Fragmento:
Pero nada nos preparó para la noche del quinto día. Había llovido sin cesar, y la bruma había invadido la plaza con la densidad glutinosa de un sueño febril. Frederick Munro insistió en que saliéramos a buscar la capilla que, según los mapas, debía estar en el extremo oeste del pueblo, junto a la desembocadura de un río apenas perceptible. Caminamos durante una hora entre muros goteantes, sintiendo cómo cada paso nos alejaba de la razón y de la posibilidad del regreso.
Duración: 10:03
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No fue hasta la quinta noche en la que descubrimos la naturaleza exacta de la amenaza. Habíamos llegado a ese pueblo apartado, cubierto por el pertinaz rocío de la costa y las brisas salinas, con la falsa promesa de estudios arqueológicos. Al menos, así figuraba en aquel informe manoseado que el administrador Phelps dejó sobre mi escritorio en la Universidad de Miskatonic, semanas antes. El estío agonizaba ya, en 1922, y el sopor de la ciudad nos arrojó, confiados y torpes, en la ciénaga de Innsmouth.
Yo no era un hombre fácilmente impresionable. Los años bajo la férula del Departamento de Filosofía, lidiando con supersticiones, textos ilegibles y credos anacrónicos, me habían convertido en alguien entre escéptico e insensible. Empero, algo había ya en el aire que nos recibió —quizá el olor a algas podridas y salmón rancio, o los murmullos de las gaviotas cerca del embarcadero— que advertía un mundo torcido bajo la corteza de lo tangible.
Nos hospedamos en la desvencijada posada de los Broad, a orillas de una plazoleta recóndita que nadie parecía transitar tras el crepúsculo. Éramos tres: el catedrático Frederick Munro, mi antiguo pupilo Campbell y yo, Lewis Crane. Habíamos llegado con baúles repletos de instrumental, tinteros, cámaras rudimentarias y la obstinación de quienes creen que la historia está al alcance de la pala y el cuaderno de notas.
En menos de dos días, sin embargo, nuestras jornadas transcurrían en una penumbra inexplicable, agobiados por el rumor constante de voces apenas susurradas a través de rendijas y puertas carcomidas. Los habitantes de Innsmouth se movían a hurtadillas —cuerpos delgados, rostros inexpresivos, ojos saltones que nunca se cruzaban con los nuestros por más de medio segundo. No había ni curiosidad ni hospitalidad, solo el castigo del silencio y una hosquedad contenida, que uno de nuestros colegas de Boston definiría, años después, como “esa forma casi tectónica del rencor, que solo el aislamiento perpetúa hasta la monstruosidad”.
La primera señal inequívoca llegó la tercera noche. Campbell, que aún conservaba el entusiasmo de los neófitos, descubrió entre los anaqueles de la posada un viejo volumen empastado en cuero, con el título casi borrado. Lo hojeamos junto a la lámpara mientras Munro dormitaba, ajeno en su sillón: era un tratado apócrifo sobre sectas heréticas de Nueva Inglaterra. La prosa desvaída hacía alusión, en párrafos elípticos, a “los hijos del Rey de los Lamentos” y “la Ciudad del Lago Marchito”, nombres que evocaban, en su vaguedad, algo más antiguo y triste que el cristianismo o los cultos celtas.
Pero nada nos preparó para la noche del quinto día. Había llovido sin cesar, y la bruma había invadido la plaza con la densidad glutinosa de un sueño febril. Frederick Munro insistió en que saliéramos a buscar la capilla que, según los mapas, debía estar en el extremo oeste del pueblo, junto a la desembocadura de un río apenas perceptible. Caminamos durante una hora entre muros goteantes, sintiendo cómo cada paso nos alejaba de la razón y de la posibilidad del regreso.
La capilla emergió de la niebla como una ruina más oscura que el propio crepúsculo. Campbell, que iba delante —o eso pensábamos, pues a menudo se adelantaba varios metros casi sin darnos cuenta—, se detuvo de golpe. El pórtico principal, ladeado, mostraba sobre el dintel un símbolo deforme en oro oscurecido. Era, sin lugar a dudas, el mismo Signo Amarillo que habíamos visto en las láminas más ominosas del volumen encontrado. Nada que pudiera confundirse: tenía la forma de una y griega invertida, alrededor de la cual danzaban tentáculos entrelazados, evocando la hibridación entre letra humana y monstruosidad marina.
La campana de bronce osciló con el viento y, durante un instante, creímos distinguir a un grupo de hombres de rostro impasible, vestidos con largas túnicas de color pálido y manos ocultas bajo las mangas. El instinto me impulsó a regresar, pero el deber académico (y el deseo tácito de impresionar a Munro) me sostuvo. Entramos.
En el interior las imágenes eran difusas, asfixiadas por la humedad. El altar, tallado en piedra negra, ostentaba de nuevo el Signo Amarillo en posición central. A su alrededor, docenas de figuras toscamente esculpidas, sin rostro ni nombre, parecían suplicar o adorar a una presencia invisible. La lógica sugería alguna versión derivada del culto a Dagon; sin embargo, los relieves mostraban paisajes irreales —torres flotantes, lagos amarillos, mujeres elegantemente vestidas y máscaras sin boca.
Campbell, visiblemente inquieto, susurró:
—Esto no tiene precedentes. Las demás capillas tienen símbolos paganos, sí, pero este… ¿Qué intentaban? ¿A qué invocaban?
