Portada del relato La Niebla de Carcosa
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Fragmento:


Al capitular a la tentación, Martel pasó noches investigando el significado de “Hastur”. Halló breves referencias en el “Fragmentum Carcosae” de Clérisseau, mencionando ritos lacustres en la antigüedad. En la poesía de Maeterlinck rozó los ecos de lo inefable, y al estudiar el “Livre d’Ivon” en la Biblioteca Nacional comprendió que lo que había en el papel amarillo no era simple caligrafía. Durante días la pesadilla lo visitó incesantemente: veía máscaras blancas, imposibles de captar por completo; y una ciudad de cúpulas y canales negra y dorada, envuelta en bruma sulfúrica, donde una figura con halo de luz amarilla flotaba sobre un lago verde.

Duración: 08:25

La Niebla de Carcosa
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

El vapor del café en la taza se arremolinaba como si buscara formar figuras definidas en el aire denso de la biblioteca. Los muros, atestados de libros en francés y griego, parecían intuir la inquietud de Alain Martel. Afuera, la niebla de Le Mans se deslizaba entre los faroles antiguos y, por alguna razón, la humedad le recordaba aquella noche en el seminario, hacía dieciocho largos años, cuando surgió por primera vez el nombre de Hastur.

Fue un otoño lleno de lluvias perpetuas, cuando llegó la carta de Paris firmada por un oscuro y ya decadente académico: Gaston Lemercier. La carta era casi ilegible, sus márgenes llenos de borrones. Del sobre sobresalía una hoja adicional, muy claramente extranjera: amarilla, quebradiza, con símbolos espirales en los márgenes. Martel la contempló largamente antes de tomar valor para abrirla.

“Querido amigo Martel: He encontrado un documento cuyo contenido hui de discutir en esta vida. Si sigue usted con vida cuando reciba esto, tenga a bien destruir lo que acompaño. El Signo, si lo mira, lo reclamará... Sé que compartimos el amor a las fronteras del saber, pero este es un abismo, no una frontera”.

Al capitular a la tentación, Martel pasó noches investigando el significado de “Hastur”. Halló breves referencias en el “Fragmentum Carcosae” de Clérisseau, mencionando ritos lacustres en la antigüedad. En la poesía de Maeterlinck rozó los ecos de lo inefable, y al estudiar el “Livre d’Ivon” en la Biblioteca Nacional comprendió que lo que había en el papel amarillo no era simple caligrafía. Durante días la pesadilla lo visitó incesantemente: veía máscaras blancas, imposibles de captar por completo; y una ciudad de cúpulas y canales negra y dorada, envuelta en bruma sulfúrica, donde una figura con halo de luz amarilla flotaba sobre un lago verde.

Todo aquello, pensó, era literatura, superstición, la perturbación de una mente fatigada por el insomnio. Pero una mañana, al pasear junto al río Sarthe, vio un reflejo distorsionado de sí mismo en el agua, que no se movía al compás de sus gestos, sino que se quedaba suspendido, contemplándolo con un rostro de máscara espectral.

Martel volvió corriendo a la biblioteca. Cerró persianas, emplazó el paquete, la carta y el papel amarillo sobre una mesa. Bajo una lupa escudriñó los signos, hasta que percibió en su visión periférica un parpadeo dorado, una vibración en el aire como un zumbido grave apenas audible.

Dudó si era un principio de migraña; solo entonces supo que había caído. El Signo le había hallado.

Al principio fueron leves intrusiones: la sombra de su reflejo, una mueca burlona en el vidrio de la ventana los días nublados; el rumor de voces con acento arcano, apenas asomadas en susurros de papel. Pero pronto, cada vez que intentaba destruir el papel, irrumpía un súbito terror: una parálisis, como si carámbanos de hielo se insertaran en su columna. Por la noche, el aire a su alrededor olía levemente a azufre y violetas maceradas.

En una carta, Lemercier había advertido que los Hombres del Lago acechan a quien ha contemplado el Signo. Intentó razonar que todas las supersticiones estaban en su mente, pero a medida que los días crecían más oscuros y nublados, notó una transformación en el mundo que lo rodeaba: los faroles de la calle centelleaban extrañamente y en ocasiones veía, cruzando la niebla, siluetas de figuras con trajes decimonónicos y rostros ocultos tras caretas blancas. Siempre desaparecían si se atrevía a mirar de frente.

En un último intento de liberarse, Martel viajó a París, buscando la orientación de Lemercier en persona. El tren cruzó de noche unos páramos interminablemente tristes, por los cuales se deslizaba la niebla de Hali como una mano al acecho. La capital no ofreció consuelo: el hotel de Lemercier, al que llegó sobre la medianoche, era un edificio sombrío a orillas del Sena. El conserje negó conocer a nadie con ese nombre. Martel deambuló bajo los puentes, en el corazón de la metrópolí somnífera.

