Fragmento:
En mi juventud, en los días sombríos de mi estudio en la Universidad de Miskatonic, a menudo me encontraba meditando sobre aquellas regiones intelectuales donde lo humano habitualmente no osa adentrarse. Fue entonces cuando, por un azar o por una influencia más oscura, acaeció en mi vida aquel fatídico otoño durante el cual caí bajo el influjo de Abdul al-Hazred y su mítico Necronomicón.
Duración: 10:50
El umbral de la Curva Caída
I
En mi juventud, en los días sombríos de mi estudio en la Universidad de Miskatonic, a menudo me encontraba meditando sobre aquellas regiones intelectuales donde lo humano habitualmente no osa adentrarse. Fue entonces cuando, por un azar o por una influencia más oscura, acaeció en mi vida aquel fatídico otoño durante el cual caí bajo el influjo de Abdul al-Hazred y su mítico Necronomicón.
El tomo tan temido, existía, sí, bajo doble cerradura en la biblioteca de la Universidad. Sin embargo, el ejemplar que llegó a mis manos, repleto de anotaciones y esquinas cruelmente torcidas como si el mismísimo tiempo las hubiese roído, era de una naturaleza distinta: Era una copia anónima, adquirida en la tienda de un librero turco que mantenía su negocio junto al río Miskatonic, exactamente donde la bruma nunca parecía disiparse. El viejo tenía una sonrisa que detesté desde el primer instante. Era más un tic de músculos agotados que una expresión de bienvenida.
El Necronomicón era, en apariencia, un libro. En presencia, una cosa que, como sabrá quien haya cruzado su umbral de páginas, es menos que libro y más que umbral. Su peso no sólo era físico. Me sentí observado desde la portada de piel. Aún recuerdo ese olor dulce y hediondo, un perfume de siglos y de muerte.
La primera noche, tras haber girado el cerrojo de mi dormitorio y aventajado las ventanas, encendí mi lámpara de aceite y me instalé ante mi escritorio. El corazón me retumbaba como si una docena de tambores tribales intentasen recordarme lo peligroso de aquello que estaba a punto de leer. Y con todo, persistí. El “Al Azif”, como reza el verdadero título en árabe, se abrió con un crujido que, lo juraría, fue un susurro, una salutación desde el polvo de ciudades que ningún atlas moderno se atreve a mencionar.
Las primeras páginas enumeraban con despiadada minuciosidad las genealogías imposibles de criaturas que podrían ser, y quizás hayan sido, originarias de eras anteriores al hombre. Con palabras a medio camino entre lo poético y lo demencial, Abdul narraba cómo la cercana noche es en verdad el reino original de los seres primordiales, expulsados a la periferia por la arrogancia de los dioses nuevos. Y sin embargo, en los rincones donde la geometría falla, asechaban, aguardando la distracción de la razón.
Aquel relato —lo comprenderá el lector— era una soga para la mente. Cada línea era un peldaño menos hacia la iluminación y más hacia la absoluta desesperanza. Pero yo, atrapado por el aroma y la textura del texto, seguí leyendo, descendiendo capa tras capa bajo las máscaras de la sabiduría antigua.
II
Recuerdo con inquietante claridad una sección profusamente ilustrada: Un mapa enrevesado de “La Curva Caída”, una calle al parecer que nunca figura en los registros de la ciudad de Arkham y que ningún hombre de sana razón pudo jamás señalar sobre un plano. Los márgenes de ese mapa estaban salpicados de notas en una caligrafía que no era la de al-Hazred ni la de ningún hombre civilizado, sino más bien una mezcla de arabescos y símbolos matemáticos reptilianos. Era en La Curva Caída, al parecer, donde Abdul había encontrado “el umbral”. Era allí donde la membrana de la realidad, tan sagrada e impenetrable para nosotros, se volvía tan delgada como una hoja de papiro excesivamente manipulada.
A la tercera velada, tras consumir varias tazas de café amargo para anclarme al mundo conocido, me atreví a copiar la ruta sugerida en el mapa. No sé qué fuerza me movía; quizás una simbiosis de repulsión y fascinación. Seguí el itinerario hasta que, en mitad de la noche, casi impelido por voces interiores, me encontré a mí mismo en las afueras de Arkham, caminando bajo una lluvia constante camino a la supuesta localización de La Curva Caída.
¿Alguna vez ha caminado por un sendero donde la niebla parece aferrarse a sus huesos? Allí, la linterna era inútil, la oscuridad apenas disminuía. Tras media hora de desorientación, vi de repente una leve curvatura en la calle que ningún mapa oficial documentaba. Era como si la misma arquitectura de la ciudad intentara esconder la entrada tras un pliegue discretamente confeccionado. Hacha o sable no habrían conseguido fabricar esa grieta entre los ladrillos. Al pisarla, no sentí suelo bajo mis pies. En cambio, sentí una opacidad, como si los pies se ahogaran en un lodo translúcido que arrastraba hacia lo hondo.
Me detuve. En la oscuridad, los faroles palpitaban en morados antinaturales. En la distancia, el viento trajo el rumor de vocales imposibles, como el croar de algún vasto tribunal de sapos que deliberaban sobre un crimen demasiado antiguo para ser recordado. El aire era denso; cada bocanada tenía el sabor a polvo de osamentas y a un dulzor a la vez repulsivo. Recordé los versículos del libro: “Quien busca el umbral, que lleve en su boca una plegaria al vacío, y en el corazón, la sangre de un antepasado.” Pero no tenía plegarias; mi oración era el temblor.
