Portada del relato La máscara amarilla
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Fragmento:


Bajó a la poca iluminada sala común, donde la señora Grafton le otorgó un desayuno parco. En sus gestos se advertía una hostilidad resignada, resistente a toda tentativa de camaradería. Edgar agradeció en silencio y comió presuroso, temeroso de ser estorbado por más visiones diáfanas. Pagó con monedas que tintinearon como campanillas fúnebres y se escabulló a la calle, sintiendo de nuevo miradas clavándosele entre los omóplatos.

Duración: 17:24

Libro La niebla sobre Carcosa

La máscara amarilla
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Texto de ajuste de pausa.

Capítulo 2: La máscara amarilla

El despertar de Edgar Salton fue agónico, un tirón lento y abrupto desde el fondo de abismos soñados. Durante la noche, las visiones se habían multiplicado: un teatro cubierto de ceniza dorada, máscaras relucientes flotando en la oscuridad y, entre bambalinas, retazos de un tapiz carmesí y dorado. Todo ello se había anclado en su memoria como una sustancia pegajosa e ineludible. Al abrir los ojos en la penumbra de la habitación de Auburn House, el primer pensamiento de Edgar no fue de alivio, sino de inquietud, pues el velo de la realidad parecía cada vez más fino.

La luz mortecina de la madrugada se filtraba entre las cortinas manchadas. La niebla continuaba, densa como una masa indiferente, envolviendo el jardín y la calle. Desde la ventana, Edgar apenas distinguía las formas del matorral que latían y retrocedían con la bruma, como si algo reptase justo fuera del campo de visión. Durante un instante, pensó haber visto una figura encorvada, como la de un actor agazapado tras las sombras, pero al mirar fijamente, sólo encontró el temblor del follaje. Se vistió con movimientos lentos y mecánicos, como si temiera perturbar el silencio saturado de presagios. Abandonó la habitación con la carta y el cuaderno encontrado en la biblioteca bajo el brazo, sus únicos amuletos.

Bajó a la poca iluminada sala común, donde la señora Grafton le otorgó un desayuno parco. En sus gestos se advertía una hostilidad resignada, resistente a toda tentativa de camaradería. Edgar agradeció en silencio y comió presuroso, temeroso de ser estorbado por más visiones diáfanas. Pagó con monedas que tintinearon como campanillas fúnebres y se escabulló a la calle, sintiendo de nuevo miradas clavándosele entre los omóplatos.

Esa mañana decidió buscar a los vecinos menos ariscos. Su primer destino fue la sastrería: el arte de coser era, desde antiguo, una atalaya para la observación de la vida cotidiana. El interior del local, con olor a alcanfor y tela húmeda, estaba vacío salvo por una anciana de ojos agudos y dedos nudosos, encargada de zurcir un abrigo. Al preguntar sobre la piedra de las marcas y sobre historias locales, la mujer se limitó a hablar del tiempo y de la dificultad de importar buenas agujas desde Boston. Pero cuando Edgar mencionó la palabra “máscara”—por accidente, evocada por un corte en el forro de un sombrero ceremonial—, el hilo pareció resbalar de los dedos de la costurera. Por un momento, el aire se volvió más pesado.

—Se ven cosas extrañas en la niebla —dijo al fin, tras un largo silencio—. Procure no quedarse fuera después del toque de queda.

—¿Por qué motivo? —preguntó Edgar, casi susurrando.

—Aquí recordamos demasiado bien el pasado. Algunos recuerdos son contagiosos, señor Salton. Hay quienes llevan su pasado en la cara, atado a ellos como una marca.

Ese eco siniestro arrastró a Edgar por las aceras resquebrajadas de Kingsvale, guiándolo hasta una casa ajada en la periferia del pueblo, recomendada por la tendera de ultramarinos como el hogar de la señora Whitlock. Lo recibió el chirrido de la verja y un minúsculo jardín de nenúfares, donde una anciana enjuta, con cabello desbordantemente blanco y mirada ausente, recortaba tallos marchitos bajo la escarcha matinal. Observó a Edgar sin sorpresa, como si ya lo esperase.

—Señora Whitlock, ¿puedo consultarle sobre la historia del pueblo? —dijo Edgar, tenso.

—El tiempo no existe aquí, joven —contestó con voz ronca. Su acento era de otra época, mecido por sílabas arcaicas—. Beba un poco de té, y podrá perseguir sus sombras.

