Portada del relato La hambruna de Ghulabad
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Fragmento:


Al doblar el recodo final y empujar la verja oxidada, la linterna solo alumbró columnas truncas y sepulturas fracturadas, los nichos abiertos como bocas mudas en las paredes. Había silencio, salvo aquel chapoteo que no era suyo. Un pezón de sudor se asomó a su frente. Los papeles antiguos aseguraban que en la sexta cámara bajo la parroquia, si bajabas la hora cuarta tras la medianoche, y pronunciabas una letanía blasfema, “la carne respondería”. ¿Respondería a quién? Treviss no lo supo, hasta que escuchó el desgarrado sollozo de un silbido húmedo justo detrás.

Duración: 09:07

La hambruna de Ghulabad
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Texto de ajuste de pausa.

Solo quedaba la linterna. Ese círculo de luz mortecina que bailaba sobre la piedra fragante de humedad y moho era la última frontera que separaba a Arnold Treviss de la negrura abismal del subsuelo. Y, sin embargo, él mismo, arrastrando las suelas fangosas de sus botas rotas, había sido el artífice de aquel descenso. En busca de una verdad que no había imaginado, una respuesta a las cartas, los viejos rumores y las piezas óseas encontradas en los vertederos, había aceptado aquella invitación temerario. ¿De cuál de sus mentiras vendría la maldición exacta que ahora se cernía sobre él?

El olor. Era el olor lo primero que perturbaba en las catacumbas abandonadas bajo la villa de Firnwick. No era putrefacción al uso, ni la fragancia barroca del olvido, sino un aroma de carne reseca y mugre añeja, algo con la persistencia del excremento de murciélago y la acidez del miedo fresco. Mientras descendía los peldaños de piedra, Treviss sentía el temblor de los ecos antiguos adherirse a sus pantalones húmedos. Su mente, aguda y racional de profesor universitario, guerreaba aún con el folklore de la región: las historias de niños devorados, de sombras devorando animales errantes, de las bocas que silban en la oscuridad.

La clave, pensaba él, estaba en las cartas crípticas que su amigo Burnell encontró entre los papeles del decano fallecido. Reliquias en sí mismas, fechadas en 1844, firmadas por iniciales incompletas y manchadas de una sustancia amarilla. Prometían un festín prohibido bajo la ciudad, cónclaves nocturnos, y mencionaban a “los descendientes de Uruzad”, que según la leyenda local, sencillamente eran los ghûls. Semejante superstición, razonó Arnold, requería investigación de campo decisiva para ser desmantelada o, en el peor de los casos, confirmada como puro delirio aldeano.

Al doblar el recodo final y empujar la verja oxidada, la linterna solo alumbró columnas truncas y sepulturas fracturadas, los nichos abiertos como bocas mudas en las paredes. Había silencio, salvo aquel chapoteo que no era suyo. Un pezón de sudor se asomó a su frente. Los papeles antiguos aseguraban que en la sexta cámara bajo la parroquia, si bajabas la hora cuarta tras la medianoche, y pronunciabas una letanía blasfema, “la carne respondería”. ¿Respondería a quién? Treviss no lo supo, hasta que escuchó el desgarrado sollozo de un silbido húmedo justo detrás.

Gritó, y el eco le devolvió su miedo. Torció el haz de luz y solo vio, perplejo, el vago escamoteo de una silueta, algo huesuda, más delgada que un hombre pero mucho más agazapada. La linterna titiló; él cubrió la boca por instinto, recordando, tarde, que los ghûls olían el pánico y la sal del sudor humano. Había leído eso, y también que no debían ser nombres ni mirados de frente. ¡Qué necio era haber reído de aquellas advertencias en la taberna, unas horas atrás!

Se pegó a la pared. Deseoso de que su latido cardíaco no fuera el sonajero sepulcral que reclamara la atención de los carroñeros, tragó saliva y avanzó despacio, los ojos desertando de la lógica, sólo atentos al vaivén de sombras. Hizo un inventario mental de su escaso equipo: la linterna, la navaja y un frasco de aguardiente barato. Nada que pudiera frenar a los seres que susurraban en la penumbra.

Entre los bloques resquebrajados del suelo vislumbró algo movedizo. Primero pensó en ratas. Pero lo siguiente, una mano delgada como la de un niño, que escarbaba en la tierra, lo hizo contener la respiración. Los dedos eran casi traslúcidos, arqueados hacia adentro, uñas como escamas, y el brazo, a la luz, presentaba hendiduras donde debiera haber músculo. Antes de estremecerse por completo, la figura surgió por entero: un torso delgado, piel tersa y ceniza; el rostro, una fusión de hocico y calavera, y los ojos —por Dios, los ojos— de pupilas dilatadas, carentes de brillo humano. La criatura no se detuvo, no temió; sólo olfateó el aire, cerró los ojos y se relamió unos colmillos pulidos y largos.