III
Debí haber regresado al dormitorio, cerrar el libro y arrojarlo al Miskatonic. Pero el miedo, lejos de hacerme retroceder, era el fuego mismo bajo mis talones. Deslicé los dedos por la extraña pared ajedrezada de líquenes brillantes, según dictaba el mapa. Sufrí, en ese contacto, un repentino espasmo en las sienes, un dolor que era menos físico y más metafísico, como el impacto de un recuerdo prestado a mi carne por alguna mente remota.
Al instante, el entorno pareció vacilar, y por un parpadeo largo tuve la convicción de que ya no estaba en Arkham. Olía a marisma salada, pero ni el río ni los bosques próximos ofrecían tal aroma. El ladrido lejano de una criatura, ni perro ni ave, me revolvió las entrañas.
Y entonces lo vi: el Umbral. No era un portal en el sentido arquitectónico. Era una distorsión en el espacio, una zona donde la luz y la sombra jugaban a desollarse mutuamente, manifestando formas inasibles que aspiraban a la concreción sin jamás lograrla. Había, en el aire que rodeaba ese umbral, una suerte de presión, como cuando se acerca una tormenta eléctrica, cargando los cabellos de la nuca con estatismo.
El Necronomicón advertía: “El umbral canta a los corazones huecos. Quien cruza, debe dejarse atrás.” Nunca he sabido si me atreví a traspasarlo, o si la propia entidad del umbral, curiosa y ávida, me absorbió. Pero en un latido, ya no era yo mismo, sino un despojo, un eco invertido caminando de espaldas hacia espacios que ningún espacio ha conocido.
IV
Allí dentro —¿es mejor decir “allí” o “fuera”?—, no había tierra ni reglas; sólo una llanura de colores hirientes cuya lógica era ajena al sentido humano. Las figuras que se movían a distancia no tenían contorno fijo, oscilando entre la masa orgánica y la maquinaria más cruel. Escuchaban mi llegada. No con oídos, sino con ese reconocimiento de potencial presa que tienen los depredadores antiguos cuando una presa se interna en la cueva equivocada.
Fueron minutos, u horas, o siglos —el tiempo era viscoso en ese lugar— y sentí que mis pies ya no eran carne, sino fibras que buscaban fundirse con el barro atento a mis pasos. Oí, al límite de la percepción, palabras pronunciadas en una lengua que el Necronomicón había intentado reflejar en vano. No era la voz de un dios antiguo, ni de un demonio. Era la voz de la Curva misma. Y me dijo: “Esto que miras es tu rostro. Mira bien tus huesos, porque sólo aquí son verdades.”
Caí de rodillas, y fue así que vi: centenares de figuras, humanoides en sus peores sueños, reptaban entre montículos formados por libros mojados en sangre espesa, rozaban los lomos como si esperaran encontrar palabras salvadoras que, desde la noche primordial, nunca han existido. Una de esas figuras se acercó; su piel era una máscara tatuada con frases floreadas en carácteres del Necronomicón.
Quise gritar, y como en un eco, cada boca de la llanura repitió mi grito. Pero no era mi voz. Era la voz de todos los que alguna vez leyeron aquel libro. El horror fue comprender que cada lector, cada curioso, cada erudito loco, había sido absorbido, transcrito, y vuelto a escupir una y otra vez en interminable ciclo, hasta que la última luz del universo se apagara.
V
¿Lo que regresó de ese umbral era yo? No sabría decirlo.
Desperté, o así lo creí, tendido en la cama de mi dormitorio en Miskatonic. El Necronomicón se hallaba allí, con una marca húmeda que yo no recordaba haber dejado. Observé mis manos con el obsesivo terror del paranoico, buscando signos de corrupción, de transformación. Encontré en el dorso una cicatriz que, lo juraría ante cualquier tribunal mortal, antes no adornaba mi piel. Como una runa, una palabra breve en hebreo invertido.
Intenté relatar lo que había experimentado, redactar mis notas, consultarlas con profesores de mi confianza. Pero todos huían del tema. Abdul al-Hazred, se decía en los círculos de conocedores, había muerto devorado por los perros invisibles del asfalto ardiente de Damasco. Su obra sólo podía engendrar muerte y locura. Entendí que ya nadie podría ayudarme.
Desde entonces, cada noche, percibo en la penumbra de mi dormitorio los susurros, primero en árabe, luego en una lengua de consonantes arrastradas, de sílabas que se retuercen y se desgarran hasta penetrar el umbral de mis sueños. Veo el libro, sobre mi escritorio, latir con el pulso de una bestia herida. A veces, siento que yo mismo soy la curva, el umbral, la distorsión a través de la cual otros serán arrastrados, igual que yo antes.
Quizá algún lector, incauto o sabio, se tope un día con el mapa de La Curva Caída, desplegado en las notas de algún Necronomicón apócrifo. Mi único consejo: cierra el tomo, apaga la lámpara, huye antes de que el susurro te encuentre.
Pero sé, como lo saben todos los que han mirado al abismo, que no huirás. Porque el umbral no se encuentra. El umbral viene. Y una vez que has visto tu rostro verdadero en el espejo de la oscuridad, ninguna lámpara volverá a encenderse a tu alrededor.
Y en las noches de Arkham, mientras el río zumba con promesas antiguas, yo, o lo que ha quedado de mí, me asomo cada tanto a la ventana, observando, esperando. Porque sé que vendrán. Siempre vienen, atraídos por la curiosidad y por el horror, hijos y nietos del gran libro. A ellos, sólo puedo ofrecer un susurro, una bienvenida desde el pliegue que nunca estuvo en los mapas.
Aquí termina mi relato, pero no mi condena. Porque, en los pliegues de la realidad, el Necronomicón nunca se cierra.
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