Obedeció y siguió a la mujer hasta el interior de la vivienda, un vestíbulo dominado por el olor a flores secas y cera de abejas. Se acomodaron junto a una mesa de madera sobre la que descansaba una tetera amarilla. A medida que la conversación avanzaba, Edgar deslizó preguntas calculadas, pero fue la señora Whitlock quien primero habló de la ‘Máscara’.

—En mis sueños, el teatro se llena y las máscaras lo observan todo. Nadie sabe cuándo comienza la función. Dicen que, si la cortina se levanta y una voz lo llama a escena, es porque ya volvió el Rey y la locura corre por la sangre de otra generación.

La voz de la anciana caía como losas. Edgar preguntó por la conexión de aquello con la piedra y la ciudad perdida.

—Carcosa no está tan lejos… Pero uno debe estar marcado, debe ser señalado por las máscaras doradas. No todos soportan el peso del oro en su rostro. No todos vuelven. Algunos se quedan del otro lado para siempre, atrapados en un sueño que no es sueño ni vida. A veces, la máscara no se cae, ni siquiera cuando llega el alba.

La anciana se detuvo y fijó en él una mirada opaca. Sus dedos se movían sobre la mesa, como tejiendo una figura invisible.

—¿Por qué fue elegido usted para recibir la carta?

Edgar titubeó. Ni él mismo lo sabía. Preguntó, buscando desviar la atención, quién más en Kingsvale había sufrido sueños similares.

—Las familias antiguas, los que construyeron la iglesia, los que grabaron la piedra antes de que llegara el tren. A veces, niños despiertan hablando de cortinas y de máscaras, y corren gritando en la noche. Otras veces, la locura es silenciosa y corroe lento, como el oro falso bajo la lluvia. Nadie lo nombra, pero todos lo temen. Mis tíos hablaban del Rey, y de su heraldo. Dicen que, cuando una generación olvida, los sueños lo recuerdan por ellos.

Se hizo un silencio indescriptible. La señora Whitlock retiró el servicio de té y, antes de despedirlo, le tendió una cinta amarilla arrugada.

—Cuando sueñe con la máscara, átese esto a la muñeca. Puede que le ayude a no perderse… demasiado.

Edgar agradeció, no sin cierta rigidez, y salió a la calle, sintiendo que la atmósfera palpitaba con nuevos significados.

Lo siguiente fue investigar en la iglesia, empujado por la nueva obsesión que lubricaba sus pensamientos. Caminó entre losas musgosas y ánimas en pena pintadas en vitrales polvorientos. El reverendo lo recibió con la misma sonrisa temblorosa del día anterior, pero esta vez, ante la mención de símbolos dorados y la constante aparición de mascarillas en sueños, torció la boca de manera casi imperceptible.

—El oro es traicionero, joven Salton —dijo, alzando la vista hacia el altar, donde visos amarillos recorrían los bordes de una cruz—. Los libros santos prohíben la idolatría, pero Kingsvale está hecho de excepciones. El miedo hace santos al polvo y de dioses a las piedras.

Preguntó por manuscritos en el archivo parroquial y el reverendo, resignado, le permitió el acceso a una vieja sacristía. Allí, entre registros de bautismos y sermones, Edgar halló varias hojas sueltas, cubiertas de símbolos pintados al temple, líneas en espiral y círculos entrelazados que evocaban sueños recurrentes del Rey de Amarillo.

Junto a estos, una serie de notas confesionales, tan antiguas que la tinta se había tornado verde olivo, refería la presencia de un culto clandestino durante generaciones. Había uno, de 1883:

“Reaparecen los sueños. Las madres atan amuletos a sus hijos. Nadie habla, pero todos esperan el regreso del portador de la máscara. Algunos creen que es castigo, otros, elección. El símbolo dorado se graba en la frente y no se borra ni con la muerte.”

El resto eran fragmentos caóticos: “…las mascarillas doradas que lloran sangre de luna llena…”; “…el heraldo disfrazado camina entre nosotros…”; “…Carcosa extiende su sombra con cada rostro enmudecido bajo la máscara.”

Un temblor frío sacudió a Edgar. Salió de la iglesia, en parte liberado, en parte más prisionero. No había duda: los símbolos, la Máscara, el Rey de Amarillo y Hastur formaban un tapiz siniestro, hilos indelebles cosidos en la historia de Kingsvale.

Recordando el consejo de la señora Whitlock, Edgar ató la cinta amarilla a su muñeca.

De nuevo en las calles, la gente parecía aún más esquiva, como asustada de su propia sombra. Los faroles duplicaban la neblina hasta volver al pueblo una abstracción de figuras entrecruzadas. Edgar sintió, por primera vez de manera tangible, que quien mirara demasiado fijamente los contornos de Kingsvale terminaría por ver algo que no debía ser revelado.

