaban cinco o seis de esas extrañas heridas en torno a los nudillos y las palmas. Ningún estudio reveló nada alarmante; uno de los doctores sugirió estrés autoinducido, y propuso que usara guantes blandos al dormir. Fui a una capilla anglicana, le relaté al vicario una versión muy atenuada de los hechos. El hombre, tras escucharme, murmuró unas oraciones y me indicó que evitara la lectura de textos “que evocan la idolatría de la carne”. Yo, naturalmente, me sentí peor que antes.

Durante semanas, el manuscrito me obsesionó. Me negué a continuarlo, pero su presencia ocupaba la totalidad del escritorio, eclipsando cartas, papeles y, como un tumor, infiltrando las áreas inocentes de mi vida. Las noches se hicieron impensables fuera del insomnio; los sueños, si venían, eran fracturados y espantosamente táctiles: la sensación de páginas que rozan la lengua, de dientes que asoman bajo el texto. Soñé que devoraba el manuscrito, hoja tras hoja, asqueado de la tinta empapada en saliva, mientras voces murmuraban instrucciones: “Traducirnos es abrirse”.

Una mañana, invadido por la desesperación, quemé las hojas. Me senté frente a la chimenea, viendo cómo la caligrafía negra se retorcía en tenues bocanadas amarillentas y aspirá aquel hedor familiar, como de carne marchita y especias dulzonas. Pero cuando me atreví a mirar el escritorio más tarde, encontré las hojas pulcramente apiladas, como si no hubieran pasado jamás por el fuego. Fue entonces cuando la realidad se hendió, y me sentí como un muñeco hueco dentro de un acto sacramental.

La última etapa, la más repugnante de todas, comenzó con un sueño particular, en el que desperté desnudo, sin rostro, en una sala repleta de otros desconocidos. Todos, como yo, carecían de facciones, pero en las palmas de sus manos yacían sonrosadas bocas diminutas que se abrían y murmuraban, componiendo un canto incomprensible pero convincente en su cadencia inevitable. Veíamos, a través de esas bocas, un libro flotando sobre el estrado; sus páginas pulsaban y latían como órganos recién extraídos. Una figura sin rostro, envuelta en túnicas mugrientas, proclamaba sin voz: “Lo que lees, te reescribe”.

Desperté vomitando una masa negra tan amarga que mis labios ardieron durante días. Desde entonces, fue imposible apartar la atención de mis manos. No podía tocarlas sin sentir que algo justo debajo de la piel se agitaba, un hormigueo que devoraba toda voluntad. Los surcos se abrían, diminutos labios magullados que palpaban la realidad circundante, husmeando el aire.

Apenas hace unas noches culminé la traducción. No poseo recuerdos claros de ese periodo: sólo amplios vacíos, y el borroneo de palabras insidiosas. El manuscrito está en un sobre, listo para ser enviado. Alguna parte residual de mi lógica me obliga a cumplir con el trabajo, quizás porque sabe que el texto no es otra cosa que un vector, una ficha de contagio.

Este es mi testimonio final. Si lee estas palabras, amigo, deténgase. No intente continuar la traducción. No reporte este texto a ninguna autoridad académica o editorial. Deje que las páginas duerman, sin hostigar sus sueños ni su carne.

Hay seres antiguos cuyas profecías fueron talladas no en piedra ni pergamino, sino en la materia misma de los hombres, que aguardan en la oscuridad de nuestro inconsciente colectivo. Las profecías de Yuggoth, los nombres de la carne, atraen la atención de entidades que no conocen compasión, que sólo buscan bocas donde instalar sus mensajes.

A medida que escribo estas últimas palabras, las manos me pesan, la piel se agrieta más con cada pulsación. No sé cuánto tiempo queda antes de que las bocas se abran lo suficiente para devorar no sólo mis manos, sino mis pensamientos. Escucho un murmullo creciente; la lengua quiere plegarse fuera de su sitio natural para hablar sola. Sé que pronto no seré quien firme mis escritos.

La carne se deja tatuar por lo innombrable. La boca busca una página. Si alguien encuentra este testimonio, sea sabio: arroje una cerilla y huya, porque incluso el fuego tiene miedo de las historias que se cuentan con lenguas prestadas.

Yo, que creí gobernar las palabras, he descubierto que sólo era su superficie, un velo inconsistente. Nadie que lea este manuscrito habrá de volver a confiar en sus manos. Nadie habrá de dormir seguro, ni de traducir otro secreto, porque en cualquier momento sentirán la boca en la página.

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