La respuesta no se hizo esperar. Un rumor de pasos provino de la sacristía. Munro, en un suspiro, me apretó el brazo y no pude evitar recordar el hervor de mi sangre —esa mezcla de pánico y excitación, de quien ha cruzado umbrales prohibidos. Los hombres de túnica, silenciosos, emergieron de la penumbra, rodeándonos con una compostura que solo puede germinar tras siglos de rito. Sus ojos reflejaban una devoción sin fisuras, y al observar a Campbell, creímos ver en sus labios una sonrisa arrugada, infame.
Uno de ellos portaba un libro abierto, de cuya portada pendía un medallón bruñido —de nuevo, ese signo maldito que ahora ya temía. De pie ante nosotros, recitó palabras ininteligibles, cadencia irregular, como una letanía ahogada en agua estancada. La atmósfera se comprimió con la gravedad de los juramentos antiguos; un silbido agudo arañó mis tímpanos y sentí, por un instante, el peso de un frío sobrenatural que me anclaba a un agujero negro, sin fondo.
No sé cómo encontramos la salida. La memoria de ese tramo de minutos se disuelve, suplantada por una angustia viscosa, una negrura adherida al pecho. Volvimos a la posada, exánimes, evitando cruzar la mirada en el espejo fracturado de la entrada. Ya no éramos los mismos.
Esa noche soñé con lagos amarillos cubiertos de brumas y máscaras que lloraban, sin rostro.
El día siguiente amaneció con un silencio absoluto, como si el pueblo hubiese desaparecido salvo por nuestra desgracia. Phelps, en un telegrama emitido desde la ciudad, advertía que el clima no permitiría la llegada del vapor hasta dentro de tres días más. Decidimos no salir. Vagábamos entre el comedor y las habitaciones, evitando la ventana como quien teme ver al acechador que ya no abandonará su umbral.
A eso del anochecer, la señora Broad golpeó discretamente a la puerta de nuestra sala. Sus ojos carecían del temblor habitual, como si la resignación hubiera drenado lo poco humano que le quedaba. Con voz hueca, apenas cortando el aire, musitó:
—No debieron mirar. No debían estar aquí esa noche.
Intenté interrogarla, pero se escabulló con la velocidad y astucia de los que llevan toda la vida esquivando preguntas. Munro, blanco como el nácar, comenzó a perder la razón. Lo escuchamos recitar, entre espasmos de fiebre, líneas del libro profano: “El Rey de Alabastro vendrá, y no quedará máscara sin lágrimas”.
El terror llegó con la modorra, mientras la noche se derramaba sobre el pueblo. Las campanas repicaron con una solemnidad cruel, una llamada que no distinguía entre vivos y muertos. A través de la persiana entreabierta vimos la plaza inundada por figuras: hombres, mujeres, niños, todos ataviados con capas satinadas, cada uno con su propia máscara de porcelana, doradas, talladas con aquel signo repulsivo. Bajo la luz incoherente del farol central, comenzaron a danzar de una manera inhumana, desarticulada, como movidos por fuerzas antagónicas a la vida.
Campbell, incapaz de resistir, bajó corriendo. Munro y yo nos asomamos solo un instante, el corazón próximo al colapso: él se sumó a la danza, su cuerpo arrastrado por una gravedad irreal, sus pasos dando vueltas en círculo, mientras los enmascarados susurraban palabras incomprensibles.
El farol de la plaza centelleó, y entonces lo vimos: entre los danzantes emergió una figura más alta, esbelta, vestida con una toga de color amarillo resplandeciente. El rostro era indecible, ausente, como si el universo hubiera vacilado un segundo en el acto de terminar de crear ese ser. Alzó un brazo, y la multitud cayó de rodillas; Campbell se desplomó, la máscara rompiéndosele contra el suelo. De sus labios manó una oración inconclusa, y luego nada.
Munro se arrojó hacia la ventana, dispuesto a saltar y perderse en la locura. Lo detuve a duras penas, arrastrándolo al fondo de la casa, mientras los cánticos subían, agudos e interminables. Entre el fragor, juro haber escuchado una palabra: Carcosa.
Pasamos horas de sudor frío, escuchando cómo la danza se desvanecía bajo la batalla de las olas y el viento salino. Cuando el sol asomó, la plaza estaba vacía; no quedaba rastro ni de Campbell ni de las máscaras, y los aldeanos evitaban cruzar palabra con nosotros. Dos días después, Phelps logró sacarnos de Innsmouth.
Ahora, aún cuando escribo estas líneas bajo una luz mortecina en mi despacho, el Signo Amarillo arde en mi memoria con la furia impía de un conocimiento prohibido. Munro, internado en Arkham, apenas es capaz de balbucear frases sueltas, siempre en otro idioma. Yo, por mi parte, temo cerrar los ojos, no solo por los sueños viscosos de lagos amarillos y figuras encapuchadas, sino porque, en medio de la vigilia, a veces me sorprendo delineando aquel signo —sin darme cuenta— sobre la superficie de mi escritorio.
Quiera Dios, si es que aún aguanta sobre nuestro lodo, que ninguno de ustedes deba jamás contemplar la Danza del Signo Amarillo. Porque tras esa danza, lo digo con el temblor de quien ha sido tocado por la fatalidad, no hay retorno ni esperanza, sólo el eco interminable de Carcosa y la risa muda del Rey de Alabastro en las tinieblas.
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