Esa tarde, mientras anotaba apuntes febriles en su habitación de Auburn House, fue vencido por el sueño. Lo sumió una pesadez monstruosa, como si la atmósfera misma pesara toneladas. En su ensoñación aparecía otra vez el teatro, pero ahora las máscaras lo rodeaban, y su propio rostro flotaba entre ellas, vacío, cubierto a medias por una película dorada translúcida. Había música distante, lúgubre y entumecedora. Una voz, reconocible pero deformada, recitaba versos ilegibles sobre la ciudad sumergida y el Rey sin rostro. Buscó su reflejo en un espejo que colgaba sobre la boca de escena; lo que vio lo horrorizó:

Era su propio rostro, distorsionado y hueco, cubierto por una máscara lustrosa que lagrimeaba oro. Quiso arrancársela pero, cuanto más luchaba, más se fundía a su carne. Gritó, pero sólo una risa gutural y ajena escapó de su boca. Al fondo, en la platea, un único espectador vestido de amarillo lo aplaudía en silencio, los ojos desbordados de tinieblas. La cortina descendió y las luces se apagaron.

Despertó jadeando, el pulso disparado y la cinta amarilla ciñendo su muñeca con una presión casi asfixiante. Durante unos minutos no se atrevió a mirar el espejo real sobre el lavabo. El sudor iba tiñendo su camisa y sentía un peso ominoso presionando el pecho. Rogó al inevitable sinsentido de la lógica que todo fuera fruto de una fantasía enfermiza, pero la presencia de la cinta, húmeda y arrugada, le impidió engañarse por completo.

Buscando una distracción racional, Edgar salió a caminar al atardecer. La niebla era aún más espesa que la noche anterior y los faroles parecían chapotear en mercurio. Caminó hasta el parque central, decidido a buscar compañía humana, aunque sólo fuera una defensa contraria a la soledad asfixiante. Allí, en un banco, vio nuevamente al hombre del sombrero y guantes marfil. Esta vez el desconocido no lo rehuía, sino que alzó la cabeza apenas unos grados, suficiente para dejar entrever, bajo la sombra, un destello dorado donde debieran estar los ojos. Edgar se sentó a distancia prudente, fingiendo leer el cuaderno.

—¿Se siente usted observado en este pueblo, señor Salton? —dijo la voz fría, modulada, como si leyera un papel—. Debe entender que Kingsvale cuida de sus propios asuntos.

—Busco respuestas, nada más. —contestó Edgar, demasiado cansado para fingir indiferencia.

—Algunas respuestas poseen el veneno de la verdad. Si prosigue, hallará que es mucho más fácil perderse que regresar. ¿Ha soñado con la máscara?

La pregunta retumbó como un látigo. Edgar dudó. Su silencio fue suficiente.

—Se dice que, mientras dure la bruma, el pasado y el futuro se confunden, y que algunos somos elegidos para recordar a través de las generaciones. ¿Quiere un consejo?

El desconocido se levantó, se inclinó apenas, y murmuró:

—Cuando vea su reflejo, no confíe en lo que observe.

Acto seguido, se perdió entre la niebla, dejando a Edgar con la sensación de haber asistido a un ensayo teatral cuyo guión desconocía pero en el que su propio nombre figuraba en letras grandes.

Regresó a la posada con paso irregular, abrigándose contra un súbito viento que parecía arrastrar ecos lúgubres de música. Apenas pudo dormir esa noche, golpeado por imágenes persistentes de espejos líquidos, rostros distorsionados y ojos vacíos.

En la madrugada, lo despertó el sonido de pasos en el pasillo. Salió al recibidor y vio, al fondo, la figura de la señora Grafton discutiendo en susurros con otro huésped, un hombre envuelto en una capa amarilla demasiado llamativa para la modestia del pueblo. Oyeron la puerta chirriar y ambos se giraron. La conversación cesó abruptamente; la señora Grafton murmuró:

—Recuerde, sólo es teatro. No hay nada fuera de lo común.

El hombre lo miró con una intensa fijeza. Sin palabras, Edgar captó un mensaje: el secreto más peligroso del pueblo era, precisamente, no hablar jamás de él.