Al tercer día, un sobre apareció deslizándose bajo la puerta de su habitación, amarillo y rígido, sin remitente. En su interior halló una nota breve:

“Ya no busques. Ya no despiertas. Ven al lago. Cruza la puerta.”

Con el sobre cayó también una máscara pálida: al presionarla entre los dedos, se endurecía como yeso y sangraba por los bordes de la frente y las mejillas.

Martel decidió que era momento de arrojarse en la investigación hasta el final, aun si aquello significaba su aniquilación. Buscó los bajos fondos, rastreó testimonios de grupos ocultistas: nombres como Cassilda, Camilla y Yhtill, susurrados por dementes en cafés olvidados. Cada pista lo acercaba al lago: no un lago real, sino el Hali de las leyendas, el que flota en el insomnio entre la vida y la muerte.

Regresó a Le Mans en la frontera tras la media noche de un jueves. Caminó, atraído como sonámbulo, hacia los suburbios, hasta que la bruma lo envolvió por completo. Los ladridos lejanos de los perros cesaron. Martel avanzó por un terreno inculto hasta hallar un amasijo de ruinas, algo que tal vez había sido una capilla rural: sus muros derruidos, infestados de musgo amarillento.

Allí, sobre el altar caído, volvió a encontrar el papel y la máscara. A su alrededor, comenzaron a materializarse figuras enjutas y blanquecinas, como humo encerrado en formas humanas; llevaban máscaras como la suya, pero las suyas estaban pintadas de dorado, y los huecos de los ojos despedían un brillo enfermo de fiebre.

Trató de retroceder, pero la niebla se había compactado en torno suyo. Las figuras entonaban un canto sibilante, cuya cadencia le hizo pensar en la charla de los zorros al caer la tarde. Una de las figuras, la mayor, se adelantó y le tendió la máscara.

“Ya no hay regreso,” dijo una voz hueca, ronca, con acento indefinido. “El Rey espera junto al Lago.”

Martel no comprendió si era el frío de la noche o el terror lo que paralizó su cuerpo. La máscara parecía vibrar palpitante entre sus manos, y notó que la blancura de la pieza parecía absorber la humedad del aire y también la poca luz que aún manaba de la luna.

El canto aumentó de intensidad, deshaciéndose primero en murmullos sobre el nombre de Hastur, luego en un murmullo cada vez más penetrante, hasta convertirse en un zumbido ensordecedor.

Las ruinas se desvanecieron a su alrededor; no había más ladrillos ni altar, y el musgo en el suelo se extendía, tornándose una alfombra líquida, salina y verde hasta el horizonte. Donde antes estaban los árboles, ahora veía flotar miriadas de luces amarillas, cada una con la forma vaga de un rostro tras la máscara.

Al mirar hacia sus propios pies, Martel comprendió que ya no los poseía. La máscara pálida cubría por completo su visión y solo podía mirar a través de un velo opalino; el resto de su cuerpo era bruma, humo, parte de la niebla.

Una figura aún más imponente apareció, vestida con harapos dorados, el rostro completamente invisible bajo una capucha dorada. Alzaba una mano y en su palma brillaba el mismo “Signo Amarillo” que había visto en el papel hace semanas.

La procesión de las máscaras se deslizó por el lago, y el Rey, sin hablar, lo convocó al centro. El zumbido de las voces aumentó: “Hastur... Hastur... Adveniat Carcosa...”

Martel se arrodilló, o tal vez pensó que lo hacía; convirtió su nombre en parte de la niebla, igual que todos los exiliados anteriores. Recordó, mientras su conciencia se licuaba, ciertos versos que leyó una vez en el “King in Yellow”:

“Enciende fuego de máscaras y ven,

Carcosa acecha detrás de la máscara,

Y quien mira el Signo, ya no vuelve.”

La última brisa llevó su identidad lejos, hasta la orilla del lago. Supo entonces que era uno más de los desvanecidos por Hastur: condenados a vagar para siempre bajo el signo de la máscara, en la eternidad cíclica donde la niebla nunca se disipa y el Lago nunca refleja sino otros espectros.

Por la mañana, alguien de paso halló los restos recientes de una fogata: un pedazo de papel amarillento, blanqueado ahora por el rocío, y una máscara rota ennegrecida en sus vértices.

En el aire flotaba aún un pesar tenue, y al alejarse, el testigo no supo explicar por qué sentía, entre los susurros de la brisa, un nombre antiguo y prohibido.

Hastur.

Siempre Hastur.

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