Treviss no gritó. El horror tan tangible le mudó el cuerpo en estatua. La bestia olisqueaba el aire y la linterna temblaba en su mano. “No nos mires,” retumbaban las historias, “no nombres a los que comieron después de morir.” Pensó en la letanía: “Que los hijos de Uruzad pasen hambre en la oscuridad y camine el hueso precediendo la carne.”

Pensó en decirla, pero la criatura ya avanzaba, se deslizaba de lado, saboreando, temerosa, indecisa. Otras sombras, ahora bien visibles, emergían de los nichos. ¿Cuántos? Tres, cuatro, una docena: seres informes, adaptados a la negrura, cada uno moviéndose como danzantes arqueados, husmeando en el aire viciado.

Uno chilló, un sonido tan agudo que la linterna cayó de la mano de Treviss y rodó, iluminando, al pasar, fémures humanos, cráneos vacíos y dentaduras con restos de carne reseca. En el parpadeo, Arnold alcanzó a ver un rostro que conocía: el oscurecido y putrefacto semblante del decano Hallett, con la boca triturada y fosos oscuros donde debieron estar los ojos. Uno de los ghûls le arrancaba una costilla, chirriando hambriento, como un perro con un hueso robado.

Arnold tentó a la suerte, recogió el frasco de aguardiente y lo arrojó a la multitud, esperando ser ignorado en la confusión. El vidrio estalló, el olor a alcohol rasgó el aire y uno de los seres chilló, lanzándose sobre otro en un frenesí animal, disputando el botín recién olfateado. Aprovechó el caos: avanzó a tientas hacia una abertura lateral, tropezando y jadeando, hasta encontrar una cámara menos poblada, donde la luz de su linterna vacilante apenas arañaba las sombras.

Se agazapó tras un sarcófago descascarado. Notó el rozar de dedos, como patas de araña, en la losa cercana. Los ghûls avanzaban, discutiendo en un murmullo sibilante, tan bajo que sólo el terror lo tradujo como palabras: “Fresco. Huele. Vive.” Arnold maldecía su mala suerte. La leyenda era cierta.

¿A dónde huir? Las catacumbas, lo sabía por los planos, eran un laberinto; pero él llevaba un simple croquis robado de una carta, sujeto con el sudor de su mano fría. Debía alcanzar la segunda escalera, evitar la sala de los mártires, y nunca, jamás, arriesgarse a gritar.

Sintió que una sombra se deslizaba a su lado. Un susurro tan sutil como una cobra caminando sobre terciopelo. De repente, la linterna que sostenía palideció hasta apagarse, devorada por la batería, o por la mala suerte que arrastraba consigo. El olor envolvente era ahora embriagador, repugnante pero adictivo.

De las tinieblas emergió entonces la figura de Burnell. Pero no era él del todo. Su rostro, hundido, la piel amarilla, colgando de los pómulos. Los ojos estaban vacíos, y la boca tiritaba, como masticando algo invisible:

—¿Arnold? ¿Vienes a cenar?

La voz, hueca, resonó como si saliera de una cripta. Detrás del eco, los ghûls se arremolinaban, aguardando, expectantes. Unos se acercaban a él, rodeándolo desde todas partes, cada uno con la boca semiabierta, la lengua como un chicle gris, sedienta de tacto humano.

Treviss, arrinconado, enloquecido, recogió la navaja. Intentó abrirse paso a hachazos de desesperación, pero cada incisión en la carne de los seres no les arrancaba sangre, sino un jugo pardo y viscoso. Ellos parecían, si acaso, divertidos. Reían con chillidos bajos, caminos de cola y pellejo. Uno le arrebató la mano y se la dobló, como quien tuerce una rama seca.

El miedo, en ese instante, se transformó en un frío reconocimiento. Los ghûls le miraban a la espera de la señal, relamiéndose, ansiosos, pero comedidos. Burnell volvió a hablar, más suave:

—No te resistas, Arnold. Hace hambre, pero preferimos el miedo; el miedo le da a la carne un sabor untuoso que no tiene el simple cadáver.

La visión de Burnell se desvanecía, la piel caía, se plegaba, y entonces la cara paleada de un ghûl más antiguo, retorcida de siglos, sonrió:

—Ven, profesor. No solo comemos carne; también comemos memoria.

Fue en ese instante cuando comprendió la magnitud del horror: no lo devorarían todo de una vez; volverían, querrían que el miedo fermentara. Le rasgarían el alma, como deshuesando un manjar muy añejo.

La última certidumbre que tuvo, mientras las bocas reptaban por sus extremidades y sentía el ardor de la saliva quemándole la piel, fue el recuerdo de las historias burladas, de la frase que nunca debió decir en voz alta mientras reía en la posada:

“Esos cuentos de ghûls no asustarían ni a un infante.”

Y entonces la oscuridad se cerró, y la letanía tenebrosa de “desciende al hueso, sube a la carne” bailó en su conciencia hasta que no quedó ni un atisbo de mente, carne... ni miedo.

Solo los ghûls saben rezar por la memoria de lo que han devorado. Y bajo Firnwick, toda noche, alguien los recuerda. O cree recordarlos— hasta que viene, hambriento, otro invitado.

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