Los días se sucedieron en un torbellino de paranoia y sueños. Imágenes oníricas de Carcosa invadían el duermevela, trayendo consigo la silueta pavorosa del Rey de Amarillo y coros de máscaras oscurecidas, como si la línea entre el sueño y la vigilia se viera erosionada. Las casas que visitaba, las calles que recorría, todo parecía titilar de símbolos amarillos: hilos en los dinteles, listones en las ventanas, flores secas colgadas en cúmulos y dibujos encubiertos en los zócalos.

Cada nuevo intento de diálogo con los aldeanos conducía a un muro de evasivas y miradas desorbitadas. Edgar comenzó a notar lagunas en su memoria: pequeños saltos, instantes en los que parecía mirar el mundo desde fuera, como si su cuerpo le fuera ajeno y la percepción fluctuara. En una ocasión, tras un lapsus mental, se descubrió de pie frente al lago de Hali, incapaz de recordar cómo había llegado hasta allí. Sus ropas estaban húmedas, y tenía grava entre los dedos, pero—al mirar el reflejo de su rostro en el agua—percibió una máscara dorada donde debiera haber estado su piel.

Dio un grito ahogado y cayó de espaldas. Al reincorporarse, el reflejo ya era el suyo, aunque agotado y enfermo de miedo. El agua del lago giraba en remolinos mudos, sin dejar traslucir vida, como si aguardara la llegada de una nueva tempestad.

La noche siguiente, el mismo sueño lo emboscó: la platea se eclipsaba con el rumor del público espectral, los actores danzaban mecánicamente, y él comprendía, de improviso, que la obra no había tenido todavía su desenlace. El Rey de Amarillo lo esperaba y, desde el escenario, le extendía una máscara de bordes dorados que parecía moldeada en fuego líquido. Edgar, inerme, se arrodillaba y la recibía. El tacto era gélido; el olor, a cera y putrefacción.

Despertó empapado, la cinta amarilla cortándole la circulación en la muñeca.

Edgar, cada vez más inseguro de su realidad, anotaba sus percepciones en el cuaderno del manuscrito de la biblioteca. Allí volcaba todo: las frases de la señora Whitlock, los símbolos encontrados en la iglesia, las evasivas del tendero, el extraño visitante de la capa amarilla y sus propios episodios de amnesia y despersonalización. Con cada palabra escrita, creía luchar contra la marea dorada que amenazaba con borrarlo.

Al tercer amanecer, el pueblo presentó una novedad escalofriante. De los pórticos de todas las casas colgaban máscaras de papel dorado, de rasgos monstruosos, sin boca o con fauces abiertas de modo antinatural. Nadie parecía verlas, ni murmuraba palabra alguna al respecto. Edgar preguntó a la señora Whitlock, que asomó a la puerta con la expresión helada de los que ya han cruzado el umbral del secreto.

—Es tiempo de máscaras —dijo, en voz casi inaudible—. El que tenga un papel que representar, lo sabrá. Prepárese. La función empieza con la luna nueva, y no todos entienden el libreto.

Ese día, tras otra caminata nerviosa, Edgar encontró entre sus notas una página que no recordaba haber escrito. La caligrafía era extraña, la tinta pardusca:

“Repite el nombre y la máscara vendrá a ti. Cuando tus sueños se llenen de oro, el Rey elegirá su heraldo. No luches. Déjate escribir.”

El horror se volvió abrumador. Edgar se encerró en la habitación y se forzó a memorizar su propio nombre, su infancia, el rostro de su madre. Luchaba contra la noción de volatilidad, de contagio onírico. Pero los límites de la percepción eran cada vez más frágiles. Estaba seguro de que alguien o algo lo acechaba, transmitiéndole imágenes de una ciudad lejana, irreconocible e inasible.

Al anochecer, la señora Grafton golpeó la puerta, pidiéndole que bajara al comedor. La sala estaba ocupada por una docena de habitantes con atuendos opacos. Todos llevaban una cinta amarilla en la muñeca. Nadie hablaba, pero todos miraban a Edgar, como midiendo su reacción. Una joven taciturna, de cabellos oscuros y barba en la mejilla, se le acercó y, sin preámbulos, murmuró: “Cuando la máscara se cierre, verá lo que hace tiempo fue olvidado. Sólo entonces podrá elegir.”

Edgar huye hacia la noche húmeda y espectral, la luna nueva emergiendo tras la niebla y la convicción, ahora imposible de ignorar, de que las máscaras no eran sólo símbolos, sino puertas y marcas en la conciencia. La cinta aprieta su muñeca, la realidad gime bajo la presión invisible de lo inhumano, y las voces de Kingsvale le susurran desde la oscuridad que la función sólo acaba de comenzar. El heraldo ha sido elegido, y la máscara amarilla le reclama.

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